Te guste o no 

Aramís Castañeda Pérez de Alejo

 

 

Lo ideal sería que todo fuera verdad. Que la aceptación y tolerancia por el que se mide, también, el grado de desarrollo de una comunidad, fuera un hecho y no un acto a regañadientes por temor al castigo. Lo normal, que se comprendiera. Lo corriente que, en lugar de meras emergencias, existiera una natural búsqueda de sentido tras la imagen del marchan bien las cosas que quieren meterte, a como sea, dentro de la cabeza. Pero es que se sigue diciendo, por lo bajo, “el negro de mierda ese”, o “tenía que ser una mujer” o “un árabe” o “un maricón” o, en lenguaje cubano, “un pobre indio”, en clara referencia al centroamericano o quien llega desde el Perú o Ecuador. Por lo bajo- cuando nadie me ve, cuando pocos me oyen, en el momento en que no habrán testigos que me acusen- yo digo, tú dices, él grita lo que, realmente hay, lo que sinceramente siento; ese mundo, otro, hasta donde no llegan los colorcitos ni nada te enjuicia porque, a falta de pruebas, es como que no fue mientras no se demuestre lo contrario. Y es que, entre tantas sustituciones, igual, un día, se confundió conciencia con ley; y el  orden, y los modelos, y las reglas, a investirnos de correctos, adecuados, a tono, en vistas de una civilización que ni siquiera sabemos por qué rumbos va. El instante en que, parafraseando a Mariel Aymé, comenzamos a ser tan falsos que ya no somos concientes de que pensamos justamente lo contrario de lo que decimos; y no se reparara el techo, ni se investigara, ni se enjuició, poniendo la teja, mejor, para que, por lo pronto, la gota no nos moleste; cuando, de facto, empezamos a crecer.

 

Más allá de lo necesario o de su efectividad, lo legal, cubre- y es innegable- lo que, al hombre, por otros caminos, le sería menos llevadero. Porque no nos gusta meternos en camisa de once varas; y los padres aconsejaron y, la propia vida enseñó y hay que seguir a cualquier precio antes que ver nuestro destino maltrecho o detenido por una simple metedura de pata a sabiendas de por qué sitios es que se halla lo, entendido, como “normal”. Ya de nuestras, o no, bajas pasiones la historia,  conoce lo suficiente y, en relación con ello, diseñado, entonces, sus diques,  armado las carpas, fabricado  los muros de contención que, evitan, se empeoren las cosas si es que, de sí, ya no venían mal. Segura de que, el hombre, ama el dinero y ama su libertad y es capaz de mentir y replegarse y hacer lo que haya que hacer para que, ni la una ni la otra, le sean suspendidas más cuando, de sobra, sabe, de qué modo agenciárselas, por lo que, en herencia, le fue trasmitido. De las bajas pasiones se aprovechan; del miedo a que todo pudiera estar peor; luego, es fácil. Pero no marchan bien las cosas, no; ni somos lo civilizados que se pretende ni lo moderno que blasonamos ni lo tolerante que se vocifera. A lo sumo un grupo de gente mesurada y quieta que repite el discurso y, por aquello del aprendizaje cultural, quienes usamos una forma de relación debida para podernos comunicar socialmente mientras, por debajo, tras el maquillaje, el río de piedras de lo real corre en espera del mínimo resquicio que lo libere.

 

Lo mismo que la Iglesia, también, la sociedad viste su discurso a medida que, por tal o mas cual  razón, su ineptitud haya ido quedando en entredicho. Sociedades aquellas, como la norteamericana- falso ejemplo del todos somos iguales ante Dios - donde, debido a su propia formación y origen, el problema de “lo diferente” requiere de más rápidas soluciones y acertadas salidas que otras. Es cuestión de variar la estrategia no de educar. Y dividir para que, cada uno, crea que, dentro de su cotarro, vive a sus anchas sin reparar en que el mundo es algo más que el corral que le fue designado. Pasar simple-mente de la mofa- al campesino, al negro, al latino, al “amanerado”, al indio, como en las peliculitas de los cuarenta- a la segregación total de, entiéndase, este es tu sitio y, el otro, el mío y vamos a res-petarnos todos para que no existan conflictos que, también a mí puedan afectarme. La división que tan buenos resultados da; y se sabe. Al punto de que, hoy día, cualquier cosa puede suceder y ni temor de rebeldía o, al menos, no de forma organizada. No es, en el que vivimos, un espacio al que todos asistan normalmente; como seres iguales, como lo que somos. Ni en el que estemos integrados ni con-fundidos ni mezclados y mucho  menos sensibilizados con el que tengo cerca más allá de lo distinto que, a simple vista, pudiera parecernos. Habitamos en guetos, es lo que está. Con playas para gays, y clubes y barrios y tiendas y restaurantes, y el canal de televisión para los “coloreados” e, igualmente, su zona, su bar y el feminismo, y el machismo y el sexismo y los very important person y el cada cual a lo suyo que, lejos de solucionar, abre más el camino a una automarginación que, toda vez, me separa de ti. Y lo demás lo resuelve el regaño, la advertencia, la amonestación que nos mantiene a raya y, hasta, felices porque, al fin conseguimos que nuestras exigencias fueran escuchadas y, dentro de los límites de la casa, ya “libres”, que se nos deje quieto. A la altura, siempre a la altura de los tiempos que corren; democráticos; complacidos.

