Ser cubano es una tarea

 

Teresa Melo

 

 

“Ser cubano es una tarea”: sería una buena frase para exhibir en una camiseta. Ya sé en la práctica que ninguna nacionalidad que se pueda tener en el pasaporte despierta tantas emociones encontradas como la cubana. Cuando se está en otro país, siempre se termina explicando no solo qué tipo de cubano eres, sino por qué, como si debiéramos justificarlo, y aunque a ninguno nos preguntan por la política de otros sitios, se considera natural que directivos, escritores, camareros, limpiabotas, artistas y todo tipo de gente puedan y deban responder con opiniones supuestamente autorizadas sobre la realidad cubana. Incluyo todo tipo de profesiones y labores, porque muchos de los que opinan nunca han estado en Cuba.

 

 Así de sencillo: son graduados en escuela desconocida de una profesión mayor: ser cubanólogos, cosa que no soy ni yo que vivo y viviré aquí. 

 

Así pasó en la reciente Feria del Libro de Santo Domingo, a la cual asistimos un grupo de editoriales y escritores de la Isla: Carlos Martí, Francisco López Sacha, Eliades Acosta, Katia Gutiérrez, Gleivis Coro, Ahmel Hechavarría y yo, una parte de nosotros invitados por la Secretaría de Estado de Cultura. Aunque no más que la mía, y tal vez por comparación con alguna otra demasiado fría, me gustó esta feria por muchas razones que agradecí públicamente allí. Y en todo caso, por respeto, los detalles que no me gustaron no me creo con derecho a reseñarlos.

 

Ubicada en el hermoso lugar que es la Plaza de la Cultura, tiene esa calidez de los eventos a los que acude la gente común, y no reserva su rostro solo para intelectuales y profesionales. Niños de escuelas y edades diversas; familias que, al igual que en La Cabaña, reposan en el césped esperando un concierto, leyendo, o tratando de detectar el movimiento de las estatuas vivientes (extrañaba las manos repletas con el tesoro de los libros, pero sabía que allí era objeto caro); muchachos preguntando insistentemente por lo que llaman “matatiempos”, pero, de cierto modo, también así acercándose a un mundo no natural en la cotidianidad: el de la cultura alrededor del libro. Por eso disfruté las muchas casetas de editoriales y de otros centros, y la música, el baile, las artesanías y otras muchas presencias. Testigo, además, de las innumerables visitas al stand de Cuba lleno de banderas de papel, de las preguntas a los representantes de nuestras ediciones, y de la cálida presencia de amigos de movimientos de solidaridad. Yo misma respondí en todas partes y a todo tipo de gente, interrogantes sobre el Clásico de pelota y el equipo Cuba, las leyes del tránsito, la política, autores cubanos, el dominó, precios disímiles, Silvio Rodríguez, Fidel, el malecón, Venezuela, Santiago de Cuba, el reguetón, la censura, mi hija, el ron (que no puedo beber) y la Presidente (recomendada en La Ceniza). Preguntas hechas a otros al estilo de: “¿Pero en Cuba hay bancos?” entran en otra categoría de desinformación y desconocimiento y bastan dos minutos de diálogo para que los que preguntan cosas así te digan: “Ah, pero los cubanos no son tan malos...”. Son los menos y es parte del precio de esa tarea que advertí en el título.  

Sé que la vida de Santo Domingo debe definirse en otros sitios, pero si en un lugar es posible conocer al país y su gente es en los colmados, especie de bodegas de barrio con más o menos ofertas, el merengue sonando y dos o tres mesas donde se comparte y debate todo en torno a la cerveza siempre helada. Espacio para los que no tienen sueño y sí deseos de conversación, para el dominó y los juegos de pelota televisados, y en estas fechas para la sucesión de campañas en que hasta los que se postulan parecen saber que nada se cumplirá (el más extraño eslogan: “Bacho va, ¿y por qué no?”. Ni siquiera argumentos). En varios colmados, donde hice un alto en mis largos paseos por la zona colonial y otras de la ciudad, respondí más preguntas que en cualquier rueda de prensa, y percibí cuánto nos acercan sentimientos y pasiones y detalles humanos.  

