A treinta años del encuentro con Raúl Castro

 

Raúl Álzaga Manresa  

 

 

En julio de 1978 se celebró en La Habana el XI Festival de la Juventud y los Estudiantes, donde se dieron cita 18,500 jóvenes de 145 países para compartir e intercambiar experiencias. Delegaciones de todas partes del mundo fueron organizadas en meses previos al evento. Puerto Rico contó con una nutrida delegación de unos 130 delegados que junto a otras procedentes de todo el Caribe se juntaron en Kingston, Jamaica para de ahí salir en tren hasta Montego Bay y luego abordar el barco cubano Capitán Pinares que nos trasladaría a la ciudad de Cienfuegos.

 

Como parte de la delegación puertorriqueña habíamos 5 jóvenes de origen cubano, miembros del primer Contingente de la Brigada Antonio Maceo, que hacía apenas 6 meses habían viajado a Cuba (21 de diciembre de 1977), y de la Revista Areito. Éramos Carlos Muñiz Varela, Ricardo Fraga del Valle, Jorge Cañas, Rosa Villalonga Ruiz y el que escribe, Raúl Álzaga Manresa. Aparte y por otras razones viajaron también los jóvenes de origen cubano Ricardo Cobián Figueroux y Francisco Framil. Luego de nuestra llegada a Cienfuegos fuimos trasladados por carretera hacia la Habana donde nos hospedamos en la Escuela Vocacional Lenin, ubicada cerca del Parque Lenin, en las afueras de la ciudad de la Habana, con capacidad para albergar a más de 3,000 jóvenes. Nuestros compañeros de la Brigada Antonio Maceo de Estados Unidos se encontraban ya allí junto con la delegación norteamericana.

 

Innumerables serian las anécdotas y experiencias de esas semanas, pero en este artículo quisiéramos resaltar el encuentro que marco para algunos su futuro político, sin dejar de recordar aquella terrible noticia que recibiéramos como parte de la delegación Puertorriqueña aquel 25 de Julio, cuando se nos informó del asesinato en Puerto Rico de dos jóvenes independentistas, Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví, a manos de la Policía de Puerto Rico en el Cerro Maravilla y el arresto de varios jóvenes independentistas. Fue una noticia que nos conmovió a todos y nos obligo a un mayor compromiso de contribuir al desarrollo de la lucha por la independencia de Puerto Rico.

 

El día de la clausura del XI Festival de la Juventud y los Estudiantes, los compañeros del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos), nos invitaron a los miembros de la Brigada Antonio Maceo de Estados Unidos y Puerto Rico a participar en un encuentro que se celebraría con los trabajadores cubanos de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en el Teatro Lázaro Pena en horas de la mañana. Como ya habíamos conocido la forma de bregar de los compañeros del ICAP en nuestro viaje anterior de 1977-1978, nos sospechamos que algo se traían entre mano con nosotros. La actividad se desarrollo normalmente sin sorpresas y cada uno se dirigió a las guaguas para regresar  a la escuela Lenin. Los compañeros de Estados Unidos abordaron las guaguas primero y partieron, mientras que nosotros nos quedamos, por suerte, un poco rezagados. Yo me encontraba entrando último a la guagüita del ICAP y en eso veo caminando hacia nosotros al compañero Isidro Gómez, que años más tarde seria embajador de Cuba ante la Santa Sede en el Vaticano y que sus amigos luego le pusieron  el apodo de Monseñor. Isidro nos hacia señas de que nos bajáramos y camináramos hacia donde el estaba. Nos preguntó que dónde estaba la gente de Estados Unidos y le respondí que ya se habían ido. Entonces nos dijo: “Acompáñenme que Raúl los quiere conocer”.

 

Nuestras sospechas iniciales se confirmaban. Caminamos y entramos a un pequeñísimo salón de la CTC donde se encontraban sentados, detrás de  una mesa, Raúl Castro, Gabriel García Márquez y Luís Suárez, director del Centro de Estudios de las Américas (CEA). Cual sería nuestra sorpresa al saludar y compartir brevemente con ellos. Éramos 6 en total, cuatro de Puerto Rico, una compañera de España y otra de Santo Domingo. Al despedirnos, Raúl nos dice que por lo breve del encuentro nos invitaba a su oficina en horas previas a la concentración de la Plaza de la Revolución, en donde Fidel haría el discurso de clausura del Festival de la Juventud y los Estudiantes. Nos dijo que estuviéramos a partir de la 2:00 p.m. en la sede del ICAP. De allí seguimos para la Escuela Vocacional Lenin, almorzamos y recogimos algunos ejemplares de la ultima edición de la Revista Areito para regalarle una a él y repartir las otras a quien nos encontráramos en el camino, siguiendo lo mejor de la tradición de la Universidad de Puerto Rico, donde uno andaba siempre repartiendo boletines y publicaciones a cuanta gente uno se encontrara.

