La experiencia cubana en el contexto latinoamericano: el reto del socialismo.[1]                                                                                                                                                 

Darío L. Machado Rodríguez

Introducción

Con los grandes virajes que ha sufrido la humanidad finisecular y de principios del siglo XXI, muchos se han preguntado cuál será el rumbo venidero de la sociedad cubana.

Nada nuevo descubro si digo que pensar el futuro social, aunque sea el inmediato, es uno de los ejercicios más complejos y a menudo fallidos. Es que la historia está llena de imponderables que tuercen los rumbos esperados, cambian rápidamente las condiciones internas y externas de los procesos sociales y pueden fracasar las previsiones más fundamentadas.

El título de este texto denuncia la aceptación del reto de hablar sobre el futuro de Cuba y de hacerlo desde su natural contexto latinoamericano y caribeño. La lógica de mi breve exposición llevará a la confirmación de que para Cuba no hay otro camino que el de continuar el rumbo socialista, sin el cual serían impensables la independencia nacional, la soberanía de la nación y hasta la propia identidad cultural de los cubanos. Para ello abordaré en trazos gruesos el camino de la revolución cubana al poder, la construcción y la defensa del proyecto, el desafío que planteó la desaparición del socialismo en Europa del Este, cómo ver a Cuba en el contexto latinoamericano y caribeño, cómo ha sido el proceso de recuperación de la crisis recesiva en que se vio envuelto el país, algunas notas acerca del papel de la ideología revolucionaria y la complejidad de la transición y, finalmente, el significado de mantener el poder revolucionario.

 

El camino al poder

La revolución cubana triunfa a fines de la década de los 50 del pasado siglo, luego de una intensa actividad revolucionaria que combinó hábilmente la lucha armada en las montañas y en las ciudades, con la lucha política, las huelgas revolucionarias y la insurrección popular, expulsando del poder a una dictadura pronorteamericana, que al igual que todas las anteriores administraciones de aquella república, carecía de un proyecto de desarrollo del país.

El histórico acontecimiento se produce en un momento en que tiene lugar un auge importante en el desarrollo de la comunidad de países socialistas de Europa del Este, en medio de un equilibrio mundial bipolar y cuando el macartismo y las dictaduras militares ensombrecían el panorama caribeño y latinoamericano.

La revolución cubana, si bien se produjo en medio de la guerra fría y no podía sustraerse a la influencia de aquel sistema de contradicciones que afectaba al mundo entero, fue un proceso autóctono, cubano, no solo en el sentido histórico - cultural, sino muy especialmente por su creatividad, su capacidad de encontrar no solo las fuerzas, sino la adecuada orientación para el cambio.

Los principales componentes de la mezcla que permitió enrumbar las acciones con éxito, sin el apoyo material ni ideológico de potencia extranjera alguna, fueron, en primer lugar –como antecedente revolucionario radical y antiimperialista- el pensamiento martiano, rescatado en su vigencia y necesidad por la Generación del Centenario[3], y los principios del marxismo que compartían los principales jefes de la revolución, junto con el valor, la inteligencia, la habilidad y el sentido de lo político que éstos tenían, particularmente Fidel Castro.

Los revolucionarios cubanos encontraron el modo de procurarse las armas, siendo su principal fuente de suministro de pertrechos militares el propio ejército de la tiranía batistiana. La población campesina y el movimiento clandestino urbano proveyeron de alimentos y otros abastecimientos a los rebeldes que hacían la guerra en las montañas y luego la extendieron al llano. La revolución cubana tuvo liderazgo auténtico, doctrina revolucionaria propia y recursos también propios.

Con el triunfo revolucionario del 1ro de enero de 1959, Cuba emergió, sin proponérselo, como la prueba de que un movimiento popular revolucionario podía derrotar un régimen autoritario y proimperialista y emprender un camino independiente de desarrollo . Después de los entonces aún recientes sucesos de Colombia, Guatemala y Venezuela[4], que significaron importantes expresiones de la lucha popular, Cuba devino esperanza para los pueblos, y también modelo a seguir para muchos de quienes se sentían convocados ante la situación de empobrecimiento y dependencia de sus respectivos pueblos, a encontrar vías revolucionarias de cambio.

En el entramado de la izquierda política de entonces estaban los partidos comunistas que habían pertenecido a la tercera internacional, depositarios de la herencia histórica de haber levantado primero las banderas del socialismo en el continente, y de cuyos sucesivos desgajamientos provinieron muchas organizaciones revolucionarias que adoptaron concepciones diferentes acerca de cómo hacer la revolución.

Algunos de los integrantes de aquellos partidos, fuertemente influidos por la teoría revolucionaria signada por la estrategia leninista para la revolución que condujo a la victoria de octubre de 1917 en Rusia, no confiaban o no entendían a la revolución cubana en su calidad de socialista, porque sus fuerzas militares principales se habían nutrido del campesinado, no de la clase obrera, no había sido creado primero un partido comunista por un proletariado que habría recibido desde afuera la ideología socialista, sino que  surge un partido de la unidad de las organizaciones revolucionarias después de que se toma el poder y porque el programa inicial de la revolución cubana no era socialista. Otra particularidad fue que se transitó de una primera etapa popular y antiimperialista a una socialista bajo el mismo poder revolucionario. La herejía de la revolución cubana era demasiada grande para los conceptos establecidos.

Por otra parte estaban los que entendieron la experiencia revolucionaria cubana como la lucha guerrillera en las montañas. Para ellos el modelo era la guerrilla. Obviaron el análisis histórico del proceso revolucionario cubano, las características específicas de Cuba en los años 50, los antecedentes del movimiento revolucionario de la Generación del Centenario liderada por Fidel Castro, quien incursionó en la vía electoral frustrada por el golpe de Estado de Fulgencio Batista, y la multiplicidad de formas de lucha que impulsó la dirección revolucionaria, dentro de la estrategia general de la lucha armada.

Esta forma de asimilación de la experiencia cubana se veía reforzada por los antecedentes de empleo de la fuerza para reprimir los movimientos revolucionarios nacionalistas, los levantamientos populares e incluso los procesos reformistas que afectaban intereses norteamericanos.

El panorama anteriormente esbozado estaba lastrado por la influencia nociva de las diferencias políticas entre la hoy extinta Unión Soviética y la República Popular China que dividió las filas de los partidos y las organizaciones de izquierda en “prochinos y prosoviéticos”, con posturas y programas que muy poco tenían que ver con las diferencias reales que existían entonces entre las dos grandes potencias socialistas.

Lo cierto es que mientras los teóricos del desarrollismo desentrañaban la compleja red que impedía la industrialización de las sociedades latinoamericanas, fueron surgiendo a raíz de la revolución cubana numerosos movimientos revolucionarios que postulaban la vía armada para la toma del poder y el inicio de transformaciones sociales radicales en beneficio de las grandes mayorías.

Visto a la luz de hoy, los revolucionarios que entonces querían adelantar la toma del poder, no se dieron el tiempo suficiente para construirlo desde abajo, mientras que como ha quedado demostrado por la historia , más de 40 años después del triunfo revolucionario del primero de enero en Cuba, el capitalismo dependiente tampoco ha generado –ni es capaz de hacerlo- la voluntad de proponer y realizar un modelo aceptable de desarrollo con equidad.[5]

Después del triunfo de la revolución cubana se sucedieron décadas de continuada dependencia que siguieron ensanchando el abismo entre los ricos y los pobres en América Latina y el Caribe. Los países de la región ostentan hoy la relación más grave del mundo entre ricos y pobres: los ingresos del 20% de la población más rica resultan 19 veces mayores que los ingresos del 20% más pobre; cerca de la mitad de la población está en la pobreza, mientras las economías son inestables, vulnerables y no existen programas que enfrenten la asignatura pendiente del desarrollo con equidad, ni hay voluntad política en los poderes constituidos en la mayoría de los países para proyectarlos y realizarlos.

Los problemas sociales acumulados se ven no solo en la creciente desigualdad, sino en la desnutrición, las enfermedades curables, las políticas sociales deficientes e ineficientes en terrenos tan importantes como la educación y la salud pública, en las afectaciones al medio ambiente, en la creciente desocupación; ésta última es causa de pobreza y desigualdad, pero no es su causa última, revela fehacientemente la incapacidad del sistema capitalista dependiente prevaleciente en la región y su injusticia congénita, porque puede incluso crecer económicamente y ver crecer el desempleo, mientras los resultados del crecimiento se distribuyen de manera muy desigual.

Solo con políticas económicas que aseguren desarrollo y empleo será posible enfrentar el drama social de la pobreza. La mayoría de los crecientemente debilitados estados nacionales latinoamericanos y caribeños no están en capacidad ni tienen la iniciativa para hacerlo.

Las agudas contradicciones sociales se expresan en las luchas protagonizadas por los pueblos en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, México y otros países de la región. En Venezuela, el Gobierno Bolivariano presidido por Hugo Chávez abandera un proceso revolucionario de inspiración socialista, de rescate y preservación de la soberanía nacional y de transformaciones socioeconómicas, que choca con los intereses de la oligarquía nacional y las transnacionales y el imperialismo norteamericano. Estos procesos ponen de manifiesto una realidad común: que existen las condiciones objetivas para cambios sociales profundos, mientras las capacidades del sujeto popular para alcanzarlos son, en general, aún insuficientes y con una abigarrada diversidad de calidades.

