Rolando Rodríguez indaga en la Historia y sus conflictos

Luis Jesús González

 

Perseguido por los reconocimientos en los últimos años, el destacado autor suma a su colección el Premio Nacional de Historia, un tributo justo a casi medio siglo tras las memorias y esencias de la nación cubana

 

A este hombre lo descubrí dos veces. La primera, cuando leí su novela República angelical, una obra que desde la ficción acercaba al lector a las circunstancias e intrigas del golpe militar del 4 de septiembre de 1933; la segunda, en 1998, cuando un amigo me pidió que lo entrevistara con urgencia. Desde entonces, Rolando Rodríguez ha compartido sin reservas sus fuentes, archivos y conocimientos en conversaciones interminables, solo aplazadas por la presión de trabajo.

Distinguido el pasado año con el Premio Nacional de Ciencias Sociales, añade a su catauro el Premio Nacional de Historia, un reconocimiento justo al autor de Cuba: la forja de una nación, un libro indispensable para descubrir las motivaciones y virtudes que han enraizado en esta tierra los sentimientos de soberanía y libertad durante dos siglos.

—¿Por qué después de una primera novela abandona la ficción por el estudio de nuestro pasado?

—En realidad mi secreto era que yo quería llevar a palabras el misterio de la Revolución del 30. Casi desde que nací, mis padres, mis tíos y otros personajes de Santa Clara me hablaron de aquellos sucesos. En la Universidad, como estudiante, conocí a algunos de sus protagonistas. El Instituto Cubano del Libro me dio la oportunidad de conocer a Raúl Roa. Fueron muchas las horas que pasé a su lado escuchando las historias del 30. Eso incendió mi imaginación. De ahí la novela. Cuando la escribía lo único que me faltaba, era ponerme un sombrero de pajilla y salir a la calle.

«La novela me dio la oportunidad de revelar qué sucedió entonces: hubo combatientes de izquierda que estaban junto a los derechistas y gente que comenzó en la izquierda que se volvieron reaccionarios. Cuando comprendí el porqué, supe que solo una novela podía reflejar la causa de tales trastornos. Pero cuando traté de recoger como libro los papeles que había acumulado, solo podía emplear la historia real para esos fines».

—Escuché decir a un respetable historiador que la historia en Cuba se ha escrito sobre un caballo, y más recientemente un poeta aseguró que casi por idiosincrasia los cubanos nos acostumbramos a dividirlo todo en buenos y malos. ¿En qué medida estas apreciaciones han reducido el estudio de la nación cubana a magnificar lo épico en detrimento del conocimiento de importantes figuras y etapas de nuestra historia?

—Una de las cuestiones que me propuse fue escribir la historia verdadera. Ni sobre un caballo, ni buenos y malos. No debía ocultar los hechos como fueron; por eso lo primero que escribí fue Bajo la piel de la manigua. Allí no escondo la triste historia del final del Padre de la Patria. Si lees los tres tomos de Cuba: la forja de una nación, verás que no hay prácticamente tiros ni machetazos. Tampoco buenos y malos, sino hombres con virtudes y defectos.

«Por supuesto, tampoco creo en esos historiadores cubanos para los cuales todo tiene una explicación y al final no hay nadie malo. Hay héroes y paradigmas, como Martí y Maceo, y hay canallas y traidores que debemos desenmascarar. Por ejemplo, Julio Sanguily fue un traidor no superado en la historia de Cuba. Gonzalo de Quesada fue el alumno infiel.

—¿Cuáles a su juicio consideras los grandes aciertos y los grandes olvidos de la historiografía cubana?

—Creo que el más grande de los aciertos fue crear la carrera de Historia. Su antecesora, la carrera de Filosofía y Letras, le ofrecía muy poco tiempo a esa materia. Al crearse la Escuela se les pudieron dedicar los cinco años a las materias de Historia. Eso sí, me sentía más feliz cuando era profesor en ella de Filosofía, y me dieron la posibilidad de explicar dos cursos con cuatro semestres de Filosofía. Ahora me parece que le han recortado espacio, y esa es una asignatura vital para el historiador, al igual que la Historia de la Filosofía.

«También creo que merecería se les diera a los alumnos El Capital. Es más que economía, darles un método para pensar. De esa forma tendríamos verdaderos marxistas en la historiografía cubana. El olvido, que no lo creo olvido sino error, fue encartonar la enseñanza de los jóvenes historiadores. El marxismo de manual —por cierto en el tiempo en que fui director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana fue el del abandono de los manuales y el paso a enseñar los clásicos del marxismo directamente— retornó de alguna forma a la carrera, pues se abandonó el empleo de bibliografías.

«Por supuesto, en Historia yo les daba bibliografías a los alumnos, basadas en Marx y Engels. Además, los incitaba a leer a Gramsci o a Luckas. Mis alumnos protestaban, querían el manual porque entonces muchos estudiaban y trabajaban a la vez, y lo querían todo resumido en un tomo. Era más fácil. Pero les decía que si no se daban «un baño» de clásicos jamás serían buenos historiadores. Como resultado tuve alumnos que hoy son brillantes. El otro problema ha sido aferrarse al dogmatismo, que por suerte va desapareciendo, aunque hay algunos que han «botado el niño con el agua sucia», pues hay quien para abandonar el marxismo encartonado se ha ido hacia el liberalismo o al positivismo. No comprendieron que el asunto no era ser marxista dogmático ni liberal ni positivista, sino un real marxista cubano.

