Un recorrido por Vuelta Arriba

 

 Andrés Gómez

 

Hacía tiempo que quería ir a la región central de la Isla, la antigua Vuelta Arriba.  Siempre que estoy en Cuba salgo de La Habana y visito los alrededores.  La mayoría de las veces hacia la bella Pinar del Río, o recorriendo los muchos pueblos de la vieja  provincia habanera e inclusive los caminos a Matanzas.  Casi siempre regresando a La Habana en la noche.                                                                                                          

Al fin decidí hacerlo acompañado de tres amigos y, ese día, no tan tempranito cómo habíamos planeado, salimos en carro rumbo a Cienfuegos.

Era una mañana caliente, con cielos despejados, en plena sequía, de mediados del mes de junio.  Decidimos tomar la autopista, la famosa Ocho Vías, que no tiene tantas, ya que el objetivo del viaje era la región central y no queríamos demorarnos mucho en el viaje hasta Cienfuegos.

Enfilamos por el Paseo del Malecón, cruzamos el túnel de la bahía, seguimos por la Vía Monumental a encontrarnos finalmente con la Ocho Vías rumbo a Cienfuegos. Cruzamos los campos de las provincias de La Habana y Matanzas. Ahí, más que en ninguna otra parte de la campiña cubana me di cuenta, quizás por el largo tiempo continuo en la carretera, del fin de la larga hegemonía de la caña de azúcar en los campos cubanos, al menos, en estas regiones de la Isla. Desde que empecé a tener conocimiento de lo que significó la desaparición de los bosques originales de la Isla, sobre todo en Occidente, de la fauna y la flora que eran parte de ese magnífico conjunto natural debido a la siembra de la caña de azúcar, que abarcó extensiones extraordinarias,  siempre trato de imaginarme cómo habrían sido esos campos entonces, antes de que los requerimientos de la industria azucarera acabara con casi todo lo que por largos siglos había existido en las llanuras occidentales de la Isla.

En los últimos dos o tres años, supongo que debido al auge del turismo internacional y al alquiler de automóviles de turismo en la Isla, se han construido en las carreteras del país servicentros que --además de vender combustibles-- tienen otros establecimientos, que incluyen pequeños restaurantes y tiendas donde se venden diferentes productos, que hacen cualquier viaje en carretera más normal y agradable.

Como íbamos conversando nos demoramos casi tres horas, más de lo habitual, en llegar al entronque con la carretera que lleva a Aguada de Pasajeros y por ahí hasta Cienfuegos.  Es de reciente construcción ese entronque con paso superior y todo.  Nos salvamos que era junio, pasado el tiempo de la zafra azucarera, porque esa región sureña, ya en la provincia de Cienfuegos, continúa siendo cañera, y esa carretera de Aguada de Pasajeros a Cienfuegos se mantiene en tiempo de zafra, de noche y de día, altamente congestionada con los camiones y las rastras que se utilizan en el transporte cañero. 

Ya en esta carretera todo cambió.  Comenzó a haber mucho más tráfico, de carros, camiones, guaguas, coches tirados por caballos y yeguas, mulas y mulos, gente en bicicletas y gente caminando. Pasamos diferentes pueblos y caseríos, entre ellos Yaguaramas, Rodas y Ariza.  Ya se veía, al fondo, el conjunto de la Sierra del Escambray, imponente macizo, refrescante, después de andar tantas horas por la llanura.

 Llegamos a Cienfuegos.  Cienfuegos es una ciudad hermosa.  En comparación con otras ciudades cubanas es grande, con una población de más de 150 mil habitantes.  La domina la bahía de Jagua tan enorme que parece no tener fin.  Aunque a la entrada de la bahía existió desde los primeros tiempos de la colonización española un pequeño asentamiento, que se mantiene, y aún antes, se sabe de asentamientos aborígenes, la ciudad de Cienfuegos, que lleva el nombre del Capitán General que entonces gobernaba, se fundó en la segunda década del siglo XIX, como consecuencia de la expansión cañera en esa región.  Durante los últimos treinta años se ha industrializado.  Pero a pesar de su crecimiento, se mantiene, por sobre todo, como una muy linda ciudad de playa. Para nosotros, al menos, esa es su característica primordial.

Buscamos alojamiento en una casa de huéspedes, ya conocida, sencilla aunque cómoda y acogedora, en la pequeña península de Punta Gorda, el barrio más playero de todos, en el mismo paseo del malecón cienfueguero, frente al bello edificio del antiguo Yatch Club, actualmente Club Cienfuegos. En este lugar, así como en el otro en que nos quedamos días después en Trinidad, el pago del alquiler se requiere en divisa como es habitual desde hace años. En Punta Gorda, además del exótico Palacio del Valle y del remozado Hotel Jagua, hay una moderna y amplia zona de esparcimiento público de parques y cafeterías frente al malecón.

