Historia de una enfermedad actual

 

Laidi Fernández de Juan

 

  Intervención a propósito del tema "Escritores y mercado editorial en Iberoamérica". Espacio Ciclos en Movimiento, del Centro Cultural Dulce María Loynaz. La Habana, 24 de mayo de 2007.

 


I
magino que he sido invitada a este panel como narradora. En virtud de ello, vengo a contar. Talentosísimos ensayistas dedican tiempo y empeño en, como diría un olvidado escritor, “tirar de la manta” para, en este caso, dejar al descubierto truculentos tejes y manejes de los procesos editoriales que la mayoría de los escritores de esta parte del  mundo padecemos hoy.

No voy a pretender, por tanto, decir originalidades ni sumergirme en el agitado mar de la mercadotecnia del libro, que solo conozco desde la perspectiva de la víctima que suele quedarse varada en la orilla.

Mi cuento empieza en el año 2000, y si bien no es la historia del tabaco (eso lo dejo para el Bello Habano, de Reynaldo) bien podría llamarse “Historia de una enfermedad actual” (Disculpen que la doctora que me habita acompañe a la escritora que soy. Esculapio me perdone).

En ese entonces, yo ignoraba muchas cosas. No existía el artículo “De Valencia a Babelia: ¿Un viaje en primera clase?”, que acaba de salir en el último número  de la revista
Casa de las Américas, el mexicano Víctor Barrera Enderle no había publicado sus “Ensayos sobre literatura y culturas latinoamericanas”, ni Jorge Fornet había obtenido, como ocurriría seis años después, el Premio Alejo Carpentier de ensayo con su esclarecedor y excelente libro Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo del siglo XXI.

Mi conciencia de latinoamericanidad la debía a la temprana lectura de Calibán. Enseñanza vigente hasta el dolor, que no podía alertarme (imposible hacerlo) contra el maquiavélico garrote que es la industria del torcimiento de un libro, que suele terminar arrojado a un foso de leones, como sucede hoy día. 

Estos eran los que pueden llamarse Antecedentes patológicos o condiciones premórbidas que encabezan la historia clínica.

Una tarde de febrero de hace siete años, Michi Strausfeld visitó en La Habana a un grupo de narradores para invitarnos a integrar una antología donde se ofrecería  una “visión tripartita” a través de 25 autores cubanos nacidos a partir de 1959. La novedad del proyecto radicaba en que por primera vez se brindaba una visión completa de (y cito el prólogo) “los mejores cuentos de autores cubanos que residen tanto en la Isla como en el exilio”.

Supongo que el tripartismo se debía a las tres posturas de los escritores escogidos. Aparecimos así, en un libro que prometía inusual difusión, dadas las casas editoriales que lo acogieron inicialmente: Siruela, de España; Suhrkam, de Alemania y  Métaillé, de Francia.

En ese momento, 14 escritores vivíamos  en Cuba (ahora somos 12), cinco eran considerados de la diáspora, cinco en el exilio, y una categoría aparte se reservaba para Alexis Díaz Pimienta, de quien se señaló en el prólogo, que “comparte isla y diáspora”.

El lanzamiento de la edición española se realizó en la Casa de América, en Madrid, con notable participación de un público que, más ávido por presenciar el supuesto circo que armaríamos escritores cubanos de aquí y de allá que por conocernos a través de la literatura, nos mantuvo, eso sí, ocupadísimos a todos los que tuvimos la fortuna  de asistir, contestando las más disímiles preguntas.

A los que vivían  en México y en Miami les fue imposible realizar el viaje, so pena de retrasar los beneficios migratorios que requieren de tiempo para  ponerse en práctica. Con Joel Cano, residente en París, y con Pérez Cino, que vive en España, las relaciones fueron, según  quiero recordar, mucho más cordiales de lo que las buenas y simples costumbres recomiendan. Zoe Valdés nunca se presentó. Para tristeza de la carroña periodística que nos acosaba, el circo murió nonato.

Los cuentos del libro Nuevos narradores cubanos, variadísimos en temáticas, estilos y  calidad, ofrecían, es cierto, el amplio abanico que deviene caleidoscopio cuando se quiere conocer la punta de un iceberg literario.

Quienes permanecíamos viviendo en Cuba , sentimos que tal vez no por Alfaguara, Anagrama ni Tusquets, sino por Siruela, aunque fuera debido al atractivo de aparecer juntos y revueltos, como en el tango Cambalache, estábamos llegando al meridiano cultural, que como bien se sabe y mal que nos pese, sigue pasando por allí. No pretendo defender nuestra llegada (más exactamente  nuestro fugaz paso) por el mercado español. No quiero, como ya señalé, disgregarme de mi cuento original, pero faltaría a la verdad si no dijera ahora mismo que cuando años más tarde descubrí que escritores  jóvenes como el mexicano David Toscana, los colombianos Mario Mendoza, Jorge Franco  y Parra Sandoval, el uruguayo Horacio Verzi, los argentinos Ana Quiroga y Vicente Battista eran desconocidos entre nosotros, a pesar de haber sido favorecidos la inmensa mayoría de ellos por las casas editoriales más influyentes de España, comprendí que algo estaba  muy enfermo. Que resulta pavoroso que siendo vecinos, y en ocasiones hermanos, tengamos que recorrer  millares de  kilómetros para descubrirnos en España y saber de qué estamos hablando. A estos escritores los conocí gracias a la Casa de las Américas y al  Instituto Cubano del Libro.

