¿Acaso La Habana no es una ciudad fenicia?

11 de marzo 2011

Rafael Hernández

 

Uno de esos cuentos que casi todo el mundo se sabe en Cuba es el de los fenicios. Un estudiante finalista decide jugársela en un examen oral de Historia, y aprenderse solo la parte de los fenicios. Por desgracia, las preguntas que le salen son sobre Egipto y Túnez. Sin inmutarse, recita: “Egipto y Túnez fueron dos grandes culturas. Sus principales ciudades se desarrollaron gracias a los fenicios, famosos navegantes de la antigüedad”. Ahí coge impulso y se lanza: “Hablando de los fenicios, eran los más grandes comerciantes del Mediterráneo, inventaron el alfabeto y el color púrpura, etcétera, etcétera”.

Desde el desencadenamiento de la crisis en el norte de África, se han multiplicado los artículos de prensa que arrancan hablando de Túnez, Egipto, Libia, para caer de plano en Cuba. Repasemos algunos botones de muestra.

Un editorial en el Wall Street Journal del 7 de febrero, se pregunta si Cuba será la próxima ficha después de Egipto; postula que la mayor diferencia entre ambos es tan simple como el acceso a Internet; y responde que la diferencia clave consiste en el grado de perfección del aparato represivo cubano, en comparación con el cual Mubarak es “poquita cosa” (”a piker“).  Según la editorialista, si los cubanos pudieran acceder a Internet masivamente, expresarían los “pensamientos contrarrevolucionarios que guardan en sus cabezas. Si estos proliferan, ni los fornidos militares podrían salvar el régimen.” Lo que distingue El Cairo de La Habana es Twitter y Facebook.

Repitiendo el argumento anterior, la agencia Fox News sostiene, en esa misma semana, que los temores en Cuba respecto al uso de Internet por la oposición son suscitados por la chispa de Egipto. “El problema es el acceso. En Egipto hay un acceso mucho mayor a Internet… Cuba es una sociedad mucho más cerrada que Egipto y que muchos otros países del Medio Oriente” -declara una académica de la Universidad de Miami.

El segundo tópico sobresaliente en esta saga fenicia es el de la violencia. Un artículo publicado en La Nación, de Costa Rica,  se explaya:

“Las dictaduras en Túnez y Egipto terminaron, y otras están hoy heridas de muerte. Quizás en pocas horas enterremos alguna más. En Cuba el descontento de la ciudadanía es pavoroso…solo falta que se cruce el umbral de la protesta masiva”.

Sin embargo, se lamenta el autor, “el problema adicional que tiene la democracia cubana es que gran parte del establishment mundial prefiere un lento cambio desde arriba a una incierta insurrección desde abajo que pueda generar una situación de gran inestabilidad, incluso violencia, y un fuerte golpe migratorio sobre los Estados Unidos.”

A pesar de este reconocimiento sobre las preocupaciones que suscita en Estados Unidos y Europa la mera idea de una guerra civil en la isla, “la transición a la democracia será mucho mejor y más genuina si la iniciativa del cambio viene desde el pueblo, desde la calle… Este es el momento de que esa tradición disidente se encuentre con el pueblo masivamente en las calles” (26/02/2011,  La Nación).

En la misma línea insurgente, un artículo publicado en Excelsior, de México, que ha rebotado en Univisión y otros sitios, difunde la tesis del efecto dominó profundo que une Túnez, Egipto, Libia y otros parajes, con Cuba. Según la ley de “la contaminación política, por cierto muy afortunada”, este efecto “invadió a Egipto, así como a otros países musulmanes y hasta ateos, como el caso de China.”

Sin conceder pausa para asimilar a estos 1 300 millones de chinos “ateos” que se alzan, el autor transita rápidamente hacia los fenicios:

“¿por qué los vientos renovadores musulmanes no cruzan el Atlántico para poder convertirse en un meteoro furioso que logre arrasar políticamente a la más grande de las Antillas?”