 

Llegamos al ICAP y allí nos esperaba su Presidente René Rodríguez, expedicionario del Granma y de miles de luchas revolucionarias, fallecido hace unos años. René me llevo a una oficinita que se encontraba a mano izquierda de la sede del ICAP y me dijo: “Raúl, en este encuentro tienen que actuar con firmeza y carácter, ¿OK?”.Yo le dije, no se preocupe René que en este caso tanto Carlos como Ricardo y yo podemos comportarnos como usted aconseja. No teníamos claro como nos vendrían a buscar y nos preocupaba que a esa hora ya las calles se empezaran a cerrar como medida previa a la gran concentración de la Plaza. En eso llegaron 2 carritos Alpha Romeo color marrón que se parecían a los que usaba la escolta de Raúl. Efectivamente, eran miembros de su escolta. Nos montamos por primera vez en un Alpha Romeo y me dio la sensación de estar en una película cuando uno avanza por las avenidas de las ciudades, mientras los obstáculos se van abriendo a su paso. Fue la primera y ultima vez que he tenido una sensación de esas. Solo comparable, tal vez, a un viaje en ambulancia.

 

Nos llevaron al edificio del Ministerio de las Fuerzas Armadas (MINFAR). Nos esperaba un señor mayor (nosotros teníamos entre 24 y 29 años y esta persona para nosotros mayor, tal vez tendría nuestra edad actual, unos 60 años). Parecía ser su ayudante personal. Subimos por un ascensor pequeño a una oficina, que no parecía ser muy grande, con unos ventanales que daban a la calle. Se respiraba austeridad. Allí continuamos la conversación iniciada en la CTC, en la que el nos hacía preguntas a nosotros. Fue una conversación de tú a tú, sin mucho protocolo y con mucha familiaridad. A él le interesaba conocernos ya que en el viaje anterior, el de la Brigada, había sido de los poquitos de la Dirección Nacional que no había conversado con nosotros. Todo lo que sabía era de referencia. Pasaría como una hora y llegaba el momento de la despedida. Para nosotros ahí terminaba el encuentro. A mi me tocó, por ser el mayor del grupo y tener un poco más de conocimiento de la realidad cubana, cerrar el encuentro. Confieso que estaba nervioso, le dije, de acuerdo a mi memoria, algo así como: “Comandante quisiéramos agradecerle esta invitación que nos ha hecho para compartir algunos minutos con usted. Leí recientemente que en Camaguey se conmemoró un aniversario de La Columna Juvenil del Centenario y observé una pancarta que decía: ‘Compañero Raúl la Columna Juvenil del Centenario no le fallará’. Quisiera aprovechar este momento para indicarle que la Brigada Antonio Maceo tampoco le fallará”. Que lejos estábamos nosotros en ese momento de pensar que lo que parecería un recurso retórico, se sellaría con sangre nueve meses más tarde, cuando uno de los participantes de esa reunión, Carlos Muñiz Varela, caería victima de balas enemigas. Ante su muerte, y estos 30 años lo demuestran, crecieron nuestro compromiso y nuestra combatividad por la justicia.

 

El decidió bajar con nosotros en el acensor para lo que nosotros sospechamos sería la despedida formal y entonces cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijo: “Síganme que vamos para la tribuna del acto de clausura.” De allí cruzamos a pie la avenida Rancho Boyeros, que separa al MINFAR  del edificio donde se encuentra el Consejo de Estado, el Comité Central y la Tribuna de la Plaza de La Revolución. Ya estaba todo el mundo concentrado en su sitio, así que nosotros, junto a Raúl, éramos los únicos que nos desplazábamos por el área, y teníamos la sensación de que todo el mundo nos observaba. Llegamos a la parte de atrás de la tribuna y nos presentaron a Raúl Roa, el Canciller de la Dignidad y a Blas Roca, ese viejo comunista de los años 30. Nosotros, Carlos y yo, de atrevidos, vimos a Fidel, solo, en un costado de la Tribuna, mirando a la Plaza y como ya habíamos estado con él en enero, sin encomendarnos a nadie, salimos a saludarlo. Allí lo saludamos y le dijimos que habíamos venido con su hermano. El nos contestó el saludo y mirando al horizonte nos dijo: “Vamos a empezar el acto que parece que viene tremendo aguacero”. Recuerdo aquel lema que lanzo en su discurso al decir que “Los guerreristas no pasaran. Pasarán, sí, al basurero de la historia”.