Decidimos hacer de Cienfuegos nuestra base para las excursiones que teníamos planeadas para los dos siguientes días.  Esa noche después de descansar salimos a caminar y coger el fresco por el malecón, que en esta ciudad, en toda su extensión, da a la bahía, no al mar abierto como en La Habana.  Caminamos asimismo, como en los otros días que permanecimos en la “Perla del Sur”, como se le llama en Cuba a esta ciudad en reconocimiento a su belleza, por el Paseo del Prado, bella alameda, vía principal de recreo y comercio, cuya extensión es precisamente la del Malecón.  Visitamos el Bulevar, paseo peatonal muy concurrido, de día y de noche, y también el Parque Martí, el cual es centro de la plaza principal de la ciudad, alrededor de la cual se encuentran, entre otros edificios principales, la Catedral, el Teatro Terry, y el Palacio del Gobierno Provincial. En los alrededores del Bulevar y del Parque Martí se encuentran los principales mercados agropecuarios, restaurantes, heladerías, hoteles, discotecas, librerías, galerías de arte y tiendas de diversas índoles.  Sobresale en las costumbres de los cienfuegueros su atención a la limpieza y al mantenimiento de su ciudad, y el uso de los coches tirados por caballos o mulos como forma habitual de transporte urbano.  Son muchos esos coches, se ven por toda la ciudad, a todas horas del día y de la noche.

A la mañana siguiente salimos rumbo a Santa Clara y después, en la tarde, a las visitas a Remedios y Caibarién.  En la carretera de Cienfuegos a Santa Clara se encuentran los pueblos de Palmira, Cruces, Ranchuelo y Esperanza, en ese orden.   Palmira tiene la plaza principal más bonita, es excepcional para un pueblo de su tamaño.  Saliendo de Cruces, se encuentra el monumento a la batalla de Mal Tiempo, extraordinaria victoria mambí en la Guerra de Independencia, con la cual la Columna Invasora del Ejército Libertador aseguró la entrada en Occidente. Esperanza, prácticamente a la entrada de la ciudad de Santa Clara, es también un pueblo lindo y antiguo. Los campos que se ven en la carretera de Cienfuegos a Santa Clara, sobre todo entre Palmira y Ranchuelo, siguen sembrados de caña, y se ven, estén o no actualmente en uso, varios centrales azucareros. 

Llegamos a Santa Clara como una hora y media después de salir de Cienfuegos.  Esta fue por casi un siglo la capital de la antigua provincia de Las Villas, y actualmente es capital de la provincia de Villa Clara.  Es aún más grande que Cienfuegos, tiene una población de alrededor de 225 mil habitantes.  Es una ciudad con mucho movimiento de personas y vehículos.  También se utilizan los coches tirados por caballos o mulos como transporte urbano e interurbano.  Su centro es muy atractivo.  Tiene cuadras de varias calles en los alrededores del Parque Leoncio Vidal,  centro de su plaza principal, convertidas en paseos peatonales, muy concurridos, donde también se encuentran establecimientos culturales, heladerías, restaurantes, librerías, tiendas, cafeterías y otros edificios públicos.

Visitamos primero el Memorial del Che, en la Plaza de la Revolución, que lleva su nombre que guarda, de una manera muy especial, sus restos, así como los de algunos de sus compañeros de la guerrilla caídos en Bolivia, y el museo, sobre aspectos de su vida, aledaño al mausoleo.  Después nos fuimos a caminar por el Bulevar.  Buscábamos un adaptador para el enchufe del cargador de nuestra cámara fotográfica digital, con la que tomamos muchas fotos, y felizmente lo encontramos en una tienda de efectos eléctricos del propio Bulevar .  Nos llegamos al Parque Leoncio Vidal, y le dimos la vuelta, por dentro y por fuera, como antiguamente era tradición hacer.  Ahí nos retratamos en la fuente del Niño de la Bota, en el Obelisco y en la estatua de Marta Abreu.  Entonces fuimos a almorzar a una pizzería cercana y después, por el postre, fuimos a una buena heladería.