Acto seguido, viene el llamado internacionalista:

“¿Por qué el pueblo tunecino, el egipcio, el libio y más tarde el marroquí, entre otros tantos más, sí pueden derrocar a los dictadores… y los cubanos, entusiastas, alegres, creativos, generosos, constructivos y leales, no han podido sacudirse a esa maldita plaga que impusieron los hermanos Castro desde hace más de medio siglo? ¿Qué podemos hacer los mexicanos para ayudar a los hermanos cubanos a quitarse del cuello esas manos mecánicas, heladas y furiosas que los han asfixiado durante tanto tiempo?… Queremos ver a los cubanos puestos en pie de guerra como lo han hecho los egipcios, los tunecinos y los libios”. (Excelsior, 4 de marzo, 2011)

A diferencia de otras que surgen y se esfuman a la misma velocidad en el tráfico incesante de los medios, esta historia de fenicios se prolonga desde hace semanas. Dos aportes científicos recientes vienen a enriquecerla. El primero consiste en un boletín del Cuba Transition Project, enclavado en la Universidad de Miami, que sistematiza las analogías entre Libia y Cuba. Según este sofisticado estudio, ambos regímenes se parecen porque los dos tienen más de cuatro décadas, abaten aviones civiles en pleno vuelo, apoyan el terrorismo, les disparan a manifestantes pacíficos, saquean la riqueza del país en beneficio de los líderes máximos, y son enemigos fanáticos de los Estados Unidos. (”Some Similarities Between Cuba and Libya”, 7 de marzo, 2011)

Mucho más sutil y matizado, el otro artículo, publicado hace unos días en El País (“¿Qué pasa en Cuba?”, 7 de marzo, 2011), también entona el tema de Cuba haciendo uso de la crisis norteafricana:

“Que la oposición cubana no llame al levantamiento popular o a la desobediencia civil, en medio de tantas persuasiones desde afuera para que siga el camino tunecino o egipcio, es bastante revelador de su apuesta mayoritaria por una transición pacífica.”

Eligiendo las cuerdas en lugar de los clarines, este autor interpreta la misma melodía, solo que en un tempo moderado:

“La oposición sabe que cualquier confrontación, en Cuba, puede derivar muy fácilmente en una crisis de seguridad nacional, por la eventualidad de una guerra civil o de otro éxodo masivo, y prefiere mantenerse más acá de la fina línea que separa la resistencia pacífica de la violenta.”

En esta interpretación moderato cantabile, lo que separa a los disidentes egipcios y tunecinos de sus primos cubanos es que aquellos no vacilan en arrastrar a sus países a una sangrienta guerra civil, mientras que los pacíficos blogueros y luchadores por los derechos humanos de la isla, pudiendo imitarlos, optan por el camino de la resistencia cívica.

Que el lector me disculpe por inferirle estas extensas citas, que a primera vista no son sino una sarta de argumentos forzados, extrapolaciones irrisorias, lucubraciones que toman deseos por realidades, puros discursos anticastristas en estadios diversos de maquillaje ideológico, abonados por la ignorancia y la mala fe, que ni vale la pena comentar.

Su interés reside, sin embargo, en algo que está más allá. Invito a pensar sobre esta colección de declaraciones no porque estas revelan un plan, un diseño propagandístico hábilmente montado, una conspiración trasnacional para desestabilizar a Cuba. Por supuesto que no han faltado nunca planes, campañas, asedios de todo tipo contra el socialismo cubano, ni antes ni ahora. Llamo la atención aquí, sin embargo, sobre un fenómeno de mayor alcance, consistente en el cultivo y reproducción de un cierto sentido común sobre el socialismo y sobre Cuba, hecho de verdades aprendidas, de premisas admitidas sin cuestionamiento, de una imagen totalizada que copa la esfera pública, de lógicas que se repiten ad nauseam en los más diversos estilos de elocución, y que irrumpen en espacios tan disímiles como redes sociales, textos escolares, iglesias, grupos informales. La verdad es que los resonadores de este modo de pensar no están instalados solo en los grandes medios de difusión, sino en la  propia sociedad civil. Esta ya no se estructura en un adentro y un afuera, pues para estos fines, las fronteras se han ido desvaneciendo -también las de esta isla.

Lo que vale la pena comentar de esta colección de exégesis sobre Cuba no son sus obvias diferencias, sino sus convergencias en torno a la construcción de la imagen del país. Estas ilustran mejor que nada su índole negadora, su carácter refractario al diálogo y al debate de ideas, su pobre ejercicio de la pluralidad, su código totalitario, su ineptitud como paradigma de crítica social y política.

