Los nuevos autonomistas y la historia oficial
 

Mildred de la Torre Molina


Los detractores de la revolución y de los historiadores marxistas cubanos han definido como historia oficial a la financiada por el Estado cubano y el Partido Comunista de Cuba con el objetivo de sustentar ideológicamente las posiciones teóricas del proceso revolucionario. Se dice, una y otra vez, que el oficialismo en Cuba censura cualquier idea, pensamiento o suceso contrario a la historia política de carácter independentista y patriótica porque atenta contra la base histórica del discurso político de la dirigencia revolucionaria cubana.

Para los que así piensan, los historiadores cubanos son simples ejecutores de una política orquestada y decidida por las altas esferas del poder político. La individualidad gestora de la actividad científica está ausente en tanto solo se produce lo que el estado decide y determine. Él piensa, él recomienda y hace todo menos ejecutar la investigación.

Este concepto es sumamente antiguo en el pensamiento anticomunista. Recuérdese que los defensores del liberalismo burgués acusaron al marxismo, desde su surgimiento, de estatalizar la conciencia, de anular la personalidad de los creadores y de apropiarse de la propiedad intelectual a favor del desarrollo de las colectividades sociales. Carece de originalidad todo cuanto se dice para desvirtuar la política cubana encaminada a propiciar el enriquecimiento de la espiritualidad social.

Vale la pena recordar, parece que se ha olvidado, que si el carácter oficialista está determinado por el financiamiento estatal o partidista, ¿por qué tal calificativo no se aplica a la obra Historia de la Nación cubana cuyos tomos fueron editados por el gobierno del tristemente célebre Fulgencio Batista o a los textos escolares de los diferentes niveles de enseñanza existentes durante las administraciones gubernamentales de la neocolonia? ¿Por qué no se aplica tal calificativo a las historias, textos, monografías y artículos publicados por las instituciones estatales del resto del mundo? ¿Acaso no tienen el mismo origen que las obras cubanas?

La condena agresiva y furibunda a la denominada historia oficial está estrechamente relacionada con los cambios políticos operados en el mundo debido al derrumbe del socialismo del este europeo y a la imposición del neoliberalismo internacional. Este, de forma progresiva y con métodos nada pacifistas intenta destruir la independencia nacional porque es contraria a sus fines hegemonistas. La soberanía y el sostenimiento de las tradiciones políticas, radicales y revolucionarias constituyen pensamientos y actitudes discrepantes, por no decir enemigas, de la globalización ideológica preconizada por las principales potencias capitalistas bajo el liderazgo de los Estados Unidos.

Resulta sospechoso para los historiadores cubanos que los críticos de la historia oficial defiendan, a la altura de este tiempo, a los viejos autonomistas por sus posiciones contrarias a la lucha insurreccional, al paradigma martiano y a las tradiciones revolucionarias a la vez que se adscriben al pacifismo evolutivo.

Se cuestiona a la historiografía cubana por su nacionalismo y por ello la califican de tradicionalista al no aceptar al reformismo como solución de los grandes males que aquejaban al mundo colonial de entonces, porque esta historiografía demuestra la imposibilidad de que el capitalismo pueda humanizarse como sistema social y porque defiende las tantas razones que tuvieron los cubanos para reiniciar la guerra necesaria.

Los nuevos autonomistas, denominados así por la autora de estas páginas debido a los enfoques contemporáneos del viejo autonomismo, reprochan duramente a los historiadores marxistas, tradicionalistas y nacionalistas, porque contraponen el pensamiento autonomista al de la revolución, especialmente al de José Martí.

Los pensamientos defendidos por algunos historiadores españoles y por norteamericanos de origen cubano, refractarios de las posiciones de la historia política oficial cubana, específicamente la relativa al movimiento autonomista, entraña dos enfoques estrechamente relacionados entre sí: la incapacidad de los cubanos, como pueblo, para erigirse en nación independiente y el evolucionismo independentista de los autonomistas como los únicos capaces, referido a la dirigencia, de crear la indefinida y futura república moderna.

Dicho punto de vista está presente, fundamentalmente, en los trabajos de los historiadores españoles Luis Miguel García Mora, Marta Bizacarrondo, Antonio Elorza y en las críticas historiográficas realizadas por Inés Roldán, Antonio Santamaría, el checo Oleg Opatrní bajo el auspicio de Consuelo Naranjo, así como también en las intervenciones públicas, más políticas que académicas, de Celia M. Parcero e Ies Parquesol. Entre los cubanos norteamericanos partidarios vehementes del viejo autonomismo está Rafael E. Tarragó mientras que Vicente Echerri es un vehemente crítico del oficialismo cubano. El primero ejerce como bibliotecario y el segundo es publicista.

Como se ha señalado, los fiscales de la historiografía cubana han condenado, sin rubor ni pena, a la guerra necesaria concebida por José Martí, a la casi totalidad del liderazgo mambí procedente del 68 y a la inmensa mayoría del campo independentista.