Volviendo a la antología de marras, y ya con el expediente médico más avanzado, les cuento que luego de la edición española, en ese mismo año 2000, vio la luz la versión alemana, bajo el título Cubanísimo. Tocaba entonces el turno  a la edición francesa., a  la que seguiría la irrupción en el mercado de Estados Unidos, como corresponde a la ingenuidad de quienes éramos llamados jóvenes. La propuesta a varias editoriales de ese país, marchaba, según la optimista Strausfeld, con buen viento.

Sin ningún tufo a discurso ni a favor ni en contra, ni de forma oculta ni ciertamente obvia, los 25 cuentos prologados por una editora de la talla de Michi (responsable de las ediciones  de Alejo en Suhrkam, por citar un referente) debían ser conocidos por aquellos interesados en la actual narrativa cubana, sea o no una sola.

Ocurrió entonces que zás, Zoe Valdés pidió ser retirada de la antología. Su cuento “Retrato de una infancia habana viejera” no podía aparecer más junto al resto de nosotros, que pasamos a ser sobrevivientes. No ofreció ninguna explicación, a pesar de que encabezaba la lista de autores. A su nombre y a su apellido le corresponderían aparecer al final, creía yo, si se hubiera tomado el criterio de observar el acostumbrado orden alfabético. Las letras Z y V, si no ha cambiado demasiado el mundo desde la última vez que le eché un vistazo, se ubican al final de nuestro alfabeto. Pero no, aparecía en la primera página de las ediciones española y alemana, debido al hecho poco importante de ser la menos joven de todos.

En Des nouvelles  de Cuba, juguetón título que no sabemos cómo traducir con exactitud (¿novedades de Cuba?, ¿noveletas?, ¿noticias de Cuba?), versión francesa de la de Siruela, además, quedaba fuera Rolando Sánchez Mejías, según se explica en una nota añadida, porque se consideró que sus “Historias del olmo” no cumplían los rigores de un cuento propiamente dicho.

Ya no solo el título original y la omisión de dos narradores (una voluntaria y el otro por razones estilísticas), sino también  otros cambios aparecerían en la versión francesa.

La fecha de nacimiento de los escritores, tomada como límite anteriormente, fue menos rígida. Se incorporan Marilyn Bobes, Abilio Estévez, Leonardo Padura y Armando de Armas. Los tres primeros, ampliamente conocidos, cuyos textos tienen rigor y calidad más que probados a través de los años, fueron, como era de esperar, muy bien recibidos por nosotros.

Mucha más representativa que antes, era lógico creer que aunque ya no fuera con Nuevos, pero sí con otros muy Buenos narradores cubanos, la antología cumpliera  el augurio de la suerte que todo parecía indicar. Sin embargo, el barco se detuvo.

Las editoriales de Estados Unidos, entusiasmadas al inicio, habiendo prometido hacerse cargo del libro, terminaron por rechazarlo. De pronto, dejó de interesarles.

Desdeñaron la posibilidad de publicar a Abilio Estévez, a Joel Cano, ya para entonces ganador del Premio de cuentos Juan Rulfo; al igual que Ena Lucía Portela, la más difundida de  los narradores jóvenes cubanos; a Marilyn Bobes, premio Casa de las Américas en cuento; A Arzola, ganador del Premio Alejo Carpentier; al muy conocido Padura... todo por la ausencia intencionada de Zoe Valdés.

Más allá de la Alfaguarización de la literatura brillantemente expuesta por Víctor Barrera Enderle, y por la colonizadora discriminación que España, esa “madre patria” que más que huella nos va dejando un “huellón”, como diría Verzi, y que se evidencia en el hecho, de que efectivamente, “las historias ambientadas en Centro Habana son pan caliente para el mercado editorial ibérico”, en detrimento de otras que no se regodean en las pobrezas que no hemos podido solucionar, resulta excesiva la manipulación de que llega a ser objeto el fenómeno de creación-edición-difusión y venta de un libro.

Me pregunto cuántos más de nosotros caeremos en la tentación de complacer a un mercado que nos desprecia, a fuerza de mentir o de exagerar en aras de  un efímero éxito editorial, compitiendo a ver quién la pasó peor, quién sufrió más, quién fue más maltratado en Cuba, quién vivía en peores condiciones. Algo anda muy enfermo.

Ningún bien se les hace a los lectores, en quienes ya casi nadie piensa, que creen ya no solo en lo que leen, sino que leen. Me temo que en realidad  se enriquecen con un tipo de pseudoliteratura que solo el tiempo, ese gran decantador, ubicará en el lugar correspondiente.

La conducta que se debe seguir con esta enfermedad depende de nosotros. No es fácil, como se dice en cada esquina, pero ya que nos han tocado vivir  estos  tiempos interesantes, hagámoslo lo mejor posible.

El pronóstico, por ahora, es reservado. El exceso de entusiasmo puede llevarnos a una procastinación sin límites, pero cruzarnos de brazos,  o sea, de libros, no tendría perdón.

Por respeto a los lectores y a las lectoras, y por ser cronistas de nuestros avatares, no queda otra que mantenernos a flote, aunque tantos se empeñen en dejarnos al pairo, en las orillas de un pretendido mar de equitativa competencia.

 

Leidi Fernández de Juan reconocida escritora cubana.  Por largos años querida colaboradora y amiga de Areíto y Areítodigital.