La familia se retrata

Aramís Castañeda Pérez de Alejo

 

 

 

Acaba de recibirla pero, en el marquito viejo al que pasó un paño, con cuidado, anoche, ya se distingue, entre las demás, desde la mesita de centro. Ha puesto sus ojos sobre ella quién sabe cuánto y piensa en Adelina o Fela a quienes hoy mismo, más tarde, dirá con orgullo: “Mira, mi nieta, la que vive en el Norte”. Y todos coincidirán en que creció muchísimo, que es una muñeca, una preciosidad, gorda, graciosa, tan blanca, con esos cachetones colorao’s; “como para comérsela viva”. Y se alegraran tanto. Cual las grandes vecinas que son y que se ayudan así en las malas como en las buenas. Tiene un motivo para sentirse feliz, sin dudas; que lo disfruta.

 

En la foto las caras ríen. Es el cumpleaños de alguien que no queda claro; sin embargo, la niña, la de los cachetes, se lleva las palmas, a juzgar por el sitio que ocupa dentro de la composición. Por detrás, la cartulina, hablará de besos y de cariños y de recuerdos, agregando algún dato que calce la imagen y los de aquí, tan lejos, sepan. Más no importará, porque las letras pierden peso, siempre, cuando el físico se impone. Ese contorno, radiante, que ella, no se cansa de mirar. Porque, también, están todos; todos a los que quiere y a quienes sueña rodeándola como antes. Y se entretiene en adivinar cuánto han envejecido, o no, por dónde les va el pelo, si algo, en el gesto, pudiera delatar lo que la pose esconde. A la madre no le basta y, por eso, busca y rebusca, entre líneas, para saciar sus apetitos de quien parió, crió y cree conocer mejor que nadie a los suyos. A la madre no le basta, nunca le basta, pero se conforma.

 

Seis meses antes volvieron a reunirse. Era Navidad. Y otras las ropas y diferentes los regalos con el que se aparecieron a la casa escogida. También rieron para las fotos y el efecto del alcohol disipó, casi de cuajo, las diferencias y las preocupaciones, que, con los paquetes, traían. Pasaron el momento, estuvieron a tono, salieron, al fin, de eso y, cansados, bajo cualquier pretexto, regresaban, cada cual a su cuarto, para pensar en cómo empezar mañana y volver a ser los de toda la vida. Para entonces no hubo cámaras. Tampoco la huella en el recuerdo de la madre. No era, lo que se dice, un instante sublime digno de registro.

 

Entre una y otra ocasión, el hijo, la nuera, el primer nieto, la hermana de la esposa, los sobrinos de es-ta, los cuñados del hijo, los conocidos que se han ido agregando, el que vivió en el mismo barrio, se han visto poco. De vez en cuando una llamada o un encuentro casual, o un caso de apuro en que no me atrevo a estar sola porque puede ser malo lo que me digan. O una postalita oportuna si es que la celebración no es tan grandiosa como para dejar lo urgente y gastar mi noche sabiendo que debo levantarme temprano, al siguiente día, y lidiar con esos que quisiera a mil kilómetros de mí. En ese intermedio, nadie estuvo cuando lo de la dentadura. Ni cuando en el trabajo no me quisieron más, y maldormí pensando en el 15 de marzo o en el 7 de octubre, o en la jornada próxima porque las cuentas no me dieron para respirar con alivio, al menos, este mes. En lo que va de una fiesta a la que viene el hijo cogió su guagua con rostro desencajado, sueño, menos ganas, sin cruzar palabra con nadie, tratando de olvidar el trayecto y el destino que, sólo, dio alivio el viernes, cuando recibía el cheque. Desconfió de su suerte, discutió con su mujer -casi siempre por dinero- y saltó de iglesia en iglesia a falta de un hombro, a tiempo, donde desgranar su rabia y recibir la palabra que estuvo esperando. El hijo que no dice a su madre porque ¿para qué?, si, vieja, sufrida, con mil achaques, lo único que va a con-seguir es preocuparla más. El hijo que se cuida de no desentonar, que, considera, hizo bien, que, de cualquier manera, se consolará imaginando los padecimientos ajenos, allá, donde todo resulta  tan difícil.

