Te quiero, serio, tempestuosamente...
 M. H. Lagarde



Por un instante, como una barca a la deriva, el pedazo de papel en blanco se quedó flotando en las hojas enrojecidas de aquel mar en miniatura. Con su rostro maquillado por la roja luz del crepúsculo artificial, la mujer contempló cómo la blanca nave convertida en hoja se hundía lentamente hasta el fondo. Esperó. Y en lo profundo, en una suerte de mágico nacimiento, poco a poco, empezó a dibujarse la cara ovalada y triste de un niño indio. Luego, al chico ahogado en la miseria, le crecieron los brazos y las piernas vestidas de harapos. Bajo el agua su tez aindiada tenía la palidez de la piel de un moribundo. Así, estaba muerto. Ella, la madre artística de la criatura, se dio cuenta de que a aquella carita le faltaban los contrastes de la luz y sombras de cosas vivas y se propuso resucitarlo. Tomó una pinza y la hundió en el mar.

 Por una de sus esquinas, enganchó la barca transformada en niño y empezó a balancearla. En la superficie se originó una pequeña tormenta de olas ensangrentadas, y en lo profundo, la tristeza del indiecito se partió en dos. Un lado oscuro como la mendicidad, el hambre y la frialdad de la noche, y otro, con los fulgores de la esperanza, de la alegre luz del sol. Alzó la pinza, sacó al muchacho del océano y las gotas de agua en su rostro se le antojaron lágrimas. Lo acercó, aún completamente mojado, a la luz roja del bombillo y fue como si lo viera nuevamente a través del lente de su Graflex. Entonces, empezó a recordar.

A las seis de la tarde, la calle Abraham González estaba casi desierta. Algunos transeúntes, obreros de cuello blanco principalmente, volvían a sus casas con sus pasos cansados por el peso de un intenso día de trabajo. Unas tiendas cerraban sus anchos portones de madera al mismo tiempo que otras, con un sordo estruendo de cerraduras y palancas, las abrían de par en par a los clientes nocturnos. Ellos, tomados de la mano, regresaban a la redacción de El Machete. En una esquina, repentinamente él se detuvo y con la mirada le indicó al niño que, en cuclillas en plena calle, jugaba con unas piedras. Ella comprendió. La cabeza del niño era como el mundo: una ovalada pelota con su parte oscura y su parte clara. Corrió el cerrojo de su máquina, dio unos pasos y de rodillas, sosteniendo el cajón de la cámara con las dos manos, apuntó al muchacho. Cuando el muchacho notó la presencia del arrugado hocico de la Graflex, asustado, se puso de pie y su cara se entristeció. La cámara dejó escapar un imperceptible click mecánico y luego la mano de ella acarició la cabeza despeinada del niño a punto de llorar. Era una buena foto. Al volver junto al hombre, que todo ese tiempo la había estado contemplando desde la acera, se colgó de sus hombros y parada en puntillas lo besó en los labios.

Soltó las amarras de otro pedazo de papel. Ese era su trabajo, una parte importante de su vida soltar barcos al mar y luego hundirlos en la química del fijador. Desgraciadamente, los tesoros se encontraban allí, en las profundidades, ocultos entre los maderos podridos de los galeones. Y ella era una buscadora de tesoros. Sobre el fondo oscuro del papel emergió un círculo redondo que abarcaba casi toda la hoja, una media luna y la mancha oscura de una maza. Luego, salió a flote, bañada de rojo, la copa de ancho sombrero mexicano alrededor de la cual se cruzaban la hoz y el martillo.

Y cuando lo vio por primera vez, detrás de la tribuna de aquel acto político, tuvo la sensación de que conocía de toda la vida a ese hombre alto y atractivo como un Apolo de carne y hueso. Su voz cálida, profunda y convincente le resultaba tan familiar como la de un viejo amigo. Pero todo no era más que una ilusión.

Ella nunca había estado bajo el caliente sol cubano donde ese hombre, con solo 23 años, había fundado en 1925 la Liga Antimperialista y el Partido Comunista de Cuba. El dictador Machado, una mala réplica tropical de Mussolini, en noviembre de ese mismo año ordenó encarcelarlo bajo la falsa acusación de cometer actos terroristas. El joven inició una huelga de hambre que duró 18 días y que terminó solo con la avalancha de protestas en la Isla y en todo el mundo, y el anuncio de una huelga general de los obreros cubanos.

Ella lo había visto entonces con la cara desfigurada por la inanición en aquella foto reproducida por muchos periódicos. Pero ese no era el hombre que ella había conocido desde siempre sino, este, el que ahora conmovía a todos con su arenga llena de frases literarias. Ese que, evidentemente, sabía muy bien las diferencias que existían entre un Máuser, la hoz y el martillo y las palabras, y cuándo y cómo se debían usar cada una.

Aquel con el que tuvo la suerte de hablar ese día en que acompañada de Rosendo Gómez Lorenzo, traducía en la redacción del periódico un artículo escrito por los comunistas italianos. Y ahora no recuerda bien el momento en que se le acercó, pero sí, y muy bien, la dura mirada del cubano, por primera vez, enterrada en la suya.