 

Sin embargo no suele ser hipócrita la naturaleza; igual los niños o quien pierde su juicio. Tampoco, aunque se tergiverse, el llamado del sexo, la pureza en el sentimiento o el desinterés material; la ignorancia, la ingenuidad o la inteligencia. A pesar de los celulares y las computadoras y las tarjetas de crédito, para suerte de la humanidad, todavía quedan caminos, por donde no puede ser controlada, o no del todo. Hendijas a través de las que brota el río; canales que ponen cara a cara lo evidente; la fuerza de lo cierto que, de vez en cuando, destroza el “muñequito” y remueve el adorno y es cuando cunde el pánico llenándose de pavor nuestro “bienestar” y nuestra “seguridad”. Más que se quiera- otro método de salvarnos la vida- una fricción que no es, en todo caso, el hecho aislado que se pretende y que, en forma de noticia, desayunamos- solos, como es habitual-; sino el suceso que nadie puede predecir, el mandato, que no existe, sobre lo infinito de las capacidades del hombre, el surgimiento de las situaciones límites y, por derivación, del despoje, en un porciento considerable, ante el entredicho,   de la carga de hojarasca con el que se desea cubrir lo lógico; la propia lógica derrumbando el set. Te guste o no, de vez en cuando, algunos martillazos te hablan de cómo la aldea que “compartimos” no es precisamente el lugar donde viene la gente a encontrarse, ni que el hoy es el resultado genuino del cambio, junto con las épocas, en la actitud del hombre. No somos, a diferencia de lo que muestra la pantalla, el producto, tal como debiera, de la sucesión causal de etapas, buenas o malas pero interesantes, que nos hiciera más razonables. Desperdigados, travestidos, los prejuicios subsisten. La censura, el rechazo, las fobias, los criterios que, peyorativamente, marcan como “distintos” a quienes distintos consideramos, o “minorías”, por sus rasgos esenciales. El derecho a la diferencia, a la particularidad, que se respeta pero que no se entiende y que, sólo tragamos aunque sin masticar porque, sobre nuestras cabezas, pende la espada del regaño que tan poco nos gusta. Como todo lo que se arrincona, guardando odios y acumulando soberbias que, únicamente con aquellos que consideramos de nuestra parte, repartimos.

 

Mucho se ha conseguido desde que, el hombre, tuvo nociones de sí; más de eso a que nade en el mar de flores de la comprensión, que exhibe como logro la modernidad, hay un buen trecho. Se sigue excluyendo del panorama de nuestra identidad a quien nos plazca y negándoles el derecho a quien nos de la gana, propiciando que se cierren las puertas al inefable valor de todo eso que nos tacha de  humanos; lo diverso que, Dios lo guarde, además somos. Y seguimos diciendo, por lo bajo, “el negro de mierda ese”, o “tenía que ser una mujer”, o “un árabe”, o “un maricón”, o, en buen cubano, “un pobre indio” en clara referencia al centroamericano o quien llega desde el Perú o Ecuador. Por lo bajo, cuando nadie me ve, cuando pocos me oyen, en el momento en que no habrán testigos que me acusen; por ese mundo, otro, donde no llegan los colorcitos ni nada te enjuicia porque, a falta de pruebas, es como que no fue mientras no se demuestre lo contrario. Correctos, adecuados, a tono; mejor aprendidas las reglas y el modelo. Y es que, en Marte, todo va tan bien...

 

 

Aramís Castañeda Pérez de Alejo es graduado de Filología en la Especialidad de Literatura Cubana por la Universidad Central de Las Villas, Cuba, en 1990. Investigador, crítico literario y artístico.  Trabajos suyos han sido publicados en las revistas Signos, Umbral, La Jiribilla y Rebelión entre otras. Actualmente reside en Miami Beach.