Es justo reconocer que, después de una desgarradora guerra cuyo final no obtuvo los resultados esperados, con la herencia dolorosa de sus contradicciones políticas internas, algunos cubanos creyeran en la imposibilidad del triunfo revolucionario y en la eventualidad del pacifismo evolutivo.

Pero ello no puede conducir a la aseveración categórica de que la nueva confrontación armada de 1895 en adelante constituyó un error de sus líderes y participantes, fundamentalmente de José Martí y que el camino conducente a la libertad era el del régimen autonómico. 

Todos los críticos de la historiografía oficial cubana analizan dicho aspecto bajo una total y absoluta coincidencia. Al decir de ellos, lo que se cuestiona es la opción de la lucha armada asumida por los revolucionarios independentistas y no el camino de la independencia y la república como régimen político jurídico.

Lo que se defiende, además, es el supuesto carácter independentista y nacionalista del régimen autonómico. Su basamento está determinado en el origen cubano de la inmensa mayoría de los alineados al Partido Liberal Autonomista (PLA), en la defensa nacional de su programática, siempre favorable al poder económico de los cubanos y a la igualdad de los derechos político sociales entre estos y los españoles, entre otras cuestiones.

Lo que se condena es la insurrección armada, costosa y dolorosa, liderada por el militarismo y la incultura política en los momentos cruciales de la lucha por la implantación de un régimen transicional.

Lo que se sanciona es el apoyo brindado por los jefes del mambisado al ejército norteamericano para destruir el poder de España en Cuba. Lo que demuestra, con tales planteamientos, es el desconocimiento de las interioridades del proceso histórico cubano y de los aportes brindados por la historiografía cubana actual a la vez que se evidencia el retroceso cultural de los nuevos autonomistas en tanto se apoyan y repiten los razonamientos vertidos por algunos historiadores cuyas labores se desarrollaron durante la etapa neocolonial, muchos de ellos, como ahora, se basaron en los testimonios, en la propaganda política electoral del Partido Liberal Autonomista y en la innegable presencia de viejos y nuevos combatientes revolucionarios en las filas liberales. Hay, a decir verdad, ausencia de aportes novedosos en los nuevos autonomistas.

Finalmente, se utiliza al autonomismo para condenar a la revolución cubana y a su historia oficial porque ambas reivindicaron las luchas del pueblo por su independencia y soberanía y porque ambas fundamentan, a través de realidades y grandes verdades, la equivocación burguesa de no creer en la capacidad y en la cultura política de las masas y sobre todo porque evidencia la ineptitud de la burguesía para regir los destinos republicanos del país.

El pacifismo frente a la rebeldía popular, el pacifismo contra Martí, el hombre más trascendente de la historia de Cuba y uno de los pensadores más universales de la época contemporánea. El pacifismo nacionalista contra las rebeldías de quienes no desean y ya no pueden soportar el salvajismo y la injusticia del capitalismo.

Si la revolución cubana se basa en las mejores tradiciones de lucha del pueblo cubano, sus enemigos se apoyan en la equivocación histórica de aquellos que no aceptaron el sacrificio de los campos de batalla a la vez que daban loas a los gobernantes de turno y a sus crímenes. Los enemigos de la nacionalidad cubana son los mismos, aunque cambien las circunstancias históricas.

Los nuevos autonomistas, patrocinan la idea de que el liderazgo liberal autonomista protagonizó la campaña por los derechos civiles en la colonia, tales como el matrimonio civil, el sufragio universal, la libertad religiosa y la separación de la iglesia del estado y condenó el despotismo, el militarismo y la corrupción político administrativa.

Es cierto que constituyó una fuerza opositora importante y trascendente contra la política tradicional de España en Cuba y que su buen decir permitió la apertura hacia nuevos entendimientos sobre la realidad social del país. No existen dudas que hubo una izquierda filantrópica, evolucionista y progresista que luchó contra la esclavitud y la discriminación racial y que su verbo trascendió el país para insertarse en el mundo intelectual europeo.

No se puede negar que los principales pensadores autonomistas contribuyeron al conocimiento y a la divulgación de las más conocidas e importantes corrientes filosóficas de la Europa de entonces y que sus obras conforman la cultura política de Cuba. Pero no fueron los únicos. Juan Gualberto Gómez luchó por las reivindicaciones sociales de los negros y mulatos y por la igualdad social, Enrique José Varona desde las filas del autonomismo y del independentismo contribuyó a la comprensión, dentro de los círculos intelectuales, de la necesidad de transformar el orden social y jurídico implantado por España durante cuatro siglos de dominación colonial, Manuel Sanguily se refirió a la incoherencia de la política metropolitana y a los desmanes administrativos prevalecientes en las esferas del poder insular, los reformistas y los integristas alineados a las fuerzas conservadoras se pronunciaron contra la corrupción político administrativa y a favor de la abolición de la esclavitud, pero sobre todo hubo un legado extraordinario, de defensa de los derechos civiles, protagonizado por Varela, Saco, Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo y toda una pléyade de pensadores y hacedores de la nación cubana.

