No es serio este cementerio

Aramís Castañeda Pérez de Alejo

 

 

Carpentier, a veces. Nicolás Guillén, no sé ni como. Lezama, Piñera, Reynaldo Arenas, piedras de culto. Rivero, el ídolo. 

 

Pocos. Existen realmente pocos. Lo demás es porquería, panfleto, servilismo, letra al servicio de..., propaganda, amaneramiento; nada. Una tradición mocha; una continuidad que se rompe. El vacío enorme donde ninguno de nosotros, sin que nadie nos tocara por el hombro, al menos, para advertir-noslo, realmente estuvo. El otro día que paralizaron La Tierra.

 

Desde las maltrechas páginas de los diarios miamenses una visión desoladora sobrecoge al más pinto, provoca espasmos en más de una barriga bien alimentada, hace mover la cabeza de un lado a otro y apretar la boca, como diciendo, al señor de la corbata rosa. No hay que llamarse a engaños. Durante las últimas cuatro décadas y en lo que va del nuevo siglo la creación literaria cubana, dentro de las fronteras que conforman el país, simplemente no es, no está, nunca nació; nada indica que haya que trastear por esos rumbos buscando referencias. Y osadía, como concepto, quedaría estrecho. Y licencia, una carantoña demasiado floja. Y atrevimiento, y ceguera, y tozudez e ignorancia. Y prestarles atención una pérdida de tiempo que nadie, en su sano juicio, se permitiría, si no tuvieran, estos, el poder mediático que su posición les permite y la influencia que, una ciudad tonta, propicia. Porque en ese sueño eterno del futuro que viene, siempre hablando por nosotros y en nombre del bien, suponen restaurar las ilusiones perdidas, lo que no nos han permitido concebir, la verdadera verdad, las raíces de las cuales ignoramos todo, la cubanía sobre la que no tenemos, por años de encierro, la más míni-ma noción. Ellos saben, conocen, pueden, están en posesión. Nosotros no.

 

No, no hay que llamarse a engaños. No existen las novelas, ni los cuentos, ni los poemas, ni los ensayos, ni la crítica, ni el análisis, ni los estudios, ni las investigaciones, ni los testimonios, ni la dramaturgia, ni los premios, ni los estilos, ni los aportes, ni el esfuerzo, ni los reconocimientos, ni el avance, ni la evolución, ni el pensamiento, ni el “yo”, ni la creatividad, ni lo novedoso, lo original. Mucho menos el sentido de la identidad o la pertenencia. Solo un agujero negro se abre. Un agujero donde titilan dos o tres estrellas. A saber, las que alguien, escogiendo por ti y por mí, le ha dado la gana de hacernos ver.

 

Nadie escribió “Vestido de novia”. Nadie dijo, refiriéndose a él, “Cuando un buen poema, un buen cuento o un buen libro aparecen en nuestra querida patria, se tiene a bien fingir profunda indiferencia, si es que no resulta posible cubrirlo con el barro de la calumnia” porque “sabemos, desde hace mucho, muchísimo tiempo, que la elegancia y la grandeza no se hallan entre nuestros más comunes atributos”. Y es que tú no existes Norge Espinosa, ni tú tampoco Abilio Estévez. Como, igual, una generación de los ochenta, que “empezaba a pugnar porque se le tomara en cuenta, por decir verdades que tocaban a su tiempo”. Emilio García Montiel no es un nombre. No lo es Rodríguez Tosca. Ni Damaris Calderón, Antonio José Ponte o Teresa Melo. Nunca soñó Sigfredo Ariel que

    

        Estos días van a ser imaginados

        por los dioses y los adolescentes

        que pedirán estos días

        para ellos.

        Y se borraran los nombres y las fechas

        y nuestros desatinos

        y quedara la luz, bróder, la luz      

        y no otra cosa.

