Mi extraño y absurdo encuentro con agentes de seguridad en el aeropuerto de Miami

Ariel Dorfman

 

A fines del año pasado, el 27 de diciembre para ser más exacto y a las 11.31 de la mañana para ser aún más puntual, agentes de la Homeland Security, encargados de velar por la Seguridad de la Gran Patria Norteamericana, me detuvieron en el aeropuerto international de Miami y procedieron a sustraerme un discurso que debía presentar al día siguiente en Washington en una sesión plenaria de la MLA, Modern Language Association of America.

Aunque no siempre hay que creerles a los escritores.

Es verdad que yo mismo propalé esa versión de los hechos ante unos dos mil profesores universitarios de lengua y literatura que se habían congregado en el Foro Presidencial sobre “El rol del intelectual en el siglo XXI”, manifestándoles que, en vez de pronunciar mi conferencia, iba a narrar la prolongada conversación que sostuve con dos hombres amenazantes en una habitación sin ventanas.

Mi cuento era, por supuesto, un gigantesco embuste. A ese público le fui ofreciendo innumerables claves de que yo había armado esta burla como una manera de encarnar las contradicciones del intelectual en nuestros tiempos turbulentos. Hice referencias reiteradas a Borges y Nabokov, maestros de la delusión, adeptos del manuscrito apócrifo. Especulé acerca de si esos dos funcionarios no formarían parte de una división académica especial adentro de la Homeland Security, dedicada a desenmascarar estudiosos de la literatura con tendencias subversivas. A uno lo hice alto y gangoso, con anteojillos a lo Trotsky, exquisitamente al tanto de las últimas teorías sobre la posmodernidad, capaz de comentar socarronamente mi tesis central de que los intelectuales norteamericanos podían aprender de la lucha de los chilenos contra nuestra dictadura, como una manera de enfrentar la erosión de la libertad que se estaba dando en los Estados Unidos de hoy, mi certeza de que era necesario examinar las lecciones de ese “otro 11 de septiembre”, la fecha en que Allende fue derrocado en 1973. Empujé los ribetes absurdos del incidente, recontando cómo esos hombres me habían interrogado acerca de la posibilidad de que chilenos pudieran estar planeando, desde hace treinta años, una sangrienta revancha contra la CIA por su rol en la desestabilización del gobierno democrático de mi país. Toda mi historia constituía, de hecho, un ejercicio literario que se mofaba suavemente de mis propias pretensiones intelectuales, mi desafió a la concurrencia de que debíamos llegar más allá de los convencidos de siempre. Planes tan grandiosos y no era capaz siquiera de persuadir a esos dos testarudos agentes. Efectivamente, hice que uno de ellos, el más rollizo, el más vulgar, me diera un consejo:

–¿Sabe algo, profesor? –me preguntó–. Yo creo que ustedes, los del MLA, se toman su misión demasiado en serio. ¿Quiere que la gente lo entienda? Póngale un poquito de humor, profe, ¿qué le parece?

Y mi respuesta a mi propio personaje era ni más ni menos que este cuento, que todo el mundo comprendería como una tomadura de pelo, ¿no es cierto?

Descubrí casi de inmediato que algunos miembros del público, a diferencia de la gran mayoría, me estaban tomando, efectivamente, demasiado en serio. Un profesor se sorprendió de que los agentes no hubieran buscado mi nombre en Internet para cerciorarse de que era inofensivo. Otro quería saber si también me habían quitado la computadora. Académicos a los que no conocía se me arrimaban para expresar su indignación. Una ex estudiante me avisó que le había escrito una carta al Washington Post para protestar. Y esa misma tarde, en otra sesión literaria, una joven académica confesó que mi odisea le había colmado de miedo. ¿Si alguien como yo podía ser aprehendido así, qué les pasaría a tantos otros invisibles visitantes, gente como ella, cuando llegaban a este país?

Fue entonces que me di cuenta de qué manera mi relato ficticio evocaba resonancias profundas, fantasías angustiadas, en tantos colegas míos. Dudaba de que alguno de ellos fuera enviado a Guantánamo. Y cuando yo mismo le había manifestado a uno de mis agentes fraudulentos que su país estaba en vías de convertirse en un Estado policíaco, ¿acaso no había respondido con razón que yo tenía la rotunda libertad de ir a pregonar al MLA cuánta mentira se me ocurriera sin que nadie me metiera preso?

Y sin embargo estaba claro que mi narración había revelado la existencia de una inmensa paranoia. Si hombres y mujeres enteramente racionales, expertos en interpretación literaria y lecturas irónicas, consideraron que esa falacia mía era cierta, tenía que ser porque ellos mismos habían imaginado, una y otra y otra vez, esa misma posibilidad represiva. Ni uno de mis amigos, en esa convención literaria ni más tarde, tildó mi relato de absurdo. Cuando lamenté la ingenuidad de un público tan sofisticado, la respuesta fue unánime: el ingenuo era yo.

Tal vez tenían razón. Mi pesadilla era aterradoramente plausible en un país donde los ciudadanos pueden ser recluidos en forma indefinida sin cargo y funcionarios del gobierno pueden escuchar sin orden judicial las conversaciones telefónicas y el vicepresidente defiende el uso de la tortura en la lucha contra el terrorismo y el presidente miente descaradamente para invadir otra nación soberana. Existen en la dura realidad cotidiana norteamericana y, de hecho, en muchas otras zonas del mundo, esas habitaciones sin ventanas donde agentes maltratan a seres inocentes e indefensos.

La triste verdad de mi historia es que emerge del pantano de terror y violencia en que vivimos a partir del 11 de septiembre del 2001, a partir del uso que Bush y sus fanáticos seguidores le han dado a esa catástrofe. Antes de esa fecha, no se me habría ocurrido concebir una tal invención, simplemente porque muy pocos norteamericanos habrían comprendido de qué demonios estaba hablando.

Y una verdad más triste aún es que puedo alucinar un epílogo a mi cuento.

Los Estados Unidos recibe un ataque terrorista más letal y más devastador que el anterior, un asalto en que mueren centenares de miles de hombres y mujeres y niños.

Y ese día, ¿quién puede asegurarme de que no vendrán a verme dos hombres, uno alto y con anteojos a lo Trotsky, el otro más rollizo y vulgar?

Puedo ver la escena como si estuviera verificándose ahora mismo frente a mis ojos.

Ellos me preguntarán si recuerdo haber pregonado mentiras acerca de su lucha contra el terrorismo. Y enseguida exigirán que los acompañe, sólo por unas horas, dirán, sólo para unas preguntas de rutina.

¿Acaso este desenlace de mi verdadera crónica falsa es tan inverosímil, tan imposiblemente remoto?

 

* El último libro de Ariel Dorfman es Memorias del Desierto.

Tomado de Cubadebate