Movimientos Sociales y Homosexualidad
 

Reynaldo González

 


A pesar de inocultables demostraciones científicas, todavía cuando se habla del sida no faltan quienes reiteran la inicial asociación de esa pandemia con la homosexualidad como causa unívoca. Sabemos que entre las causas del sida está la transmisión sexual, pero también otras, entremezcladas, y que ese mal avanza por vías de las que por igual no escapan homosexuales o heterosexuales. Y sucede que la comunidad gay es una de las que con mayor disciplina aprendió lecciones de prevención, quizás porque con menos inhibición que otros sectores poblacionales trata cuestiones que resultan embarazosas. El hecho es que la humanidad se confronta con la devastadora expansión de ese mal y para enfrentarlo, las cabezas pensantes buscan vías para atajar la pandemia, independientemente de sus filiaciones políticas o religiosas, y de la prevalencia en la conducción de la sociedad o la urgencia de contestar las formas de poder vigentes. En la consecución de ese objetivo deben hallar un terreno de consenso y revisar sus criterios sobre asuntos que se alejan de circunstancias sanitarias y preventivas.

Llegados a ese punto sí tienen vinculación el sida y la homosexualidad, pues las bifurcaciones de ambos temas se relacionan con la moral —o lo que se tiene por moral— y la política —o lo que se comprende como política—, y con prejuicios y desprecios que marcan un tránsito de siglos. Para los movimientos sociales la homosexualidad revive viejas confrontaciones y la valoración que se tuvo o se tiene de una parte de la humanidad que ha ido ganándose su lugar y cuya relevancia no acepta retroceso. En la actualidad el asunto se entrelaza con la búsqueda de una gobernabilidad que implique a más de los que tradicionalmente la han decidido, y ya no queda, como antes, en un desentendimiento que solamente sirve para evidenciar flagrantes inadvertencias e ignorancias.

Un ejemplo: En estos días, y a propósito de una ley que autoriza el matrimonio homosexual, España vive un verdadero pugilato político. La semana pasada, la jerarquía católica de ese país llamó a una multitudinaria manifestación (fechada para el próximo 18 de junio) contra una ley que respalda el 74% de los españoles, según una encuesta que consideró la opinión de un 82% de católicos. En lo interno del catolicismo, este diferendo implica una quiebra en una religiosidad que por demasiado tiempo se extrapoló al terreno político y fue el trasfondo ideológico predominante. En lo externo, es el corolario de un debate entre el actual gobierno español y el ejercicio religioso mayoritario entre quienes lo votaron en las urnas. Después de avances y retrocesos, la Iglesia católica se confronta con ese gobierno que, aunque con peculiaridades y diferencias que permiten cuestionar su concepto de socialismo, se declara socialista. Y tenía que ocurrir en la España que vivió el nacional-catolicismo, con dictaduras de poderosa impronta clerical, al punto de llevar la religión a ideología de Estado. Esas dictaduras fueron radicalmente homofóbicas: en la homofobia educaron a muchas generaciones. Se sabe que la ley de legalización de matrimonios entre parejas del mismo sexo, y su polémico derecho a la adopción, se une a la consideración del aborto, del divorcio, de la experimentación con células embrionarias y de una ley orgánica de educación que, de establecerse, apuntaría hacia una convivencia moderna y laica largamente ansiada por el mejor pensamiento español.