 

En la mesita de centro, mientras, los ojos, que no han dejado de trastear, encuentran un nuevo sostén. Se convoca a la Acción de Gracias. Ya no es la niña sino un inmenso pavo quien centra el recuadro y, los alimentos, quienes sustituyen lo que, primero, la piscina y, después, el arbolito. Más, cerca, o lejos, igual los que prefiere. Del mismo modo apegados, contentos, rebosantes de alegría; como debe ser, unidos hasta las últimas consecuencias como ella bien se encargó de enseñarles. Ella que completa la historia. Que nunca se enteró de cómo terminaba esa noche de pleitos e insinuaciones, donde las mujeres sopesaron su atuendo y adivinaron las libritas de más, y pelearon por el regaño al niño con el que nada tienes que ver porque es mío y no tuyo y lo educo como mejor me dé la gana a mí. Cuando, tampoco, estuvo el flash, cuando “¡Caballero, parece mentira, somos la misma sangre ¿no?!” Y se juraron que sería la última vez, y se escondieron, luego, tras la frase precisa; e hicieron, como tantas otras, que no pasaba nada pero sin olvidar.

 

La cuñada y la nuera, aquí abrazadas, no se comieron un kilo de azúcar. Un tonto témpano, de hielo, puso las cosas en su sitio y cada una, por su lado, hizo el recuento de todo lo que su oponente había de agradecerle y que, parece, con las glorias borró. Se dieron la razón, se creyeron víctimas, a sí mismas se pensaron buenas y continuaron la marcha tratando de que las rutas toparan estrictamente lo necesario. Aprendía la cuñada que madre de Calcuta no hay dos y, la nuera, que ninguna calle iba a llevar su nombre. Y aquello de la frialdad, que, al principio, no entendieron bien, pronto a convertirse en una suerte divina que, el país extraño, proporcionaba. Supieron de qué modo justificarse y como echar las culpas al viento, y, sortearon los escollos, imaginando qué lleno estaba el mundo de ingratos y desalmados a los que no merecía prestar atención. Comprendieron, ciertamente, que teniendo lo mío así no dependo; y respiraron plenas.

 

Hasta el segundo domingo de mayo un otoño pasó; un verano y una nueva primavera. La hermana de la esposa estuvo segura de que su jefe se equivocaba, como la paloma; más no era peor ni mejor que los anteriores y, además, al trabajo se venía a trabajar no a hacer amigos, según él mismo dijo y dijeron aquellos. Percibía la humillación y tuvo mil reprendas y, a una centésima, se situó de concluir que, como cualquier ser humano, tenía el derecho a equivocarse y ser entendida. Y sacó, de donde no, el tiempo para cuidar su pelo, y la figura; y, no sin regocijarse, dedicar la tarde a escoger las faldas y los tacones, que le aconsejaron, en esa tienda donde, por lo general, te encuentras lo insospechable a precios verdaderamente increíbles. Se mantuvo a mansalva. Solo habló lo justo con sus compañeras. Convencía a su credo de que las oportunidades hay que aprovecharlas y que no pasan, estas, por delante, con la frecuencia que uno quisiera. No era un lecho de rosas, lo sabía, ni lo que mejor supo hacer, lo que, ahora, hizo, sin embargo, imaginó el futuro contando las horas en que pudiera soltar el portazo y caminar resuelta hacia ese nuevo sitio, esbozado en su ilusión, que la esperará con los brazos abiertos. Ya verían todos. Y se sumió en el sueño percibiendo la venganza; las maripositas que comenzaban a intranquilizar su vientre.