En la tarde seguimos rumbo a la costa norte de la Isla, en la misma provincia de Villa Clara, por la carretera a Caibarién, puerto de mar, distante como unos 50 kilómetros de Santa Clara.  Esa carretera también tiene bastante tráfico.  Camajuaní es el primer pueblo en la carretera camino a Caibarién.  Es un pueblo pequeño.  El municipio del cual es cabecera tiene alrededor de 65 mil habitantes.  Uno de los apodos de Gerardo Machado, dictador de triste memoria, aún antes de asumir la presidencia de la República, era el de El Mocho de Camajuaní.  Según me explicó recientemente un cuentista amigo mío, criado en Camajuaní, ese apodo a Machado le viene porque, en el periodo entre las guerras de independencia durante el siglo XIX, Machado tuvo una carnicería en Camajuaní, y laborando como tal se amputó accidentalmente parte de un dedo de una de sus manos.  La familia Machado era oriunda de esa región; más bien del antiguo poblado de Antón Díaz, hoy barrio de Santa Clara.  También en Camajuaní vimos un entierro.  Pasaba por la calle principal, rumbo al cementerio, el carro funerario al frente seguido a pie, toda la distancia, por los dolientes.

A 20 kilómetros de Camajuaní, se encuentra la vetusta y mágica ciudad de San Juan de los Remedios.  El terreno entre Camajuaní y Remedios tiene una topografía de muchísimas grandes e irregulares peñas que parecen que han brotado impulsadas con gran fuerza del interior de la Tierra o que han caído de los cielos como meteoros, lo que se presta a confirmar la antigua creencia popular de la región sobre las cualidades sobrenaturales de la zona.  Remedios, una de las más antiguas villas de la Isla, fue, en el siglo XVII,  escenario de uno de los más extravagantes episodios en la historia colonial cubana.  Como el villazgo de San Juan de los Remedios del Cayo, segregado de la jurisdicción de Sancti Spíritus, se tiene constancia escrita de su existencia para 1577.  Fue prosperando, como todas las villas cubanas de entonces, por sus haciendas ganaderas y por el contrabando.  En 1672, vuelve a discutirse entre los vecinos de la villa su traslado del lugar costero donde se había establecido, a otro más seguro tierra adentro.  El problema esta vez fue que el cura párroco de Remedios quiso que la villa fuera trasladada a tierras de su propiedad en terrenos en la que se fundara eventualmente, por algunos vecinos de Remedios, la villa de Santa Clara.  Los regidores del Cabildo de Remedios y muchos de sus vecinos se negaron.  El párroco, al ser desobedecido, poseído de furor, y de los atributos de su cargo como comisario de la Santa Inquisición, declaró que sus enemigos eran agentes del mismísimo Lucifer, y que en el lugar donde se asentaba la villa se encontraba, nada menos, que una de las Bocas del Infierno, dando así inicio a una larga y cruel batalla, en la que finalmente lograron permanecer en Remedios, muy cerca del asentamiento original,  aquellos de sus vecinos que así quisieron, aunque a un altísimo costo personal, incluyendo el incendio de la villa, por Real Orden de Carlos II, él mismo conocido en la historia como El Hechizado.

Hoy en día Remedios es una pequeña ciudad encantadora.  Su plaza principal, dominada por dos viejas y bellas iglesias, es verdaderamente excepcional.  Mantiene un centro histórico de arquitectura muy interesante y en buen estado de conservación.  Seguimos rumbo a Caibarién, y hacia la costa, dominada por la larga cayería que la guarda, distante a unos 8 kilómetros de Remedios.  Caibarién es puerto pesquero venido a menos.  Tiene algunos edificios interesantes, sobre todo en su vieja y pequeña zona portuaria.  En esa parte del pueblo, dando vueltas nos perdimos, y tratando de encontrar la carretera a Remedios nos acercamos a varias personas para averiguar cómo salir de ahí, quiénes sordos a nuestra pregunta de cómo llegar al camino de vuelta, nos trataban terca e insistentemente de vender pescados y mariscos –que desafortunadamente no podíamos comprar ya que no teníamos donde guardarlos durante el viaje— en vez de indicarnos el camino de salida del pueblo.  Al fin encontramos la carretera a Remedios y tomamos el mismo camino de regreso a Cienfuegos a donde llegamos al anochecer.

Esa zona de Caibarién actualmente se beneficia de ser puerta a una importante zona turística cercana en los Cayos de Santa María, a los que se llega por un pedraplén de 40 kilómetros de largo que favorece a esa área con bien remunerados empleos y otros beneficios comerciales de la industria turística.