Anunciada en la Feria para una conferencia sobre poesía cubana, referida en esencia a mi promoción de los ochenta, fui presentada por el escritor santiaguero José Manuel Fernández Pequeño, ante un público diverso en su mayoría joven, del que al finalizar supe era mayoría también el estudiantado de periodismo. Era inevitable que a pesar de la evidente atención e interés y de las preguntas sobre literatura y los aplausos y fotos, terminara explicando el sistema de ediciones territoriales y de las ediciones cubanas en general, subvencionadas por el estado cubano para que pueda ser el libro objeto asequible a todos, dados los altos precios en el mercado de los materiales y la poligrafía —algo que, por supuesto, no sucede en otro país (la Editora Nacional anunciaba como un gran logro la presentación de una veintena de títulos, y para esas circunstancias lo era). Toda la explicación fue necesaria ante la insistencia en el tema de la “censura”, preocupación sobre todo de aquellos que es obvio no conocen nada de lo que se publica en Cuba. No sé si mi respuesta fue la que ella esperaba, pero la periodista de Hoy que reseñó el encuentro, bastante ajustada a lo esencial, la utilizó como titular: “En Cuba solo se censura lo que no tiene calidad literaria”. Claro que el verbo no tenía para ambas la misma resonancia. 

 

El más animado sitio de la Feria fue el Café Bohemio, que en programa de día completo es espacio para presentar discos, libros, revistas, pequeños espectáculos alternativos o performáticos, homenajes a autores, amén del buen café. Fue, además, donde Sacha presentara el último poemario de Carlos Martí: Rara Avis, bellamente editado por Isla Negra, de Puerto Rico, sello dirigido por el afable Carlos Roberto, con el que conversé sobre preferencias del page maker y tipografías, el Festival Sur, su deseo de conocer Santiago y la revista Cuadrivirum, que estaba a punto de ser impresa con entrevistas a autores cubanos hechas por mi amiga Etnairis Rivera. Así que de paso me sentí como trabajando para la riso, revisando planas de un trabajo hecho con todo el buen gusto del mundo. En el Café Bohemio hicimos también breve lectura, compitiendo con el reguetón cercano que animaba esa noche dominguera de feria.  

 

Otra noche especial fue con la invitación de la renombrada Casa de Teatro, conocida sobre todo por el premio internacional que convoca, y que ha sido ganado por muchos cubanos. Es tal vez el sitio que más me gustó de entre los muchos que tuvieron la cortesía de invitarnos. El famoso “perico ripiao” con música de tradición que arrastra bailadores, el plato brindado por la casa parecido a nuestro ajiaco y la más que cariñosa recepción a los cubanos del director de la Casa. Vi entrar a un muchacho con guitarra (en mi recuerdo un muchacho delgado de pelo revuelto, que cantaba canciones en noche de malecón habanero) y era Carlos Luis, cubano, ahora guitarra acompañante de Sonia Silvestre, en concierto sorpresa de esa noche. Mi tarea de cubana tuvo de fondo temas de Silvio bellamente interpretados por ella. 

 