Debe sumarse a ello la repulsa popular a la creciente corrupción, claramente identificada por las mayorías ciudadanas en el maridaje entre muchos políticos de turno en los gobiernos y especuladores y negociantes sin ética, que han protagonizado escandalosos manejos de los fondos y del patrimonio públicos desde las posiciones de gobierno. En América Latina y el Caribe se observa una creciente pérdida de prestigio de los partidos políticos, de los políticos y de la política tradicionales, que alcanza en diferente medida a todos. Por su parte, los partidos de izquierda, en su mayoría, han enfocado su trabajo a buscar los medios de acceder al Poder en su forma estatal gubernamental:

“Si el Poder estaba focalizado en un solo lugar, -nos dice Isabel Rauber- la lucha política y lo político quedaban, de hecho, reducidas a la disputa contra ese Poder y por ese Poder. Esa reducción conformaba el sustrato de la búsqueda y preparación de enfrentamientos directos por la captura del Poder y la descalificación o subestimación –frente a ese empeño- de toda otra manifestación de lucha o reclamo popular por considerársele no político y por tanto –según esa concepción- un freno a la lucha por el Poder.”[6]

En efecto, la sospecha generalizada en la población acerca de que todo aquel que busca acceder a posiciones de gobierno lo que quiere es el beneficio personal y no trabajar para el pueblo, alcanza muchas veces también a los partidos y organizaciones políticas de la izquierda.[7]

Tal situación sigue planteando a estas formaciones políticas, en condiciones mucho más complejas, el problema del poder, de los modos de acceder a éste para hacer valer los intereses legítimos de las mayorías marginadas, de cómo influir sin ser sospechados de oportunismo. El problema fundamental para abordar los cambios necesarios en América Latina y el Caribe sigue siendo el del poder, articulado al de la constitución del sujeto y a la conformación – definición del proyecto.[8]

Cuba, por su parte, se pudo sostener como alternativa en el continente. Si lo logró pese a las enormes adversidades que ha debido enfrentar y aún hoy enfrenta, solo puede explicarse como consecuencia de un proceso que transformó la sociedad desde sus raíces.

 

Las construcción y la defensa del proyecto

Cuando triunfa la revolución cubana de 1959, el país estaba regido por una economía capitalista dependiente y la ideología dominante entonces puede caracterizarse como burguesa-dependiente.[9]

Los objetivos estratégicos de la revolución habían sido expuestos en un primer avance en el histórico alegato de defensa de Fidel Castro en el juicio por los sucesos del Moncada[10], que apuntaban al inicio de transformaciones profundas de la sociedad cubana. La revolución encarnaba un proyecto de liberación nacional y social, que solo podía llevarse adelante si era capaz de autodefenderse y solo sería capaz de autodefenderse si se forjaba una unidad nacional lo suficientemente fuerte como para resistir los embates de los intereses imperialistas.

La contradicción entre los intereses del imperialismo norteamericano y los de la nación cubana no surgió con la revolución de 1959, existía desde antes[11] solo que el signo independentista y liberador de la revolución la agudizó, convirtiéndola décadas después en una verdadera patología para los sectores del poder imperialista norteamericano que no han logrado el sostenido propósito de desarticular el proceso de cambios en Cuba, reabsorber su economía y controlar su política.

El capitalismo dependiente que había deformado la economía cubana generando enormes y crecientes desigualdades sociales[12], presentaba –agudizadas- las asimetrías típicas del modo de producción capitalista. La explotación del hombre por el hombre, el monocultivo, la sujeción al mercado norteamericano, la dependencia tecnológica y financiera eran los ejes que producían una situación social deprimente, la vitrina de algunos sectores y zonas de la capital del país contrastaba con la miseria de los campos cubanos, la desocupación, el desamparo, la pobreza, la proliferación de enfermedades prevenibles, que coexistían con la degradación de la política nacional, el clientelismo, la corrupción y el entreguismo.

No sería la burguesía cubana, cada vez más subordinada a los intereses norteamericanos, la que emprendería un camino de desarrollo, equidad y justicia social, no tenía la voluntad ni las ideas para hacerlo. Serían los desposeídos, los hombres y mujeres del pueblo, los obreros, los campesinos, los desocupados, los intelectuales, y sería con otra ideología, una ideología revolucionaria, mientras que el fundamento de la imprescindible unidad para encarar objetivos de tal trascendencia estaba en la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.

La orientación socialista del proceso revolucionario cubano no sería entonces el resultado de un “abuso ideológico” ni se produjo bajo los influjos de poder extranjero u organización internacional alguna, sino que era la conjunción histórica –en un momento en el que prevalecía el equilibrio bipolar en la arena internacional- de diferentes realidades, entre las cuales se destacan las cuatro siguientes:

-         la necesidad de encontrar salida a la contradicciones sociales acumuladas y agudizadas durante la primera mitad del siglo pasado,

-         la conciencia de cambio que se abrió paso rápidamente en la subjetividad social,

-         el modo en que el pueblo accedió al poder, proceso en el cual se construyó y fortaleció la unidad de los revolucionarios,

-         la habilidad, valor, sabiduría y conciencia política del liderazgo revolucionario que sí estaba convencido de las ideas socialistas.

Obviamente, si bien entre las filas del pueblo se abría paso cada vez más la necesidad del cambio, las mayorías no eran capaces de asociarlo con la abolición de la propiedad privada, la superación de la relación patrono – trabajador, dueño – desposeído, pero sí existían las condiciones para que se produjera una importante y decisiva transformación cualitativa de la subjetividad social que creara las condiciones para asumir las enormes tareas que plantearía el proceso revolucionario.

En los primeros años que sucedieron al triunfo de Enero de 1959 tuvo lugar una mezcla de sucesivas leyes revolucionarias (entre ellas la ley de reforma agraria y la ley de reforma urbana) y de ingente revolución cultural que logró alcanzar la imprescindible toma de conciencia en el pueblo acerca de la naturaleza de los cambios necesarios.[13]

No podía de inicio eliminarse la propiedad privada sobre los principales medios de producción y servicios del país, que era la base de la ideología burguesa dependiente, pero las leyes revolucionarias y la labor educativa de los dirigentes de la revolución crearon las condiciones necesarias para ello. Cuando en los meses de Agosto, Septiembre y Octubre de 1960 se adoptan las leyes de nacionalización que desprivatizaron los principales medios de producción del país, las grandes mayorías las saludaron con entusiasmo. Se afirmaba en la conciencia social la ideología de la revolución cubana, mientras la ideología burguesa dependiente, privada de su base de económica, quedaba en franco proceso de dispersión.

Se abría entonces el proceso más difícil. Había que administrar lo nacionalizado y había que hacerlo partiendo de tecnologías norteamericanas que sufrirían en lo inmediato la total ausencia de piezas de repuesto y asistencia técnica. La creciente hostilidad de los Estados Unidos contra Cuba, que desembocó en el bloqueo y guerra económica que persiste hasta el presente, los sabotajes, los planes e intentos de asesinato de los líderes de la revolución, especialmente de Fidel Castro, las incursiones piratas, la invasión por Playa Girón, el apoyo militar, material y financiero a las bandas contrarrevolucionarias que operaron en el país, sobre todo en la cordillera del Escambray al centro de la isla, el acelerado robo de cerebros que sacó de Cuba a miles de especialistas[14], obstaculizaban las naturales dificultades de los trabajadores cubanos, ahora dueños, para tomar en sus manos, la administración de entidades en las cuales, siempre habían participado recibiendo órdenes y entregando su fuerza de trabajo en una relación de explotación.

Se trataba de encontrar el modo socialista de trabajar y vivir en las condiciones de Cuba, un proceso que se inició con la nacionalización de los principales medios de producción y servicios y que se prolonga hasta hoy.

La revolución desató y multiplicó las energías populares, se abrieron numerosas opciones para las grandes mayorías, durante su primer lustro de existencia como poder nacional constituido se encaminaron algunas inversiones en la agricultura y en la industria, evolucionaron en diferente medida dos sistemas económicos en el país: el de financiamiento presupuestario aplicado en la industria y el de cálculo económico aplicado en la agricultura, es decir no había un sistema único de conducción de la economía, mientras era necesario dedicar enormes esfuerzos a consolidar y defender el poder revolucionario no solo frente a los remanentes de las clases derrotadas sino, sobre todo, frente a la agresiva oposición de los gobiernos norteamericanos. Por esa razón prácticamente la primera década de la revolución fue de resistencia, de consolidación del poder, de aprender a vivir bloqueados económicamente y andar los primeros pasos en un aprendizaje de administración socialista.

No fue sino hasta 1968, derrotadas la contrarrevolución interna y las sucesivas agresiones norteamericanas, que la revolución cubana generó un primer proyecto integral de desarrollo[15] el cual tenía la principal de virtud de identificarse con las condiciones socioeconómicas del país y de seguir principios básicos de una economía socialista, como son la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción y servicios, el papel del Estado en la regulación de los procesos económicos, la planificación, pero tenía dos errores de origen: la desconfianza en los mecanismos y la negación del estímulo material. Se pensaba que el socialismo podía prescindir de controles contables y que todos rendirían al máximo estimulados por la conciencia revolucionaria.

El primer proyecto integral fue precedido de lo que se conoció como Ofensiva Revolucionaria, que pasó a propiedad estatal toda la pequeña propiedad que quedaba, excepto la tierra de los campesinos y los vehículos de transportistas privados, con la finalidad expresa de eliminar los últimos remanentes del sistema mercantil; se hicieron grandes inversiones en la agricultura y en la industria azucarera, el objetivo económico principal era incrementar al máximo posible la producción de azúcar y otros derivados de la caña, y financiar con ello la industrialización y el desarrollo en general del país. Ese primer proyecto económico y social de la Revolución fracasó. El plan de producir ya en la zafra 1969 – 1970 diez millones de toneladas métricas de azúcar no se cumplió, la atención a la producción azucarera y las constantes movilizaciones de los trabajadores para la zafra produjeron el incumplimiento de los planes de producción de otros resortes de la economía. El pueblo participó activamente en las grandes tareas delineadas por ese proyecto y acumuló conciencia colectiva y ética revolucionaria, pero un importante componente: el de la conciencia económica laboral, no se había desarrollado en la medida necesaria.

Fue necesario rectificar aquel primer proyecto integral de la revolución y su negación se produjo principalmente mediante la copia del sistema de dirección económica vigente en los países socialistas de Europa del Este, particularmente en la forma en que existía en la URSS.

En efecto, la autocrítica de la dirección política cubana incluía la percepción de no haber sido suficientemente modestos, de no tener en cuenta la experiencia de otros países que habían desandado ya una parte del camino en la construcción socialista.

Junto con la copia del sistema de dirección económica, se desarrolló un importante proceso de institucionalización de la sociedad cubana, se aprobó en referendo por abrumadora mayoría ciudadana la actual Constitución socialista[16], se proyectó y desarrolló una nueva división política-administrativa de la nación, se crearon los órganos del Poder Popular y se comenzó su renovación sistemática mediante elecciones.