 

Terminado el acto, nos reunimos de nuevo con Raúl y entramos a la parte interior del  Obelisco. Allí nos presento a Vilma Espín, su compañera y presidenta de la Federación de Mujeres de Cuba, con la cual ya nos habíamos reunidos durante el viaje de la Brigada pero en esta ocasión fue más familiar la presentación. Conocimos a dos de sus hijos, un muchacho y una muchacha, los cuales tendrían unos 5 o 10 años menos que alguno de nosotros. Luego de los saludos y las presentaciones, Raúl se dirigió a los hijos y con ese estilo directo y cortante de él, el cual repetiría más tarde en otras circunstancias, les dice: “Bueno muchachos, como ustedes no fueron electos delegados al Festival no pueden ir a la recepción que se realizará en el Parque Lenin, por lo tanto se pueden ir para la casa”. Confieso que a mi me dio vergüenza ajena, sobretodo cuando eran jóvenes contemporáneos con nosotros, pero también entendí la enseñanza de combatir los privilegios.

 

De nuevo la pregunta. ¿Y ahora que? ¿Nos despedimos o nos quedamos? Se dirigió a nosotros y a Vilma y nos dijo,”Vamos para el Parque Lenin para la recepción de clausura en el Restaurante Las Ruinas”. A partir de allí, la relación entre nosotros cambió, ahora éramos nosotros lo que lo bombardeábamos con preguntas sobre la lucha revolucionaria y sobre su papel en la revolución por el resto de la tarde y la noche .Como éramos un grupo pequeño, 6 de nosotros y 6 de ellos contándolo a él y a Vilma, la conversación fluyo como si estuviéramos en la sala de nuestras casas. Algunas de las preguntas importantes que recuerdo le hice por su actualidad en aquel momento fue sobre la persona del ex-comandante Hubert Matos ,ex-comandante de la Sierra Maestra y preso para aquella época. Me dijo que él lo había conocido cuando acababa de llegar de Costa Rica en marzo del 58 en un avión con armas. Se lo encontró junto a Pedro Miret, asaltante del Moncada, expedicionario del Granma, que había venido en el avión , ya que Miret se encontraba en el extranjero, tratando de conseguir armas para la Revolución. Raúl nos contó que le preguntó a Miret si Hubert había venido con él a lo que Hubert le repostó que había sido Miret quien habia venido con él. Aquéllo, nos dijo, aunque pareciera insignificante, le había dejado un mal sabor. Hay que recordar que en ese momento Hubert era un simple soldado en la guerrilla y Miret era un combatiente de mil batallas. Nos dijo que Hubert siempre se las había arreglado para funcionar con casi total independencia de los mandos superiores, incluso del propio Juan Almeida Bosque, jefe militar del III Frente guerrillero. Llegó a tener una emisora de radio que transmitía independientemente de Radio Rebelde y en una ocasión,  nos comentó, le escribió una carta a Fidel, donde en forma irrespetuosa le reclamaba unas armas pertenecientes a su columna. Cuando triunfa la Revolución nos dijo que había que escoger al jefe militar de Camaguey. En aquella ocasión había dos candidatos, el comandante Duque y Hubert. Se decidio por Hubert, entre otras cosas por que tenía cierto nivel de preparación, había sido maestro y en aquellos meses escaseaba  gente con preparación, además por que había tenido cierta importancia en la lucha contra Batista, sobretodo cuando había traído un avión con armas. En aquella época, puntualizó Raúl, cualquiera que hiciera algo por ayudarlos, por muy poco que fuera, era importante. Durante los primeros meses del 59, todas las supuestas organizaciones cívicas y profesionales del país empezaron a dar homenajes a los líderes de la Revolución. Era lógico, señaló, que lo que querían era estar de buenas con la Revolución. El que más homenajes aceptó y más trato de proyectarse dentro de esos grupos fue Hubert. Cuando la Reforma Agraria se aprobó, Hubert, desde Camaguey se destacó por oponerse a su implementación. Por otro lado, añadió, existieron sospechosas coincidencias e incluso contactos entre Urrutia, Díaz Lan y Hubert. Hubert, afirmó, fue una fuerza reaccionaria y anticomunista dentro de las filas del 26 de Julio. La Revolución lo que hizo fue adelantarse antes de que las cosas tomaran otro giro. Antes de finalizar este tema nos indicó que a Hubert le faltaba poco por cumplir su sentencia, y dijo: “Cuando la cumpla lo pondremos en libertad. Si se quiere ir del país lo dejaremos ir. El piensa que no lo vamos a soltar pero se equivoca. Incluso alguno de sus oficiales se han rehabilitado y se encuentran destacado como oficiales en nuestra Fuerza Armadas”.  Otra pregunta que recuerdo le hice fue en cuanto a su fama de ser un hombre duro y de los fusilamientos en los primeros días de la revolución. Me dijo que sí, que efectivamente se habían fusilado a una serie de personas que habían cometido delitos de sangre, que habían asesinado a muchas personas inocentes y que la Revolución tenia todo el derecho de hacerle pagar por sus crímenes y abusos. Me comentó que sus compañeros le habían dado esa fama de duro y que a veces cuando había algún prisionero que no quería colaborar o confesar su participación en algo, lo llamaban a el para que lo visitara y que por lo general su visita producía resultados.

