Perreros de La Habana

Doctor Walfrido López

 

 

La Habana, como todo conglomerado humano tiene sus curiosidades. Cosas que no se repiten en otra ciudad. Basta recordar que hasta hace pocos años, era la única ciudad donde un tren se detenía para dar paso a un avión en plena pista.

 

Y como la riqueza del anecdotario de una urbe la alimenta el diario vivir de sus hombres y mujeres, reflexiono para los  amigos lectores en torno a un grupo de habaneros, hombres y mujeres que aman toda manifestación viviente; la humana y la irracional.  Amigos lectores: me refiero a los perreros de La Habana, una suerte de cofradía cuya acción diaria esta matizada por la ayuda a un animal en apuros.

 

No temo exagerar al decir que los perros callejeros o desvalidos  de esta ciudad gozan de un privilegio de gran valía  al contar con la ayuda de este grupo de personas.

 

Lo de perrero o perrera es ajeno al término peyorativo que en otros tiempos sugería el vocablo, cuando adjetivaba duramente una pelea, un escándalo público o privado.

 

La escritora  Évora Tamayo, perrera confesa, los definió hace más de 20 años: “Lo de perrera es el sentido más noble del término, como lo significan los habitantes de la ciudad al referirse a ese tipo de persona que hace de su perro y de todos los perros un depositario de sus afectos”.

 

Para quienes hemos vivido inmersos en el mundo extraordinario del hombre, su perro y el veterinario, nos permite asegurar dos cosas. La primera, los veterinarios conocemos al perrero de La Habana más allá de lo narrativo; la segunda: me falta mucho por saber.

 

El anecdotario de cualquier veterinario de esta villa de San Cristóbal de La Habana está cargado de apuntes.  Allá va uno: Acude a la consulta una de esas jóvenes habaneras que uno no sabe distinguir si es una flor que se convirtió en mujer o una mujer que se está convirtiendo en flor. Traía entre sus manos un perrito atropellado por un auto. Al examen médico se diagnosticó en su muslo una fractura donde el hueso había resultado triturado, hecho añicos, quedando la amputación como única alternativa para continuar con vida.

 

El profesional explicó a la joven esta  situación de salud y aceptó su compromiso de llevar el animal a casa y cuidarle, exigencia que los veterinarios de esta ciudad casi siempre logramos.

En los días siguientes pudieron verse muchas veces cuando asistía a las curas y aplicación de antibióticos y en apenas una semana, ya el animal estaba en pie de lucha, caminando --¡corriendo!-- ahora con solo tres extremidades.

 

Pasados 2 ó 3 años, el perrito regresó a la consulta por otros asuntos de salud, pero lo reconoció de inmediato. Lo traía un matrimonio de cincuentones que eran los padres de la muchacha. Fue por boca de ellos que pudo saber datos de esta historia: La chica salía del trabajo cuando encontró al perrito accidentado en medio de la calle, sin nunca antes haberlo visto. Sin pensarlo, lo condujo a la clínica de Carlos III e Infanta, por ese entonces, la única institución oficial dedicada a la atención de la fauna hogareña.

 

Pagó los gastos médicos... con su primer salario, acto que la consagra como  perrera de primera.  Claro, que el perro fue aceptado de buena gana en el hogar por sus padres... también  perreros.

 

En muchas ocasiones el perrero no es poseedor de un perro. Razones que van desde la intolerancia de los restantes miembros de la familia o una vida desordenada de viajes a provincias o muy ligadas a una labor absorbente de tiempo, le impiden disfrutar de la compañía de un can.

 

Entonces el perrero deposita su afecto en el perro de un amigo, un vecino o un chucho que  vive en el camino al trabajo o en el propio centro de trabajo. Y guarda su mejor sonrisa y un bocadillo para cuando puede estar frente al falderillo por unos minutos; es el que acude al veterinario o las tiendas para perros y compra antiparasitarios, vitaminas o juguetes destinados a  perro ajeno, sin miedo al proverbio medieval de “Quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro”.

El perrero de La Habana no tiene nivel cultural y económico definidos. Se puede mover en la vida holgada o en la penuria de unos pocos pesos para el diario vivir; tener un hablar atropellado o la dicción hermosa de un catedrático de la Facultad de Artes y Letras de la universidad capitalina; todos tienen un rasgo común: admiran la vida; la propia y la ajena; la humana y la irracional.

La gente que vive de la risa ajena, entiéndase, humoristas, caricaturistas, artistas cómicos y otras afines, son perreros. Perreros son los colectivos de Alegrías de Sobremesa, del Semanario Palante y del Teatro Musical.

 

Son  perreros también los chóferes de ómnibus que violan la absurda disposición que prohíbe montar con perros en el transporte urbano; perreras confesas son las integrantes del Ballet Nacional de Cuba y la genial Alicia Alonso, su más fiel exponente, por cierto, hija de veterinario.

 

Perreros son lo microbrigadistas, esa enorme masa de trabajadores que trasforma la ciudad.  Perreros, a tal punto, que resulta imposible encontrar uno de estos colectivos sin uno o varios ladradores  a su tutela, las más de veces, un vagabundo que se acercó en busca de protección.

 

Hay nombres de hombres y mujeres ya mitológicos en todas las barriadas de esta capital; desde La Habana del Este hasta La Lisa; desde Miramar Hasta San Miguel del Padrón y El Cotorro, por su diario comportamiento de protección a la vida animal y por sus enfrentamientos a los recogedores de perros –que también llaman perrero-, esos trabajadores cuya función social de capturar canes vagabundos es muy importante a la sociedad y cuyos enfrentamientos, casi diarios, con los otros perreros, sería un buen tema para otra crónica de Perros de La Habana. //

 

 

 

Walfrido López es Doctor en Medicina Veterinaria.  Ejerce su profesión como Especialista desde hace 20 años en la Clínica de Animales Afectivos de La Habana. Escribe desde hace muchos años en la revista Bohemia una columna sobre mascotas. Es autor del libro Con mi veterinario.  Es un honor y un placer publicar su contribución a nuestra revista.