El socialismo cubano se consolidaba en lo político y ensayaba, por esta vía, una forma de organización socioeconómica esperando que respondiera a las necesidades de desarrollo integral del país. Con la implantación de aquel sistema de dirección de la economía, se fortalecieron las relaciones económicas, financieras y comerciales con los estados miembros del Consejo de Ayuda Mutua Económica y el país logró importantes índices de crecimiento económico. Sin embargo. se cometieron errores de otro tipo: se sobrestimó el papel de los mecanismos y se sobrestimó el papel del estímulo material, orillándose el trabajo con el hombre. La economía crecía, pero no se desarrollaba integralmente. A diferencia de lo ocurrido en los países de América Latina, la década de 1975 – 1985, que fue en Cuba precisamente la de aplicación y luego crítica y rechazo del sistema de dirección económica copiado, no fue una década perdida. Se desarrolló la educación, la atención médica, la infraestructura económica, se aplicó un generoso sistema de seguridad y asistencia social, pero en la primera mitad de la década de 1980 se comenzaron a manifestar las insuficiencias del modelo y los errores cometidos.[17] Fue necesaria una segunda rectificación, que vino en forma de lo que en Cuba se conoció como “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”. En esencia se trataba, inicialmente, de la negación de la copia del sistema de dirección de la economía, pero en su desarrollo devino reflexión colectiva de toda la sociedad cubana acerca del rumbo de la revolución socialista.

Desde 1984 comenzaron a ponerse de manifiesto con mayor claridad las insuficiencias de la economía cubana y se multiplicaron las críticas al desempeño económico. El generoso sistema de seguridad y asistencia social, las formas de distribución del producto social, no se correspondían con el nivel de eficiencia económica. Los problemas de la construcción económica se reflejaban en la sociedad en su conjunto en forma de un alejamiento de las prácticas genuinamente socialistas. Era no-solo un problema de eficiencia sino un asunto estratégico para la revolución socialista.

El proceso de rectificación transcurrió por diversas etapas, la de su gestación, la de conocimiento y descripción del conjunto de errores y tendencias negativas, la del despliegue de las soluciones y la de su madurez, signada especialmente por el debate nacional del Llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba,[18] proceso de reflexión que movilizó profundamente a la ciudadanía.[19]

El mayor desafío.  Desaparece el socialismo en Europa del Este.

Iniciada la rectificación sustantiva del rumbo de la revolución socialista, en el momento de madurez del proceso en que los trabajadores y el pueblo en general cobraban plena conciencia sobre cómo enrumbar la economía y la sociedad, se produce la completa descomposición del sistema socialista europeo y la desaparición del Estado multinacional soviético.

El impacto económico, social, político, psicológico e ideológico de esa debacle contrajo el tiempo y el espacio del proceso socialista cubano. Cuba perdió de la noche a la mañana sus principales socios comerciales, se inició una crisis económica recesiva exógena que se prolongó en caída vertiginosa de la economía hasta 1994.

Ante los hechos, la revolución socialista cubana optó por el único camino posible: el de poner en práctica un programa de salvación nacional que se conoció como período especial, y que consistió en esencia en resistir e iniciar la recomposición de las relaciones económicas y comerciales internacionales del país, la reestructuración de sus resortes productivos y de servicios, preservando los principales logros de la revolución socialista, en primer lugar el sistema político.

Los primeros años del período especial fueron de prolongada y difícil resistencia, en la que se puso a prueba la cultura política y la ideología revolucionaria, de aplicación de fórmulas más igualitarias de redistribución del producto social, con una filosofía humanista e incluyente, que protegía a todos los ciudadanos en pie de igualdad y de manera privilegiada a la niñez y a las gestantes.

A lo largo del período especial se produjeron sucesivas formas de recrudecimiento de la guerra económica que los EEUU declararon a Cuba hace más de 40 años, en particular las leyes Torricelli y Helms-Burton, que profundizaron y ampliaron el bloqueo económico contra Cuba, así como repetidas acciones terroristas preparadas fuera del territorio nacional por contrarrevolucionarios amparados por las autoridades norteamericanas, dirigidas en particular a boicotear la industria turística, importante componente de la actividad económica del país, atentados contra la vida de Fidel Castro y otras acciones encaminadas a desestabilizar el normal funcionamiento de la sociedad.

Pese a los duros años de período especial, el país pudo detener la recesión y comenzar la recuperación, que desde 1994 hasta la fecha, con altas y bajas, se ha mantenido.

La sociedad cubana, que antes de producirse el derrumbe del socialismo en Europa del Este había experimentado formas diferentes de organización social y económica en sus esfuerzos por estructurar un modelo socialista de desarrollo, se vio en la necesidad de elaborar un programa de salvación nacional en el mismo tiempo histórico en que la globalización neoliberal imponía el consenso de Washington a las sociedades latinoamericanas y caribeñas.

La política de la revolución cubana, sintetizada en el concepto de período especial, expresaba la necesidad de transitar por un proceso requerido de grandes esfuerzos, sacrificios y privaciones, para poder enfrentar el golpe devastador que significó la desaparición de los mercados para nuestras producciones y del suministro de combustible y materias primas. El comercio con los países socialistas de Europa concentraba más del 85% de todo el comercio exterior cubano.

La propia noción de período especial era, más que un posicionamiento económico ante las nuevas realidades, un concepto ideológico y político, dirigido a preservar la orientación socialista como única opción para mantener la posibilidad de lograr el desarrollo con equidad en la sociedad cubana.

Ante tan difícil coyuntura, si Cuba hubiera seguido las recetas neoliberales como las que se estaban aplicando en la generalidad de los países latinoamericanos y caribeños, habría lanzado a la calle a cientos de miles de trabajadores que se verían de la noche a la mañana sin empleo, quedando únicamente la alternativa de la represión para mantener el orden en la sociedad. Solamente una política solidaria que permitiera distribuir entre todos los efectos de la recesión, hasta asimilar el primer impacto y comenzar a elaborar las fórmulas de salida, evitaría perder las conquistas sociales, y eso solo podía ser posible si las mayorías tenían la suficiente cultura política para comprenderlo y asumirlo y si se contaba con un gobierno revolucionario como el cubano.

El reverendo Sergio Arce lo describe con certeza: “Como nación nos vimos en el momento de la desintegración de la URSS, atosigados por este descalabro comercial, circunstancia que aprovechó el gobierno de Estados Unidos para aumentar la agresividad de su guerra económica contra nuestro pueblo, pensando que con ello precipitaría la desaparición de la Revolución Cubana. No contaba con la capacidad de resistencia de nuestro pueblo, ni tampoco con la creatividad de nuestros gobernantes, dispuestos a transitar por caminos inexplorados, rumbos que, al transitarlos, no nos han conducido al abandono de las esperanzas de ir creando paso a paso una sociedad con la participación de todos y para el bien de todos.”[20].

En efecto, la probidad y la eficiencia del liderazgo revolucionario han cimentado la confianza del pueblo, a diferencia de los procesos de pérdida de prestigio personal de muchos políticos de la región.

Cuba seguiría siendo, aún en las nuevas circunstancias, un proceso diferente y en este sentido alternativo a lo que se vivía en los países de América Latina.

 

Cuba y América Latina frente al siglo XXI

Luego de 50 años de lucha y transformaciones revolucionarias, es lógico esperar que algo importante haya cambiado en la cultura de la sociedad cubana cuando la estudiamos como proceso singular en el contexto latinoamericano y caribeño. La experiencia socialista cubana ha enriquecido la cultura política del pueblo, creando modos de percibir la realidad nacional e internacional, actitudes, hábitos y normas de comportamiento diferentes.

En muchos aspectos la realidad cubana se asimila a la realidad continental, en eso radica parte importante de su universalidad como proceso social, pero en otros se destaca su singularidad, lo específico de Cuba, en particular lo que le ha aportado el proceso revolucionario.

Cuba afronta problemas similares al resto de los países de América Latina. En primer lugar, el del subdesarrollo. La historia demuestra que más de 40 años de construcción de un proyecto nacional propio no han sido suficientes para sacar a Cuba de la condición económica de subdesarrollo, impuesta a los países del llamado Tercer Mundo por siglos de dominación primero colonial y luego neocolonial, a lo que se suma el sistemático bloqueo de los Estados Unidos y la constante y acrecentada hostilidad de los sucesivos gobiernos de ese país.

Cuba también afronta, al igual que el resto de los países de la región el desnivel tecnológico que impone condiciones muy desventajosas para competir en el mercado. Igualmente, y vinculado con el anterior, América Latina incluida Cuba, enfrenta el problema del intercambio desigual sobre la base del intercambio equivalente.

Cuba, como los demás países latinoamericanos y caribeños tiene sobre su cabeza la espada de Damocles de la deuda externa, mecanismo de opresión y exacción de recursos financieros y de dominación económica. Afecta de igual manera a toda la región el dominio que tienen las transnacionales de los principales mercados. Compartimos además el mismo entorno geográfico, la mayoría de los países hablan el mismo idioma y sus historias tienen mucho en común.

Sin embargo, hay también importantes diferencias. En primer lugar las relativas a la experiencia histórica de los últimos más de 40 años. No están extendidos en Cuba los hábitos de competencia comercial. La sociedad cubana ha visto pasar durante la segunda mitad del siglo pasado tres generaciones que han vivido una experiencia de orientación socialista, basada en la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción y servicios y demás propiedades socializadas.

Los aciertos y errores en la construcción socioeconómica socialista han estado siempre enmarcados por una política hostil de los Estados Unidos. En la experiencia revolucionaria cubana hay hechos de tal envergadura como el enfrentamiento a los sabotajes, atentados, invasiones, crisis de resonancia mundial como la de Octubre de 1962, que se suman a una larga historia de agresiones, intervenciones y dominación económica y política que data de principios del siglo XIX. Esto ha dejado como saldo una psicología de plaza sitiada que si bien cede terreno por el auge del turismo y las relaciones con muchos países, por otra parte se refuerza por las continuas presiones norteamericanas, las amenazas, y las políticas anticubanas, acentuada en la retórica y en los hechos por la actual administración norteamericana, sin excluir la posibilidad de una agresión militar, para apoderarse nuevamente de los destinos del país con el pretexto de disciplinar a las sociedad cubana según las reglas del mercado y la democracia representativa, que serían apenas los instrumentos para realizar los verdaderos propósitos de dominación.

