Cesarismo y Revolución

 

 

Raúl Roa García

                                                             Universidad del Aire, 23 de marzo de 1952

 

 

 

No resulta fácil, en el espacio de que dispongo, desarrollar el tema que se me ha confiado. Me limitaré, pues, a trazar un rápido esbozo del tormentoso proceso que condujo a la caída del machadato y a subrayar protagonistas, hechos, posiciones e idearios.

Cesarismo y despotismo han solido ser términos equivalentes en el lenguaje político desde el siglo pasado. Ya Hegel advirtió entonces que la analogía era teórica y factualmente falsa. Una interpretación tendenciosa ―nutrida en la óptica acomodaticia de Marco Tulio Cicerón― es la responsable del extravío. La historiografía moderna ha reivindicado, plenamente, la figura de Julio César. El cesarismo de Machado ―empleando ya la comprometedora terminología― es un cesarismo de pacotilla.

En los albores de su campaña presidencial, Gerardo Machado tuvo el atrevimiento de visitar a Manuel Sanguily, pretendiendo recabar su adhesión y concurso. La breve y tajante entrevista finalizó de esta guisa:

 

― ¿Reformar la Constitución? ¿Cómo puede saberse si es buena o mala cuando jamás se ha cumplido y siempre se ha violado? No. La Constitución de 1901 es virgen y mártir. Cumplirla y no reformarla: he ahí su deber.

 

   Y, volviéndose a los que le rodeaban, lanzó esta trágica profecía:

 

   ―Si este hombre llega a ser presidente, ensangrienta la Isla.

 

Gerardo Machado asumió la presidencia de la república el 20 de mayo de 1925. Venía a "regenerar el país y a dotarlo de agua, caminos y escuelas". Jamás canto de sirena alguno suscitó más ingenua y ferviente acogida. Machado juraba no ir a la reelección, suprimir la Enmienda Platt, no contratar empréstitos extranjeros, concertar un nuevo tratado comercial con Estados Unidos, moralizar la administración, reformar el poder judicial, renovar la enseñanza primaria, respetar la autonomía universitaria, mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, establecer juntas de arbitraje para resolver las huelgas, suprimir la lotería nacional, atender la salubridad pública, robustecer las instituciones democráticas y convertir a Cuba en la Suiza de América. Nada más. Nada menos. Adviértase, sin embargo, que dejaba de lado la diversificación de cultivos, el rescate de la tierra, la banca nacional y el fomento de la industria nativa. Sierva de Wall Street, solo dejaría de serlo al caer en desgracia, como gastado instrumento.

 

Merece, en verdad, señalarse. Ni por su patriotismo postizo, ni por su turbia ejecutoria política, ni por su temperamento despótico, ni por su montaraz ignorancia, ni por su vanidad patológica, debió Machado obtener la confianza del electorado cubano. No se paró mientes siquiera en los medios espurios que empleó para suplantar a Carlos Mendieta en la postulación liberal. Ni apenas caso se hizo de las trescientas colecturías, de las tres Secretarías y de los cuatro escaños en el Senado que, a cambio de su apoyo, Machado pactara con Alfredo Zayas. El endiosamiento, el cipayismo y la guataquería iban a encontrar propicio caldo de cultivo en el rudimentario desarrollo de la conciencia pública. La insólita glorificación de Machado fue la transferencia inconsciente de un agudo complejo de inferioridad colectivo.

Si alguien supo a dónde enfilaba la proa y lo que quería, fue Gerardo Machado. "Ninguna huelga durará más de un cuarto de hora" ―había afirmado en Nueva York ante un auditorio de banqueros y politicians. "Es necesario que el ejér­cito sepa ―dijo en un banquete que le ofrecieran las fuerzas armadas- que es la institución que más quiero; muchos jefes y oficiales serán ocupados por mí, para encauzar, por caminos de orden y disciplina, los distintos departamentos y servicios de la administración pública". Y, con Clemente Vázquez Bello y Wifredo Fernández, trama ya, mediante la supeditación del Congreso y de los partidos políticos, la reforma constitucional y la prórroga de poderes. Carlos Miguel de Céspedes quedaría encargado de urdir los financiamientos y de llevar adelante, como contrapartida del gigantesco chanchullo, el capitolio, la carretera central y el ensanche y embellecimiento de La Habana. Los números de circo se confían a Rogerio Zayas Bazán. Se perseguiría a los souteneurs, rameras, boliteros y cacos de subalternas agallas; pero la lotería, la ruleta y la prostitución de alcurnia, procurarían solaz y fortuna a sus conmilitones y esbirros. Y, a la férrea centralización de poderes, al control de botellas y garrafones y a la adjudicación de las subastas y contratos para suministros a testaferros y allegados, se le denominaría, pomposamente, honradez administrativa. Eso era, en junto, su verdadero programa.

