Provocación y polémica

Elier Ramírez Cañedo

 

Como no suelo eludir las polémicas, sino afrontarlas, no para imponer mi criterio, sino para incorporar una valoración más, no dudé un segundo, cuando pensaba en qué iba a decir en la presentación de esta obra, referirme a lo que considero el núcleo más polémico del autonomismo cubano y que responde a una pregunta que se han hecho muchos: ¿fue el autonomismo cubano decimonónico una corriente política nacional o antinacional?

Primeramente, tengo que decir que durante la realización de esta investigación tanto Carlos, como yo, con los consejos sabios de Rolando Rodríguez, principal inspirador y cómplice de esta obra, tratamos en todo momento de desprendernos, hasta donde pudiéramos, de los subjetivismos que pudieran alejarnos de la verdadera historia del autonomismo cubano, así como de su papel frente a la nación cubana, en las horas cruciales de su formación y delimitación.

Tratamos que la consulta de la mayor cantidad de fuentes nos acercara lo más posible a la verdad. No seleccionamos ni forzamos ninguna de ellas para que respondieran a una valoración preconcebida nuestra sobre el autonomismo, sino que estábamos conscientes de que nuestras hipótesis iniciales podían cambiar con el avance de la investigación. Nuestros móviles no fueron otros que la reconstrucción de un pasado poco conocido y abordado por nuestra historiografía y, a la vez, tergiversado y manipulado políticamente por nuestros enemigos de siempre.

El destacado investigador e intelectual cubano Esteban Morales me ha dicho en varias oportunidades una frase que ha quedado como una máxima en mi memoria y que guía en alguna medida mi trabajo: “Ningún tema de nuestra realidad debe ser soslayado. Los temas de nuestra realidad no se regalan, pues los temas que regalamos terminan virándose contra nosotros”.

Eso es lo que ha ocurrido en cierta forma con la historia del autonomismo cubano. Al constituir un tema prácticamente virgen en nuestra historiografía, al menos hasta el año 1997, cuando la Editorial de Ciencias Sociales publicó el libro de la Doctora Mildred de la Torre El autonomismo en Cuba: 1878-1898, ha sido terreno fértil para los escritores oficiales de los enemigos de nuestro proceso, dedicados hoy al desmontaje de nuestro pasado, manera muy sutil y, a la vez, miserable de atacar nuestro presente.

Una cosa es tratar de hacer un análisis lo más objetivo posible sobre el autonomismo cubano del siglo XIX y otra es intentar endilgarle el papel que jamás tuvo en la historia cubana, empresa que han asumido algunos individuos, que prefiero no nombrar en esta ocasión, para no seguirle dando fama como enemigos de Cuba y de esta manera contribuyendo a que sus bolsillos sigan abultándose con dinero sucio.

Es cierto que los autonomistas hicieron notables aportes en la literatura cubana, en el arte de la oratoria, en el derecho, en la filosofía, en el periodismo y en la crítica estética. Es inobjetable que su labor política contribuyó en el período de 1878-1895 al desarrollo de la conciencia cubana, a través de su constante denuncia cívica de los errores del coloniaje.

Es verdad que sus filas no fueron para nada homogéneas, pues en ellas estuvieron juntos, en determinadas coyunturas, patriotas y enemigos de Cuba. Es innegable que esa historia está aún por escribirse. Pero en mi opinión, la idea de que el autonomismo, ya conformada su base legal después de 1878, era una opción nacional no se sustenta más que con argumentos baldíos.

El autonomismo, como última expresión del reformismo cubano del siglo XIX, es un fenómeno que hay que estudiar y analizar en su evolución histórica. Nosotros no catalogamos el ideal autonomista anterior a la Guerra de los Diez Años como antinacional, pues en esos momentos la nación cubana estaba prácticamente en ciernes. Sin embargo, para valorar el papel del autonomismo a partir de 1878 hay que puntualizar los principales elementos que la Guerra de los Diez Años aportó al proceso de formación de la nación cubana:

1- La gesta del 68 constituyó el crisol de la Nación Cubana, dejando muy bien delimitados sus nuevos contornos. Nación que encontró su basamento jurídico en Guáimaro y fue reconocida no solo por muchos cubanos, sino también por varios gobiernos latinoamericanos.  

2- El independentismo del 68, al imbricarse indisolublemente con el abolicionismo, logró superar la barrera de la esclavitud, incorporando nuevas relaciones sociales entre los grupos étnicos que componían la población insular, única manera de lograr el tránsito nacionalidad-nación, y con ello la posesión de una identidad en sí.

3- La epopeya del 68 creó una grieta espiritual insalvable entre Cuba y España y la ideología mambisa devino autoconciencia de las masas oprimidas por el sistema colonial y baluarte de la identidad nacional.

4-El independentismo de 1868 constituyó un hecho cultural que sintetizó el nivel alcanzado por la cultura cubana. Cultura que, sin negar las influencias asumidas e integradas a su contenido, reveló autoctonía y autenticidad.

5- Durante la contienda liberadora se fortaleció un elemento muy importante para el proceso de formación nacional: el orgullo nacional.

Luego de valorar y entender todos estos elementos, es fácil percatarse de que la defensa de la autonomía a partir de 1878, con la principal aspiración de convertir a Cuba en una región especial dentro de los marcos de la soberanía de España, era una solución además de inoperante, extemporánea.

