Reflexiones críticas a propósito del último informe de la OIT

Mujer/Trabajo: Detrás del empobrecimiento, la sobreexplotación y las relaciones sociales de sexos

 

Charles-André Udry

 

 

El 7 de marzo, 2007,  la OIT (Oficina Internacional del Trabajo), publicaba su nuevo informe sobre “Las tendencias mundiales del empleo de las mujeres”, con ocasión del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. (1) Constata que las mujeres que trabajan son más numerosas que nunca, pero que disparidades de situación, de seguridad en el empleo, de salarios y de educación entre hombres y mujeres contribuyen a la “feminización de la pobreza entre los trabajadores”.

Según el estudio publicado, el número de mujeres presentes en el mercado de trabajo –titulares de un empleo o en búsqueda activa de uno- alcanza niveles desconocidos. En 2006, la OIT ha estimado que las mujeres representaban “1,2 millardos [un millardo equivale a mil millones] de los 2,9 millardos de trabajadores en el mundo”.

Sin embargo, cada vez más mujeres están en el desempleo (81,8 millones), según el mismo estudio. Que añade: “Cada vez más (mujeres) están confinadas a empleos poco productivos del sector de la agricultura y de los servicios, o también están menos remuneradas que los hombres por puestos de trabajo comparables”.

La OIT añade que la proporción de las mujeres en edad de trabajar que disponen de un empleo, o que buscan uno, ha dejado de aumentar y declina incluso en ciertas regiones, en parte “debido a un mayor número de mujeres jóvenes que se dedican a estudiar más que a buscar trabajo”. ¿Y tras los “estudios”?. ¿Y qué tipo de "estudios"?. En cuanto a las cifras sobre el paro, parecen más que discutibles...

El director de la OIT, Juan Somalia, (de nacionalidad chilena, ha accedido a sus funciones en 1999 y su mandato ha sido renovado en marzo de 2003 por una duración de 5 años), declara en la presentación de este informe: “A pesar de algunos progresos, demasiadas mujeres están aún bloqueadas en trabajos poco remunerados, a menudo en la economía informal, sin casi protección jurídica, poco o nada de protección social y una muy fuerte precariedad”.

Añade: “Promover el trabajo decente como instrumento fundamental del combate mundial por la igualdad entre hombres y mujeres es un trabajo a largo plazo que permitirá aumentar las remuneraciones y desarrollar las oportunidades de empleo para las mujeres y sacar a las familias de la pobreza”.

El informe indica sus buenas intenciones y las de la OIT: “Se (¿quién?) debe dar a las mujeres la posibilidad de trabajar para salir, ellas y su familia, de la pobreza creando oportunidades de empleos decentes que les permitirán ejercer una actividad productiva y remuneradora en condiciones de libertad, de seguridad y de dignidad humana. En caso contrario, el proceso de feminización
de la pobreza entre los trabajadores proseguirá y se transmitirá a la próxima generación”.

El informe señala también que, hoy, más mujeres en edad de trabajar ocupan un empleo asalariado (47,9%) que hace diez años (42,9%).

Con una sofisticación socio-económica muy particular, el informe pone de relieve que “cuanto más pobre es una región, más riesgo corren las mujeres, más que los hombres, de ocupar empleos familiares no remunerados o de trabajar por su cuenta por pequeños ingresos”.

Luego, haciendo coexistir un deseo y una constatación, la OIT revela toda la ambigüedad de este tipo de informe y, más generalmente, de sus estudios: “Acceder a un empleo asalariado y remunerado es una etapa esencial hacia la libertad y la autodeterminación para numerosas mujeres. Sin embargo, en los países más pobres la proporción de mujeres que se desempeñan como trabajadoras familiares auxiliares es mucho más elevada que la de los hombres, y tienen menores oportunidades de convertirse en trabajadoras remuneradas y asalariadas. En África Subsahariana y en Asia Sudoriental, cuatro de cada 10 son clasificadas como trabajadoras familiares auxiliares, en comparación con dos de cada 10 hombres. En Asia Meridional las proporciones son de seis de cada 10 mujeres trabajadoras y nuevamente dos de cada 10 hombres, mientras que en Medio Oriente y África del Norte es de tres de cada 10 mujeres y uno de cada 10 hombres”.

El resumen del informe subraya que: “En las últimas “Tendencias mundiales del empleo de las mujeres (2004)”, se estimaba que al menos 60 % de los trabajadores pobres en el mundo que, a pesar de tener un empleo, no ganan suficientemente para ponerse, ellas y su familia, por encima del umbral de 1 dólar por persona y por día, eran mujeres”. Según el estudio actual de la OIT: “No hay razón para creer que esta situación ha evolucionado considerablemente”.

Detrás del empobrecimiento, la sobreexplotación y las relaciones sociales de sexos

Todas estas constataciones del estudio de la OIT son cuidadosamente separadas de dos procesos.

