Benedicto XVI y su inmoral disculpa

 

Edgar E. Quintero

 

La visita del Papa a Washington tenía un difícil escollo por las seguras críticas que habrían de realizarse ante el escandaloso tema de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos en contra de niños, jóvenes, seminaristas e incluso monjas en diferentes obispados norteamericanos y en otros muchos países del mundo.

Pero nuestro santificado Obispo de Roma seguramente ya había tomado todas las previsiones para tratar el tema, sus espléndidos y resueltos asesores de comunicación e imagen sugirieron que diera las primeras declaraciones sobre el asunto en pleno vuelo hacia los Estados Unidos seguramente con la pretendida idea de ablandar a la opinión publica y minimizar el impacto negativo que podría causar este problema en tan importante visita e igualmente mostrar la imagen de un papa preocupado y consternado por estos delitos y ratificar por encima de todo su decidida oposición a los mismos.

Es así como Benedicto XVI declara sobre este tema con “perlas” comunicacionales como estas: “No comprendo como esto pudo suceder” , “Es una vergüenza que no se debe repetir”, “Ha sido un gran sufrimiento para EE.UU., para la iglesia y para mi personalmente”, “Cuando leo las historias de las victimas me parece imposible entender como ha podido suceder que un sacerdote traicione su misión de dar aliento y el amor de Dios a estos niños”.

Antes de ser nombrado Papa, el Cardenal Ratzinger era, desde 1981, el Prefecto del poderoso ministerio vaticano “Congregación para la Doctrina de la Fe”, conocida comúnmente como el Santo Oficio, la cual tiene como finalidad promover y vigilar la aplicación de la “correcta” doctrina de la fe , las costumbres y la moral cristianas en todo el mundo del catolicismo, por lo tanto todo aquello que tenga relación o atente contra estos principios de fe, moral y costumbres cristianas en la iglesia católica están bajo su directa y exclusiva jurisdicción (Articulo 48 de la Constitución Apostólica de la Curia Romana).

El Cardenal Ratzinger ejerció una gran influencia en el papado de Juan Pablo II y son famosas sus críticas y sanciones a la “Teología de la Liberación” impulsada por populares obispos y sacerdotes latinoamericanos como Leonardo Boff, John Sobrino, Arnulfo Romero, Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuria, Ernesto Cardenal y muchos otros, algunos de los cuales fueron inhabilitados en el sacerdocio por orden de Ratzinger.

Dada entonces su poderosa influencia sobre el vaticano en las tres últimas décadas y siendo el Director del Santo Oficio, es imposible que el actual Papa no conociera desde hace muchos años la problemática y los detalles de los abusos sexuales denunciados y cometidos por prelados y sacerdotes católicos en diferentes diócesis del mundo y de que por años la mayoría de estos pederastas fueron encubiertos por la jerarquía eclesiástica con la anuencia de las más altas autoridades vaticanas incluyéndose el mismo.

Esta practica de encubrimiento de sacerdotes pedófilos y abusadores sexuales seguramente tiene muchísimos años sucediendo y me atrevería a asegurar que muchos siglos, me resisto a creer que este tipo de delitos no existiera en la edad media europea o en la conquista de América y más aún sabiéndose el poder absoluto que tuvieron los papas, los obispos y los sacerdotes católicos incluso hasta sobre la vida y la muerte.

En 1962 el Papa Juan XXIII firmó un documento “Crimine Solicitacionis” en donde se reclama a los obispos y sacerdotes del mundo mantener en estricto secreto todas las denuncias sobre abusos sexuales cometidas por sacerdotes y se amenaza hasta con la excomunión a aquellos que divulguen estos acontecimientos e incluso se obliga a los obispos para que insten a las víctimas a que juren mantener en secreto dichos abusos y que no se recurra a las autoridades civiles sino eclesiales para denunciar estos delitos.

En el 2004 el vaticano se cruzó de brazos y defendió al sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo sobre el cual pesaban muchas denuncias y acusaciones graves y comprobables de abusos sexuales, Juan Pablo II y el entonces Cardenal Ratzinger hicieron caso omiso de estas denuncias y se rehusaron a someter al delincuente Maciel a un proceso canónico o entregarlo a la justicia ordinaria para una seria y detallada investigación y bajo el absurdo y oportunista criterio de su avanzada edad y su débil salud fue suspendido “a divinis” quedando fuera del alcance de la ley humana y divina hasta que falleció a principios de este año.

En el 2006 la BBC de Londres acusó a Ratzinger de haber ocultado deliberadamente muchos escándalos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes en muchos países del mundo, por lo cual se demostraba, según ellos, que el vaticano había promovido una conspiración de silencio en torno a los casos de pederastia y abusos sexuales generalizados dentro de la Iglesia Católica.

En el año 2007 el diario británico The Observer sacó a la luz una carta fechada en mayo de 2001 y firmada por el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto del Santo Oficio, en donde se reafirma la voluntad del Vaticano que los obispos mantengan en estricto secreto las investigaciones que involucren a sacerdotes católicos en asuntos de abusos sexuales y obliga a que dichas investigaciones sean enviadas a la oficina de Ratzinger quien tomaría todas las decisiones necesarias para enfrentar y decidir que hacer frente a estas denuncias.

La Iglesia Católica en los Estados Unidos ha tenido que llegar a arreglos legales con víctimas de abusos sexuales por la inmensa cantidad de más de 2.000 millones de dólares, para impedir juicios en los tribunales ordinarios y ninguno de estos delincuentes ha sido llevado a procesos canónicos por el Vaticano.

