En el Miami que condenó a los Cinco

 

Salvador Capote

 

 

Todo el mundo concuerda, excepto el cada vez más pequeño sector –obcecado y vengativo- de la ultraderecha cubano-americana, en que el juicio contra los 5 héroes antiterroristas nunca debió realizarse en Miami. Los motivos que se alegan son absolutamente válidos: no era posible un juicio justo e imparcial en una ciudad  dominada por la intolerancia, estereotipos y  prejuicios contra la Revolución Cubana; peor aún, en la atmósfera cargada de frustración y rencor a causa de la devolución a su legítimo padre y el regreso a Cuba del niño Elián González.

 

Pero debemos saber que éstas constituían las principales pero no las únicas razones por las que un juicio con garantías para los acusados era totalmente imposible en Miami. Año tras año, y desde hace ya largo tiempo, esta ciudad se ubica en los primeros lugares en cada uno de los principales índices negativos: malversación, criminalidad, fraude electoral, desigualdad social y pobreza extrema, segregación, estafa al Medicare y al Medicaid, prostitución,  pederastia, drogadicción, abuso policiaco, bajos niveles educacionales, etc., entre todas las ciudades de Estados Unidos. Ninguna otra  se acerca siquiera al grado de corrupción que existe en Miami. Históricamente además, ha recogido toda la escoria política del mundo, especialmente de América Latina: batistianos, trujillistas, duvalieristas y tonton macoutes, somocistas, ex-miembros de escuadrones de la muerte, momios, escuálidos... La ciudad ha permanecido enquistada en una especie de ghetto extratemporal dominado principalmente por una mafia de origen cubano, de manera que la intimidación, el tráfico de influencias, el clientelismo y el soborno, impiden que el Sistema Judicial o cualquiera otra institución, pueda funcionar con garantías de imparcialidad. Para demostrarlo no es imprescindible trazar un cuadro abarcador, basta con enfocar uno de los aspectos más repulsivos:

 

Coincidiendo con el encarcelamiento de los 5 héroes (1998) Miami se convertía en el paraíso de la experimentación con seres humanos. El desarrollo impetuoso que mostraba la industria médico-farmacéutica, con la correspondiente necesidad de poner a prueba multitud de nuevos medicamentos y que multiplicó sus ingresos hasta alcanzar cifras de miles de millones de dólares, tendría en la enorme masa de inmigrantes, principalmente latinoamericanos pobres y con muy bajo nivel de escolaridad, la materia prima barata que necesitaba para realizar experimentos con seres humanos impunemente, en gran escala y a costo irrisorio.

 

Esto fue posible debido a un extraordinario cambio cualitativo que se produjo en la investigación médico-farmaceutica en el último cuarto del siglo XX. Tradicionalmente, las investigaciones se realizaban en centros académicos: universidades, escuelas de medicina, hospitales docentes y fundaciones, por profesores de alto nivel científico y ético; y las personas que consentían en participar en los experimentos lo hacían en general con carácter voluntario, un fin altruísta y a plena conciencia de los riesgos que tendrían para su salud. Pero esta estructura, demasiado lenta y controlada, no convenía a las grandes compañías farmacéuticas (“Big Pharma”). La comercialización de la medicina marchaba a pasos agigantados y necesitaba romper con las ataduras éticas y administrativas de la investigación académica. Comenzando el siglo XXI, ya más del 70% de las investigaciones habían sido transferidas a los laboratorios privados llamados CROs (“Contract Research Organizations”) creados para acelerar y multiplicar los experimentos y donde el lucro era ahora el único objetivo. Kenneth Goodman, profesor de bioética en la Universidad de Miami llamó a estos laboratorios “mercados de seres humanos” (“human-subjects bazaars”) (1). Su auge convirtió en marginales a mucha gente pobre. A los que venden su sangre en transfusiones para subsistir (Estados Unidos es uno de los pocos países del mundo donde se permite la venta del plasma sanguíneo) se sumaron los que recurren como medio habitual de vida a servir una y otra vez como conejillos de Indias, horrenda ocupación llamada en el argot de este submundo “guinea-pigging”. (2)

 

Desde 1970, la FDA (“Food and Drug Administration”) tiene por ley la responsabilidad de monitorear las investigaciones que tienen como sujetos a seres humanos. La FDA realiza este control a través de los IRBs (“Institutional Review Boards”). La comercialización de los ensayos clínicos condujo también a cambios radicales en estos mecanismos de supervisión. En las investigaciones académicas los IRBs estaban constituídos por los profesores de mayor prestigio en las universidades, que participaban en ellos sin ánimo de lucro; pero, en el periodo de tránsito de un milenio al otro, junto con el desarrollo de los CROs la supervisión de los estudios clínicos pasó a IRBs comerciales, financiados por Big Pharma, que lucran y compiten por clientes, dan origen a múltiples conflictos de intereses y que, en el mejor de los casos, sólo se preocupan por el rigor científico de los procedimientos de investigación y no por los aspectos éticos inherentes a la utilización de seres humanos. Además, los resultados de las investigaciones de los laboratorios comerciales rara vez se publican en revistas especializadas pues “Big Pharma” no comparte sus secretos con la competencia, lo cual es uno de los obstáculos que dificultan conocer lo que realmente sucede al interior de estas organizaciones donde controladores y controlados responden a los mismos millonarios intereses. (3)

