¿Qué clase de fe es la nuestra?


 
Frei Betto


 


En tiempos de visita papal conviene huir un poco del shownalismo (como es llamado el periodismo que hace espectáculo de la noticia) y hablar de lo esencial: la fe. A veces me pregunto si la humanidad ha avanzado algo. En los primeros tiempos, enseña Fustel de Coulanges, cada familia cultivaba sus dioses domésticos. Nadie envidiaba al dios del vecino ni tenía la pretensión de imponerle el dios de sus creencias… a menos que la hija se vaya a casar con el hijo del vecino; en ese caso ella se vería obligada a renegar de sus dioses familiares y adherirse de cuerpo y alma a los dioses de la familia del marido, que ejerce también la función de sacerdote.
 
Como dice el señor Apolonio, mi mecánico, con quien hablo de estas cosas mientras le veo limpiar el carburador, “la gente de antes no tenía fe, tenía fes”. Mi abuelo era más contundente cuando notaba mi pereza al levantarme los domingos para ir a misa: “¿Qué diablo de fe es la suya?”
 
La cuestión empezó a complicarse cuando el politeísmo se vio amenazado por la contrarreforma monoteísta acaecida en Egipto a partir de 1400 años antes de la era cristiana, gracias al faraón Akhenatón y al rebelde hebreo Moisés. La antigua y tradicional democracia divina, que tenía satisfechos a todos los dioses con su respectiva cuota de poder, acabó desbancada por el monopolio de la fe. Se originó entonces una división que nunca había conocido anteriormente la humanidad: de una parte los fieles, de otra los idólatras, que, según los primeros, creían en falsos dioses.
 
La humanidad aún no había conocido el fenómeno del ateismo. Ésa fue la primera reacción fundamentalista registrada por la historia: el dios de una nación, además de ser el principal, es considerado también el único. Por tanto la creencia en uno supone la increencia y el descrédito de todos los demás dioses. Sólo la única y verdadera fe permite el acceso al único y verdadero Dios.
 
De ahí nació la distinción entre lo verdadero y lo falso. Y, en nombre de lo verdadero, la religión pasó a recurrir a la violencia, lo que parece una antinomia. Pero ¿quién piensa en ello cuando se encuentra imbuido de que debe imponer a los demás la verdad, aunque sea a sangre y fuego? Sobre todo cuando se está convencido de que autoridad y verdad es algo más que una rima. (De hecho es una tragedia).
 
La modernidad vino a salvar la religión de su pretensión de ser la única depositaria de la verdad. Hoy creemos mucho más en la verdad científica, empírica y matemáticamente comprobada, que en las verdades religiosas. ¿Quién duda de la existencia de un trío de cuarks en la intimidad del átomo, aunque no dispongamos de un telescopio que nos permita comprobarlo? Sin embargo, nuestros aparatos electrónicos funcionan. Para muchos funcionan milagrosamente, como el fax, el tiempo real de los @ y el celular. Pero ¿quién tiene absoluta certeza de que hay vida después de la muerte? Nadie. Como máximo tenemos fe.
 
Ahora bien, ¿pensará alguien que este heterodoxo fraile de la teología de la liberación estará reivindicando la vuelta al politeísmo? Nada de eso. Sólo deseo la tolerancia, como la que practicó Jesús, que nunca criticó la fe de la mujer fenicia o la del centurión, ni impuso como condición para sus curaciones la adhesión previa a sus creencias.
 
A mí lo que me espanta es el constatar la nueva modalidad de politeísmo: en la cúspide, en un cielo abstracto, el dios en el que creemos; abajo, los dioses a los que de hecho tenemos devoción: el dinero, el poder, el consumismo que nos consume y nos consuma. Y esta creencia rigurosa de que fuera del capitalismo no hay salvación, aun cuando dos tercios de la humanidad no tengan acceso a los bienes que el capitalismo ofrece.
 
El meollo de la cuestión está bastante más abajo: creemos en Dios y en los bienes finitos que nos etiquetan socialmente, pero no en el prójimo. Religión sí, amor no, excepto el que aumente nuestra cuota de satisfacción y de placer.
 
Toda nuestra lógica sistémica cultiva el mercado, la propiedad privada, el dinero invertido, el crecimiento del PIB, el aumento de las exportaciones, el rigor fiscal, sin la menor preocupación para con los sintierra, sintecho, sinescuela, sinsalud y sinidentidad. En nombre de Dios pasamos indiferentes  al lado de los que tienen hambre y sed y son imágenes vivas de Cristo, según el evangelio de Mateo (25,31-44).
 

¿Quién dispone de tiempo para prestar atención a quien se encuentra colgado de una cruz, estropeando nuestro programa dominical?  

 


 Frei Betto es un conocido y notable pensador, teólogo y escritor brasileño


 Traducción de J.L.Burguet