Durante décadas, la población cubana ha vivido constantes batallas por su independencia que han requerido una elevada disciplina, así como la postergación de aspiraciones grupales e individuales, en aras de preservar lo más importante: la independencia nacional, la libertad y la identidad cultural.

La constante austeridad en la que ha debido vivir la población cubana generalizó hábitos de consumo particulares, diferentes de las realidades de otros países. En Cuba, por ejemplo, la mayoría de la población ha vivido la mayor parte de su vida con la institución de la libreta de abastecimientos de productos alimenticios, que si bien hoy dista de cubrir las necesidades totales de la población, es un subsidio general a la alimentación del pueblo que tiene una base igualitaria para su asignación y que ya cumplió cuatro décadas de instaurada.[21]

Disciplina y austeridad, junto con la confianza en las eficiencia del liderazgo de la revolución han condicionado también la psicología social en el sentido de crear una inercia de respuesta unida que se suele revelar siempre en primera instancia, antes que la discrepancia o el cuestionamiento, reacciones más típicas de otras realidades..

El acceso universal y totalmente gratuito a la educación y la atención médica se han convertido en un valor social y forman parte de la cultura de la sociedad cubana actual.

En Cuba los medios de comunicación masiva son propiedad social, su actividad es ajena al sensacionalismo, su mantenimiento no depende de la actividad comercial y se enmarcan dentro de una finalidad no solo informativa sino esencialmente formadora y orientadora.

La implacable hostilidad de sucesivas administraciones norteamericanas, cargada de golpes bajos en todos los terrenos, incluyendo particularmente el del fomento de la subversión interna, ha obligado a la sociedad cubana a dotarse de los instrumentos legales correspondientes con la magnitud y la naturaleza del desafío imperialista a su soberanía e independencia.

La ausencia durante décadas de pujas electorales que enfrenten a organizaciones políticas con promesas programáticas diferentes, y la práctica de un tipo de democracia participativa que tiene un programa único para enfrentar los retos sociales y económicos, unidos al hecho histórico de la existencia de un solo partido[22], han desarrollado en la población hábitos de participación popular y la conciencia de la necesidad del consenso que abra paso a las acciones sustantivas.

La opinión pública, luego de años de poder popular ha encontrado formas sustantivas de canalización y de transformación en acciones y decisiones. Se expresa de manera más consciente y ordenada a través de las organizaciones generadas por el proceso revolucionario. Su estilo de manifestación y su relación con el poder real difieren sustancialmente de lo vigente en el resto de la región.

Cuba ha practicado de modo masivo y ejemplar el internacionalismo, en un ejercicio que ha involucrado a cientos de miles de personas y sus familias y ha formado conciencia de colaboración desinteresada en todo el pueblo.

 

Desde 1994, el país se viene recuperando

A pesar de las enormes dificultades en el terreno de la economía nacional,[23] desde 1994 no se ha registrado un comportamiento negativo del producto interno bruto del país, cuyo crecimiento promedio anual entre 1994 y 2001 fue de alrededor del 4%, mientras que en el 2002 fue del 1,1%, el 2003 fue del 2,6%, el 2004 fue de 5,0'%, el primer semestre del presente año acusa un crecimiento del 7,3% y se prevé que cierre el 2005 con un crecimiento superior al 9%.[24]

Estos crecimientos, modestos, pero sostenidos y crecientes en los últimos años, se han logrado junto con una disminución del componente energético de la producción y con el incremento de la productividad. Con ellos y con adecuadas políticas sociales, se ha logrado hacer disminuir la desocupación desde el 9% que alcanzó en 1996 a cerca del 3% el pasado año; se ha incrementado significativamente la alimentación de la población, mientras que se han desarrollado importantes programas sociales que benefician a la sociedad en su conjunto y tienen en su centro a la población más vulnerable.

Ahora bien, dentro del proceso de superación de la recesión, entraron a formar parte de la política económica de la revolución, medidas que repusieron parcialmente la propiedad privada sobre los medios de producción, así como incrementaron la actividad mercantil sobre bases de oferta y demanda, con lo que fue recreada (en proporción limitada, pero socialmente influyente) la base económica alrededor de la cual puede reestructurarse la vieja ideología burguesa dependiente. La escasez sufrida, la acentuación de desigualdades sociales desacostumbradas y el incremento de las relaciones mercantiles han contrarrestado y contrarrestan significativamente los esfuerzos del proceso revolucionario por desarrollar valores socialistas en la sociedad cubana hoy potenciados con lo que se ha dado en llamar la batalla de ideas. A mi modo de ver esta realidad constituye el principal reto estratégico en el orden interno.

Junto con ese desafío, el país enfrenta hoy un conjunto de problemas de difícil solución. Estos se relacionan en particular con la organización y el funcionamiento de la economía nacional, la planificación, el control de los recursos materiales y financieros, la necesidad de lograr un mayor y mejor desempeño económico, de potenciar la participación popular en las decisiones y el control, sin descontar que estos problemas se manifiestan en medio de los efectos acumulados de largos años de privaciones y de la existencia todavía de necesidades insatisfechas en diferentes sectores de la población.

 

Ideología revolucionaria: la complejidad de la transición

La construcción del socialismo puede entenderse como transición socialista. Eso implica al menos dos elementos fundamentales: se transita hacia algo y el socialismo no tiene un modelo predeterminado, sino que se construye, desarrolla y mejora sobre la marcha. En segundo lugar, el socialismo, aunque necesario, no se produce espontáneamente, es un tránsito consciente que requiere, de un sentido direccional, de organización, objetivos y de un proyecto de socialidad encarnado en un sistema de ideas que articule y organice eficientemente las energías sociales, requiere, por tanto de la ideología del cambio revolucionario.

La importancia fundamental de la ideología revolucionaria radica en las funciones sociales que cumple en los diferentes ámbitos de lo cotidiano en la sociedad: una función articuladora de la voluntad popular, reguladora de las actitudes y acciones, orientadora, educadora, movilizadora, valorativa, crítica, informativa, etc. En tanto realidad práctica-espiritual, la ideología de la revolución cubana no existe en forma pura, sino en el entramado complejo del proceso social cubano; existe en la actividad social y en la conciencia colectiva e individual de sus portadores. Su vitalidad radica en su capacidad de ejercer una influencia reguladora en medio de la complejidad del proceso social cubano. Al ser la ideología un fenómeno espiritual-práctico, se transforma y desarrolla junto con el desarrollo social en su conjunto, lo que determina la imposibilidad de ofrecer conceptualmente una expresión final de ella, sino solamente aproximada y dentro de límites temporales.[25]

Lo anterior significa que la ideología revolucionaria en el proceso social cubano expresa un condicionamiento de los modos de apreciar la realidad, así como de las actitudes y acciones de las personas, que se identifica con los valores revolucionarios, pero cuyos efectos finales no son unívocos, homogéneos ni predeterminados a priori; es decir, lo ideológico no se expresa de modo simplificado, sino en el entramado contradictorio de la vida social, en la que interactúan numerosas condicionantes.

El sujeto vive su existencia en el medio social en relación con innumerables acontecimientos de diferentes efectos en su proceder y con procesos de mayor o menor duración e intensidad que influyen en éste de manera desigual. En su formación y desarrollo como integridad humana, responde a una diversidad de necesidades y cumple diferentes papeles sociales, frente a los cuales asume obligaciones dictadas fundamentalmente por las necesidades y por la moral.

El cumplimiento de estos papeles sociales se produce en determinadas condiciones de organización de su actividad y en los marcos de la legalidad establecida, así como de las normativas vigentes en los ámbitos en los que desenvuelve su vida. En ese proceso, el desarrollo de los valores revolucionarios del sujeto no es lineal y obligadamente ascendente, sino dinámico y contradictorio, tiene lugar en esa dialéctica viva en la que puede experimentar avances y retrocesos en su conjunto y en aspectos específicos de su escala de valores. Lo que acabo de afirmar, lejos de disminuir la importancia de la acción educadora de la actividad ideológica consciente, la explica en su verdadera dimensión.

Los juicios respecto del grado de correspondencia del comportamiento ciudadano con la ideología revolucionaria, deben tener en cuenta la articulación de las actividades socioeconómica, organizativa y jurídico-normativa en medio de las cuales el sujeto realiza su vida cotidiana, porque las disfunciones de unas u otras trastocarán los referentes del sujeto en diferente medida y con diferentes consecuencias prácticas. La persistencia sostenida de asimetrías entre estas actividades fundamentales, puede conducir a la reproducción y sedimentación de prácticas contrarias a los objetivos culturales socialistas, al confundirse los límites de lo legal y lo moral, del deber colectivo y el individual, del interés colectivo y el personal, etc.

La articulación, de las cuatro actividades esenciales aludidas incluyendo la ideológico-política, es el fundamento para que la actividad humana dirigida en su conjunto a la construcción socialista, constituya una experiencia integral que acumule culturalmente socialismo. Transitar al socialismo debe significar, en cada paso, dejar atrás algo del capitalismo.

Una de las direcciones principales cuando tuvo lugar en Cuba el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas arriba explicado, apuntaba precisamente a desarrollar esa articulación. Cabe reiterar que el proceso de rectificación alcanzó su madurez cuando la desaparición del socialismo en Europa del Este condujo a una aguda crisis económica recesiva exógena que determinó la adopción de medidas que alejaron la cotidianidad social de esta necesaria articulación, y que otorgaron a las relaciones mercantiles un papel económico y social mayor. De esta suerte, la sociedad cubana que aún no había alcanzado un grado suficiente de articulación entre estas actividades, tuvo que asimilar el incremento de las relaciones mercantiles y afectaciones a la igualdad social alcanzada, replanteándose el problema sobre bases bruscamente modificadas.