- El primero: La desestabilización de la situación esencial de los/as asalariados/as a escala mundial. Esto bajo los golpes de la puesta en competencia de los trabajadores y trabajadoras, casi en tiempo real y en un mercado mundial de trabajo cada vez más efectivo y sobre el que pesa con todo su peso un ejército de reserva mundializado (el desempleo en todos sus grados), cuyas componentes son explotados, sometidos, esclavizables (y asesinables) a discreción.

Esta puesta en competencia se opera por procedimientos (a menudo complementarios) como: las deslocalizaciones, la puesta en competencia organizada en el interior por las sociedades transnacionales; el empleo masivo de una mano de obra sin derechos -3 millones en Italia según el último estudio de la CGIL (Il Manifesto, 6 de marzo de 2007), de ellos 500.000 inmigrantes; la subcontratación en cascada; los retrocesos de la “protección legal”, dicho de otra forma la nivelación por abajo del “derecho del trabajo” que, en sustancia, fué producto de las conquistas directas o indirectas de las luchas de los asalariados/as; por la multiplicación de los estatutos, que llega hasta a la vuelta del trabajo por jornada, incluso en los países europeos; el lugar adquirido por las firmas de trabajo temporal en el mercado de trabajo (desde Adecco, Manpower hasta las oficinas que están al borde de la ilegalidad más absoluta); la crisis del “mundo agrícola” que conduce a la expulsión de centenares de miles de personas de sus pequeñas propiedades agrícolas o de su empleo (en este sentido, el auge del bioetanol –bajo el impulso de las firmas occidentales y del agrobusiness –ilustra uno de los mecanismos que golpean a las familias campesinas de los países de la periferia).

Las figuras sociales de estos trabajadores y trabajadoras pueden declinarse sin fin y trágicamente: la del obrero de la construcción chino –concurrente del bengalí- que construye un palacio en los Emiratos Unidos o en Arabia Saudita; la de la mujer que proviene de las Filipinas y sirve de mano de obra semiesclava en una familia de Beirut; la de la “dependienta” de un bar especializado de Zurich, que viene de Moldavia; sin nombrar a las “limpiadoras portuguesas” que aseguran en las oficinas y las familias respetables que la “limpieza helvética” sea perenne y que efectúan esta tarea tras haber trabajado ya toda la jornada.

- El segundo: en una economía mundial fuertemente jerarquizada, – es decir en la que los países imperialistas y en transición hacia economías dominantes (como Corea del Sur) dictan las “reglas del juego” y extraen directa o indirectamente recursos importantes de los países de la “periferia”–, la situación de las mujeres trabajadoras (pues todas lo son, incluso si no son asalariadas) adquiere configuraciones que ponen más visiblemente de relieve su pobreza.

En última instancia, esta pauperización no es sino la expresión fenomenológica (y engañosa) de su sobreexplotación y de su opresión. Una sobreexplotación que es, de hecho, camuflada por el término de “empobrecimiento mayor de las mujeres, entre otras monoparentales”.

Dos ejemplos. Una mujer que vende buñuelos en una carretera en Bolivia, en México o en otra parte participa de un proceso de reproducción de la fuerza de trabajo cuyo precio ha alcanzado el mínimo físico. Este mínimo fisiológico, de forma artificiosa y reificada, está representado por la referencia del Banco Mundial a un dólar por día para fijar el “límite” de la indigencia y a dos dólares para el de la pobreza....

Aclaremos. El trabajador (masculino) que va a comprar este buñuelo, al precio más bajo, va a poder “alimentarse” (sobrevivir) y a partir de ahí buscar un trabajo de jornalero o precario, pero más “regular”, que le permitirá subsistir y hacer vegetar a su “familia”.

La mujer que ha producido ese buñuelo ha movilizado a menudo a su hija para ayudarle, de ahí una desescolarización precoz o parcial de una parte de las niñas. Esta movilización de la hija se inscribe en el lugar del “trabajo doméstico” que supone una especie de disponibilidad del tiempo de las mujeres al servicio de la familia (con marido o monoparental).

La hija o la hermana puede también fabricar y vender buñuelos, bajando su precio de venta al máximo (consiguientemente el valor de su fuerza de trabajo) a fin de encontrar un comprador o compradora, en un mercado en tensión. El comprador es un o una asalariada precarizado/a. Estas mujeres (adultas, adolescentes o niñas) efectúan este trabajo para “completar” una renta muy débil de una hermana o de una madre que, por su parte, está “confinada” (según el término de la OIT) a un trabajo subpagado, por tanto que sufre una sobreexplotación evidente, puesto que no le permite reproducir su fuerza de trabajo para ella y su progenitura.

Igual que estas relaciones sociales de explotación que se articulan con las relaciones sociales de sexo (la asignación a toda la gama de los trabajos domésticos, en y fuera del hogar), el sustrato de la sobreexplotación de las mujeres no es puesto de relieve. A partir de ahí, la doble lucha contra la explotación, la opresión y la emancipación no será puesta al orden del día, política y prácticamente. Lo que hará la “dicha”, o al menos la renta, de las buenas almas asalariadas por las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) que son, cada vez más, COG (Casi organizaciones Gubernamentales)



¿Qué empleos “decentes”?