Tópico preferente de Machado con sus íntimos eran las condiciones caóticas en que recogía la administración y la atmósfera de libertinaje imperante en el país. En cierta ocasión, alguien aludió a la insubordinación de estudiantes, periodistas y obreros. "El soborno ―riposta― es un arma irresistible". "No olvide, general ―arguyó su interlocutor―, que entre ellos puede haber líderes sobornables; pero los hay también irreductibles". "A esos ―repuso ya descompuesto― los desaparezco".

 

Machado cumpliría su amenaza al pie de la letra. La supresión física de estudiantes, periodistas y obreros infunde a su régimen el torvo perfil de la "mayordomía espantada de Veintimilla" o de la "hacienda sangrienta de Rosas". Antes que él, ya otros habían apelado al abominable expediente del asesinato político. Solo, a partir de él, se instaura el terror como esencia del poder. La antinomia amigo-enemigo es la clave de su sadismo político. Es indiscutible que el cero punto y fracción de centavo que alcanzó el precio del azúcar fue el principal combustible del movimiento revolucionario. Pero, más allá de eso, queda la predisposición de Machado para el ejercicio del crimen, su conciencia atrofiada, su paranoia incurable, su voracidad incoercible, su sensualidad senil, su espíritu crapuloso. Si alguien puede personificar en nuestra América el concepto patrimonial del poder, es Gerardo Machado. No le aventajaron en el uso, abuso y disfrute de aquél, ni Porfirio Díaz, ni Manuel Estrada Cabrera, ni Juan Vicente Gómez. Le sobrepasó, únicamente, Rafael Leónidas Trujillo, lepra de América y náusea del mundo. Tirano Banderas encarna en Gerardo Machado.

 

No tardaría mucho la "regeneración" en enseñar sus colmillos. Cae, alevosamente escopeteado, el comandante Armando André, director del periódico El Día. Las guásimas de Ciego de Ávila se enraciman súbitamente de isleños. Se clausuran periódicos, se militariza la segunda enseñanza, se yugulan las huelgas. Un denso silencio enrarece la atmósfera. Solo se escucha el humillante corear de los lacayos y el bronco alborozo del matarife enfatuado. De repente, se alza, viril y pujante, un grito de protesta que saca de su embaucamiento a las masas. Viene, en oleadas de fuego, del Patio de los Laureles. La juventud universitaria, con Julio Antonio Mella a la cabeza, denuncia los crímenes y desmanes de Machado. Esa propia tarde Mella es detenido y se declara en huelga de alimentos. La movilización popular logra al cabo su excarcelación. Pero al ser liberado, Mella se vio obligado a abandonar el país; desde lejos, su verbo candente seguiría castigando, sin tregua, a la tiranía. Machado aprovechó la coyuntura y disolvió la Federación de Estudiantes y la Asamblea Universitaria, liquidando así las conquistas fundamentales de la revolución universitaria de 1923.

 

La "regeneración" había ganado su primera batalla y Se aprestaba a llevar adelante el plan concebido. No podían ser más propicias las circunstancias. La disconformidad estudiantil parecía estar definitivamente aplastada. El movimiento obrero, destruido y amilanado. Una parte de la prensa, vendida; la otra, amordazada. Solo se atrevían a desafiar el soborno y el plomo Bohemia, La Semana, Karikato y Carteles. Los financiamientos en marcha, la "paz social" garantizada, sometido el colonato, la guajirada empavorecida, el salario a ras del suelo, el negro inferiorizado, resurrecto el garrote, la factoría a todo tren. Ejecutivo y Congreso en abyecto maridaje. Las fuerzas armadas ahítas de mercedes, privilegios y honores. El azúcar estaba aún a buen precio. Las recaudaciones eran altas. La camarilla palaciega se enriquecía impunemente. Se iniciaba ya la construcción de la carretera central. El gobierno de Washington y la banca norteamericana palmoteaban de júbilo.