Otro encuentro con la prensa nos puso nuevamente la tarea: esta vez en rueda con los medios, en algo que fue especie de desayuno-debate en las instalaciones de Tele Antillas. Un respetado escritor español, de los renombrados invitados a la Feria (que luego nos abrazó en foto final y no se refirió más a cuestiones políticas) ofrecía cuando entrábamos su opinión personal como un cubanólogo más, por lo que volví a presentarme como Cubana de Cuba, para ver si no tenía que volver a explicar lo que ya había dicho a tantos periodistas, pero es imposible pues la tarea dura veinticuatro horas. Esta vez nos tocó responder sobre sucesos que tuvieron lugar el primer día en una intervención de Zoe Valdés ya imaginan sobre qué, en la que se prohibió el acceso libre del público, y parecen haber tenido lugar escenas penosas. Ya muchos escritores dominicanos habían criticado que en un evento en el que Argentina era el país invitado de honor, la primera actividad “profesional” se reservara a alguien que despertaría opiniones contrarias. Algún periodista en un largo artículo muy inteligente sobre la Feria la tilda de “escritora desconocida, pero conocida anticubana, defensora ya se sabe qué y quiénes y pagada por lo mismo”, y expresó que “las autoridades de la feria no tenían derecho a invitar a una escritora a hablar de política, y menos a hacerlo contra un país hermano y colaborador” —son palabras textuales—, y aunque llegamos tres días después algunos medios trataban de mantener la noticia, mientras otros pedían que este incidente no afectara la cooperación cultural de Cuba. Creo, y así lo expliqué, que es lo que sucede cuando los espacios culturales, cuya máxima aspiración debe ser unir culturas y personas, se manipulan políticamente, sobre todo cuando los escritores de la Isla presentes en la Feria estábamos allí en actos de cultura. Y también creo y lo dije, usando términos que gustan tanto a cubanos y dominicanos, que no importa cuánto dinero y publicidad tenga un libro o un escritor detrás, porque tal y como se demostró en la pelota, es la calidad de la literatura la que determina los que pasan a la siguiente ronda del Clásico. Es una idea romántica en un mundo literario global sustentado por el mercado, con premios que se entregan a un libro antes de que este sea escrito, con una publicidad pensada con estrategias para marcas de detergente, pero es mi idea y si no pudiera defenderla y creyera en la diferencia del mundo literario cubano, no escribiría. Es una idea romántica defendida también por muchos sellos pequeños que se arriesgan a publicar poesía y otros géneros de autores desconocidos, textos para el debate social, y otros temas considerados invendibles.  

“La ingenua culpable” podría ser el otro slogan para mi camiseta personal. Pues así me catalogó el periodista Miguel Guerrero, de El Caribe, en breve columna por criterios de este tipo (aunque no lo he hecho con otros, pongo su nombre aquí por si encuentra esto buscando en Google). De su propia nota se infiere que no estuvo ni en mi charla ni en el desayuno donde no desayuné, ni en las otras actividades literarias de cubanos, porque pone que mis opiniones las sacó de la prensa. Y creyendo que le estaba dando pie para sus ideas sobre democracia, estado, educación y libros, pide se me invite cada año a la Feria. Ojalá, francamente, sobre todo porque me encantó Santo Domingo, tan parecida en sitios a La Habana y Santiago, rodeada de su propia “maldita circunstancia del agua por todas partes” y de gente amable, donde residen, además, escritores cubanos respetados por su instrucción, cultura y calidad humana, como José M. Fernández Pequeño y Bismar Galán, mis amigos, que pueden publicar en ambos países. Pero no soy tan vanidosa como para creer que soy la única escritora que debe estar allí representando una cultura que impone respeto a las personas inteligentes y sensibles donde quiera que sea mostrada. Tampoco creo que ese periodista pueda costearme, con lo que le paga su periódico, la espléndida atención de la dirección de la Feria y la Secretaría de Cultura, y menos aún las demostraciones de simpatía y respeto incluso de quienes no piensan como yo, porque eso no hay dinero que lo pueda pagar. Tiene que ver con lo que he escrito a lo largo de estas palabras, pues si ser cubana es tarea de veinticuatro horas, al menos es tarea que realizo con la tranquilidad de no poner precio a mis palabras. En el aeropuerto, un Silvio Rodríguez fugaz se preparaba a partir para España, después de dos conciertos que sí dejaban huellas hondas en la memoria popular dominicana. Conversó con Sacha un instante, al lado mío, y una vez más no pude decirle que era yo esa Teresa Melo que le había hecho el libro Te debo esta canción. Alguna vez será. Por lo pronto, saberlo cerca me hizo llegar más rápido a La Habana que el vuelo de Cubana, y me dije, queriendo abrazarlo: ya estoy en mi patria literaria, otra vez.

 

Teresa Melo reconocida y querida poeta cubana. Nació y vive en Santiago de Cuba. Sus poemarios han sido distinguidos con importantes premios literarios.