Ya se hacía evidente que España estaba dispuesta al holocausto del pueblo cubano antes de posibilitar un cambio de régimen. Por añadidura, la autonomía representaba a esas alturas una involución para la nación cubana, a pesar de que sus principales exponentes se proclamaron los defensores por antonomasia de la evolución. Como bien señalara José Martí:

“…dábase el caso singular de que los que proclamaban el dogma político de la evolución eran meros retrógrados, que mantenían para un pueblo formado en la revolución las soluciones imaginadas antes de ella, y que los que en silencio respetuoso les permitían el pleno ensayo de su sistema inútil, eran, aunque acusados de enemigos de la evolución, los verdaderos revolucionarios”.

Pero la razón fundamental que convierte al autonomismo en una solución antinacional no estuvo tanto en su cosmovisión teórica, sino en su praxis política. Si el independentismo era la única corriente política del siglo XIX capaz de convertir la nacionalidad en nación e insertar la Isla en la modernidad con personalidad propia,  en el antiindependentismo practicado por el autonomismo residió entonces la mayor negación a la nación cubana. Todas las fuentes de la época y lo escrito hasta el momento sobre el tema da cuenta de que los autonomistas que se mantuvieron consecuentes en su bandera política hasta “el último hombre y la última peseta que vino de España”, prestaron los servicios más innobles a las autoridades españolas con tal de extirpar de raíz el ideal independentista, incluso al abominable Valeriano Weyler.

El mayor error de su conducta residió precisamente en esto, con lo que clavaron un puñal a sus verdaderos progenitores: los independentistas, pues la legalidad que disfrutaron a partir de 1878 no fue más que un resultado de la propia batalla que habían dado los mambises al colonialismo español, la cual había costado la muerte de cientos de los más valiosos hijos de Cuba. Fue esta lid, y no otra, la que condujo a que España no le quedara más remedio que introducir algunos pequeños cambios en su sistema de dominación insular. “Ellos deben su existencia política al Partido Independiente y se sostienen a nuestro calor… ¿Qué sería del Partido Autonomista si no existiera el nuestro?”, expresó con claridad meridiana Antonio Maceo, en carta enviada a José Antonio Rodríguez el 1ro. de noviembre de 1886.

Otro factor que colocó a los autonomistas en contra de la nación cubana, estuvo en la posición mayoritariamente racista y discriminatoria que asumieron con un porcentaje elevado de la población cubana: negros, mulatos y chinos. Esto fue así, a pesar de que en muchas ocasiones se presentaron como defensores de los derechos de estos sectores, no con otra intención que la de ganar votos y simpatizantes en unas elecciones que siempre tenían las de perder, pues las autoridades españolas en la Isla garantizaban que hasta los muertos votaran con tal de que triunfaran los integristas.

La región especial que los autonomistas soñaban dentro de los moldes coloniales de España, no debía incluir a estos sectores a los que consideraban inferiores y un atraso para el país. La solución entonces para la mayoría de los autonomistas era la inmigración blanca, preferentemente peninsular. Ellos, los blancos aristócratas, se consideraban los brahmanes de Cuba. Es cierto que dentro de las filas independentistas también hubo racismo, no podía ser de otra manera en una sociedad como aquella marcada por el fantasma de la esclavitud, pero el proyecto independentista comprendió desde un inicio, además de la abolición de la esclavitud, la inclusión de esos sectores por siglos preteridos, única manera de lograr la nación cubana.

Pero, ¿por qué el autonomismo se ha prestado a tan diversas y encontradas lecturas, sobre todo, en lo que respecta a su posición en relación con la nación cubana?  En mi opinión, hay tres razones fundamentales: primero, que dentro de las filas autonomistas se pueden encontrar posiciones e intereses muy disímiles, lo cual complica la posibilidad de dar una valoración definitiva de su papel, pues hay que tomar en cuenta todos los matices; segundo, que el autonomismo fue una corriente política que no quería la independencia de Cuba, pero tampoco que las cosas permanecieran iguales, sino que la Metrópoli hiciera los cambios pertinentes que dieran satisfacción a los intereses locales de la Isla, cosa que de hecho era imposible dado los intereses creados; y tercero que es innegable que en los autonomistas hubo ciertos grados de cubanía, visibles sobre todo en algunos aspectos de su labor política y cultural, aunque no se hallaban fuera de los límites de la soberanía española.

Es decir, no se sentían completamente españoles, pero tampoco completamente cubanos, sino más bien hispano-cubanos o españoles americanos. Defendían su diversidad insular, pero sin romper el vínculo nacional con España.

Sin embargo, el problema es que los autonomistas no evolucionaron junto a la nación cubana, sino que quedaron atrapados en el nacionalismo anterior a la guerra del 68, para después de ella pasar a defender un nacionalismo conservador y moderado. Mas el error fundamental de los autonomistas fue apoyar abiertamente a la Metrópoli que los vejaba, en contra del nacionalismo radical, único que podía alcanzar la constitución definitiva del estado nacional cubano, actitud que los convirtió definitivamente en antinacionales.

Esperamos que los lectores hallen respuestas a sus interrogantes sobre el autonomismo cubano del siglo XIX en la obra que hoy presentamos y, que esta sea, al mismo tiempo, una provocación a seguir profundizando en este tema que aún tiene mucho que decirnos. Pretendemos, sobre todo, que este libro llegue a manos de los jóvenes, pues no hay hoy mejor espada y escudo para defender nuestra patria, que es nuestra Historia.

Muchas Gracias.
 

Palabras para presentación de libro: El autonomismo en las horas cruciales de la nación cubana, realizada el 21 de enero de 2009 en el Hotel Inglaterra