 

Un poema es, para entonces, la faz de la madre. De coco y fresa el cake, según le dijeron, y los muebles, comprados ayer aprovechando un especial de fin de semana, justo por la fecha que se conmemoró. “Aquí las primas cantan como si fueran Las D’aida” se lee en el reverso “ y la que está a su derecha es la tía de aquel muchachito que tú cuidaste, cuando vivías en la otra casa, que nos topamos, por casualidad, hace poquito en el mercado”. Sufrida, vieja, con mil achaques, no se extraña ella. Aunque parezca que no, de cierto modo, reconoce el espacio; sabe el color en las locitas del baño, el juego que hacen, estas, con la cortina y las toallitas que cuelgan, a qué lado del apartamento queda la cocina, para qué destinan eso que llaman florida room. La sobrina, que es la que, por lo general, cuenta, porque, a los otros, pobrecitos, no se les da bien lo de escribir, no escatima en detalles. Se abandona en explicaciones y “allá es donde vamos a poner la cuna cuando nazca Belén”, “este sillón es el que tiene papi para descansar cuando termina su comida”, “pusimos el paraban porque, tú sabes, que, Enriquito es muy presumido y no le gusta que lo vean cuando se cambia”, “este balcón da al parqueo, es muy amplio, y la mata que está en la esquina no es de verdad pero nos gustó cuando fuimos a K-Mart. Es de coco y fresa el cake y tiene su nombre, al centro, “para que veas que nos acordamos de ti”. Amplia la galería, florido el conocimiento en la cabeza de la madre que “no sabemos por qué se queja tanto si, gracias a nosotros, lo tiene todo”.

 

Próximo a la fecha el nieto, el primer nieto, se compró el perro. Dejó a un lado a la venezolana y se juró no malgastarse más en ninguna mujer. Si todas eran presumidas, y peleonas, si lo único que conseguían era arrancarle los cuatro kilos que, a duras penas, matándose, le daban en ese taller de mierda. Y mejor con el perro. Porque así nadie se le enfrentaba, ni le respondía, ni estaba al tanto de los platos sucios ni de la cama sin tender. Y era un amor más sincero, sumiso, servil, callado que llenó la soledad cuando, consciente fue, de que soledad era lo que derrumbaba el techo en las horas que  no pudo dormir. Aunque, tampoco, resultará suficiente. Y, la idea, vino de Juan. El lo aseguraba. ¿Por qué no puedo pasarme, también, a mí? Luego, a saber, conocería a Miriam. Sonaba tan lindo todo lo que le puso en los mensajes. Y creyó que lo del chat era lo máximo que pudiera inventar la especie humana. Y, a Juan, agradeció, en silencio. Y ya no estuvo para los demás. Y pasó las madrugadas frente a la pantalla, dibujando su ventura, porque, Miriam, era diferente; todavía no estaba contamina-da, y dijo lo que pensó, y le revolcaba de sentido hablándole de libros y de películas y de la música que, ahí, en La Habana, se oye ahora mismo. Nada revelaba, la instantánea, más, próximo a la fecha  - cuando el cake, y su nombre, y la grata de los muebles nuevos- el nieto, el primer nieto, con ese cuerpo tan parecido al de su padre, tenía otras razones.. 

 

Acaba de recibirla pero, en el marquito viejo al que pasó un paño, con cuidado, anoche, ya se distingue, entre las demás, desde la mesita de centro. Ha puesto sus ojos en ella quién sabe cuánto y, de paso, en todo el rompecabezas que es, desde mucho, su mayor tesoro. No hay un pormenor que no armonice, una mácula que haga suponer peores derroteros, un mínimo descuido que eche a perder la fiesta; aunque, igual, busque y rebusque y se canse de buscar, por si algo, en el gesto, pudiera, así como el que no, delatar lo que, la pose, esconde. Entre este transcurrir y el de la foto que se apura, todo lo que fue, no está. A falta de pruebas, para los ojos de la madre, Adelina, Fela, el resto, nunca sucedió. Tajada considerable de matices y sentimientos frente a la cual nadie tuvo la idea de situarse y reclamar atención y, con gusto, apretar el dispositivo mecánico porque la herencia recibida olvidó incorporarlo alguna vez como una de sus posesiones. La familia se retrata. La vida, de usual, contin por otro rumbo.

 

 

 

 Aramís , colaborador permanente de nuestra revista, es graduado de Filología en la Especialidad de Literatura Cubana por la Universidad Central de Las Villas, Cuba, en 1990. Investigador, crítico literario y artístico.  Por varios años residió en Miami Beach, actualmente vuelve a vivir en su natal Santa Clara.