Como un episodio de ese entrevero, el pasado 28 de abril el periódico que abiertamente sostiene la línea gubernamental, El País, editorializó sobre diferencias de criterios entre los alcaldes del opositor Partido Popular, que se han sumado al consenso para las celebraciones de matrimonios gay, y consideró que al aceptar lo que antes negaron, ofrecían “una muestra de cordura y de sentido democrático”. Pero en nombre de la libertad de expresión, en los últimos días de mayo ese mismo periódico publicó un anuncio pagado, demagógicamente remitido a “Padres y madres de España”, que hacía un llamamiento urgente contra el matrimonio entre personas del mismo sexo. Entre bestialidades nada aromáticas, allí se proclamaba que “el sida ‘es una enfermedad de los homosexuales’ y que son estos quienes la propagan”, lo que implicó una flagrante difamación hacia todo un colectivo de personas, además de contribuir a perpetuar un estigma discriminatorio ya vencido por la ciencia. De haber ocurrido en otro tiempo, esa afirmación hubiera pasado inadvertida, pero provocó una protesta unánime de los colectivos de gays y lesbianas, a quienes de inmediato se unieron instituciones y ciudadanos de toda condición.[1] Fue un movimiento raudo, que no lideró ningún partido político, sino que, como viene sucediendo, movilizó a personas que actúan aparte de ideologías o de partidismos. Dos días después de la publicación del llamamiento, el periódico El País debió autocriticarse en su página editorial porque “un fallo en nuestro sistema de control hizo posible la inserción de ese ofensivo reclamo”.[2] Podrá argüirse que tanto la publicación del anuncio como la rectificación entran en el juego de libertad expresiva ampliamente proclamado por esa sociedad, y que la parte comercial del periódico se alejó de sus cometidos morales. Lo innegable es que el asunto pone en relieve una herencia de discriminación y desprecio hacia el diverso, hacia las opciones individuales, consideraciones regresivas que ya no pueden expresarse de manera desembozada sin que les salga al paso una civilidad de nuevo tipo.

Hoy sabemos que la consideración que una organización o movimiento tenga de la homosexualidad ya no queda en cotos cerrados, ni le vale argumentar las arcaicas líneas del pensamiento mosaico del Antiguo Testamento, o versículos de los Evangelios, mucho menos acudir a razonamientos políticos que estremecieron los siglos anteriores, o estrategias de cambio social que se tamizan de énfasis ideológico mientras buscan un reacomodo en situaciones que sus criterios matrices no contemplaron. Es obvio que esto no ocurre solamente con la homosexualidad, sino que hace parte de replanteos que superan los viejos códigos y responden a una sociedad que ha desarrollado vías de emplazamiento totalmente nuevas, que obligan a una urgente actualización. Se puso de manifiesto en el seno de la todavía en construcción Comunidad Europea, cuyos altibajos notables, con el “no” francés y holandés, hoy ocupan las primeras planas. Me refiero a lo sucedido con el político conservador italiano Rocco Buttiglione, elevado por Silvio Berlusconi a la cartera de Libertades, Seguridad y Justicia de la Comisión Europea, nada menos. Unas declaraciones suyas resultaron ofensivas a los gays y a las asociaciones que procuran el mejoramiento social femenino. De inmediato fue denunciado como un fascista que resucitaba criterios medievales, un dogmático incapaz de cumplir un cargo de responsabilidad internacional. El cerrado repudio lo descalificó y debió abandonar sus pretensiones en la dirigencia europea. Instituciones de católicos avanzados de Italia y de toda Europa se incorporaron al rechazo, preocupados porque la opinión pública considerara que todos los seguidores de su fe entrados en política resultarían de similar calaña.

Por supuesto, que no podemos crearnos una idea idílica acerca de cómo van las líneas directrices y las conductas en la política europea, donde se advierte una expresa derechización, amparada en el manto de la globalización y la pérdida de pluralidades que, luego de la implosión del campo socialista, parecerían irrecuperables. Sin embargo, las reticencias para tratar los asuntos que implican a la homosexualidad asoman donde menos se les espera, incluidos los crímenes de adversarios de la humanidad tan terribles como las hordas hitlerianas. En el actual recordatorio por el cincuentenario del fin de la Segunda Guerra Mundial, al evocar la barbarie nazi y el Holocausto judío, poco o nada se habla de la criminal política hitleriana hacia gitanos y homosexuales, entre otras minorías avasalladas bajo las consignas de la llamada raza superior. Sabemos que su homofobia se basó en tendencias de los ideólogos nazis: veían el homosexualismo como una amenaza para la política de reproducción aria. A los homosexuales atribuían una falta de virilidad asociada a la humillación sufrida en Versalles y al ambiente cultural permitido en el tiempo de Weimar. Una vez que el dirigente Ernst Rohm, amigo de juventud de Hitler, por orden suya fue asesinado a tiros, predominó el enfoque machista del nazismo, que se sentía amenazado por la existencia de la homosexualidad en sus filas. Bajo esos criterios la población homosexual también alimentó los campos de concentración, la mano de obra esclava  y los hornos crematorios. Todavía un pudor sexista impone discreción sobre ese asunto.