 

Ningún escenario más apropiado para montar la tragicomedia de la "regeneración" degenerada. El 29 de marzo de 1927 la Cámara de Representantes aprobaba la reforma constitucional y la prórroga de poderes. Se alzaba el telón entre los aplausos de los paniaguados y el clamor servil de los guatacas. Los periódicos, en su casi totalidad, sahumaban incienso en loor del Egregio.

Horas más tarde, un formidable vocerío sacudía de nuevo la colina universitaria. Los estudiantes acuerdan entregarle su protesta a Enrique José Varona. La manifestación fue agredida por la policía y asaltado el domicilio del viejo maestro. Se constituye el Directorio Estudiantil Universitario contra la prórroga de poderes. "Esta juventud ―advertirá un manifiesto― ni se vende ni claudica". Prolifera la agitación en toda la Isla. El Senado aprueba la prórroga. La Universidad es clausurada y militarmente ocupada. Centenares de estudiantes son expulsados por orden de Machado.

 

Pero la prórroga de dos años no podía contener el apetito de mandato de Gerardo Machado. La Convención Constitu­yente, elegida de dedo y presidida por Antonio Sánchez Bustamante, se encargaría de satisfacerlo. Violando la Constitución, suprimió la prórroga de poderes y facultó a Machado para reelegirse por un período de seis años. Fue un verdadero golpe de estado. A partir de ese instante, se gobierna manu militari.

 

No pudo ser más indigna la posición de Cuba en la Sexta Conferencia Panamericana. Machado se prosternó a los pies de Calvin Coolidge, loando la intervención y el imperialisrmo. Días antes, dos obreros habían sido detenidos y arrojados a los tiburones. Análoga suerte corrió el exilado venezolano Francisco Laguado Jaime. Días después, desaparecen dos aviadores y son victimados Bartolomé Sagaró y el coronel Blas Masó. Y un año más tarde caería, en la capital de México, en una emboscada tendida por Machado y el impe­rialismo, Julio Antonio Mella. El Asno con Garras se transformará en el Asesino sin Fronteras.

 

El crack bancario de 1929, la tarifa azucarera Hawley­Smooth y la crisis económica mundial en ascenso, se traducen en Cuba, por obra del despilfarro, del saqueo del tesoro público y de la falaz política arancelaria del gobierno, en una vertical caída del poder adquisitivo del pueblo, de los ingresos fiscales, de las utilidades y de los salarios. El fantasma del hambre ronda ya la mayoría de los hogares cubanos. La bancarrota del estado se hará pronto visible. En cuatro años y medio, se han dispendiado, en el faraónico plan de obras públicas, doscientos millones de pesos.

 

Machado había dicho que no toleraría una huelga más de quince minutos. El 30 de marzo de 1929 se paraliza nacionalmente el trabajo. Cunde la rebeldía y la protesta. La Universidad es una hoguera. Un pequeño grupo de estudiantes revolucionarios ha logrado madurar una conciencia colectiva dispuesta a presentarle batalla a la tiranía y al imperialismo. La lucha se inicia el 30 de septiembre de 1930 bajo el comando del Directorio Estudiantil Universitario. Rafael Trejo había afirmado, premonitoriamente, la víspera: "Aquí hace falta una víctima". Y tras de su juventud tronchada, fundida ya la sangre estudiantil y la obrera, se pondría en marcha el pueblo entero. Se reanudaba, a la altura del tiempo, la inconclusa revolución de 1895.

 

No es posible referir las incidencias, peripecias, azares Y vicisitudes de aquella etapa epopéyica. La Isla se inflama. Se abarrotan las cárceles. Muchachas en primavera pelean como hombres. Tánganas y papelitos. La insurrección de los caudillos naufraga en Río Verde. La "porra" desnuda mujeres, atropella ancianos, mancilla hogares. El gesto impar de Peraza, la inverosímil resistencia de Arturo del Pino en Luyanó y la fabulosa proeza de los expedicionarios de Gibara iluminan el desastre y renuevan la fe. Surge la organización secreta ABC, vanguardia del nacional-reformismo. Segados, en implacable vendimia, centenares de mozos se truecan en mártires. Al terror oficial se opone el terror revolucionario. El Partido Comunista organiza huelgas y demostraciones de calle. Bombas y papelitos. Atarés prefigura los cuarteles de la Gestapo. Nunca presenció nuestro pueblo más espantoso desfile de crímenes. La repelente y sanguinaria figura de Arsenio Ortiz simboliza la sevicia del régimen. Es el bestiario y la selva. La Universidad del Aire, dirigida por Jorge Mañach, es el único foco de luz en la enconada tiniebla.