No, Odette Alonso. No eras tú quien vivió, ni quien supo. No hubo El Tiempo de los Fieles ni  tal generación y, todavía,  te empeñas, cabezadura, en dar cuerpo a unas memorias que no tendrían razón porque nadie estaba, porque ni tú misma fuiste, porque los fantasmas han hecho maravillas a tu alrededor y te crees cosas que solo imaginaste. Puesto que yo, también, imagine. Y no era mi profesora quien lloraba mientras ardía porque comprendiéramos a la Zambrana . Y nunca supe del Espejo de Paciencia, ni de lo fantástico en nuestra narrativa, ni de Orígenes, ni de Loveira, ni de Montenegro o Feijoo. Nunca supe porque yo no soy. Porque no eres Ambrosio Fornet. Y cuando se escribe en la contraportada de tú  El Libro en Cuba  “ es una sociología de la actividad editorial, el intento de establecer los nexos socioeconómicos de la producción intelectual cubana desde que aparece la imprenta hasta que termina la dominación española” no se ha escrito nada; porque jamás hubo un tiempo en que corriste tras los datos, ni consultas, ni cotejos, ni selección de textos ni tu libro es tu libro ni yo lo leí, ni nadie lo editó, ni los sábados son sábados ni el año termina. Y nada ha dicho Joel del Río cuan-do se cuestiona  Nuevo cine cubano: ¿abierto, distinto, pobre? para hacernos saber que “ Nos encontramos frente al advenimiento de un cine neorromántico por la temática y por el diseño de los personajes pero profundamente neorrealista y antidogmático en su afán por reflejar las difusas aristas de la casi ininteligible contemporaneidad, vista en sus aspectos menos floridos y complacientes”, ni Dean Luis Reyes cuando se pregunta “ ¿La crítica cubana seguirá atendiendo sólo a esos tristes y escasos largometrajes que el ICAIC logra producir? ¿Seguirán las instituciones apoyando producciones extranjeras que ofrecen una perspectiva banal de nuestra realidad e ignorando a realizadores comprometidos  ante todo con una imagen compleja de su mundo? ¿Se aprobara finalmente el lamentable decreto ley que pretende controlar los rodajes por iniciativa independiente?” ¿Quién es Joel Ríos? ¿Quién Dean Luis Reyes? ¿Quién Janet Mesa Pena y Diley Hernández Cruz y qué significa una aproximación a los Transformistas, Travestis, Transexuales: un grupo de identidad social en la Cuba de hoy ? ¿Quién Lorenzo Lunar y por qué se atribuye a su firma el policiaco Que en vez de infierno encuentres gloria, mención como mejor novela negra publicada en castellano en el 2003? No, en las últimas cuatro décadas y en lo que va de siglo la creación literaria cubana, dentro de la isla, simplemente no es, no está, nunca nació ; nada indica que haya que trastear por esos rumbos buscando referencias o señalando puntos. Un inmenso hueco negro se delinea ante los ojos en espera de que ese futuro, próximo, glorioso, gratificante, ponga, al fin, las cosas donde deben ir. Porque no sabemos, porque, años de encierro y vida torcida, no tenemos, aún, la más mínima noción de por dónde andan nuestras raíces o que es, en verdad, la cubanía. Y no hay novelas, ni cuentos, ni poemas, ni estudios, ni investigaciones, ni esfuerzo, ni evolución ni pensamiento. Mucho menos sentido de la identidad o de lo que nos es propio.

 

Desde las maltrechas páginas de los diarios miamenses, en las revisticas cándidas donde te encuentras a los mismos, en el programa de radio en el cual aparecen otra vez, y en la televisión, y en la esquina y en cualquier lugar cuando, por si no bastara, una vez más, no dos ni tres hablan de esterilidad, y de falta de perspectiva; de dobleces y sometimiento. Burlándose de tu capacidad de reflexión; súbvalorando hasta el tuétano tu inteligencia y tu poder cognoscitivo; borrando de cuajo los dones que tu mi-rada tiene para el análisis y la conclusión, y lo que hiciste y lo que haces y lo que tienes en proyecto. Con la mayor desfachatez; sin que les cueste nada. Y es que Carpentier, luego del 59, nada logró – dicen- y Nicolás Guillén llegó ya hecho y Lezama, Piñera, Reynaldo Arenas ángeles caídos a los que no permitieron revelarse por su condición sexual. Y Rivero el símbolo, aún cuando poco importen  sus poemas y no pueda memorizar, alguno de entre ellos, al menos, uno de sus títulos. Y Cabrera Infante, y Zoé Valdés. Nada importa la relevancia ni el análisis serio. Nada esperar que mínimamente refleje enfrentarse a una obra con todas las de la ley. No se habla aquí de composición, ni de forma, ni de asuntos, ni de lenguaje, ni de recursos, ni de ubicaciones en tal o mascual vertiente. Con sus señoras bien peinadas y sus odas ridículas, su patriotismo de a dos por kilo, su exaltación, su verborrea; ese  tono anquilosado y viejo, los ¡Oh!, o los ¡Ah!, o los ¡Señor!, o ¡Dios mío!, es otra historia la que se escribe, otra forma de ser cubanos en la que no cabemos. Seguro por desconocimiento, por ignorancia, porque discapacitados y lerdos como somos hubo un día en que paralizaron La Tierra sin que nadie, por aquello de que después no dijeran, nos tocara por el hombro para advertírnoslo. Pocos. Existen realmente pocos. Mientras, alguien, en tu nombre, en el mío, siempre en obra del bien, habla de futuros solidarios donde, al fin se pondrán los puntos sobre las íes, las ilusiones perdidas se restauren;  lo que no nos han permitido concebir, la verdadera verdad, las raíces de las cuales ignoramos todo, la cubanía sobre la que no tenemos la más remota idea emerja como el ave fénix para, entonces, comenzar a comprender.

 

No. Ninguno de nosotros realmente estuvo. Ni yo soy yo, ni tú eres tú ni él es aquel. La vida que creímos vivir es solo una falacia que, en algún momento, sin notarlo, nos envolvió para hacernos nada, cuando ya, de antemano, no lo éramos. Otros son los que saben, conocen, pueden, están en posesión. Lo demás es un vacío negro que se abre para cubrir, ahora mismo, no sé a quién.   

 

            `                                                                                               

Aramís Castañeda Pérez de Alejo es graduado de Filología en la Especialidad de Literatura Cubana por la Universidad Central de Las Villas, Cuba, en 1990. Investigador, crítico literario y artístico.  Trabajos suyos han sido publicados en las revistas Signos, Umbral, La Jiribilla y Rebelión entre otras. Actualmente reside en Miami Beach.