Son datos recientes sobre un viejo dilema del pensamiento social que, por supuesto, se extiende a la praxis política. Haber convertido a la homosexualidad en un tabú de la cultura y la sociabilidad ha dañado más que si se hubiera enfrentado su existencia como algo inherente a las condiciones y preferencias del ser humano. Como todo lo que concierne a comportamientos y actitudes que implican la sexualidad y la moral, la tradicional consideración de la homosexualidad resultó piedra de choque para las vanguardias. Aún las instituciones que asumieron el materialismo histórico y científico como base programática, arrastraron al plano político los dogmas religiosos y la desatención a los reclamos de la ciencia, o los subestimaron al punto de desconocerles una significación que a la larga resultaría dañina. Sucedió con la persecución homosexual en regímenes socialistas cuyo silenciamiento oficial contribuyó a darles mala prensa y la convirtió en argumento de permanente reconvención en manos de sus adversarios. Con el tiempo, el silencio inicial invalidaba o ponía en duda los posibles alegatos de cambio, si lo hubo, pues el asunto se les había convertido en un boomerang particularmente aprovechado por la derecha internacional, con irremediable eco entre intelectuales y artistas. En este punto, a las mentes de muchos acude el enorme error de uno de los grandes partidos comunistas de Europa occidental, el italiano, al echar de sus filas al joven homosexual Pier Paolo Pasolini, quien luego fue uno de los estudiosos y esclarecedores del pensamiento de Gramsci, y un talento más trascendental del arte cinematográfico y literario del siglo xx.

El crecimiento de los medios de comunicación, incluida una capacidad nueva de movilización por Internet y el uso de celulares para llamar a la participación individual, respalda vías alternativas de eficacia inesperada. Varios acontecimientos recientes apoyan esta afirmación. Hoy las instituciones políticas y los movimientos sociales más destacados no temen contar con homosexuales en sus filas, aunque siguen acercándose al tema con una prevención lastrante, mientras que si lo abordaran con toda transparencia, saldrían fortalecidas en la base y en el prestigio. Para el pensamiento progresista ha sido una asignatura pendiente la vinculación de esclarecimientos sociológicos a la práctica política, la enriquecedora complejización que supone incluir en sus programas el razonamiento sobre aspectos de la realidad que no siempre hallan cabida en una mirada de conjunto. En la actualidad, con un desarrollo multiplicado y considerable de las asociaciones y los movimientos sociales, precisamente para afirmar que una convivencia social más justa es posible, se impone vincular a todos los sectores en los proyectos comunes. No como “compañeros de ruta” —según una antigua expresión del lenguaje político—, sino como partícipes con todos los derechos y deberes. Recordemos que la excepcionalidad puede resultar marginalizadora, que la llamada “tolerancia” implica una diferenciación cruel, pues se tolera aquello con lo que se coexiste pero ponemos en capítulo aparte, no asimilado en paridad de condiciones. Ser progresista hoy implica tener en cuenta a todos los elementos que puedan contribuir al mejoramiento social, porque sin ellos el proyecto no tendría sentido ni realización perdurable. El pálpito de esas ideas está implícito en cualquier proyecto que unifique la cultura y el desarrollo, entendidos estos conceptos hablamos desde una valoración profunda, no utilitaria y ocasional. Un movimiento social que se proponga alcanzar eco atendible, independientemente de su profundidad o vastedad, o precisamente por ellas, está obligado a ganar una complejidad mayor si no desea que sus avances resulten fallidos y que una incompletez de origen debilite sus posibles conquistas.
 


Texto presentado al IV Congreso Internacional Cultura y Desarrollo
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La Habana, 7 de junio de 2005.

[1] Carmen G. Hernández Ojeda y 37 firmas más: “Anuncio homófono”, y Gloria Pardo Fernández, en “Cartas al Director”, El País, Madrid, 25 y 26 de mayo de 2005.

[2]Un anuncio ofensivo”, editorial de El País, Madrid, 27 de mayo de 2005.