La agresión de la OTAN

La crisis política en Libia

 

Alejandro Torres Rivera

 

Hace poco menos de un mes, al referirnos al drama político que se vivía en la Jamahiriya Árabe Libia, mejor conocida en Occidente sencillamente como Libia, describíamos el torbellino político en el cual elementos desafectos del gobierno comenzaban a levantarse contra las instituciones políticas existentes llevando al país a una eventual guerra civil. A escala internacional, el ex vice Embajador en la Organización de las Naciones Unidas de Libia, Ibrahim Dabbashi, solicitaba la intervención de la comunidad internacional en los asuntos internos de su país, mientras Casa Blanca y el Consejo de Seguridad de Estados Unidos reclamaban poner fin a un llamado “baño de sangre” surgido como respuesta del Gobierno a las protestas promovidas por grupos opositores en la región de Cirenaica y algunas ciudades occidentales del país. Ha transcurrido poco más de un mes desde aquel momento. Lo anticipado entonces por Fidel Castro en una de sus Reflexiones a los efectos de que a “Estados Unidos no le preocupa en absoluto la paz en Libia, y no vacilará en dar a la OTAN la orden de invadir ese rico país, tal vez en cuestión de horas o muy breves días”, es cada vez un resultado inminente.

En efecto, Fidel tuvo una vez más razón en sus análisis. La guerra civil se ha desatado mientras las potencias occidentales, particularmente aquellas con larga tradición imperialista como lo son Estados Unidos, Francia, Inglaterra y España, dan pasos cada vez más comprometedores en una aventura militar cuyas consecuencias son impredecibles. A pesar de que entre los países de la OTAN apenas recientemente se ha tomado una decisión final sobre el alcance de su intervención en el conflicto bélico interno de Libia, previo a tal decisión han sido ya son cientos o quizás miles los misiles lanzados contra objetivos militares, gubernamentales y civiles en Libia. En claro menosprecio de la soberanía de este país, incluso sin el apoyo de algunos de los países que conforman esta alianza militar como son Alemania e Italia, bajo la conducción del águila imperial estadounidense se dirigen hoy las operaciones militares contra el gobierno legítimo de Libia y su pueblo.

Las operaciones militares se han dado en clara y abierta violación de las normas de derecho internacional vigentes. La Resolución 1973, adoptada el 17 de marzo de 2011, (luego de otra adoptada el 26 de febrero) por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, contrario a lo que se ha pretendido establecer, no avala las operaciones militares desatadas.

El Consejo de la Liga de Estados Árabes adoptó la decisión el 12 de marzo de pedir el establecimiento de una zona de prohibición de vuelos de la aviación militar en Libia en su propio espacio aéreo y establecer zonas de protección para la población libia y extranjera. El 16 de marzo el Secretario General de la ONU hizo un llamamiento a favor de un cese de fuego mientras la Liga de Estados Árabes, la Unión Africana y el Secretario General de la Organización de la Conferencia Islámica, emitieron comunicados denunciando violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario en Libia.

Este tipo de situación no es nuevo en el debate internacional. Han sido muchas las ocasiones en que voces de denuncia provenientes de la comunidad internacional se han pronunciado, por ejemplo, señalando la conducta del estado de Israel en los territorios de Gaza y Cisjordania y las múltiples violaciones de derechos al pueblo palestino. Sin embargo, la respuesta de estos mismos países occidentales hacia Israel no ha sido el desarrollo de la respuesta militar como la lanzada contra Libia, sino el respaldo de sus acciones, incluso con ejerciendo el poder de veto ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

A pesar de que el texto de la Resolución 1973 específicamente reafirma el compromiso del Consejo de Seguridad con “la soberanía, la independencia, la integridad territorial y la unidad nacional” de Libia, las acciones militares desarrolladas contra este país han sido violatorias de su soberanía nacional e independencia, mientras funcionarios como el Primer Ministro de Inglaterra, proponen la división del país en dos países, afectando así su integridad y unidad nacional. De hecho, es importante destacar que la parte de la Resolución del Consejo de Seguridad que menciona a prohibición de todos los vuelos en el espacio aéreo libio, salvo aquellos que lleven ayuda humanitaria, material médico, alimentos, trabajadores humanitarios o en ayuda por la evacuación de ciudadanos, no contempla el desarrollo de bombardeos sistemáticos contra la infraestructura del país, incluyendo objetivos civiles. Aquí sencillamente, Francia, Estados Unidos, Inglaterra y España han diseñado una estrategia dirigida al derrocamiento del gobierno libio y a su eventual sustitución por un gobierno más afín a sus intereses, incluyendo la eventualidad de dividir el país en dos partes, tal como ocurrió, aunque por otros métodos, en Sudán. El objetivo que persiguen es establecer un control efectivo sobre los recursos naturales de petróleo y gas de este país norafricano.

En el proceso de aprobación de la referida Resolución 1973, países como Rusia y China, ambos con poder de veto dentro del Consejo de Seguridad se abstuvieron, al igual que hicieron India Brasil y Alemania. La operación militar de los países imperialistas occidentales contra Libia bajo el nombre Odisea del Amanecer, de la cual participan buques de guerra, aviación, fuerzas especiales enviadas a tierra y submarinos atómicos, no es sino el preludio de una intervención mucho más complicada que nos recuerda en 1993 lo ocurrido en la región del Golfo bajo las operaciones militares que llevaron a la Guerra contra Iraq, a saber Escudo del Desierto y Tormenta del Desierto.