“Tengo que ir a una reunión, dijo como disculpándose, y solo quiero entregar unos materiales”. Se marchó. Al terminar el trabajo Rosendo la invitó a tomar un café. Cuando pasaron por la biblioteca lo vieron buscando los papeles que necesitaba y lo invitaron también pero él estaba demasiado ocupado. A los quince minutos de estar en el café Cantón de la calle Bolívar, se acercó de nuevo el cubano: “La puerta de la oficina está cerrada, le dijo a Rosendo, y tengo que escribir algo en tu máquina...” “Ya que estás aquí, insistió el otro, tómate un café con nosotros”. Al sentarse la volvió a mirar y ella le sostuvo la mirada.

En la fotografía se podía hacer lo que en la vida costaba tanto trabajo y tantas incomprensiones de la mayoría de la gente. En los negativos, como en el universo, las cosas andaban al revés y había que cambiarlas. Volver lo negro en blanco y lo blanco en negro. Poner la realidad tal como debía ser, repetirla una y mil veces, con sus lados feos y hermosos. A muchos les hacía falta aprender a mirar dos veces. En el fondo del recipiente, el hombre sentado bajo el anuncio que aseguraba que “Desde la cabeza a los pies tenemos todo lo que requiere un caballero para vestir elegante”, no tenía rostro.

Y cuando él hablaba de los desposeídos, de la lucha contra Machado, de la invasión a Cuba que era la mejor manera de ayudar a los combatientes nicaragüenses, hablaba de amor. Y ella lo vio de nuevo, desnudo, acostado a su lado en su cama muy cerca de aquel balcón que, según él,  era cómplice de sus amores. Lo vio rodeado de aquellas cosas que llenaban el apartamento, un quinto piso en la calle Abraham González que tanto se parecían a la felicidad: la pequeña cocina, el sofá, la mesa y sus cuatro sillas, las tres máquinas de escribir, el baúl medieval en un rincón de la sala, el dibujo de ella hecho por Diego Rivera. Y de pronto le pareció escuchar su voz leyendo la carta que le había mandado desde Veracruz adonde había ido unos días a ultimar los preparativos de la invasión a la Isla: “ He pensado con demasiado dolor en estos días y hoy tengo todavía abiertas las heridas que me ha producido esta separación, la más dolorosa de mi vida. Si ya te has serenado, escribe. Pon un poco de paz en mi espíritu. Cada vez que pienso en mi situación me parece que estoy en la entrada de un cementerio. Te quiero, serio, tempestuosamente. Como algo definitivo. Tú dices que me quieres igual a mí. Si solucionamos esto, tengo la convicción de que nuestras vidas van a ser algo fecundo y grande. Pero me repites lo de antes, que no estás dispuesta a soluciones. Por mi Tina, he tomado con mis propias manos mi vida y la he arrojado a tu balcón.”

Recordó aquellos días en que el amor los quemaba. Él estaba por divorciarse en Cuba y ella aún no se había separado de Xavier Guerrero, el comunista mexicano que pasaba un curso en la Unión Soviética.

Todo iba a solucionarse y la vida de ellos, como él había dicho, habría sido grande y fecunda. Pero la muerte no quiso.

Nada se parece más a la memoria que un cuarto oscuro de revelado con sus penumbras, sus destellos iluminadores, sus lagunas, sus mares y los pedazos de papel de foto en que las cosas y las gentes se inmortalizan. Ella soltó las amarras de la última nave de aquella tarde y se sintió sola en la oscuridad donde su cuerpo bañado por la roja luz de la lámpara, era un recuerdo de sí misma.

La noche del 10 de enero de 1929 no fue menos activa que las otras. Después de la reunión del Socorro Rojo para fundar un Comité pro edificio Emiliano Zapata, mediante una gran colecta se pensaba adquirir una casa refugio para los hijos de los militantes asesinados, ella se dirigió hasta el correo para enviar un telegrama a Cuba. Él, por su parte, se había ido a una entrevista con su compatriota, un tal José Magriñat. Más tarde, se encontraron en la oficina postal y juntos se fueron al apartamento de la calle Abraham González.

Por el camino le contó que su coterráneo le había informado que, en México, había dos hombres con intenciones de matarlo. Esa misma noche, a solo unos pasos del edificio donde quedaba la casa que ambos compartían, dos disparos hicieron trizas el silencio de la noche. Ella sintió el olor de la pólvora. Él se soltó de sus brazos y echó a correr hacia la acera opuesta. La mujer lo siguió y pudo alcanzarlo instantes antes de que cayera al suelo.

Por la madrugada realizó la foto más difícil de su carrera. Metido en el ataúd, el hombre que había sido el gran amor de su vida, parecía que dormía.

...Julio, Julio, murmuró,  y con la pinza hundió el pedazo de papel en el líquido. El fuerte cuello del hombre, con los tendones bien definidos se asemejó en la blancura de la hoja al grueso tronco de un árbol. Como ramas, poco a poco, le fueron brotando el viril mentón, la nariz afilada, el pelo ondulado y los ojos ocultos bajo el ceño fruncido por mirar a la luz. Ella lo vio, nuevamente, y siguió recordando...

 

Manuel Henríquez Lagarde (La Habana, 1963). Periodista y escritor. Es autor de las novelas Al pie de la leyenda y La fuerza del destino.  Ha sido editor de las revistas El Caimán Barbudo, La Jiribilla y actualmente dirige el Portal Cubasí.