En cuanto a la “creación de empleos decentes” para las mujeres, gran tema conclusivo del Informe de la OIT, habría en primer lugar que plantear una pregunta: ¿los empleos creados en el mundo, entre otros en los llamados servicios o la industria, no implican, cada vez más, flexibilidad, en el sentido más amplio del término?

Y esto tanto en los países del “centro” como en los de la “periferia”, incluso si existen diferencias cuantitativas y cualitativas en las modalidades de explotación del trabajo asalariado entre estos dos espacios (“centro” y “periferia”).

Sin embargo, se expresan convergencias a escala mundial bajo los golpes de la restauración conservadora. La flexibilización está en el centro de la reorganización de las “relaciones de trabajo”. Sin embargo, la flexibilidad está en relación estrecha con las relaciones sociales de sexos. En efecto, el “estatuto de las mujeres” facilita la expansión del trabajo a tiempo parcial obligado (no elegido), con un salario de miseria y, conjuntamente, las formas de trabajo flexible de los hombres, pues “la intendencia sigue”, es decir, la carga del trabajo doméstico (en sus diversas facetas) asumida, bajo forma de obligación también (incluso si lo niegan las interesadas) por las mujeres.

Además, es un poco cínico hablar de “creación de empleos decentes” cuando múltiples investigaciones sociológicas demuestran que, por ejemplo, en la industria electrónica –en donde las mujeres tienen un empleo “estable” y asalariado- las condiciones de trabajo y de salario son execrables.

Es lo que explicaban, el 27 de febrero de 2007, las moderadas organizaciones de asistencia helvéticas, Pan para el prójimo y Acción de Cuaresma: “Tras la pantalla de nuestros ordenadores se encuentra una realidad de otra época”, ha declarado Chantal Peyer, responsable de la política de desarrollo en Pan para el prójimo. Para los empleados de este sector, esencialmente mujeres, son “horarios demenciales, salarios bajos y una exposición a productos tóxicos”.

Jenny Chan, miembro de SACOM (Estudiantes y universitarios contra la mala conducta de las empresas), ha citado, en la conferencia de prensa del 27 de febrero de 2007, algunos casos de “abusos” contabilizados por su organización: trabajo de niños de menos de 16 años, horas suplementarias obligatorias, salario mínimo no respetado y ausencia de seguridad social. En período de alta producción, las obreras trabajan 12 horas al día, siete días a la semana, con horas suplementarias obligatorias. Las empleadas no son pagadas más que 50 céntimos suizos la hora e inhalan sustancias tóxicas.

La industria electrónica es “una de las más tóxicas del mundo”, según la SACOM. Utiliza el plomo, el bario, el cromo o el ácido nítrico. La inhalación y la manipulación de estos productos provocan problemas respiratorios y “una tasa anormalmente alta de cánceres y de abortos entre las obreras”.

Responder a las necesidades de empleos “decentes” y, conjuntamente, a la dignidad de las mujeres en todas sus dimensiones –esa dignidad invocada en el preámbulo de la Declaración universal de los derechos humanos de 1948 (2) - implica una ruptura con esas relaciones sociales de explotación y las relaciones sociales de sexos.

Plantear esta exigencia –y no caer en la trampa, de hecho, semi caritativa el informe de la OIT- implica:

1º hacer emerger el contenido real de las exigencias (explícitas o implícitas) de las mujeres trabajadoras y a lo que esas necesidades/exigencias se enfrentan efectivamente, consiguientemente qué formas y tipos de dominación reinan en la sociedad, en los planos de las múltiples relaciones sociales y de propiedad;

2º superar el anticapitalismo. Es decir, el pensamiento primitivo que permanece en el terreno de una negación negativa. Dicho de otra forma, que no parte de las necesidades y reivindicaciones así como de las potencialidades (negadas, rotas a veces) existentes hoy en las sociedades que permitirían romper y superar el capitalismo.

Esto a fin de hacer emerger una concepción de negación positiva, una revalorización del socialismo como una modalidad de organización y de gestión de la sociedad, en la que los derechos sociales y democráticos así como una dignidad ampliada se convierten en los elementos de una emancipación que hace de los seres humanos los actores comunes e interactivos de una mundialización construida por las y los que la producen efectivamente, mientras que ellos/ellas no son sino sus objetos despreciados y por tanto sin dominio sobre su propia vida.



Charles-André Udry es economista marxista, militante del Movimiento Por el Socialismo (MPS) y del movimiento en defensa de los trabajadores inmigrantes en Suiza. Redactor de La Breche (mensuario del MPS) y director de la colección Cahiers libres, Editions Page deux (Lausanne). Es profesor en la cátedra Economía de la Globalización en la Universidad de Venecia (Italia) y miembro de ATTAC.

Este artículo fue tomado de la revista A l'encontre.
 


Notas

1. Ver el informe de la OIT: http://www.ilo.org/public/spanish/employment/strat/download/getw07.pdf 2. “Considerando que el reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables constituye el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo” (1948).