El socialismo del Siglo XXI y mi vecina

 

 Ilse Bullit

 

 

Mi vecina tiene 30 años y 4 hijos del primer marido legal y único. En este habanero barrio de San Agustín  está considerada como un bicho raro. Lo más común es que después de parir un hijo el matrimonio o la unión consensual se vaya a pique, se busque otro hombre y para parirle se espere un tiempo a ver como va la cosa y, si anda mal, el tercero que no sueñe con un nené; aunque lo probable es que él ya posea  sus herederos.

 

Su marido es electricista. Trabaja en una empresa estatal. Gana unos pesos cubanos extra, –sostener a ese familión es tarea para Hércules-, haciendo reparaciones menores en la casa de los vecinos. Cobra barato, pero nunca pone los materiales ni pregunta de donde se obtuvieron

 

Mi vecina vive con su abuela, la real propietaria de la vivienda, lo que siempre la buena señora  está recalcando a voz en cuello; sobre todo, cuando la nieta le propone que cuide a sus niños para darse un saltito a un baile popular. Porque cuando Fidel cita a la Tribuna Antiimperialista,  van con todos los muchachos y el de dos años lleva siempre una bandera cubana más grande que él.

 

Cuando el marido contempla en la TV el Noticiario Nacional, ella  está  fregando a mano como muchas mujeres  cubanas. El televisor chino es nuevo, pero  todavía se lava aquí  en una veterana lavadora rusa que además de rasgar las viejas sábanas, hace el ruido de un tractor, por supuesto, también de la antigua URSS.

 

La abuela sí se acomoda al lado del marido; cada día se repite la misma escena, como las de un culebrón mexicano. Esta  viejecita de 70 años no padece de Alztheimer, pero tiene instalado  en su memoria  un programa pesimista.

 

Si  en la TV surgen  las imágenes de la puesta en marcha  de los grupos electrógenos que contribuirán a olvidar los apagones; ella con entonación irónica, recordará   que cuando la cosecha azucarera de 1970 se dijo que los 10 millones de toneladas de azúcar “iban” y  “no fueron”; que hubo una vaca millonaria en producción lechera, pero que su jubilación no le alcanza para comprar leche en moneda cubana convertible; si en la diáfana pantalla china aparecen los nuevos equipos domésticos  que se están vendiendo, también para paliar el déficit energético, ella rememorará la eterna falta de piezas y de talleres competentes. Asegurará, cual pitonisa diabólica, que la hornilla no resistirá el cubo de hervir agua para lavar y que el calentador tampoco durará.

 

Si se habla de la hermosa labor de los médicos  cubanos en tierras necesitadas, la abuela terciará con que ahora nunca encuentra a su doctora y que se demoran los turnos con los especialistas. El momento cumbre de la escena llega, mientras un joven periodista diserta en la pantalla  sobre los proyectos en marcha para la construcción de cien  mil viviendas este año.

 

La  propietaria legal de la pequeña  casa, con risita maligna, evoca los feos edificios que tardaron meses y meses en levantarse en años pasados y ya están pidiendo a gritos mantenimiento.

 

Entonces, se arma la de San Quintín.

 

El marido grita. La viejecita grita más alto. Lo ha tocado en su sueño pequeño: un apartamento, una casita, una vivienda. No la sueña ni  con piscina, ni con  garaje. Y los niños, espectadores confusos de la bronca sonora, la asumen como el diario pan con tomates del  desayuno. Bueno, en  tiempos de temporada  del tomate; después, al subir  el precio desde las nubes a la estratosfera, al pan lo acompañará alguna pasta inventada por la propia bisabuela peleona.

 

A la mañana siguiente, mi vecina tocará la puerta. Soy su paño de lágrimas. Escucharé otra vez sus inquietudes. Ella posee un diploma de décimo grado, pero no creo que lo haya obtenido con notas sobresalientes. Me invade a preguntas porque en su ingenuidad piensa que los periodistas tenemos todas las respuestas. Repetirá su necesidad urgente de vivienda. Quieren huir de la abuela “rompesueños”. La comprendo. Es terrible, para un ser humano, que le desbaraten los sueños. Ya le he contado sobre los niños de la calle, los niños del SIDA en África, los niños heridos de Pakistán. Si, lo entiende, pero aquí están sus cuatro mulatitos, concentrados en un dormitorio porque la dueña legítima, también con la razón de sus años, duerme en la otra habitación. Hoy no tengo tiempo. Respondo  sus preocupaciones con una pregunta:

 

-¿Has oído hablar de las teorías de  Dieterich, de Chomski?

 

 La callada por respuesta.

 

 A mi vecina solo le interesa el Socialismo del Siglo XXI puesto en la práctica.

 

 

 

 Isle Bullit es una periodista de larga trayectoria en los medios más importantes de Cuba.  Perdió la visión  en 1992 y se mantiene ejerciendo en la radio habanera.