Subsiste, además, la psicología del intercambio de equivalentes que enlaza con la autoconciencia acerca del esfuerzo individual y del interés personal, por lo que es componente del estímulo del individuo al producir un bien o servicio; no el único, porque en el socialismo es imprescindible educar al ciudadano en el sentido social, humanista del trabajo, pero si se desconoce la psicología del intercambio equivalente se idealizaría al individuo, se “ideologizaría” al sujeto de la actividad económica. En otras palabras, si todo el edificio social queda abandonado a la irracionalidad del mercado, el egoísmo se adueñará del sujeto, pero el desconocimiento del mercado, o su exagerada reglamentación, terminaría asfixiando e incluso anulando su papel en el estímulo para determinada actividad económica concreta sistemática orientada en función del socialismo.

La organización del sistema socioeconómico de intercambio de equivalentes durante la transición socialista, que se vincula estrechamente con las finalidades, vías y montos de distribución del producto social, implica pensar sistemáticamente en la estructura y funcionamiento del universo socioeconómico nacional, en el que tiene lugar la vida del individuo e introducir los cambios que correspondan en cada etapa luego de alcanzar un consenso en cuya construcción deben participar todos.

El esfuerzo educacional de una sociedad en transición socialista debe orientarse a potenciar el papel social de la producción y del trabajo, mientras que la organización del intercambio que se hace en los límites del mercado y el plan no tiene otra vía que la de asentarse en la cotidianidad real de las personas.

Alcanzar una organización eficiente del sistema socioeconómico de intercambio de equivalentes, es una de las articulaciones principales de las cuatro actividades fundamentales arriba señaladas y uno de los problemas más complejos a resolver por la economía política del socialismo que, como es sabido, no puede resumirse simplemente en lo económico.

La cuadratura del círculo aquí consiste en que el socialismo, que no puede prescindir de las relaciones mercantiles, tiene que potenciar el significado social del trabajo y no su dependencia de la relación mercantil. El consenso alrededor de las políticas públicas básicas, la educación económica y laboral[26], las virtudes de la cooperación, el colectivismo y la solidaridad, la emulación socialista y el sistema de estímulos que la acompañan, tienen que desempeñar en ello un decisivo papel. Son los modos que tiene, entre otros, el socialismo como proyecto humano de superar el determinismo mercantil que hereda del capitalismo.

En otras palabras, en el socialismo el concepto elemental es que se produce para vivir, no para vender, aunque se vende lo que se produce para vivir, pero no en un mercado omnipotente, sino siempre mediado por la política, por la ideología, por el sistema jurídico-normativo, por la organización del proceso productivo, por la planificación, y en medio de un proceso ideológico de signo humanista real, que reproduzca el consenso y la necesaria estabilidad social, signada por la aceptación de formas de distribución extramercantiles.

Es ahí precisamente donde se da la contradicción que solo puede superarse si las acciones económicas se acompañan de la voluntad formadora de una nueva mentalidad. Si el lado cultural se descuida y se supone que el socialismo es seguir, ahora con la propiedad social sobre los medios de producción, aceptando las leyes mercantiles de oferta y demanda sin enmarcarlas en el interés social, reduciendo el plan a un enunciado vacío sin dar participación real en las decisiones al productor, la propiedad social solo sería el enmascaramiento de las mismas relaciones heredadas del capitalismo y se terminaría dejando todo el papel “ordenador” a una mezcla de mercado y voluntarismo, mientras desde el plano de la conciencia de los productores, se continuaría ampliando una subjetividad mercantilista que terminaría debilitando y disolviendo la opción socialista.

El socialismo no puede obviar la división social del trabajo, lo que quiere decir que no puede obviar el intercambio de mercancías entre productores diferentes, que sigue teniendo la mediación del valor. Las mentalidades están en gran medida condicionadas por tal aceptación y tanto para evitar excederse como para evitar insuficiencias, hay que trabajar para asegurar la retribución con arreglo a lo que cada quien aporte y, a la vez, educar, argumentar y lograr el consenso en torno a las acciones sobre distribución; es decir, lograr una nueva cultura que cambie las reglas de la convivencia, igualando por consenso una parte de las desigualdades reales. Y no todas, porque la pretensión de una igualación total de la distribución sería inaceptable para el constructor socialista en la transición y conduciría a la pobreza.

La tarea no es fácil ni de rápida realización, ya que durante la transición socialista, y por muchos años, estarán presentes las relaciones mercantiles, mientras el desarrollo tecnológico va ofreciendo a la humanidad nuevas alternativas y modos de producir y reproducir su vida, lo que va obligadamente cambiando los patrones y el significado del bienestar. No obstante, considero imprescindible en la transición socialista la evaluación racional, -al máximo grado que permitan los conocimientos alcanzados por la humanidad- de las consecuencias de su modo de vida. Ese modo racional integral de ver la sociedad es parte de lo que el socialismo aporta a la humanidad. Obviamente, este proceso no tiene lugar en una sociedad dada de manera aislada, sino en interacción con toda la realidad humana lo que multiplica la importancia de la ideología revolucionaria.

Si se dan las espaldas a la necesaria actitud racional respecto del bienestar, de su significado, se dejará todo el terreno espiritual a los antiguos y nuevos patrones de consumo y modo de vida que continúa generando el capitalismo con desastrosas consecuencias para los seres humanos y para la naturaleza.

Si no se tienen claras ideas acerca de un significado nuevo del progreso y del bienestar y no se logran instalar en la conciencia los nuevos sentidos, en lo que la educación tiene un papel insustituible, no podrá tampoco vencerse al capitalismo, porque este, una y otra vez, condicionará y convencerá a la persona para que opte por un camino de realización individualista, desprendiéndola de los objetivos comunes, imprescindibles para la sociedad sostenible de justicia e igualdad que encarna el socialismo. De manera que, para transitar al socialismo, no se trata simplemente de que crezcan las riquezas, esta actitud es de un reduccionismo materialista solo inherente al capitalismo tardío.

El concepto de “bienestar” en un grado que sea aceptable, que alcance la conformidad del individuo en el socialismo, dentro de una abigarrada diversidad de formas de asegurarlo, está obligado a transitar por un proceso de formación espiritual-práctico, que al estar encaminado a superar con la ética del ser la ética del tener heredada del capitalismo, debe estar en correspondencia con la organización y funcionamiento integral de la vida económica, la actividad organizativa general de la sociedad, las normas y leyes y el mundo espiritual del ser humano.

Todo el edificio organizativo y jurídico-normativo de la sociedad en transición socialista entraría en contradicción con la cotidianidad del ciudadano, si no asume la realidad de esta determinación cultural, que reconoce la desigualdad, y cuya superación es imposible lograr por una decisión o por un decreto. Al ser imposible mantener por tiempo dilatado normativas no correspondientes con esta determinación cultural y ser igualmente imposible un sistema de control de su aplicación -aún a contrapelo de la subjetividad real de las personas,- entre los efectos en la cotidianidad social aparecerán el desconocimiento, la contravención y el incumplimiento solapado.

Las normativas éticas y jurídicas de la convivencia socialista no pueden desconocer por decisión voluntarista la división social del trabajo ni la existencia de individuos desiguales. Cuando la ética y la juridicidad no expresan esta realidad quedan condenadas a ser violadas por la simulación y la ilegalidad socialmente tolerada, impidiendo una eficiente influencia sobre las relaciones mercantiles objetivamente existentes.

El desarrollo, por tanto, de un mercado interno articulado sobre las bases sociales, políticas y jurídicas que regula el Estado socialista, solo podrá ser positivo para el equilibrio del funcionamiento económico y social en su conjunto.

El socialismo es la única alternativa de aprovechar el lado constructivo de las relaciones mercantiles en una fase de desarrollo de las fuerzas productivas en la que no es posible asegurar a todos todas sus necesidades, ni la sociedad como un todo está subjetivamente preparada para ello. El socialismo puede reducir sus consecuencias sociales -materiales y espirituales- negativas, destructivas, y tal relación es posible solamente si se tiene el dominio sobre la propiedad, es decir si predomina la propiedad social y si se planifica.

El socialismo debe probar que es posible regular las relaciones mercantiles con efectos constructivos socialistas. Este empeño no solo es económico en sentido estricto, es político, ético, ideológico, tiene que contar con el hombre, no reducido a la condición de fuerza de trabajo, sino en su integridad humana. Es un proceso eminentemente cultural en el más cabal sentido de la palabra.[27]

Tal desafío tiene lugar en medio de un conjunto de dificultades y complejidades que hacen parte de las realidades que debe enfrentar la voluntad de transitar un camino socialista.

Una primera dificultad la constituyen los efectos y continuos obstáculos al desarrollo socioeconómico de Cuba que implican los más de 40 años de permanente bloqueo económico y constantes agresiones del más variado tipo de los EEUU contra Cuba.

Otro asunto tiene que ver con la complejidad de la organización económico-productiva y laboral de la propiedad social. La necesidad de descentralizar la gestión para asegurar la mayor eficiencia de la actividad económica debe conjugarse con las modalidades, vías y montos de distribución del producto social en condiciones siempre cambiantes, lo que implica esfuerzos imprescindibles y sistemáticos en el perfeccionamiento de la dirección económica, que mantengan al trabajador identificado con la propiedad social cuyo predominio en el socialismo es un principio, pero que puede y debe tener tantas formas de manifestación como la vida misma aconseje para el mejor y más fluido funcionamiento de la transición socialista.

Una dificultad que influye particularmente en la psicología social, estriba en la diferencia entre las prácticas económicas internacionales vigentes, basadas en las relaciones mercantiles capitalistas y las prácticas solidarias, aún mediadas por relaciones mercantiles, que son inherentes al modo socialista de producir.

Otra dificultad, no menos importante, es la dependencia de la economía interna del mercado mundial, de los vaivenes de los precios, del intercambio desigual, de la presión sofocante de la especulación financiera, de la acción depredadora de las empresas transnacionales, que obligan a continuas reevaluaciones de los planes económicos y de desarrollo tecnológico-productivo y de las estrategias de dsitribución del producto social.