«Pero como más bien me hablas de olvido, te diré que estos fueron los que hoy se comienzan a llenar con la multitud de ensayos que van apareciendo en la historiografía cubana y que no puedo detenerme a enumerar porque no son pocos los temas».

—Desde los textos escolares hasta profundas investigaciones, el período colonial y la etapa inicial de la seudorrepública han merecido mayor atención de nuestros historiadores. ¿Considera usted que medio siglo de Revolución demanda una aproximación mayor de la historiografía cubana?

—El problema es que si no entiendes el siglo XIX, nunca entenderás el XX. Quise empezar por el final y poco a poco tuve que retroceder, para entender los porqués de nuestra historia. Ahora voy avanzando. Por eso, si me apresuro sería posible que llegara a ese medio siglo del XX. Adoro la Revolución y a Fidel porque me hicieron un ser humano mejor y me dieron la posibilidad de ser marxista y trabajar en la filosofía y en la historia. Por ambos pude escribir y servir a mi pueblo, al cual amo hasta las lágrimas. Aunque desde ahora declaro que será difícil de escribir ese medio siglo porque casi no hay papeles. Las computadoras van a matar la historia».

—Mi profesor de Secundaria aseguraba que la historia nacional era el relevo de los cuentos infantiles. ¿A qué atribuye las manifestaciones de desconocimiento, rechazo y hasta bajo rendimiento académico entre adolescentes y jóvenes en Historia de Cuba?

—La culpa es de los historiadores, que han escrito una historia plana, sin contradicciones. Esa no es la Historia. La que conozco está llena de conflictos, contradicciones y, además, merecería que se aprendiera primero a narrar, para después escribir Historia con mayúscula. Eso permitiría que los estudiantes se interesaran en el tema. Desde luego, lo primero sería desterrar los cuentecitos infantiles que mencionaste. La historia de Cuba es muy adulta y así hay que contarla».

—En casi medio siglo usted ha compartido estudios, tareas y vocaciones con cargos de dirección o responsabilidades gubernamentales. ¿Cuánto le debe el funcionario al historiador y viceversa?

—Creo que le debe más el funcionario al historiador, que viceversa. Si no hubiera estado en el Instituto Cubano del Libro, posiblemente a esta hora ya hubiera escrito el doble de libros. Hasta ahora son nueve, y cuatro en los que he colaborado. En definitiva, mi trabajo como presidente del Instituto del Libro fue cumplir con mi deber, pero escribir fue cumplir conmigo mismo. De director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana pasé al trabajo editorial cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro me encomendó asumir esa tarea. No me pesó salir del Departamento, a pesar de que estaba entusiasmado con la Filosofía. De haber continuado allí, quizá hubiera seguido entre Heráclito y Hegel y no me hubiera pasado a la Historia y menos con una novela, que un pobre enano de Miami acaba de calificar de mamotreto.

—En esos años la filosofía cubana transitó por los descubrimientos del marxismo, lo que motivó varias interpretaciones y polémicas. ¿Qué efecto tuvieron estas tendencias en la valoración de nuestra historia?

—Fue un momento en que se encontró el marxismo y tratamos de ser auténticos marxistas, que seguíamos a Fidel, pero también fue el momento en que el dogmatismo hizo presa de muchas conciencias y algunos, con demasiada autosuficiencia, se creyeron que tenían a Marx agarrado de las barbas y descalificaron a muchos por no ser marxistas o no creerlos marxistas, para luego salir corriendo hacia el positivismo o el liberalismo y, a veces, no parar hasta Miami (que puede no ser físico, sino ideológico). Ahí tienes los casos del ya fallecido Jesús Díaz y otro posterior, Rafael Rojas.

«El primero, en un tiempo ultrarrevolucionario que terminó como contrarrevolucionario, dirigiendo revisticas bien pagadas por Cooperación Iberoamericana, y subido a un avión de Hermanos al Rescate. El otro, que parece ser que se ha leído todos los libros del mundo —incluyendo la biblioteca de Alejandría—, y se cree capaz de pontificar sobre lo humano y lo divino, y no comprende en su pobreza intelectual que el forro de los libros no lo hace culto. Hay otros más que hoy repudian el marxismo y, sin embargo, eran patrocinadores de un marxismo dogmático y estalinista, al que enarbolaron como un esquema de hierro y lo sostuvieron durante años; y un día, cuando no los hicieron presidentes de Cuba, que era lo menos que creían merecerse, terminaron no solo en Miami sino en el fascismo, como Adolfo Rivero Caro. En el fondo, unos y otros son lo mismo aunque traten de disfrazarse.

—En 1967, en una carrera casi olímpica, usted tuvo la responsabilidad de editar El Diario del Che en Bolivia. ¿Cuál sería su elección si le pidieran editar cinco textos indispensables para el conocimiento de nuestra historia?

—La pregunta es de anjá. El Diario del Che se editó realmente en dos meses, pues ese tiempo llevó la preparación. La impresión del primer ejemplar llegó en tres días: fue un gran deber con Fidel y el pueblo cubano. Ahora sobre la segunda parte de la pregunta: son muchos, pero como me limitas, diría que el Manual de Historia de Cuba, de Ramiro Guerra; Retorno a la Alborada, de Raúl Roa; las Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter; La historia me absolverá, de Fidel Castro, y Los americanos en Cuba, de Enrique Collazo. Que conste que los edité o reedité todos cuando estaba en el Instituto Cubano del Libro. Como me cerraste mucho la nómina, agregaré que volvería a editar las Obras Completas, de Martí, con sus 27 tomos. Sé que el pueblo cubano me lo va a agradecer.

 Tomado de Juventud Rebelde