La música como fenómeno cinematográfico: el cine musical

 

Enrique Pineda Barnet

 

 

En verdad no me atrevo a formular nada serio, nada formal, porque eso obedecería a un estudio previo y a una especialización que no tengo, la experiencia, sin embargo, es otra cosa y lo hace a uno inevitablemente también reflexionar y exponer ideas, ideas que nunca son conceptos rígidos ni normas, no creo que yo pueda decir la música es tal y tal cosa dentro del cine, sino que pienso que todo es música y razón, esa expresión encierra realmente el concepto más sintético de mi cine. Para mí el cine es eso, esté presente de una manera obvia o no, todo es música y razón. En cuanto a la importancia, el valor, la significación o qué papel juega la música dentro del cine, ya eso es muy complicado.

Ayer me encuentro con Edesio y le comento someramente esto y le pregunto: ¿qué parte del organismo humano es para ti la música en el cine? Porque para mí recorre todo el cuerpo, de vez en cuando varía de un órgano a otro, a veces es el corazón, a veces la cabeza y generalmente el sistema circulatorio; él me dijo que para él era el sistema respiratorio. Pero realmente tampoco eso es lo más importante, porque en mi opinión cada película pide algo diferente de la música, la música es algo que está integrado como la fotografía, como el montaje, son elementos diferentes que forman parte de un todo en el cual la música está muy vinculada al alma.

Los cineastas, los realizadores del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), tenemos una procedencia disímil, no hay tres que vengan de la misma procedencia, por lo tanto, se encuentran fenómenos muy distintos de acercamientos a cada una de las artes. En mi caso, vengo del teatro y justamente del Galleguíbiri pan con tíbiri, desde mi infancia, después paso a la radio luego a la televisión, después a la publicidad y finalmente al cine por casualidad. De manera que ese recorrido me hizo tener una formación muy diversa, muy irregular y las experiencias son distintas. En una época para mí la música era musicalizar, esa fue la etapa de las programaciones de televisión y de radio, a los 13, 14 años musicalizaba programas en la RHC Cadena Azul, así que era un concepto totalmente diferente. Recuerdo que la musicalización de mi primer programa de televisión la hizo Alberto Roldán que pasó a ser después un realizador del ICAIC. Esta musicalización tenía un concepto totalmente diferente a lo que es para mí hoy la música en el cine. Cada una de mis películas tiene diferentes formas de acercarse a la música y de necesitar la música, nunca necesito del mismo músico ni del mismo compositor, cada filme me pide uno diferente. En el cine tengo la fortuna enorme de haber trabajado con muchos de los músicos significativos de nuestro país: con Harlod Gramatges, Pablo Milanés, Luis Gómez, Leo Brower, José María Vitier, el Grupo de Experimentación Sonora, Eduardo Ramos, Carlos Fariñas, con la familia Romeu, que fue en el caso de La Bella del Alhambra. La Bella… puede decirse que fue mi película musical por excelencia, pero en realidad todo mi cine es musical. Limitar el cine musical a las películas que tratan un argumento musical, que son revistas musicales o cosas semejantes, es una catalogación un poco esquemática, porque hay filmes muy musicales que tienen una acción dramática donde la música tiene un rol diferente.

Quería contarles la experiencia de La Bella… que significó una presión muy fuerte para el trabajo con la música y hubo que hacer un casting. Era la primera vez que yo hacía un casting de músicos para una película, después de  haber trabajado durante numerosos años con muchos de ellos importantes, tuve que hacerlo porque era muy difícil elegirlos para el filme. Realmente yo tenía algo muy seguro, sabía que La Bella… podía convertírseme en una analogía muy poética de la República, necesitaba que hubiera una canción, una música que significara un poco el himno nacional, e indagué por las canciones cantadas por los borrachos cuando salen de las fiestas por las noches; dentro de ellos había varios números musicales, pero indudablemente se destacaba el “Quiéreme mucho”, que realmente era un segundo himno nacional. Encontrarlo, lograr incorporarlo, trasladarlo a la historia de Rachel, era algo difícil, porque me ocurría que la imagen de la patria, la que se esquematizaba con una mujer envuelta en la bandera cubana y un gorro frigio en la cabeza se me antojaba de lo más cursi, me parecía espantosa, aun cuando fuera para hacer una alegoría en una película que de alguna manera iba a dar como analogía la República. Yo necesitaba representarla en una imagen paradigmática, pero estaba haciendo la historia de Rachel y encontrar este paradigma en el personaje de la mexicana era un elemento de otras categorías simbólicas, ya trascendía la nacionalidad hacia una latinoamericanidad. Entonces empecé a trabajar en la idea de que los músicos me elaboraran un tema de Rachel inspirado en el “Quiéreme mucho”, pero uno diferente, no el que todos conocemos, porque debía ser la canción de amor de una diva ―en este caso la paradigmática mexicana―, una diva que se está despidiendo de su público, del público que la ha querido, que la ha amado, y ella les pide que la quieran mucho, está reclamando la memoria, la trascendencia que ya le da carácter de himno a la canción; pero esto a mí no me bastaba porque lo cubano no se limita a este tipo de sentimiento, más romántico, de nostalgia, sino que hay en nosotros otro fenómeno llamado por Jorge Mañach el choteo criollo, el choteo inevitable como parte de nuestra personalidad, la chispa de la gracia, de la ironía, del juego, de cierta picardía. Entonces me planteé que otro elemento fundamental en La Bella del Alhambra debía ser la música como del “Galleguíbiri pan con tíbiri”, una música irónica que se convirtiera casi en el periódico crítico de cada día y me planteé que con la música del “Quiéreme mucho” había que fundir la del “Galleguíbiri pan con tíbiri”, y ese era el reto para el casting de los músicos, es decir, el amor y la nostalgia con la ironía, el choteo criollo. Ahí fue donde Mario y Gonzalo Romeu ganaron el casting, pues captaron esta posibilidad de sintetizar las cualidades sonoras más líricas y más elaboradas de un Gonzalo Roig con su “Quiéreme mucho”, con la música más popular, más guarachera del “Galleguíbiri pan con tíbiri”.