Little Rock

 

Salvador Capote

 

 

     Cuando la fiebre del oro en California, una pequeña roca a orillas del Arkansas sirvió de punto de referencia a los que viajaban por tierra desde Memphis (Tennessee) para el paso del río, y para las embarcaciones que lo remontaban desde el Mississippi (“el viejo río hermano de los negros”) para iniciar, hacia el oeste, el “Fort Smith – Santa Fe Trial”, la Ruta de Arkansas.

 

     Un siglo más tarde, en 1957, Little Rock, la ciudad surgida en el sitio, serviría también como punto de referencia de otra fiebre, la fiebre racista, que se extendió por todo el sur de Estados Unidos para impedir la integración de los niños negros a las escuelas públicas.

 

     En este 10 de julio, aniversario 105 del nacimiento en Camagüey de Nicolás Guillén, y en el año del quincuagésimo aniversario de la “Central High Crisis”, como le llaman en Estados Unidos a los sucesos de Little Rock, qué mejor para rendir homenaje al gran poeta cubano que sus propios versos.

 

                     “Un blues llora con lágrimas de música

                       en la mañana fina.

                       El Sur blanco sacude

                       su látigo y golpea. Van los niños

                       negros entre fusiles pedagógicos

                       a su escuela de miedo.

                       Cuando a sus aulas lleguen,

                        Jim Crow sera el maestro,

                        hijos de Lynch serán sus condiscípulos

                        y habrá en cada pupitre

                        de cada niño negro,

                        tinta de sangre, lápices de fuego.”

 

                       “Así es el Sur. Su látigo no cesa.”

 

     En 1999 se publicó un libro con sorprendentes revelaciones: “Bitters in the Honey”. En él, su autora, Beth Roy, ofrece entrevistas realizadas a los que, entrando ya en edad de jubilación, fueron estudiantes blancos de la Little Rock’s Central High School. La violencia racial de sus padres, de la que fueron testigos y en algunos casos participantes, marcó sus vidas para siempre con traumas, confusión, inseguridad, contradicciones, sentimientos de culpabilidad. “Betsy” –tenía entonces 16 años de edad- recuerda la escena que observó a través de la ventana de su aula en aquel septiembre de 1957: un grupo de hombres blancos perseguía a un periodista negro [del Amsterdam News de New York]. La maestra indicó a los niños que recitaran el “Pledge of Allegiance” (Juramento de Lealtad). “Yo estaba observando –relata Betsy- como lo perseguían a través de los jardines… y sabía, creía firmemente, que si lo atrapaban lo matarían. Y en aquel momento, mientras observaba y mientras recitaba el ‘Pledge of Allegiance’, con la mano puesta sobre mi corazón, pensaba que algo estaba mal. ¿Cómo podía estar sucediendo aquello en un país al que estábamos jurando lealtad? ¿Dónde estaba el error? Y esto dejó en mí una huella indeleble, puedo darme cuenta ahora. Es algo que nunca, nunca olvidaré.” El libro de Roy ayuda a entender las complejidades del racismo, pues revela como los propios hijos de los victimarios suelen convertirse en víctimas.

 

     Si Orval Faubus, el gobernador de Arkansas que ordenó a la Guardia Nacional bloquear la entrada de la escuela a los nueve niños negros, hubiese escuchado a su padre, Sam Faubus, viejo militante del Partido Socialista, hubiera sabido que, como afirmaba éste: “El capitalismo es un fraude y ambos, los blancos pobres y los negros, son sus víctimas.” Pero Orval Faubus era un renegado y había abrazado otra filosofía, la que expresó a un periodista del Arkansas Democrat-Gazette: “En política, como en la vida, la supervivencia es la ley primera”. De esta cosmovisión faubus o faubusiana nos habla Guillén:

 

                “En aquel mundo faubus,

                  bajo aquel duro cielo faubus de gangrena,

                  los niños negros pueden

                  no ir junto a los blancos a la escuela.

                  O bien quedarse suavemente en casa.

                  O bien (nunca se sabe)

                  dejarse golpear hasta el martirio.

                  O bien no aventurarse por las calles.

                  O bien morir a bala y a saliva.

                  O no silbar al paso de una muchacha blanca.

