Grandes lecciones

18 de agosto del 2006

 

 

 

La Habana.-  Mucho ha vivido el pueblo cubano durante esta primera quincena del mes de agosto.  La gravedad de Fidel ha hecho a los cubanos y cubanas que mayoritariamente son verdaderamente revolucionarios mucho más conscientes de sus responsabilidades para que la Nación pueda seguir defendiendo, desarrollando y profundizando su proceso revolucionario.

 

Durante estos soberbios últimos 53 años se ha tenido la grandeza de contar con la capacidad, tenacidad y ejemplo del dirigente máximo de la Revolución al frente de este proceso.  Su gravedad ha demostrado a todos, aún cuando Fidel se recupere –aún si volviera a asumir todas sus funciones como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, como primer secretario del partido y como Comandante en Jefe—que su edad, a pesar de lo robusto de su excepcional organismo, le podría imposibilitar asumir la conducción de los asuntos de gobierno como lo venía haciendo hasta el 31 de julio pasado.

 

No es que hasta esa fecha Fidel decidiera todo lo que se relacionara con la gobernabilidad de la república, como piensan los incautos y los enemigos. Cuba hace largos años es gobernada de manera colectiva, de manera compartida, por una muy capacitada dirigencia revolucionaria en la que coinciden varias generaciones. Aunque Fidel siempre sí ha tratado de estar al tanto de lo más posible, acaso ahora, por sus años, de demasiado.

 

Quizás una de las consecuencias –bienvenida lección- más importantes de esta crisis en la salud del presidente cubano sea que en el futuro limite esa supervisión de tantos asuntos importantes y, en vez, se concentre en menos de ellos, para que así su salud se resienta menos y de esa manera pueda seguir siendo él de más utilidad, por su sabiduría y sagacidad, a las causas de Cuba y a las de los demás procesos libertarios en el resto del mundo.

 

A mi entender, otras de las grandes lecciones de esta crisis en la salud de Fidel al cumplir sus 80 años de vida, es ahora saber en la práctica –diferente de lo que antes se suponía, aún con la mayor certeza posible— que el pueblo revolucionario cubano y su dirigencia, forjados todos durante las últimas cinco décadas de bregar revolucionario, están plenamente capacitados y comprometidos en continuar desarrollando ese grandioso proceso de vida mejor, con dignidad y equidad, que es la Revolución.

 

Además, las instituciones de la República revolucionaria también han demostrado estar profundamente arraigadas y ser eficaces y poderosísimas.

 

Ser testigo de ese logro da profunda satisfacción.  Demuestra al pueblo cubano mismo y al resto del mundo su ancestral inteligencia, astucia, prudencia y disciplina, acompañados de su fervor revolucionario.

 

Desde el 31 de julio pasado al presente en esta Isla no ha habido quien se organizara, actuara o se manifestara en contra de los derechos e intereses fundamentales de la nación cubana.  No han sido las Fuerzas Armadas, ni las del Ministerio del Interior los garantes primordiales de esos derechos e intereses fundacionales –aunque obviamente es de suponer que éstas de manera cabal han cumplido, como seguirán cumpliendo de la misma manera, con sus responsabilidades—ha sido el pueblo mismo el primordial garante de esos derechos e intereses.

 

No es que ha habido actos de violencia contrarrevolucionaria. He estado en Cuba, por razones profesionales, por las últimas cuatro semanas y aquí no ha ocurrido nada de eso. Aquí lo que sí ha ocurrido, repito, es que la inmensa mayoría del pueblo cubano, aún aquellos menos politizados, han cerrado filas en defensa de los intereses fundamentales de la Nación.

 

No es que la sociedad cubana esté cerrada al cambio.  Al contrario. Como siempre he mantenido, por ser verdaderamente revolucionaria, esta sociedad es eminentemente mejorable y renovadora.

 

En Cuba lo que no va a ocurrir nunca es un salto hacia el pasado, hacia el mal, hacia los valores infernales que son consubstanciales con los enemigos ancestrales de la nación cubana; un salto hacia aquellos valores terribles a los que sus enemigos la tuvieron sujeta hasta Enero de 1959.

 

Ha quedado también demostrado durante estos días que este pueblo entrañablemente quiere, admira y respeta a Fidel.  Vuelve a ser evidente a amigos y a enemigos que este es un pueblo intensamente fidelista.  Y que esa condición se ha encarnado y desarrollado en valores que rebasan, para plena satisfacción de todos, especialmente la de él, a Fidel mismo. ¿Cómo no va a ser así después de todo de que, como Maestro, nos ha enseñado?

 

Sobre este aspecto fundamental de Fidel, recientemente escribió el querido teólogo brasileño, Frei Betto: “qué podemos decir de un hombre que, como Fidel, liberó a todo un pueblo, no sólo del hambre, sino también del analfabetismo, de la mendacidad, de la criminalidad y de la sumisión al imperio?”.  fin