Joel, a caballo, cual Quijote entre el viento


Omar Valiño

 


Todavía demasiado dolorosa y cercana para las páginas que su desaparición merece, la muerte esta semana de Joel James me obliga sin embargo a una líneas, acaso a una oración que tantos otros podrán dejar mucho mejor sobre el papel o sobre el viento, los dos soportes preferidos de su sólido verbo.

 

Aunque lo sabía enfermo hace algún tiempo, la noticia me golpeó desde la pantalla del televisor. Escueta para el caso, me alegraron no obstante las imágenes de su ciudad despidiéndolo. Los poderosos y diversos ríos culturales de Santiago de Cuba encarnados en su gente, rindiéndole culto al hombre que tanto los representó, los estimuló, los defendió.

 

Allí estaban la conga y los intelectuales, los universitarios y los teatristas, los investigadores y los religiosos, los alumnos y los amigos. Sin falsas dicotomías: la gente, el pueblo. Y no me tiembla el pulso al escribir el pueblo porque en pocos intelectuales nuestros sentí vibrar como en Joel las fibras de esa entidad concreta, querida e inapresable a la vez. Diría que toda su obra, derramada en distintos afluentes, sirvió al análisis, al enaltecimiento y a la salvación de la identidad parida, sostenida y renovada por el pueblo de esta Isla. Eligió para inscribirla en el tiempo una ciudad-región luminosa y secreta, inmejorable para palpar a flor de piel ese sentido del cubano de a pie.  

 

Lo hizo además de manera firme pero sin mesianismos. Enfrentando de manera cíclica obstáculos, estupideces, burocracias e hijeputancias. Levantó contra todo la fortaleza de la Casa del Caribe desde donde propició innumerables acciones desgranadas en descubrimientos, estudios, publicaciones, presentaciones artísticas, legitimaciones folclóricas, foros de pensamiento que culminaban cada año en el haz del Festival de Caribe o Fiesta del Fuego, disperso y magnífico preámbulo cultural de los no menos identitarios carnavales de julio.

 

Su labor como narrador de ficciones e investigador, como historiador y sociólogo se amalgamaba en su inolvidable oficio de conversador erudito y penetrante, diáfano y profundo cuando explicaba las zonas no escritas o reveladas, ni relacionadas de la historia y la cultura patrias. O cuando con su enorme autoridad intelectual y ética se pronunciaba contra todo tipo de males de nuestra sociedad, yendo siempre de la superficie al fondo de los problemas.  

 

Joel James Figarola fue un revolucionario en toda la extensa significación del término. Combatiente, pensador, crítico, militante, hacedor.   

 

Santiago y Cuba lo recordarán. Lo veo frente a mí como más me gustaba, como más lo admiraba, evocando en un caserón de Santiago, con su voz gruesa calentada por el ron, la festiva celebración de los esclavos en La Demajagua la noche antes de levantarse el 10 de Octubre. Allí le hubiera gustado estar, a caballo, cual Quijote entre el viento. Así lo tuvimos. Aquí.