 

El ascenso de Franklyn Delano Roosevelt a la presidencia sella el destino de Gerardo Machado. Ya había sonado la hora de tirar por la borda, como un estropajo roto, al fiel perro de presa de Wall Street. Y la hora también de iniciar la política del garrote tras el guante de seda. Su enviado especial, Sumner Welles, trae un propósito definido y la táctica correspondiente: sustituir "constitucionalmente" a Machado, sin alterar la estructura colonial de la república. No otra es la finalidad recóndita de la "mediación". La aceptan el ABC, los nacionalistas, la OCRR, la mayoría del claustro universitario, el sector acaudillado por Miguel Mariano Gómez, los conservadores ortodoxos y las mujeres  posicionistas. La combaten el Directorio Estudiantil Universitario, la CNOC, el Partido Comunista, la Unión Radical de Mujeres, la Oposición Trotskista, el Ala Izquierda Estudiantil y el APRA. Y se yerguen contra ella, rifle en mano, Antonio Guiteras y Blas Hernández.

 

Las últimas horas del machadato se desenvuelven con ritmo cinematográfico. Surge, inesperadamente, una huelga de ómnibus. Crece y avanza como una torrentera de fuego y arrastra a todas las clases sociales. Disloca a la "mediación" y acaba por devorada. La brutal masacre del 7 de agosto la vigoriza y compacta. Obliga al ABC a presentale un ultimátum a Welles y este excita al ejército. El ejército se subleva y Machado se fuga. Pero la revolución popular ha sido 'interferida y Cuba continúa "debiéndole favores" a quien siempre tan caros se los ha cobrado. Mientras en la calle la muchedumbre da escape a su rencor reprimido, empieza ya a despuntar la alborada del 10 de septiembre. Aún Guiteras permanece sublevado en los breñales de Oriente.

 

Conviene puntualizarlo. El movimiento revolucionario contra el machadato se origina y desenvuelve en una coyuntura universal de mutaciones más hondas, complejas y vastas que las que caracterizaron el tras monto del imperio romano y e advenimiento de la modernidad. No es ajena a las ilusiones, agonías y conflictos de la época y forma parte de la pugna descomunal entre un mundo que nace y un mundo que muere. Pero su razón de ser y su pergeño responden a los requerimientos específicos de la dinámica histórica en un país sin economía nacional, reducido socialmente a la servidumbre, sin tradición de gobierno, propio, políticamente desencantado y espiritualmente deprimido. En otras palabras: el carácter, contenido, alcance, estilo y trayectoria de la revolución vienen condicionados por las peculiaridades inherentes a nuestro devenir en el desarrollo general de la historia.

 

De ahí que su aspiración cardinal haya sido ―excepción hecha de la corriente restauracionista y los intereses extranjeros que la apoyan― darle a Cuba su plenitud de nación. Si existen concepciones políticas y sociales inconciliables en algunos casos, o divergencias profundas en otros, no es menos cierto que el denominador común del proceso es reformar las bases de sus tentación de la sociedad, el estado, la economía y la cultura en beneficio del pueblo y sustituir las tradicionales relaciones de subordinación política, económica y financiera a Estados Unidos por una efectiva convivencia fundada en el respeto a nuestra soberanía, en la reciprocidad verdadera y en el desarrollo independiente de la vida cubana. La Constitución de 1940 ―hoy hecha trizas por la violencia desmandada― plasmaría, en normas jurídicas, los anhelos y necesidades más urgentes del movimiento revolucionario, sin haber constituido nunca la meta de éste.

 

No importa que, por el momento, los signos parezcan adversos. La historia demuestra que ninguna revolución es inútil, que ninguna revolución se pierde enteramente, que toda revolución destruye, cambia, edifica y fecunda, que toda revolución derrotada vuelve siempre por sus fueros. "Cuando un pueblo entra en revolución ―sentenció José Martí― no sale de ella hasta que la corona". Cuba entró en revolución el 30 de septiembre de 1930. De la tumba de los caídos por infundirle cuerpo y espíritu, brota ahora, como himno de vida, este fulgurante apotegma de Enrique José Varona: "Resistir y esperar".