Un asunto de orden interno es la presencia de la remesa familiar como factor de diferenciación social. Esta es regulable en alguna medida en el orden económico con determinados mecanismos de redistribución de esos bienes financieros a través de los precios, pero no restan su calidad en tanto ingresos diferenciadores del nivel de vida, no dependientes del trabajo.[28]

Otro elemento que obstaculiza la unidad de las actividades mencionadas es el de la doble circulación monetaria[29]. En efecto, la existencia de la remesa familiar es un factor de diferenciación (desigualdad), la existencia de la doble circulación monetaria, que enlaza con la circulación del efectivo proveniente de las remesas (y se relaciona, como reconoce la Dra. Ángela Ferriol, con un diseño adoptado en los años 90 del pasado siglo[30] para el mercado segmentado de bienes de consumo y servicios), influye sustancialmente en

 el posicionamiento del ciudadano frente a los diferentes problemáticas de su cotidianidad, particularmente las referidas al aseguramiento de sus necesidades básicas y también respecto de las desigualdades visibilizadas a partir de esas nuevas realidades.

No por último menos importante, está el reto que implica el predominio en el universo comunicacional internacional en los productos informáticos, el cine, la industria del vídeo, etc. de los intereses de divulgación y de los patrones, conceptos y estereotipos inculcados durante siglos de capitalismo y desnaturalizados y viciados por el consumismo inherente al desbocado afán de lucro del capitalismo tardío. Esta realidad para una sociedad en transición  socialista implica una actitud consciente y una responsabilidad indeclinable en el cultivo de los mejores valores del ser humano que debe traducirse en políticas públicas, política de comunicación social, de educación, en toda la actividad espiritual, cultural, de la sociedad desde la ideología socialista.

La lista de asuntos que expresen la complejidad del problema planteado, sobre el cual este texto es apenas una aproximación, podrá ser, sin duda, mucho mayor (no hemos mencionado la problemática de las normativas jurídicas laborales, por ejemplo), no obstante, los problemas señalados bastan para ejemplificar su magnitud. Lograr una articulación eficiente de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídico-normativa y político-ideológica de manera que los sujetos participantes en la transición socialista encuentren su lugar en la sociedad y convivan en conformidad con las condiciones existentes, es inevitablemente un proceso dilatado y requerido de constantes reevaluaciones y precisiones, desde sus ámbitos específicos y de conjunto, con una activa y amplia participación popular.

Claro está, no es objeto de este trabajo el análisis pormenorizado de la problemática social y económica que presenta hoy la sociedad cubana[31], sino poner de manifiesto que su rumbo futuro deberá continuar

  produciéndose sobre la base de pautas de naturaleza socialista; y no solamente por razón de la cultura política que se ha desarrollado en las grandes mayorías de la sociedad cubana, sino por los resultados tangibles en materia de equidad y justicia social, por lo que se ha logrado y logra aún en medio de tan enormes dificultades y por la conciencia acerca de lo que esperaría a la sociedad cubana si el rumbo de la economía comenzara a correr por cauces neoliberales y nuevamente dependientes, y que solo si se mantiene unida la sociedad se mantendrá la posibilidad de defender las conquistas sociales y de lograr una opción cierta de desarrollo.

No puede perderse de vista que en nuestro hemisferio más que en cualquier otra parte del mundo, el neoliberalismo ha fracasado, mientras la sociedad cubana ha resistido la recesión, el bloqueo económico y el acoso político, nuevos atentados terroristas, además de todas las desventajas de cualquier país del llamado tercer mundo y ha logrado frenar la recesión e iniciar la recuperación, sin hacer concesiones de principio, mientras tiene ahora ante sí la difícil misión de convertir a la sociedad cubana en una suerte de complejo corporativo nacional altamente competitivo en el mercado internacional y altamente cooperativo en sus relaciones nacionales, capaz además de metabolizar la influencia constante de las relaciones mercantiles capitalistas, con fórmulas socialistas de distribución del producto social y con un sistema de formación y educación que reproduzca los valores éticos solidarios socialistas, que incluyen el fortalecimiento de la conciencia humanista e internacionalista que ha forjado en Cuba el proceso revolucionario.

Cuando digo altamente competitiva en el mercado internacional, estoy diciendo también altamente solidaria, lo que significa en primer lugar una ética en las relaciones económicas internacionales que exprese la lógica y la esencia del tipo de socialidad que se fomenta por el proceso revolucionario, así como la práctica consecuente de un internacionalismo constructivo, cooperador y generoso[32].

Tal es el caso de las relaciones de cooperación que se configuran en los acuerdos entre Cuba y Venezuela en los marcos de la Alternativa Bolivariana para Las Américas, la cooperación en materia de salud y educación, la colaboración científico – técnica, la participación en Telesur y muchos otros ámbitos de las relaciones entre ambos países.

En materia económica interna se refiere a mantener la orientación hacia la construcción de una economía solidaria, socialmente eficiente, en armonía con el medio ambiente, lo que implica no sólo la eficiencia económica productiva, sino que tenga en cuenta al hombre y a la naturaleza, que vele, no solo por cómo se distribuye lo que se produce, sino también por cómo se produce lo que se distribuye, que tenga en cuenta, por principio, al equilibrio medioambiental y que privilegie a la niñez, la juventud y la tercera edad, a la continuidad de la aplicación del sistema de perfeccionamiento empresarial[33] y de su propio

 perfeccionamiento, a la necesidad de continuar descentralizando el desempeño económico, flexibilizando la planificación socialista y experimentando diferentes formas organizativas de la propiedad social, pero también articulando funcional y eficientemente toda la actividad económica y en su conjunto todo el acontecer social en un sistema en el que las actividades socioeconómica, organizativa, jurídico-normativa y político-ideológica alcancen y mantengan, en su necesaria diferencia su necesaria unidad, desafío fundamental para el logro de una sociedad que reproduzca desde la actividad económica una cultura socialista.

En el plano social, se trata de continuar desarrollando los planes  y programas de la revolución encaminados a profundizar la justicia social en la sociedad cubana, en el orden político se trata de desarrollar la democracia socialista incrementando la participación ciudadana en las decisiones en todos los niveles y planos del acontecer social.

Para continuar el rumbo de la revolución cubana no hay sendas preestablecidas, sino principios socialistas de orientación. Como diría el poeta: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”.

 

En Cuba la revolución está en el poder

La expansión del capitalismo en su expresión neoliberal implica la agudización de la contradicción entre los intereses de las transnacionales y los de las mayorías nacionales que han estado protegidas en determinada medida, según las realidades sociales históricas, por los estados y las legislaciones nacionales, y por el derecho internacional, conceptos todos impugnados y reciclados oportunistamente por la internacionalización del capital.

El rechazo al derecho de las mayorías nacionales, la atomización del trabajo y el cuestionamiento del derecho internacional tienen su manifestación más agresiva en la ideología neoliberal, reproducida por los institutos generadores del pensamiento único y multiplicada por los medios masivos de difusión, que disponen hoy de tecnologías altamente sofisticadas.

Pero la situación del mundo -que ya había experimentado un viraje radical con la desaparición de la comunidad socialista del Este de Europa, que condujo a la aceleración del neoliberalismo y a la euforia de los poderes capitalistas nortecéntricos-, ha cambiado nuevamente después del ataque a las torres gemelas de Nueva York hacia una mayor agresividad por parte de los Estados Unidos; con las dos guerras contra Irak, la guerra contra Yugoslavia, la guerra contra Afganistán, las presiones sobre Corea del Norte, el apoyo militar a Colombia, la promoción de la llamada Área de Libre Comercio de Las Américas, y prácticamente cualquier acción internacional sigue apuntando hacia la creación de un esquema de dominación absoluta por parte de la potencia norteamericana.

Esa realidad conduce a un esquema diferente en el panorama internacional: cualquier proyecto de liberación y desarrollo de un país o región del mundo aparece hoy como una amenaza directa hacia ese poder hegemónico en gestación, por lo que cualquier voluntad política que surja hoy en la región latinoamericana y caribeña dirigida a lograr un modelo de desarrollo económico y social que beneficie a las grandes mayorías[34], entra

 en oposición directa a los planes geoestratégicos de esos grupos de poder de los Estados Unidos.

Esto –entre un conjunto de elementos- hace que la acumulación de las fuerzas necesarias para el cambio pase obligadamente por procesos de amplias alianzas tanto hacia lo interno de las sociedades nacionales como en el ámbito regional. Las alianzas se conciertan solamente dando y recibiendo, haciendo concesiones y obteniéndolas. Las formas de lucha revolucionaria, la estrategia y las tácticas, tienen que adaptarse a las nuevas situaciones y tomar nota de lo que es posible hacer y cómo. Todo ello impacta directamente –modificándolo- el paradigma de liberación en el continente.

Otro elemento se suma a lo anterior. El fracaso de la experiencia socialista en Europa del Este y las reformas económicas radicales que llevan a cabo la República Popular China y Vietnam, han eliminado –prácticamente- del paradigma emancipador la idea del Estado socialista centralizado, con un plan económico rígido y un partido único. Este cambio en el imaginario de las formas populares del poder se suma a otra realidad: cualquier experiencia emancipadora en América Latina tendrá que vérselas con la competencia mercantil, con el control monopólico de los mercados, con el orden económico internacional injusto, con el mecanismo dominador de la deuda externa, con el desnivel tecnológico, con la despiadada y depredadora manipulación financiera, con el unilateralismo, y con el hegemonismo imperialista y la constante amenaza del empleo de la fuerza, del terrorismo de Estado, para imponer sus intereses.

El modo en el que Cuba accedió a la posibilidad de un sistema social y político dirigido a defender los intereses de las grandes mayorías y la manera en que se desarrolló la sociedad cubana ya no resulta vigente, no por los defectos o problemas que haya tenido o aún tenga, sino porque en las realidades de hoy su viabilidad resulta poco probable.

Por otra parte, ha crecido tanto la brecha tecnológica y financiera entre los países del Primer Mundo y los del resto del mundo, es de tal magnitud la potencia militar concentrada y son de tal envergadura los intereses del capital transnacional en todos los países y regiones, que un enfrentamiento de ruptura total como ha sido el caso cubano tiene, en lo inmediato, pocas posibilidades. La tarea liberadora y del desarrollo requiere de un proceso de unidad nacional y desarrollo integral de la cultura política de las grandes mayorías, que hoy tendrá que realizarse sobre la marcha, como parte del proceso, y teniendo en cuenta la situación regional y mundial.