El último caso más relevante fue el del Obispo de Boston el Cardenal Bernard Law quien fue obligado a renunciar por la presión publica al demostrarse que encubrió descaradamente a sacerdotes pederastas.  Diócesis como Boston en el 2002 enfrentaba 450 juicios en tribunales ordinarios por denuncias de abusos sexuales comprobables.  La Iglesia terminó comprando a las víctimas con muchísimo dinero para parar dichos juicios, evidenciándose que hubo más interés en evitar los escándalos que en ayudar a las víctimas a recuperarse de los daños psicológicos y sus secuelas.

Y así un sinnúmero de casos de prelados y sacerdotes denunciados y acusados ante tribunales ordinarios por delitos de violación o encubrimiento de abusadores sexuales en todo el mundo: Irlanda, Canadá, España, Colombia, México, Austria, Holanda, Francia, Polonia, Alemania, Australia, Argentina, Italia, Centroamérica, Brasil, África, etc., muchos los cuales recibieron apoyo y solidaridad automática del Vaticano y de los jerarcas de sus respectivas diócesis.

Todos estos hechos demuestran que existía y existe de parte de las autoridades vaticanas y de sus obispos una sistemática política para silenciar estas atrocidades y las mismas eran del conocimiento del actual Papa quien participó activamente en la promoción de esta política de encubrimiento desde hace muchos años.

Según la legislación ordinaria de todos los países del mundo no sólo es delincuente quien comete este delito sino también aquel que consciente y deliberadamente ordena, silencia y apoya el encubrimiento de estos crímenes y a quienes los cometen.

Existen muchísimos informes, declaraciones y pruebas contundentes, comprobables y abrumadoras de víctimas y testigos que refieren haber sido amedrentados, intimidados y hasta amenazados por muchos prelados, sacerdotes y autoridades con el fin de retractarse, callarse o silenciar sus denuncias y testimonios sobre estos abusos, siendo esto una prueba de que la actitud de los jerarcas vaticanos de ocultar estos delitos fue y es una política deliberada y sistemática.

Si bien es cierto que estos crímenes no son generalizados dentro de la Iglesia Católica, tampoco se constituyen en hechos excepcionales y aislados, cada vez son mayores las denuncias en este sentido y ha sido evidente el empeño en minimizarlas.

Resultan pues inverosímiles y cínicas estas declaraciones del Papa Ratzinger frente a unos acontecimientos en los cuales él ha sido un participante de excepción como autoridad de la Santa Sede; ha demostrando con creces que le interesa más defender los intereses y la imagen del clero vaticano que enfrentar las consecuencias y resolver desde la raíz el problema de estas desviaciones morales de sus miembros.

Muchos de estos delincuentes siguen protegidos por las autoridades eclesiales, incluso dentro del mismísimo vaticano, muchos han sido movidos a otros lugares y continúan al frente de instituciones y templos del catolicismo como si nada hubiese pasado. Esta odiosa impunidad y deleznables prácticas contradicen abiertamente al Evangelio, vulneran la dignidad del pueblo de Dios y ponen en amplísima duda la confianza, la honestidad y la misión de la iglesia católica y sus autoridades.

Hoy la Iglesia Católica ha perdido gran parte de su credibilidad institucional, su autoridad moral se derrumba progresivamente por efecto de los gravísimos errores cometidos en su conducción, por las actitudes y desviaciones éticas de sus autoridades y sacerdotes, pero principalmente por defender sus propios intereses apartándose de los valores y principios enunciados en el Evangelio que dicen promulgar y representar, por defender y aplicar a ultranza los postulados mercantiles del capitalismo dentro de su propia organización, muy por encima de los principios espirituales-morales necesarios para mantener la cohesión entre pueblo e Iglesia, por apoyar políticamente de forma abierta y descarada a los partidos y organizaciones derechistas en todos los países y por colocarse sin tapujos al lado de las clases económicas más poderosas del mundo olvidándose de las empobrecidas grandes mayorías.

El Cardenal estadounidense James Stafford, prelado vaticano, ante estos acontecimientos dijo hace algunos años: “la Iglesia pagará muy caro estos errores”. Ciertamente este apocalíptico veredicto se está cumpliendo. El catolicismo enfrenta hoy una pérdida masiva de fieles y es sin lugar a dudas la mayor preocupación de las autoridades vaticanas, otras sectas y creencias religiosas de muy variada ascendencia están atrayendo a muchísimas personas que abandonan la fe católica, los templos generalmente están casi vacíos con algunas excepciones en fechas cristianas importantes y cada vez es más difícil encontrar jóvenes dispuestos a vocacionar como sacerdotes.

Utilizando las mismas palabras de Benedicto XVI, las autoridades vaticanas debieron censurar, evitar y sancionar el comportamiento y las practicas de muchos obispos y clérigos católicos que: “se inclinan a adoptar actitudes contrarias a la verdad del Evangelio”, hay: “signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos” de la Iglesia Católica, “signos de alienación, ira y debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de dios” por parte de sus prelados y sacerdotes.

Como dice el editorial del diario mexicano La Jornada del 16 de abril pasado: “Para creerle a Benedicto XVI se necesitaría un compromiso serio y sostenido por parte del Vaticano en la exclusión y la sanción de sacerdotes que al amparo de la autoridad moral que ejercen sobre los fieles, han destruido y agraviado a la sociedad en sus entornos más fundamentales. En tanto que ese compromiso no se concrete y se refleje en las acciones de la jerarquía eclesial, mientras no se perciba una consecuencia entre las acciones y el discurso no hay motivo para ver en la declaración papal algo más que un gesto de relaciones publicas dirigido a sus anfitriones estadounidenses”.

Todo esto anuncia, sin lugar a dudas, una debacle sin precedentes de la estructura religiosa más importante de la civilización occidental; parece haber comenzado el irreversible apocalipsis para el catolicismo.

Tomado de Rebelión