De acuerdo con Michel Chossudovsky, en un artículo escrito para Global Research bajo el título Insurrección e intervención militar en Libia, las “fuerzas especiales y los asesores de la OTAN” estaban ya estaban sobre el terreno antes de ordenarse las acciones militares. “La operación se planeó para hacerla coincidir con el movimiento de protesta en los países árabes vecinos, haciéndosele creer a la opinión pública que el movimiento de protesta se había extendido de forma espontánea a Libia desde Túnez y Egipto.” A paso seguido, el autor coincide con otras opiniones sobre el tema a los efectos de que la Administración Obama lo que persigue es dar un golpe de estado en Libia.

De acuerdo con Chossudovsky, la presencia de fuerzas especiales quedó al descubierto tras la denuncia del periódico Sunday Times, indicando que un grupo de seis comandos de las fuerzas especiales británicas fueron capturados en la región de Benghazi mientras intentaban “poner en contacto a diplomáticos británicos con los principales opositores al Coronel Gadafi en Libia.”

El 25 de marzo fue convocada la Unión Africana a una reunión en la capital de Etiopía, junto con la Liga Árabe, la Conferencia Islámica, la Unión Europea y las Naciones Unidas para discutir los recientes acontecimientos. De hecho, a poco del inicio de los bombardeos contra Libia, el Secretario General de la Liga Árabe, quien respaldó en un inicio la creación de una zona de exclusión aérea sobre territorio nacional libio, manifestó sus críticas a la alianza internacional por sus acciones contra el gobierno libio por entender que los ataques militares perpetrados “no han recibido la autorización de la comunidad internacional” y exceden la zona de protección aérea para los civiles insurgentes.

Mientras el periódico Wall Street Journal, denuncia que Egipto, con la anuencia de Estados Unidos, ha estado enviando armas a la oposición libia, países árabes como Siria, Argelia, Yemen y Sudán cuestionaron la decisión de la Liga Árabe de en un principio, apoyar las medidas adoptadas por la Alianza Internacional creyendo que no llegarían al extremo de bombardear Libia. Todo parece indicar que las palabras del General estadounidense James Mattis, oficial militar a cargo de Comando Central de Estados Unidos (USCENTCOM) son cada vez más una realidad en el norte de África. El 5 de marzo de 2011, al describir el alcance de la campaña para establecer una zona de exclusión aérea, indicó lo siguiente: “Sería una operación militar, no bastaría con decirle a la gente que no volasen aviones. Habría que anular toda la capacidad de defensa aérea para establecer esa zona de exclusión aérea, pensar otra cosa es hacerse falsas ilusiones.”

Recientemente el periódico El Nuevo Día, en su edición dominical de 27 de marzo de 2011, publica una columna escrita por Thomas L. Friedman bajo el título Tribus sin banderas en la cual cita a David Kirkpatrick, Director de The Times, en relación con la discusión de qué acontece realmente en Libia. Allí nos indica: “La interrogante ha estado flotando en el aire acerca de la rebelión libia desde el momento en que el primer jefe de la unidad de tanques desertó para unirse a sus compatriotas que protestaban en las calles de Benghazi: ¿Es la batalla por Libia el choque de un dictador brutal contra una oposición democrática, o es fundamentalmente una guerra civil tribal?” Más adelante el autor de la columna nos indica que en el contexto de los estados árabes, se puede distinguir entre aquellos que él llama “países verdaderos”, que son aquellos con un largo historial en su territorio y sobre el cual se formo una identidad nacional; y aquellos que denomina “tribus con banderas”, que no son sino estados artificiales, cuyas fronteras fueron determinadas por las potencias coloniales y que han atrapado dentro de sus fronteras tribus que en ningún momento determinaron, a través de un largo proceso histórico convivir juntas como ciudadanos de un mismo estado, país o nación. A esta última categoría, según autor, pertenece Libia, país cuyas fronteras modernas son el resultado de una decisión del imperio británico una vez concluye su mandato sobre el territorio ocupado en el curso de la Segunda Guerra Mundial.

La política exterior de Estados Unidos y las demás potencias imperialistas que les acompañan en esta aventura guerrerista no se orienta por principios sino por meros intereses económicos y políticos. De nada valen sus argumentos sobre la alegada realidad en que se encuentra la población libia o su preocupación por víctimas civiles. De hecho, los nuevos avances que se adjudican a las fuerzas rebeldes en los pasados días, recuperando lugares de donde habían sido expulsados por fuerzas leales al gobierno, ha sido el resultado del apoyo aéreo y naval de las fuerzas de la OTAN sobre las ciudades donde se encuentran civiles, muchos de los cuales han caído como resultado de los bombardeos de la llamada “alianza internacional”. Mañana los países de la OTAN dividirán el país, se quedarán con los recursos naturales en la región de Cirenaica, impondrán un nuevo gobierno y, eventualmente, veremos cómo los nuevos regentes del nuevo estado político que de allí surja, mantendrán la opresión contra sus habitantes y el saqueo de los recursos naturales del país. Así es el imperialismo.

Por eso cada día es importante, sobre todo para aquellos y aquellas que nos oponemos a las guerras e intervenciones extranjeras violatorias de la soberanía nacional de los pueblos, recordar al Ché cuando nos decía que en el imperialismo no se podía confiar “ni un tantito así”.

 

 

Alejandro Torres Rivera, abogado laboral puertorriqueño, es profesor del Instituto de Relaciones del Trabajo de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y Secretario de Educación Política del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano de Puerto Rico.  Es un querido asiduo colaborador de nuestra revista