Al día siguiente fuimos por la carretera del Junco hasta  Pasacaballos a la entrada de la Bahía de Jagua.  Ese camino, como de  unos 20 kilómetros, pasa por el antiguo cementerio de la ciudad, hoy clausurado y declarado  Monumento Nacional.  También en esa carretera hay una zona sembrada con cientos de matas de mango.  Esta cosecha de mangos en Cuba fue excepcional y por todos los caminos frente a las casas, para nuestro deleite, al borde de la carretera, había sabrosos mangos a la venta. Dos de los que íbamos en esta expedición eran niños, e insistieron, como hicimos, en bajarse, intentar encaramarse en las matas y coger mangos, a pesar de que se habían pasado todo el tiempo comiendo mangos –sin lugar a dudas tienen estómagos de hierro-- y que además, en el maletero del carro mantenían una caja llena de mangos, maduros y verdes.

Seguimos rumbo a la costa, que es la del Mar Caribe, donde hay algunas playas.  Finalmente, después de esas playas uno se encuentra con el estrecho canal de entrada de la bahía.  Del lado de la bahía que nos encontrábamos hay un cómodo y espacioso hotel, el Pasacaballos, construido en los años setenta.  Frente al hotel, del otro lado del canal de entrada, se encuentra el pueblo de Jagua, con su pequeño castillo, guardián centenario de esa importante bahía.  Cruzamos a Jagua, en el  botecito de uno de los pescadores del pueblo, quienes se dedican también a cruzar a vecinos y visitantes.

Ese pintoresco e inusual pueblito es uno de pescadores.  El castillo de Jagua está completamente restaurado y es una joya del estilo de fortificaciones españolas en el Caribe.  En Jagua almorzamos mariscos y pescados en una rústica y excelente paladar familiar recomendada por unos amigos. El agua transparente de la bahía me hizo pensar en cómo fueron también las aguas de la bahía de La Habana hace muchos siglos. Existe una lancha grande que hace viajes regulares entre Jagua, Pasacaballos y Cienfuegos.  Pasamos una tarde encantadora, la cual terminó con el primer intenso aguacero de la temporada que refrescara a la calurosa ciudad, el cual bajó con vientos, truenos y centellas desde las alturas de la Sierra del Escambray. 

Al día siguiente, después del desayuno, salimos rumbo a la ciudad de Trinidad, por la carretera que bordea la costa sur y ya cerca de Trinidad, a las estribaciones de la Sierra del Escambray.  El trayecto es de unos 90 kilómetros de preciosas vistas, de un lado de un mar azul claro y del otro las formidables montañas.

Trinidad es una de las primeras siete villas fundadas por los españoles en la Isla.  Originalmente se fundó en la costa, aunque como muchos de los primeros asentamientos, los pobladores de esta villa, para mejor protección de corsarios y piratas, optaron por mudarse a unos pocos kilómetros loma arriba para tener mejor vista de la costa y poder así prepararse mejor de un eventual ataque por mar. 

Trinidad es un tesoro.  La zona histórica, Monumento Nacional, y desde 1988 declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, es una reliquia prácticamente intacta y viviente, de cómo era cuando sus edificios fueron construidos a finales del siglo XVIII y primer tercio del siglo XIX.  Es un continuo deleite visual de formas y colores.  Tuvimos la suerte de poder hospedarnos en una casa de huéspedes en el mismo centro histórico que tiene dos pequeñas terrazas a nivel de un primer y segundo piso.  Desde la más alta de éstas contemplábamos embelesados las vistas de la ciudad, y de todos sus alrededores, especialmente la costa y la sierra.  Las macizas y altas lomas de la Sierra del Escambray protegen y dominan a la ciudad.   La tarde que llegamos a Trinidad nos fuimos a bañar y refrescarnos del aplastante calor a la playa de Ancón, situada en una larga aunque angostísima  península a unos pocos kilómetros, justo al sur de la ciudad.  Vista majestuosa la de la playa a los pies de las montañas.

Ese zambullón no nos sació la sed de playa ni de aventuras, y nos fuimos por la carretera de la costa, a bañarnos en una de las desembocaduras de los varios riachuelos que bajando de las montañas, desembocan haciendo apetitosas pequeñas playas en el Caribe.   Lugares que son mudos testigos del comercio de rescate, contrabando, con ingleses, franceses, holandeses y gente de todas las costas del Caribe, que por siglos, comerciaban con los habitantes de esta región. Fue un deleite. Esa noche caminamos  las calles de la ciudad hasta extenuarnos.