 

Llegamos a Las Ruinas, entramos por la parte de abajo donde se encontraba la cocina. Había una mesa larga, nosotros caminábamos, por el lado derecho y algunos invitados se encontraban del lado izquierdo de la mesa. Nosotros seguíamos con nuestras copias de la última edición de la revista Areito y se la entregábamos a todo el que identificáramos por encima de la mesa. En eso veo a Ramiro Valdés, ex-Ministro del Interior y le extiendo una copia de la revista. Me imagino que habrá pensado que de donde salieron estos locos que reparten material político en una recepción de clausura del Festival. No podemos olvidar nuestra influencia Boricua. Subimos al segundo piso, ya se nos había incorporado a la comitiva Zenén Casas Regueiro, Primer Viceministro del MINFAR. Raúl decide sentarnos en una esquina del balcón del Restaurante y en cierta forma decide seguir conversando con nosotros y olvidarse de todos los demás invitados a la recepcion, que sumaban unos cientos de personas. Allí sentado en una esquinita se acercaban algunos a saludarlo. Raúl nos presentó a los padres de Tamara Bunker, Tania la Guerrillera y a Sergio Méndez Arceo, el “Obispo Rojo de Cuernavaca”.

 

El tiempo pasaba rápido. En eso veo a Noel Colón Martínez, compañero de Carlos del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) y amigo mió por vía de Carlos. De nuevo, salgo y, de atrevido, y se lo traigo a Raúl para que lo conozca. Vilma seguía conversando con las dos compañeras que nos acompañaban. Confieso que para aquella época, yo era demasiado machista y concentré mi conversación en Raúl. Lamento profundamente no haber podido compartir más con ella. La vi por última vez en las elecciones de 1992 en Santiago de Cuba, cuando cubría para Areito dichas elecciones, y guardo unas bonitas fotos que le tomé mientras votaba. En aquella ocasión la saludé personalmente cuando se sentó detrás de mí en el salón de prensa mientras Fidel resumía los resultados electorales. No creo que se acordara de mí pero tampoco hice mucho para que ella se recordara.

 

En eso Raúl se queda mirando a su hermano Fidel al otro extremo del salón, mientras este saludaba uno a uno a sus invitados y comenta con cierta admiración y cariño que su hermano tenia esa tremenda paciencia de estar de pie saludando a todos esos invitados, a su vez insinuando que el no tendría esa paciencia y ese interés en hacerlo.

 

Ya se aproximaban las 11 de la noche y entonces Raúl le dijo a Zenén Casas: “Ya es hora de ir recogiendo, llévate a los muchachos para la Escuela Lenin”. Entonces nos despedimos como si siempre nos hubiéramos conocido. Zenén nos despidió a la salida del Restaurante y nos montamos en la guagua. Cuando llegamos a la escuela y nos bajamos, otra sorpresa final: Zenén Casa Regueiro nos había escoltado, el y su chofer hasta la propia escuela. Había cumplido al pie de la letra las instrucciones dada por su Jefe.

 

No hemos tenido otra oportunidad de compartir con él y desconocemos si recuerda ese día con nosotros. En el 1997, estuvimos en el Cacahual para el centenario de la caída en combate del General Antonio Maceo y lo vimos de lejos. Sí puedo afirmar que la experiencia vivida ese sábado 5 de agosto de 1978 nos ha permitido enfrentarnos a muchas dificultades y peligros. Cuando la enfermedad inesperada de Fidel y su inmediata sustitución por Raúl, estuvimos convencidos desde el primer momento de que la Revolución Cubana continuaría su derrotero de luchas y victorias.

 

Raúl Álzaga Manresa es fundador de la Revista Areito. Es un querido asiduo colaborador de nuestra revista.