 

En consecuencia, ciudades como Miami, con una población empobrecida y un gran número de inmigrantes indocumentados, constituyen una cantera de sujetos, disponibles para la experimentación, vulnerables por su desesperada situación económica o su desconocimiento del idioma inglés, que no saben o no pueden reclamar sus derechos, cuyos cuerpos pueden alquilarse por incomparablemente mucho menos dinero del que costarían los animales de experimentación y que, después de perder la salud, si no pierden  la vida,  no tendrán quien los ayude ni quien los defienda.

 

Las compañías farmacéuticas pagan típicamente al CRO $30,000, más un bono de $12,000 por cada sujeto reclutado para experimentos, y $6,000 adicionales por cada uno después de los seis primeros (2). Sin embargo, el conejillo de Indias humano recibirá solamente unos pocos cientos de dólares a título de “compensación” por las “molestias” sufridas.

 

 

 

 

 Las principales víctimas de la investigación comercializada son las llamadas poblaciones “treatment-naïves”, es decir, aquellas personas que carecen de seguro médico y, por consiguiente, su consumo habitual de productos farmacéuticos recetados es nulo o relativamente muy pequeño, lo cual disminuye la posibilidad de interacciones entre los principios químicos activos. Además, participar en una investigación clínica es con frecuencia la única esperanza para el paciente de obtener medicinas. No sabe, y no se lo dirán tampoco, que las sustancias que le suministrarán durante el experimento poco o nada tienen que ver con el tratamiento que necesita y que, por el contrario, con frecuencia empeoran su condición. De todos modos, el conejillo de Indias humano no protestará por dos razones: una es que, si lo hace, lo excluirán como sujeto de nuevos experimentos con la pérdida económica que ello significa y, la otra, si es indocumentado, el temor a la deportación si las autoridades intervienen.

 

No fue por tanto casualidad que la mayor compañía contratista de investigaciones farmacéuticas y biotecnológicas de toda Norteamérica, SFBC (“South Florida Bioavailability Clinic”), surgiera en 1998, el año de la infamia, precisamente en Miami. Dos años después de su creación, en octubre de 2000, recaudó $8.5 millones en venta de acciones para adquirir pequeñas firmas competidoras y expandirse. Al año siguiente, 2003, ocupaba ya el tercer lugar en la lista de Forbes de las “200 mejores pequeñas compañías”y sus acciones habían subido de $8 a $30 dólares. En 2004 adquirió otras compañías similares y globalizó sus operaciones a los cinco continentes. En 2005, era ya un gigante, sus ingresos habían crecido de $19 millones (2000) a $180 millones,  el número de sus empleados de 117 a más de 2000 y realizaba simultáneamente unos 180 estudios clínicos para grandes consorcios farmacéuticos (Merck, Johnson & Johnson y Abbott). (4)

 

Pero, a finales de 2005, comenzaron a soplar aires de tormenta. SFBC había comprado en $12 millones el viejo edificio del Holiday Inn situado en Biscayne Boulevard para albergar  pacientes que participarían en  ensayos clínicos. En octubre de 2005 inspectores del condado encontraron graves violaciones de los códigos: el edificio había sido remodelado para 750 camas mientras que el condado había aprobado solamente 350; en la remodelación se habían realizado numerosos cambios sin los permisos correspondientes y el edificio estaba a punto de colapsar. La capacidad de carga de los pisos se había excedido en más del 300%. Se había violado también el código de protección contra incendios. En mayo de 2006 el “Unsafe Structures Board” de Miami Dade ordenó la demolición del edificio. (5)

 

Sin embargo, violaciones mucho más graves comenzaron a conocerse. El 2 de noviembre de 2005, la revista “Bloomberg Markets” (6) reveló que voluntarios pagados participaban al mismo tiempo en varios experimentos anulando de este modo su validez científica. En un segundo informe de Bloomberg se acusaba a SFBC de amenazar a participantes en los experimentos con la deportación si servían como testigos en contra de la organización (7). Los estándares del reclutamiento eran tan bajos que permitían la participación en los ensayos de pacientes con tuberculosis así como alcohólicos y drogadictos. Se supo además (8) que el IRB que supervisaba los protocolos de SFBC (“Southern IRB”)  era propiedad de la esposa del vicepresidente y, para colmo, que la directora de SFBC no tenía licencia para ejercer la medicina ni el vicepresidente para asuntos legales tenía licencia para ejercer como abogado (9). Para defenderse, SFBC contrató dos firmas de abogados, una de Miami y otra de Chicago, mientras que el senador Charles Grassley (Iowa) solicitaba del Comité de Finanzas del Senado una investigación del tratamiento dado por SFBC a sus pacientes. En pocas semanas, las acciones de SFBC cayeron en un 68% y algunos accionistas  demandaron al CRO por fraude (10).