La construcción social irá entonces aparejada desde el principio a la construcción de poder, hay que hacerlo desde adentro y desde abajo.

Los retos que se alzan hoy ante los revolucionarios presentan nuevas complejidades; hacer la revolución hoy requiere ante todo construir poder, podría decirse construir la revolución, lo que significa hacer conciencia, acumular experiencia, conquistar palmo a palmo y consolidar cuotas de poder, en todos los ámbitos del quehacer social, siendo de particular importancia el nivel local. Hoy resulta revolucionaria la recuperación del patrimonio nacional dilapidado por sucesivos gobiernos entreguistas en la región, el logro de políticas sociales, hacer valer los derechos ciudadanos en todos los terrenos, trabajar día a día con una perspectiva de transformación integral de la sociedad, pero sin menospreciar lo reivindicativo.

Objetivos y estilos tales, si son verdaderamente revolucionarios, necesitan entonces una proyección a largo plazo referida a todo el entramado del poder en la sociedad, no se trata de un accionar fragmentado, ajeno a una estrategia general de lucha, que no excluye las acciones ante lo contingente, que solo pueden orientarse y tener la oportunidad de ser exitosas si previamente se tiene una visión de largo alcance.

Tener una perspectiva de transformación integral de la sociedad significa, como afirma Rauber, tener en cuenta “...que su lucha y construcción se inserta dentro de las relaciones de Poder existentes (hegemónico-coactivas) y que en algún momento entrará en contradicción con éste por lo que debe estar articulada o inscrita en un proceso mayor (sociopolítico).

En caso contrario quedará atrapada por las relaciones de Poder dominantes, posiblemente como una variante del poder central, como una alternativa local aislada del conjunto y sin perspectiva de crecer y por tanto con futuro de perecer, o caerá por la acción directa de las fuerzas represivas del Poder.”[35]

El problema esencial de la transformación revolucionaria sigue siendo el problema del poder. La relación entre la estrategia y la táctica revolucionaria deviene mucho más compleja en las realidades de hoy. Se requiere, sobre todo, luchar en el terreno de las ideas. El capitalismo tardío, la globalización neoliberal, nada tienen que ofrecer a la humanidad como no sea el continuo ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres y el creciente peligro de desaparición de la propia especie humana. La humanidad será socialista o no será, y el socialismo verdadero es de naturaleza revolucionaria.

En Cuba, sin embargo, el pueblo revolucionario está en el poder y el socialismo es un proyecto real. Para los cubanos lo prioritario es preservar ese poder, que es la única garantía de continuar adelante defendiendo los genuinos intereses patrióticos e  internacionalistas de las grandes mayorías ciudadanas. Solo desde el poder revolucionario, Cuba tiene las condiciones sociopolíticas para encarar los grandes desafíos que plantea el nuevo escenario mundial, así como los complejos problemas relativos al desarrollo del camino socialista. Su revolución social, su nueva cultura, significan sin duda alguna un ejemplo de lo que ha logrado un pueblo aprovechando la coyuntura histórica que le tocó vivir. No es un modelo a seguir, algo que, vale decir, nunca se han propuesto los revolucionarios cubanos. Cuba, sin embargo, es una alternativa real y resulta ejemplo de dignidad, de firmeza, de heroísmo del pueblo, de ejercicio del poder político en función de los intereses de las grandes mayorías, de solidaridad, de soberanía e independencia, de defensa de su identidad cultural, de internacionalismo, de lucha contra el terrorismo, por la paz y la justicia social, y es fuente de inspiración para todos los revolucionarios. En Cuba la palabra socialismo sigue sonando bien, lo revolucionario es continuar trabajando para que suene cada vez mejor.

 

 

 Darío L. Machado Rodríguez es Investigador Titular del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba, miembro de los consejos editoriales de las revistas teóricas cubanas Cuba Socialista y Contracorriente y del Consejo Científico de la Central de Trabajadores de Cuba, Profesor Titular adjunto del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, del Instituto Superior Adriana Corcho y de la Universidad de Ciencias Informáticas, presidente de la Cátedra de Periodismo de Investigación de la UPEC.

[1] Este texto forma parte de un libro en preparación sobre el tema de la cultura política en Cuba y algunos de sus contenidos han sido tratados en otras publicaciones y ponencias.

[[3] La denominación de Generación del Centenario designa a los revolucionarios que guiados por Fidel Castro, asaltaron el cuartel Moncada en 1953, año del Centenario del natalicio de José Martí.

[4] Me refiero al Bogotazo en 1948, desatado por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán quien había ganado prestigio no solo en Colombia sino en toda la región por representar los intereses de las mayorías colombianas y retar los de la oligarquía criolla y los capitales norteamericanos, al derrocamiento del gobierno progresista de Jacobo Arbenz en 1954 en Guatemala por tropas mercenarias organizadas por la Agencia Central de Inteligencia de los EEUU y el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela en 1958 por un movimiento popular respaldado por sectores militares, hechos todos que evidenciaban las presiones populares por un cambio social en la región. Era habitual en medio del macartismo y de la guerra fría que cualquier brote de luchas populares fuera acusado de estar instigado por los comunistas. Mariano Ospina, entonces presidente de Colombia, por ejemplo, al referirse a los hechos del Bogotazo, acusó a los comunistas de sabotear la IX Conferencia Internacional Americana que tenía lugar a la sazón en la capital colombiana. “El gobierno está firmemente convencido –dijo el presidente- de que esta ha sido una conspiración premeditada por los comunistas...” (Ver  “De Chapultepec a la OEA. Apogeo y crisis del panamericanismo” del autor cubano Humberto Vázquez García, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 200l, p.145).

[5] Iniciativas con la intención de contener la lucha revolucionaria radical como la, en su momento, famosa y luego profundamente olvidada Alianza para el Progreso, auspiciada por los Estados Unidos, resultaron ineficientes y deficientes, y en consecuencia demagógicas.

[6] Isabel Rauber, “Actores sociales, luchas reivindicativas y política popular”, Ediciones UMA, Buenos Aires, 1997, p. 80. A esta pensadora y activista argentino-cubana debemos el concepto de construcción de poder desde abajo.

[7] Añado un comentario que hace unos meses me hizo una joven mejicana estudiante de ciencias políticas refiriéndose a los partidos de izquierda: “lo que quieren es acceder al poder, y luego harán lo que otros: se olvidarán del pueblo.”

[8] Ver Isabel Rauber “Izquierda latinoamericana, crisis y cambio”, Editora Política, La Habana, 1993, p.86-132.

[9] Es difícil en ocasiones encontrar un término apropiado. La denominación de “burguesa – dependiente” para designar a la ideología que predominaba en la sociedad cubana de 1959, refleja la situación objetiva de una clase dividida, cuyo sector más fuerte estaba asociado a los intereses del poder imperialista norteamericano. No era la cubana una burguesía unida que tuviese un programa de desarrollo nacional. Los sectores que podían ser calificados con mayor propiedad como burguesía nacional veían su desarrollo constreñido a los espacios menos lucrativos que dejaba el contubernio de la oligarquía criolla con los intereses estadounidenses. Aquella ideología entonces no solo expresaba los referentes del sistema social capitalista, en lo tocante a la justificación de la propiedad privada, la explotación del hombre por el hombre, el individualismo y otros contenidos, sino también la subordinación al poder del norte, sustituía el patriotismo verdadero por el formal, carecía de un proyecto de nación y desvalorizaba la identidad cultural cubana a la vez que entronizaba la idea de que los cubanos por sí mismos no eran capaces de emprender nada y que era imprescindible el tutelaje de los Estados Unidos por oneroso que este resultase.

[10] Este documento es conocido por el pueblo cubano e internacionalmente por las cuatro palabras finales pronunciadas entonces por el líder de la Generación del Centenario: “..la historia me absolverá”.

[11] Esta contradicción existió primero como oposición entre los intereses del naciente Estado norteamericano, de naturaleza violenta y expansionista, y la existencia de Cuba en la periferia de su territorio nacional y , por tanto, en el campo de sus intereses geoestratégicos, cuando todavía no había fraguado la nacionalidad cubana, y se convirtió después con el desarrollo y consolidación de nuestra identidad nacional y el surgimiento de los monopolios y del imperialismo norteamericano, en una contradicción entre ese imperialismo y la nación cubana que se resolvía siempre a favor de los intereses de los EEUU a través de la violencia económica y extraeconómica. A lo largo de este proceso, el poder del Norte intentó comprar la isla, anexarla, integrarla a su campo gravitatorio económico y político, para lo cual se valió de las más diversas vías, entre ellas la invasión militar del territorio cubano, uso ilegítimo del poder al que acudieron en varias ocasiones desde 1898 cuando frustraron las luchas de los cubanos por su independencia, luego durante la república neocolonial que instauró el poder norteamericano, y la última en Playa Girón cuando fueron por primera vez derrotados.

[12] Algunos autores han enjuiciado la realidad socioeconómica cubana en 1959 desde otra óptica, afirmando que Cuba estaba entre los países más desarrollados de la región, lo cual argumentan sobre la base del burdo empleo comparado de macrocifras y percápitas, escondiendo de manera obscena las enormes desigualdades que pesaban sobre la sociedad cubana.

[13] Estos años fueron de un monumental esfuerzo pedagógico de los líderes de la revolución cubana, en primer lugar de Fidel Castro. Los análisis del liderazgo revolucionario ante cada asunto de interés social se producían a diario, dejando siempre un saldo formador de conciencia en el pueblo. En aquel entonces la mención de una palabra como “socialismo” proscrita por el macartismo que invadió también la política y los medios masivos de comunicación cubanos, resultaba altamente contraproducente para las mayorías en 1959; no fue sino hasta Abril de 1961 que fue públicamente pronunciada por primera vez por Fidel Castro en su discurso ante la tumba de los caídos en los bombardeos que precedieron a la invasión imperialista por Playa Girón, pero había comenzado a ser pronunciada cada vez más desprejuiciadamente por sectores crecientes de la población ya en 1960.