                  O en fin, bajar los ojos yes,

                  doblar el cuerpo yes

                  arrodillarse yes

                  en aquel mundo libre yes

                  de que habla Foster Tonto en aeropuerto y aeropuerto,

                  mientras la pelotilla blanca,

                  una graciosa pelotilla blanca,

                  presidencial, de golf, como un planeta mínimo,

                  rueda en el césped puro, terso, fino,

                  verde, casto, tierno, suave, yes.”

 

     Con la ley (“Voting Act”) promulgada en 1965 que eliminó muchas de las restricciones para votar impuestas a los afro-norteamericanos, la carrera política de Orval Faubus llegó a su fin. Sus aspiraciones fallidas a la gobernación de Arkansas en 1970, 1974 y 1986 tuvieron que enfrentarse inútilmente al voto masivo de los negros.

 

     Qué dura debió ser para Faubus y sus iguales, la irrupción de los negros en la vida social de Arkansas, porque la intolerancia, la intransigencia, la hipocresía, la crueldad, el odio y la estrechez mental, consustanciales a la ultraderecha reaccionaria, están estrechamente ligados a la semiótica del lugar. El territorio de los elegidos es sagrado, y su carácter sacro se fundamenta en tradiciones, nostalgia del pasado, héroes, mártires, personajes mesiánicos, sangre derramada, profundos dolores, reales a veces y casi siempre supuestos. Un ejemplo bien conocido por los cubanos es el ghetto de Miami, el cual no puede ser contaminado por aquellos que no forman parte de los históricos, menos aún por liberales, socialistas, comunistas…ni siquiera por demócratas. Todo el que aspire a pertenecer a los ungidos tiene que recitar diariamente las sagradas letanías.

 

     En muchas ciudades de Estados Unidos, sobre todo en las que se hicieron famosas por los linchamientos de negros, como Greensboro, en Carolina del Norte, se han creado recientemente Comités de Reconciliación. La intención, sin dudas, es buena, pero no es de esperar que logre algún efecto práctico. Dejando aparte el horror de la esclavitud (que para algunos es solo historia sin tener en cuenta que sus secuelas están todavía bien presentes), más de 5,000 negros fueron linchados en épocas posteriores y en muy pocos casos se hizo justicia, sin contar los, mucho más numerosos, que escaparon del linchamiento solo para ser condenados a muerte por tribunales y jurados racistas. El terror impuesto obligó a los afro-norteamericanos, durante decenas y decenas de años, a vivir en los peores barrios, a enviar a sus hijos a las peores escuelas, a tener que aceptar los peores trabajos, perpetuando así su ignorancia y su miseria. El progreso cultural, económico y político de los negros fue siempre controlado y limitado por los blancos mediante su dominio del sistema educacional, de las oportunidades de trabajo, de los medios de información y de opinión, de las fuerzas represivas y de los tribunales de justicia. Y lo peor es que los abusos y la discriminación están todavía muy lejos de haber cesado. El que quiera convencerse de ello sólo tiene que examinar la composición racial en las superpobladas penitenciarías de Estados Unidos y, en especial, en las galeras de los condenados a muerte. No basta con pedir disculpas, una verdadera reconciliación exige que se divulgue la verdad, que se restituya la justicia y que se ofrezca a las víctimas las reparaciones a que tienen derecho.

 

     Tiemblo al pensar en un mundo “todo faubus’, como advirtió Guillén, o “todo bush” si actualizamos  la expresión.

 

                “Y bien, ahora,

                  señoras y señores, señoritas,

                  ahora niños,

                  ahora viejos peludos y pelados,L

                  ahora indios, mulatos, negros, zambos,

                  ahora pensad lo que sería

                  el mundo todo Sur,

                  el mundo todo sangre y todo látigo,

                  el mundo todo escuela de blancos para blancos,

                  el mundo todo Rock y todo Little,

                  el mundo todo yanqui, todo faubus…

                                               Pensad por un momento,

                  Imaginadlo un solo instante.

 

    

El Dr. Salvador Capote es médico, especialista en Bioquímica. Ha escrito numerosos artículos de divulgación científica, sobre todo en la esfera de la protección de la naturaleza. Actualmente vive en Miami y participa, con las organizaciones que conforman la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.