 

El 31 de diciembre de 2005 presentaron sus renuncias los principales ejecutivos de SFBC sin ofrecer explicaciones. Todos ellos recibieron lo que llaman en Estados Unidos un “golden parachute” (paracaídas de oro) consistente en este caso de tres veces el salario anual y millonarias compensaciones. Para evitar el pago de demandas y reclamaciones, estos ejecutivos recurrieron a trucos legales refinanciando sus numerosas propiedades, incluyendo un condominio en Miami Beach y una mansión frente al mar por un valor de $15 millones de dólares, con una financiera situada en el extranjero y una corporación llamada “LAKJS-Enterprises”. (11)

 

SFBC había adquirido en 2004 una organización similar, PharmaNet Inc., situada en New Jersey, por $248 millones y tenía una sucursal en Fort Myers, dos en Canadá y varias en el Este de Europa, Africa, India, Australia, Brasil y otros países. La fantástica expansión de esta CRO nos da una idea de la magnitud del negocio con la enfermedad, la muerte y el sufrimiento ajenos. En agosto de 2006, la compañía cerró oficialmente su centro principal en Miami, trasladó sus operaciones para Princeton, N.J., cambió su nombre por el de “PharmaNet Development Group”, nuevos ejecutivos asumieron las funciones de los anteriores, y el “lobby” del antiguo senador Bill Livingston, convertido en cabildero, recibió $120 mil dólares por representar a la firma en las investigaciones del Congreso (4). En enero de 2007  el caso fue cerrado y aquí paz y en el cielo gloria. Qué se puede hacer cuando, entre los principales accionistas, figuran hombres de negocios, autoridades, políticos, periodistas, abogados, (¿jueces?)… y cuando muchas instituciones locales de cultura o religiosas  y aspirantes a cargos electivos dependen de las donaciones periódicas de  generosos ejecutivos. ¿Quién pagará por los quién sabe cuantos infelices que perdieron y pierden la vida o la salud a causa de estos experimentos? -¡Nadie!

 

Aunque en un primer momento no se advierta la relación, la historia de SFBC ayuda a entender las causas del ensañamiento contra los 5. ¡Hay demasiados sórdidos secretos en Miami siempre en peligro de ser descubiertos!  Y existe una intrincada maraña de interrelaciones entre los que viven de la industria anticastrista; los que controlan la información mediática, los procesos electorales y hasta la posibilidad de obtener un empleo; los que utilizan las facilidades que da el poder para enriquecerse; y los intereses del imperio. Es todo la misma cosa y reaccionan con violencia ante cualquier posibilidad  de que se abra  una caja de Pandora.

 

¿Con la desaparición de SFBC terminaron en Miami los experimentos clínicos comerciales  con seres humanos? -¡Por supuesto que no! Otras CROs ocuparon de inmediato el vacío que se produjo; y no podemos subvalorar, además, el alto poder de metamorfosis que poseen estas organizaciones, muestra pequeña pero representativa de  las sórdidas y corruptas estructuras del poder fáctico que prevalecían y prevalecen en el Miami que condenó a los  5.

 

 

El Dr. Salvador Capote es médico, especialista en Bioquímica. Ha escrito numerosos artículos de divulgación científica, sobre todo en la esfera de la protección de la naturaleza. Es miembro del equipo de la redacción de Areítodigital.

 

 

(1)    Howard Brody: “Hooked –Ethics, the Medical Profession, and the Pharmaceutical Industry”,  Rowman & Littlefield Publishers, Inc. (2007).

(2)    Carl Elliot: “Guinea-pigging. Healthy human subjects for drug-safety trials in demand. The New Yorker, Jan, 7, 2008.

(3)    Adriana Petryna et al: Global Pharmaceuticals, Duke University Press, (2006).

(4)    Amy Keller: “Aftermath of a Drug-Testing Firm”, FloridaTrend.com, 3/1/2007.

(5)    David Evans: “Drug-testing company to close Miami unit”, South Florida Sun-Sentinel, Fort Lauderdale, may 19, 2006.

(6)    Bloomberg Markets Magazine: “Big Pharma’s Shameful Secret”, Nov. 2005.

(7)    Michael Smith and David Evans: “3 drug testers claim SFBC threatened them”, The Seattle Times, Nov. 20, 2005.

(8)    David Evans et al: “Drug Tests’ Side Effect: Conflict of Interests”, Bloomberg News, Nov. 6, 2005.

(9)    John Dorschner: “SFBC exec’s background questioned”, Miami Herald, Dec. 16, 2005.

(10) John Dorschner: “SFBC weighs options; sale possible”, The Miami Herald, Dec.

        23,2005.

(11) Patrick Danner: “Golden Parachutes”, The Miami Herald, June 5, 2006.