Por esas libertades civiles los cubanos protagonizaron numerosas protestas y acciones rebeldes y una gloriosa guerra que evidenció la capacidad de los criollos para dirigir su destino. Capacidad demostrada en la conformación del Partido Revolucionario Cubano y en la reanudación revolucionaria de 1895.

Los mencionados cubanos norteamericanos Rafael E. Tarragó y Vicente Echerri ilustran nítidamente todo cuanto se ha expresado sobre el quehacer de los nuevos autonomistas. El primero, en un artículo publicado por El Nuevo Herald el 17 de marzo de 2003, ofrece una versión muy particular y antihistórica sobre las figuras de Máximo Gómez y Calixto García calificándolas de militaristas, de gestores de la destrucción económica del país, de carecer de respaldo y apoyo popular y de ser los artífices de la reconcentración en tanto, según él, la aplicaron antes de Weyler.

Lo significativo de Tarragó es cuando contrapone a la revolución con la política española antes de 1895 al señalar que propició un régimen de libertades democráticas, pero el autor de semejantes comentarios va más lejos cuando abiertamente acusa a los rebeldes de ineptitud para fundar una Cuba independiente que no fuera una copia de las repúblicas militares de Centro y Sur América. Después de semejante aseveración, Tarragó se muestra partidario de que Rafael Montoro hubiese sido el presidente de la república de Cuba.

Más que un nuevo autonomista Tarragó parece un ultraconservador integrista en el momento de hablar contra los patriotas y la sabiduría del pueblo cubano.

Vicente Echerri, por su parte, en el mencionado periódico, el 30 de enero del pasado año, pretendió homenajear a José Martí por su sesquicentenario señalando, entre otras cuestiones, que la obsesión de los cubanos transita como un monótono péndulo entre estos dos polos de nuestra nacionalidad: Castro y Martí. A partir de esa idea, totalmente ignorante de los sentimientos y de la cultura política del pueblo cubano, el autor califica a nuestra nacionalidad de fragmentada y a Martí como su piedra angular.

Echerri evalúa a la revolución cubana de engendro castrista y cree que el pensamiento de José Martí puede unir a leninistas ortodoxos y a los portavoces de la derecha. Semejante apreciación simplista revela en Echerri la necesidad de un mayor nivel de información sobre el pensamiento martiano y de las contradicciones existentes entre los revolucionarios cubanos y la ultraderecha del exilio cubano. 

A los cubanos de uno u otro bando no se les puede hablar de la misma forma y mucho menos afirmar que ambos se apoyan en las mismas ideas, referidas a la de José Martí. Echerri sabe perfectamente que el pensamiento martiano alcanza su real dimensión universal y nacional a partir de los estudios realizados por los especialistas cubanos después del triunfo revolucionario de 1959, y que su interiorización como acción patriótica está en las luchas revolucionarias del pueblo desde la frustración de 1902, al constituirse una república nada coincidente con la preconizada por Martí. 

José Martí se ha hecho realidad en Cuba por las acciones de sus gobernantes y de su pueblo. Él no es un mito en Cuba, es una obra concreta, no es un sueño perdido en la distancia de los tiempos históricos, no es el pretexto para sostener un proceso, él, junto a la inmensa mayoría del pueblo cubano constituye la revolución misma y esta es la enemiga principal del llamado exilio cubano en los Estados Unidos.

Tanto Tarragó como Echerri son fieles exponentes de un legítimo oficialismo, en tanto expresan los intereses de quienes nunca nos han querido bien como son el gobierno de los Estados Unidos y sus acólitos del exilio. Dichos oficialistas carecen de suficiente pensamiento martiano para criticar y condenar a los que desde la realidad cubana estudian y practican la doctrina del maestro.

Finalmente, de cuál oficialismo se está hablando, mejor, condenando. Reivindicar y enriquecer el pensamiento martiano, calorizar su conocimiento dentro de las mayorías poblacionales de Cuba, descubrir y divulgar su universalidad y actualidad en los momentos más difíciles de la historia de la humanidad, enseñar patriotismo y antiimperialismo a través de las grandes verdades expresadas por Martí, son pruebas elocuentes de un siempre bienvenido oficialismo Si Martí es la sustentación ideológica de un gobierno, de un pueblo y de una nación ¡Enhorabuena!

Mayo, 2005


Mildred de la Torre Molina: Licenciada en Historia y Doctora en Ciencias Históricas. Investigadora del Instituto de Historia de Cuba. Profesora Auxiliar Adjunta de la Universidad de La Habana. Autora de El autonomismo en Cuba. 1878 - 1898. Coautora de La turbulencia del reposo, 1878 - 1895. Ha publicado numerosos artículos en revistas nacionales y extranjeras.