Si se examinan detenidamente, estas representaciones muestran un grupo de puntos de consenso, que articulan ese sentido común imperante. Veamos algunos.

La realidad cubana es bidimensional: los que apoyan incondicionalmente el orden político, y los que se le oponen radicalmente.

a. Nadie puede criticar las políticas del gobierno, ni expresar puntos de vista discrepantes del oficial, ni cuestionar el orden establecido. El que disiente, se convierte automáticamente en disidente.

b. Ninguna institución ni medio de difusión tolera expresión alguna de disentimiento. El incumplimiento de este mandato provoca castigo severo, incluida la prisión.

c. La sociedad se divide entre los que deciden y los que obedecen. En un ínfimo resquicio entre ambos, habitan los disidentes, y (a veces, depende del mes y del año) la iglesia católica.

d. Los que deciden defienden la perpetuación del status quo; el cambio (las reformas, el ajuste, etc.) está en el interés de todos los de abajo. (Si se admitiera su hipotética existencia,  “promotores del cambio arriba” y “conservadores de abajo” serían especímenes rarísimos, que no modifican el orden binario prevaleciente.)

No hay cambio real en Cuba, se trata de un ejercicio de manipulación ideológica.

a. Las dos opciones disponibles en una perspectiva de cambio son  el socialismo (variante única: socialismo real soviético hipercentralizado y vertical) y el capitalismo (muchas variedades de democracia occidental, incluida, desde luego, la socialdemócrata).

b. Todo otro cambio, que no conlleve el tránsito de la primera a la segunda opción, resulta menor y, a la larga, insignificante.

Los cubanos no saben lo que pasa en el mundo, ni siquiera en su propio país, viven en una especie de limbo inerte, en un estado de pasividad y achantamiento.

a. Los únicos que están informados sobre lo que pasa “afuera” y “adentro” son los funcionarios, los grupos disidentes y los blogueros “independientes”.

b. El acceso a Internet está tan restringido y controlado, que ninguna expresión de disentimiento, mucho menos de oposición política, originada “adentro” o “afuera” logra circular.

c. Internet y las redes sociales son por sí mismas instrumentos subversivos del sistema, de manera que si su uso se extendiera, el régimen se hundiría.

d. Los disidentes y los blogueros “independientes” son los motores del cambio, ya que no solo disponen de la información y el acceso al saber constituido, sino del know-kow técnico (Facebook, Twitter, etc.) y político para liderar la transición democrática en Cuba, apoyados por “el exilio” y “el resto de las democracias”.

Además de su aceptación incuestionada, lo primero que me llama la atención acerca de este peculiar sentido común son sus muchos puntos de contacto con la lógica de los conservadores, es decir, de aquellos que representan la mentalidad del inmovilismo en Cuba. A reserva de sus signos ideológicos opuestos, restauracionistas de “afuera” y conservadores de “adentro” comparten muchos enfoques y estilos de pensamiento.

El segundo rasgo desconcertante de estas crónicas sobre la ola de descontento del norte de África hasta La Habana evoca el mundo invertido de Lewis Caroll en A través del espejo y Alicia en el País de las Maravillas. Quienes hasta hace poco consideraban a Libia como un país con el que mantener relaciones diplomáticas normales, negociar petróleo y tecnología; a Egipto y Túnez como regímenes aceptables, colaboradores en la lucha contra el “terrorismo internacional”, a los que era razonable venderles armas; ahora les llaman dictadores y los amenazan con la intervención militar. De la misma manera, los que han atacado sin tregua todas las revoluciones sociales por sus “atrocidades y excesos”, no vacilan en convocar (desde lejos) a manifestaciones masivas por la democracia en las calles de La Habana; los que escriben sistemáticamente en sus blogs y columnas editoriales contra todo lo que ocurre en Cuba, emplazan a quienes, dentro de la isla, disienten, critican y debaten cara a cara los problemas no resueltos del socialismo; los que han execrado el radicalismo como estilo político de la Revolución cubana, ahora demandan cambios económicos y políticos “más audaces”.

Según estas representaciones en boga, en Cuba no hay debate. Tanto las publicaciones intelectuales, los discursos, los libros disponibles, y hasta las aparentes controversias de ideas, son solo cortinas de humo, donde no se aborda nada político ni sustancial. Los únicos que critican -y por eso mismo resultan anatematizados y marginados por “el poder”- son los disidentes y los blogueros “independientes”.

