Santiago es una fiesta

Joel James Figarola

 

Setenta y seis días antes de caer en combate, nuestro apóstol José Martí escribió estas líneas que soportaran por siempre el reto del tiempo:

“Y abrí los ojos en la lancha, al canto del mar. El mar cantaba. Del cabo salimos, con nubarrón y viento fuerte, a las diez de la noche; y ahora, a la madrugada, el mar está cantando. El patrón se endereza, y oye erguido, con una mano a la tabla y otra al corazón: el timonel, deja el timón a medio ir: ‘Bonito eso’: ‘Eso es lo más bonito que yo haya oído en este mundo’: ‘Dos veces no más en toda mi vida he oído yo esto bonito’. Y luego se echan a reír: que los vodú, los hechiceros haitianos, sabrán lo que eso es: que hoy es día de baile vodú. En el fondo de la mar, y ya lo sabrán ahora los hombres de la tierra: que allá abajo están haciendo ahora los hechiceros sus encantos. La larga música, extensa y afinada, es como el son unido de la tumultuosa orquesta de campana de platino. Vibra igual y seguro el eco resonante. Como en ropa de música se siente envuelto el cuerpo. Cantó el mar una hora, —más de una hora— la lancha piafa y se hunde, rumbo a Montecristi”.
 

Si aceptamos, como con toda propiedad debemos aceptar, que nuestra última guerra por la independencia contra España comenzó como voluntad expresa con la firma del Manifiesto de Montecristi entre José Martí y Máximo Gómez, entenderemos cómo esa gesta definitiva del pueblo cubano por el reconocimiento de su razón de ser en la tierra, era más que un propósito del propio pueblo cubano, un afán de Haití, de Republica Dominicana, de Islas Turcas, de Costa Rica, de Venezuela, de todo el Caribe.

Muchas son las páginas llenas de encanto y de poesía que nuestro Héroe Nacional consagró a la tierra y a las gentes de Haití en ese último deambular suyo hacia su consustanciación definitiva e irreversible con los pobres de la tierra.

Mucho hay de Haití por derecho propio en la historia y la cultura cubanas. Haití estuvo en el toque de Tumba Francesa que Carlos Manuel de Céspedes presidió la noche del 9 de octubre de 1868; Haití estuvo en la Protesta de Baraguá durante la cual los que salvaron la dignidad nacional cubana se identificaban entre sí hablando creole; Haití estuvo en el Holocausto de Flor Crombet en las montañas de Yateras. Y está aquí, en Cuba y en nuestro Festival en la presencia revolucionaria de sus descendientes que se expresan en la lucha diaria por la culminación revolucionaria de nuestra historia frente al contumaz enemigo que con toda seguridad resultará derrotado. En esa cotidianidad de combate, la presencia de Haití forma parte de nuestra existencia espiritual en su sentido solidario de la vida, en los toques de Gagá, en la invocación a los loas del Radá y del Petró que siempre bregaran por Fidel y por la Revolución.

Si el pasado predetermina el presente, el futuro, como bien dice Cintio Vitier, le da sentido a ese propio presente. Futuro y presente que nunca dejarán de ser nuestros.

En nombre de este Festival, que es decir en nombre del pueblo santiaguero, les doy la bienvenida.



Palabras de Joel James, director de la Casa del Caribe en la inauguración de la 24 Edición del Festival del Caribe.

Joel James, sorpresivamente murió la última semana de junio pasado. Fue un extraordinario y singular pensador.  Director de la prestigiosa Casa del Caribe y cofundador y organizador del Festival del Caribe.  Autor de valiosos libros y artículos de Historia de Cuba y del Caribe. Recibió muchos merecidos reconocimientos.