[14] Solamente médicos salieron del país hacia EEUU más de 3000, pero también muchos técnicos azucareros, ingenieros que operaban otras actividades productivas importantes como por ejemplo la producción de níquel, etc.

[15] Fidel Castro, en el discurso pronunciado el ocasión  del X Aniversario de la huelga del 9 de abril de 1958, expresó: “...el año de 1959 fue el triunfo de la rebelión, pero el año de 1968 –si estimamos que revolución es un problema de conciencia, un problema de ideas, si el triunfo de la Revolución es el momento en que un pueblo entero toma conciencia profunda de sus deberes históricos, de sus obligaciones sagradas, de su misión en el mundo-, el año de 1968 fue el triunfo de la Revolución.” (Ver Ediciones COR, Nro. 6, La Habana, 1968, p. 22)

[16] Reformada después en dos ocasiones.

[17] Al hacer la crítica de los errores de esa etapa Fidel Castro expresó que se había “copiado bien lo malo y mal lo bueno”.

[18] El Llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba fue hecho público en marzo de 1990, en el momento en que era creciente y acelerada la descomposición del sistema socialista este-europeo, luego de producirse la invasión norteamericana a Panamá y en circunstancias en las que crecía la euforia del imperialismo norteamericano que reforzaba la influencia de su ideología neoliberal. En la convocatoria a discutir el texto del llamamiento, que se convirtió en un debate nacional sobre el rumbo futuro del socialismo en Cuba, participaron más de 3 millones y medio de ciudadanos cubanos que hicieron alrededor de 1 116 000 propuestas de medidas y acciones rectificadoras, contenidos que fueron incorporados a los debates de las comisiones que preparaban los documentos de base del Congreso y a las deliberaciones del propio congreso.

[19] Para ampliar sobre el proceso de rectificación puede consultarse, del propio autor, el libro Nuestro propio camino. Análisis del proceso de rectificación en Cuba, Editora Política, La Habana, 1993.

[20] Arce Martínez, Sergio, “Entereza y libertad, paradigmas y tareas de la teología cubana hoy”, Cuba Socialista, Nro. 24, La Habana, 2002, p.38

[21] Durante muchos años, la libreta de abastecimientos fue prácticamente el único modo de adquirir bienes de consumo para la satisfacción de necesidades básicas de alimentación, ropa, calzado, enseres para el hogar y artículos electrodomésticos. El salario medio cubría el acceso a la totalidad de artículos alimenticios, lo que aseguraba una distribución altamente equitativa. “Al disminuir abruptamente la disponibilidad de alimentos, como primera medida se pasó la casi totalidad de los alimentos al régimen de racionamiento con precios bajos, como forma de que nadie quedara desprotegido; sin embargo creó también una alta dependencia de la población al sistema estatal de distribución centralizada de alimentos”, nos dice la Dra. Angela Ferriol Mururaga en su ensayo “Cuba: situación social y transformaciones en la política social”, publicado en la revista: Cuba: Investigación Económica, Año 3, Nro. 1, Enero-Marzo, INIE, La Habana, 1997, p. 54. A guisa de ejemplo, en 1996, cerca del 75% de la disponibilidad total de alimentos se distribuyó en Cuba por el sistema de racionamiento y a través de la alimentación social (comedores de trabajadores, escolares y hospitalarios), es decir, distribución subsidiada, un 14% en mercados de libre formación de precios y el resto provino de sistemas de autoabastecimiento.

[22] Es un mito extendido lo que se afirma acerca de que la construcción del socialismo impone un partido único. En Cuba, el gobierno revolucionario no dictó ningún decreto aboliendo los partidos políticos. Al triunfar la revolución solo tres organizaciones habían combatido la dictadura batistiana: el movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular. Otros partidos políticos no tenían raigambre orgánica, se articulaban solo en épocas electorales, actuaban como “partidos de cuadros”, muchos callaron ante los crímenes de la dictadura, colaboraron con ella o no la combatieron. Luego de 1959 estos partidos definitivamente desprestigiados se deshicieron solos frente a las potencialidades populares liberadas por el triunfo revolucionario, mientras las tres organizaciones que habían participado en el proceso de lucha revolucionaria, identificadas con el liderazgo de Fidel Castro, desarrollaron un ejemplar proceso de unidad revolucionaria –no sin algunos brotes de sectarismo que fueron superados- que las llevo a agruparse alrededor de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) devenidas luego Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) que en 1965 adopta el nombre de Partido Comunista de Cuba.

[23] Cuba enfronta los mismos problemas generales que limitan el desarrollo de los países del llamado tercer mundo: la herencia estructural del capitalismo dependiente, el intercambio desigual, la dependencia tecnológica, la deuda externa, el dominio de los mercados por las empresas transnacionales, etc., pero además sufre desde hace más de 40 años el bloqueo económico más largo, minucioso y extenuante que recuerda la historia de la humanidad, en una pulseada histórica entre un socialismo emergente y un imperialismo soberbio e intolerante, que no reconoce el derecho de los demás a la soberanía y la independencia.

[24] Ver Discurso de Fidel Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, en el acto nacional por el 52 Aniversario del 26 de Julio, periódico Granma, 27 de Julio de 2005, p.5

[25] Para ampliar sobre el tema puede consultarse, del propio autor, el libro Cuba: Ideología Revolucionaria, Editora Política, La Habana, 2000.

[26] La educación econٕómica y laboral debe abarcar todos los niveles de enseñanza y medios de socialización conque cuenta la sociedad y en sus contenidos debe insistir  tanto en los conocimientos acerca de la situación económica mundial, regional y nacional, los precios y sus fluctuaciones, los problemas relativos al desarrollo sostenible, así como lo concerniente a la organización del trabajo en el socialismo, la participación del trabajador en  la dirección de los procesos económicos, la lógica distributiva de la sociedad socialista cubana, el concepto de bienestar socialista, la laboriosidad y la eficiencia como rasgos del ciudadano en el socialismo, entre otros asuntos fundamentales.

[27] Para ampliar, respecto de los desafíos actuales del socialismo cubano, puede consultarse, del propio autor, el libro ¿Es posible construir el socialismo en Cuba?, Editora Política, La Habana, 2004.

[28] El envío de remesas desde el exterior es una práctica a la que tienen derecho tanto quienes las envían como quienes las reciben, independientemente de sus efectos sociales. En un libro de reciente publicación titulado Los cambios en la estructura socioclasista, obra de un colectivo de autores, trato dentro de un epígrafe dentro del texto de mi autoría ala remesa como factor de diferenciación, en el que explico la influencia de esta realidad en la problemática de la unidad de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídico-normativa y político-ideológica. (Ver: Colectivo de Autores, Los cambios en la estructura socioclasista, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2003, pp. 113-114).

[29] La doble circulación monetaria sufrió una sensible modificación al suprimirse la circulación de la divisa extranjera, importante paso para el fortalecimiento de la soberanía monetaria de la nación, aunque a los efectos de la problemática que analizamos permanece la existencia de los dos principales mercados: en moneda nacional no convertible y en moneda nacional convertible.

[30] La Dra. Ángela Ferriol Muruaga sostiene que: “En la sociedad cubana actual, el principal factor de desigualdad es poseer una fuente de ingresos en divisas. Ello responde a lo elevado del tipo de cambio vigente junto al hecho de que, para satisfacer algunas de las necesidades esenciales de la familia, ello debe efectuarse obligatoriamente en divisas. Esta situación está estrechamente relacionada con el diseño que se ha implantado para el mercado segmentado de bienes de consumo y servicios.

“Reconociendo el papel del dólar como sustento de desigualdad, conviene aclarar, sin embargo que de ello no puede concluirse que las remesas sean la causa principal de desigualdad en el país. (…) . No obstante ello, las remesas conservan un peso que, por lo elevado del tipo de cambio, resulta excesivo para lograr un mejor desempeño económico en las condiciones de un proyecto socialista.” Ver, Colectivo de Autores, Los cambios en la estructura socioclasista, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2003, ensayo de la autora titulado: Ingresos y desigualdad en la sociedad cubana actual, pp.121-122.

[31] Si se desea ampliar sobre el tema, pueden consultarse, del propio autor, los libros Cuba: Ideología revolucionaria, Editora Política, La Habana, 2002, Cap. X, pp. 213 – 259 y  ¿Es posible construir el socialismo en Cuba?, op.cit.

[32] La vocación internacionalista  del pueblo cubano tiene un arraigo histórico vinculado al desarrollo de las luchas independentistas del siglo XIX y a las luchas populares del siglo XX, y ha sido potenciada con el triunfo de la revolución de 1959, a partir del cual cientos de miles de cubanos han ofrecido y entregado voluntaria y desinteresadamente su sudor y aun su sangre para contribuir a la independencia y al desarrollo de otros muchos pueblos. El internacionalismo caracteriza hoy a las grandes mayorías ciudadanas en Cuba y constituye un importante rasgo distintivo del revolucionario cubano.

[33] Cuando comenzó el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, en el sistema empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se comenzó a desarrollar un nuevo concepto de empresa socialista, altamente eficiente, que se fue gradualmente extendiendo dentro de las FAR hasta aprobarse el Decreto Ley 187 que hace extensivo el sistema a todo el mundo empresarial socialista cubano. Su implantación es un proceso gradual, que excluye todo voluntarismo y exige el cumplimiento riguroso de un conjunto de requisitos, sin los cuales una empresa no puede entrar en el proceso de su perfeccionamiento. De igual manera, si una vez dentro de este incumple los requisitos establecidos sale de él, debiendo ganarse nuevamente su inclusión.

[34] Lo que implicaría políticas de recuperación del patrimonio nacional, políticas financieras y comerciales, fortalecimiento del papel del Estado y su intervención en el mercado, reglas de distribución diferentes de las pautadas por el neoliberalismo, un modelo propio de comunicación social, etcétera.

[35] Isabel Rauber, Actores sociales, luchas reivindicativas y política popular, Ediciones UMA, Buenos Aires, 1997, p.86.