Detengámonos un momento sobre estos personajes tan mal comprendidos. ¿Cuál es su verdadero papel y significado político? Si de capacidad para influir en el cambio se trata, lo decisivo no es tanto quiénes son; ni si tienen o no profundas convicciones ideológicas; ni si se creen que ese es el camino correcto o apenas un modo de buscarse la vida; ni si algunos se declaran, junto a casi todos los gobiernos del mundo, en contra del bloqueo; sino lo que hacen, sus discursos y conductas reales, en relación con temas tan repetidos como el diálogo, el pluralismo, la democracia, la “reconciliación nacional” y el propio sentido del cambio. ¿Es que sus palabras y comportamientos buscan el diálogo con el gobierno, con instituciones establecidas dentro de la isla, con otros ciudadanos que piensan diferente a ellos? ¿En cuál de sus declaraciones y acciones se advierte la voluntad de tender puentes, no hacia los que los apoyan y promueven “afuera” y “adentro”, sino hacia los cubanos que defienden el socialismo? ¿A qué idea del pluralismo, la democracia y el diálogo se acogen, no solo cuando insultan, con la misma ferocidad que les imputan a los medios oficiales, a todos los que no piensan y actúan como ellos, sino cuando se atrincheran en la negación, en una crítica estéril, que hace tabla rasa de todo y de todos?

El problema de fondo en el discurso disidente, manifiesto en el fenómeno del ciberchancleteo, no es la falta de buenos modales o civilidad, y mucho menos el mero disentimiento, sino la actitud rasante, el vacío ideológico, la poca propuesta alternativa viable y realmente pluralista, la débil articulación intelectual y, naturalmente, la escasa legitimidad, agravada por sus vínculos con gobiernos e instituciones que los promueven por sus propios fines. (No se trata solo de que les paguen, sino sobre todo de cómo los usan.) En definitiva, ¿qué opinan esos gobiernos realmente sobre ellos? “Ningún disidente tiene una visión política que podría aplicarse en un futuro gobierno”, admite confidencialmente la Sección de Intereses en La Habana ante el Departamento de Estado (9 de abril de 2009), según los documentos de Wikileaks. Entonces, me pregunto, ¿qué gobierno del mundo negociaría con semejante “oposición”?

Uno podría pensar que el cambio se construye exponiéndose al costo que siempre entraña la confrontación de ideas, cuando tiene un significado político real para el propio cambio; tratando de convencer y aclarar, de educar sin prepotencia y de estar dispuesto a aprender, incluso de los argumentos que no se comparten; poniendo por delante no solo convicciones e ideologemas, sino conceptos claros y dirigidos a una práctica concreta, a actuar sobre una realidad social y política aquí y ahora, no en el fondo de un sombrero ni en otro país. Uno podría creer que cultivar una cultura democrática no es hacer la guerra por otros medios.

Sin embargo, según la ciencia política de tribuna editorial en torno a Cuba, la democracia es un constructo basado en citas de autores puestos de moda por las editoriales de Madrid o Nueva York, en un saber lineal y oclusivo, que es necesario aprender, a la manera de una maquinita escolar, que ofrece respuestas a todas las preguntas, lo mismo si estas atañen a lo que está aconteciendo ahora mismo en Beijing, Ciudad Juárez, Trípoli o La Habana. ¿Qué hacer con un país cuyos dirigentes, políticos, intelectuales, novelistas, artistas, es decir, sus “elites, no están interesadas en aprender cómo funcionan las democracias”?

Me figuro que no tiene remedio. Ahora, que, pensándolo bien, esto no debería intrigarnos demasiado. Los cambios en Cuba han sido imaginados antes, por esta misma ciencia política, como repeticiones de las transiciones en España, Chile, Polonia, Checoeslovaquia, y la mismísima Unión Soviética. Por si fuera poco, durante los últimos meses, las mismas fuentes tienden a predecir el futuro de la isla como parte del Lejano Oriente. A fin de cuentas, ¿acaso nos debe sorprender que La Habana no sea más que una ciudad fenicia?

 

Rafael Hernández es un reputado académico cubano. Es director de la revista Temas.