Al otro día salimos a media mañana camino a uno de los tres valles más lindos de Cuba: el Valle de Trinidad, también conocido por el nombre del Valle de los Ingenios.  Los otros dos valles, claro, son el de Yumurí y el de Viñales.  El Valle de Trinidad es esencia del Trópico: una maravilla.  Ya no hay en él muchos ingenios ni tampoco, gracias a Dios, esclavos que en ellos trabajen.  Unos cuantos kilómetros después del mirador de ese valle, en la carretera a Sancti Spíritus, se encuentra la casa de vivienda de los dueños y el campanario de uno de los ingenios de la encumbrada familia trinitaria de los Iznaga, hoy un museo.  La casa, muy bien conservada, es amplia y de muy buen gusto.  El campanario es torre que envidian todas las iglesias de Cuba, con la excepción quizás de la Basílica Menor de San Francisco, en La Habana.  Consciente  de su uso original, sentí emociones encontradas.  Aunque es realmente bella.  Y más aún si se le ve y se le recuerda, para siempre, envuelta en decenas de manteles de hilo, tendidos a la venta, alrededor de su base, y que flotan en el viento a sus pies.

Después de terminar esa visita nos adentramos en el valle y visitamos otra antigua casa de vivienda principal, esta de un antiguo cafetal, hoy instalación turística, donde montamos caballo y nos refrescamos del intenso calor  bañándonos  en un pequeño río.  Regresando a Trinidad, bien entrada la tarde, nos recibió un fuerte y bienvenido aguacero.  Esa noche, como todas las que pasamos en esa ciudad, comimos en una paladar familiar, buena y barata, al doblar de donde nos hospedábamos.

Un tanto agotados por todos los trajines del viaje decidimos cogerlo suave al día siguiente.  Visitamos la iglesia de la Santísima Trinidad, la Plaza Mayor, el Museo de Arquelogía que se encuentra en la misma, las tienditas y la calle donde se venden objetos de artesanía y la Casa de la Trova. Caminamos despacito, sin rumbo fijo, mirando por altísimas puertas, exquisitas balaustradas, grandes ventanas y postigos abiertos al fresco y a las miradas indiscretas.  ¡Ah!, el deleite de disfrutar las vistas de esas viejas casonas trinitarias con los altos techos de maderas preciosas, pisos de antiguas losas de bellas figuras y colores, el amplio salón primero, después el ancho comedor al que le sigue el fresco patio y el resto de las habitaciones.  Aún muchas con bellos muebles, lámparas y adornos de la época.  Por la tarde, después de las cuatro, fuimos nuevamente a bañarnos, a quitarnos el calor, a la playa de Ancón.

Al día siguiente el regreso a La Habana, el cual para coronar la expedición sería atravesando las alturas de la sierra por Topes de Collantes.  A nosotros, gente que siempre ha vivido en el llano, sobre la costa, las alturas nos fascinan y nos intimidan.  E intimidados fuimos al subir una empinada cuesta de casi 900 metros de la costa a Topes.  Aunque la vista a nuestras espaldas era asimismo fascinante.  Atravesamos la tupida sierra llena de árboles y aves. Comenzamos a descender y nos encontramos con el bello y rico valle de Manicaragua y con el pueblo del mismo nombre, camino nuevamente a la ciudad de Santa Clara para justo antes de entrar en ella, tomar la autopista de las Ocho Vías rumbo a La Habana, de regreso a casa bajo otro intenso aguacero.

Recorrimos más de 1,300 kilómetros en seis días. Llegamos muertos pero contentos, y llenos de cuentos para contar y cansar a los demás, sobre todo, el benjamín del grupo que tiene once años. Ojalá se pueda repetir pronto otra excursión para conocer mejor esa bella isla nuestra. Fin. 

 

 

         Parque Martí, Cienfuegos 

     Palacio del Gobierno Provincial, Cienfuegos      

El Malecón, Cienfuegos

       Parque Villuendas, Cienfuegos

Parque de Palmira

Bohío, ¿al estilo de la de Pisa?

El Bulevar, Santa Clara

  Fuente del Niño de la Bota, Parque Leoncio Vidal, Santa Clara

Plaza de Armas,  Remedios

Iglesia, Plaza de Armas,  Remedios

Calle de Caibarién

                       Casa y puesto de venta de mangos en la carretera

Jagua, Cienfuegos

    Boca de la bahía de Jagua desde el castillo

Playa de Ancón y Sierra del Escambray, Trinidad

Calle deTrinidad

Valle de Trinidad

Campanario ingenio Iznaga, Trinidad

 Estatua, Plaza Mayor, Trinidad


Casa en la Plaza Mayor, Trinidad