Un estudio de la ONG ActionAid muestra como buena parte de la “ayuda humanitaria” de los países ricos sirve, en verdad, para saquear aún más las riquezas del Sur del mundo

Tiago Soares

 

 
El economista Milton Friedman es dueño de un premio Nobel y de teorías controversiales. Purista, férreo defensor de la liberalización económica y entusiasta de primera hora de los supuestos poderes mágicos del libre mercado, Friedman se volvió conocido como uno de los pilares de un revivido “laissez-faire” que, rebautizado como “neoliberalismo”, se abrió camino en el mundo a fines del siglo pasado. A Friedman, también se le acostumbra atribuir aquella que sería la cabal revelación sobre la naturaleza de los hombres y de las comidas sintetizada en la idea según la cual “no existe almuerzo gratis”.

A pesar de que algunos defienden que no es de autoría del economista dicha frase, Friedman no pierde el mérito de haber sido el primero en ponerla en contexto. En un mundo de relaciones mediadas por el mercado, la conciencia moral se vuelve rápidamente un artículo de lujo. Y, las supuestas bondades, terminan teniendo objetivos un poco dudosos. Que lo diga el estudio reciente de la ONG ActionAid que, arrasador, caracteriza como “fantasma” cerca del 60% de la actual “ayuda” financiera puesta a disposición por los países ricos para las naciones pobres y en desarrollo.

Malabarismos contables

Basado en un minucioso análisis sobre cantidades, condiciones y el flujo puesto a disposición como auxilio contra la pobreza, el informe, titulado “Real Aid” (Ayuda real, en español), muestra las brechas a través de las cuales buena parte del dinero “cedido” a los países pobres por las naciones ricas termina desapareciendo en el medio del camino. No es extraño, por ejemplo, que los países del Norte condicionen los presupuestos que ofrecen a la adquisición de productos y servicios de sus corporaciones, así como el trabajo sobrevaluado de técnicos extranjeros. Medidas que, por el cálculo de los responsables por el estudio, comerían nada más y nada menos que el 25% del total del dinero donado. “Actualmente, es absurdamente grande el auxilio guiado por motivos comerciales o geopolíticos, sin tener en cuenta los esfuerzos por defender los derechos de las poblaciones pobres”, recuerdan los autores del informe, Patrick Watt y Romilly Greenhill.

Pero no se resumen a esto los dispositivos responsables por la desaparición de una ayuda, que siendo millonaria, tendría alcanzado en 2003 (año desmenuzado en el estudio) cerca de USD 69 billones. Una falta de foco claro, sumada a los costos transnacionales y administrativos de los presupuestos de ayuda, sería responsable por el desperdicio de cerca del 21% del total del montante. Como si eso fuera poco, existe también el hecho de que cerca del 16% de esa supuesta ayuda nunca ha ni siquiera visto la luz del día: se trataría, en verdad, del dinero de la reducción de las deudas de los países pobres y de los gastos con refugiados. Descontados todos las trampas, apenas 39% del total ofrecido para el combate contra la miseria llegaría efectivamente, a las arcas de los países necesitados.

Quiere decir, llegan para irse rápidamente. Esa cantidad, ya carcomida, en las manos de los países necesitados, vuelve nuevamente para el bolsillo de los donadores en la marea de dinero que, cada año, va del Sur al Norte. Mientras tanto, en 2003, la totalidad de la ayuda del Norte al Sur fue de USD 69 billones (cabe recordar que 61% de los mismos es ‘fantasma’), el capital que recorrió el camino contrario en el mismo período, sumado al flujo del mercado de capitales y a las pérdidas por medidas comerciales injustas (dumping, barreras tarifarias y no tarifarias, etc) da la exorbitante suma de USD 31 billones aproximadamente. Eso, sin considerar la cuenta de los estragos ecológicos causados a las naciones pobres por la voracidad industrial y energética de los países ricos - USD 400 billones, según los cálculos de ActionAid. Una matemática que, más allá de lo increíble, termina peligrosamente cerca de la crueldad

Engañando a la ONU

Los datos presentes en el informe de ActionAid son especialmente importantes por mostrar los actuales rumbos de la política de combate a la pobreza piloteada por la ONU. La agencia, que, en 2000, exhortó a los países ricos a una donación anual del 0.7% de su PIB en un esfuerzo global por el desarrollo, no se llevaría una buena impresión si tuviera que enfrentar los números reales de esa supuesta buena voluntad. Libre de las artimañas contables, el dinero destinado a la ayuda contra la pobreza respondería por apenas 0.1% del PIB de las naciones desarrolladas. En el caso del G-7, es todavía más grave, cayendo a 0.07% del PIB de sus miembros - apenas un décimo de lo acordado.

Es bien cierto que existe todavía entre los donantes cierto recelo en lo que respecta al destino del dinero que llega a los gobiernos del Sur. No son pocos los casos de desvío, por parte de gobernantes corruptos, de dinero donado para el combate a la pobreza. Cortar el chorro de la redistribución global de las ganancias por causa de esto, sin embargo, es peor. “La ayuda financiera no es un ‘caramelo mágico’”, recuerda el informe. “Pero la experiencia demuestra que donde la ayuda es invertida como parte de una estrategia de desarrollo, ésta es fundamental en el esfuerzo llevar dignidad a las poblaciones carentes”.

El gran desafío estaría, por lo tanto, en la implementación de instrumentos (por parte de donantes y beneficiarios) que garanticen la apropiada contabilidad y administración de los billones necesarios para la reducción de la injusticia económica global. Algunos, no son tan complicados: políticas más claras sobre los criterios para la aceptación de ayuda financiera, el fin de las cláusulas de condicionalidad, la creación, bajo tutela de la ONU de foros internacionales que proporcionen un diálogo democrático sobre el asunto.

Extrañamente, el ruido causado por la publicación “Real Aid” no cruzó la frontera de los países adinerados. En Inglaterra, el Secretario de Desarrollo Internacional en persona, Hilary Benn, rápidamente salió en público a rebatir las acusaciones. “Los datos de ActionAid simplemente no se concuerdan”, afirmó. Continuando, con una lógica peculiar: “Yo vi un edificio escolar en Ghana construido con dinero de la reducción de la deuda. Como eso puede ser ayuda fantasma?”.

Declaración que, sin entrar en la cuestión de la eterna deuda del lado pobre del mundo con el rico, hace pensar en el viejo consejo de las madres cuidadosas del mundo: al final de cuentas, es siempre bueno desconfiar de la bondad de los desconocidos.

 

Tiaro Soares es parte del colectivo de Planeta Porto Alegre