A sus 97 años de vida falleció el 11 de abril de 2007 en Massachusetts nuestro querido profesor José Juan Arrom.

El profesor Arrom siempre acompañó la accidentada vida de nuestra revista Areíto y su sucesora Areitodigital desde el comienzo de Areíto hace ya 33 años, en 1974.

 

Triste no estamos. Orgullosos de él sí.  Siempre defendió a su Cuba a la cual se debía en cuerpo y alma.

 

Hoy queremos recordarlo en sus propias palabras a través de una entrevista hecha a él en el 2001 por su discípulo y amigo  nuestro, Enrique Sacerio.

 

Andrés Gómez

 

 

 

 

Conversación con José Juan Arrom

Quien no se aventura no cruza el mar

 

Enrique Sacerio-Garí

 

 

 

 

El profesor José Juan Arrom y su esposa Silvia me reciben en su casa de North Haven, en Connecticut, una casa rodeada de árboles frondosos, azaleas y rododendros que revientan en la primavera de Nueva Inglaterra.1 A un lado del jardín se encuentra el conuco en que ha trabajado pacientemente durante décadas. Este año habrá frambuesas, tomates y albahaca. A los 91 años aún sigue el ritmo de la tierra: sembrar a su momento, cuidar y recoger el mejor fruto.

North Haven está a veinte minutos de la Universidad de Yale, donde José Juan Arrom pasó más de cuatro décadas como estudiante y profesor. Hoy en día no visita las bibliotecas tan a menudo. No obstante, desde su jubilación ha contribuido con nueve volúmenes a sus estantes. Luego de una conversación sobre Mayarí, su ciudad natal en la región oriental de Cuba, y después de comentar varias etimologías que conducen al mundo prehispánico, pasamos a su despacho. Rodeado de libros y de notas, a los que acude de vez en cuando para comprobar una fecha o verificar un dato, don Pepe reflexiona sobre sus años de indagaciones críticas y su vida de profesor.

 

Para empezar por el principio de lo que hemos estado conversando, ¿qué le llevó a viajar a los EE. UU. y a ingresar en Yale?

El hado, la suerte o lo que quieras llamarle ha determinado el rumbo de mi vida. Cuando terminé la segunda enseñanza en Cuba, tenía listos todos los requisitos para ingresar en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana. La llegada al poder del general Gerardo Machado cambió radicalmente mis planes. Los desmanes de su gobierno causaron que los estudiantes universitarios se le opusieran, y él respondió cerrando la Universidad. Como la situación fue de mal en peor y la Universidad seguía cerrada, para aprovechar el tiempo viajé a los EE. UU. a estudiar lo que pudiera. Tuve la fortuna de ser admitido en Yale, donde ingresé en 1934.

¿Fue antes de llegar a Yale o durante su estancia en Yale que cambiaron sus planes de hacerse médico?

Con el deseo de servir a mi patria en lo que pudiera, resolví estudiar economía. No obstante, como siempre estuve interesado en las letras, también seguí un curso sobre la novela hispanoamericana que dictaba el profesor Frederick B. Luquiens. Al regresar en el otoño el profesor Luquiens, después de una conversación sobre mis planes, me sugirió que continuara los estudios literarios y me invitó a que, cuando me recibiera, me integrara a su departamento. Era, otra vez, un cambio radical en mi vida que presentaba todo un futuro inesperado.

Don Pepe, ¿cómo eran los estudios hispanoamericanos en esos momentos?

Hasta esa época habían sido muy escasos. El español se estudiaba dentro de los departamentos de Lenguas Romances y se prestaba exclusiva atención a la literatura y cultura españolas. En esas circunstancias Luquiens fue un verdadero pionero. Separó al español de las demás lenguas y fundó el Departamento de Español e Italiano. Una de sus modificaciones fundamentales fue que en ese nuevo departamento se prestara igual atención a lo peninsular y a lo hispanoamericano. El profesorado por lo tanto podía hablar con su acento natural sin tener que imitar el acento castellano. El profesor Angelo Lipari presidía los estudios de italiano; el profesor Robert S. Rose los estudios peninsulares y Luquiens, además de dirigir el departamento, se ocupaba de los estudios hispanoamericanos. Eso ocurrió pocos años antes de ingresar yo en Yale de modo que los estudios hispanoamericanos aún estaban en sus inicios y pronto se fortalecieron con la política del Buen Vecino declarada por Roosevelt.

¿Qué funciones cumplió en esa reconfiguración académica?

Comencé de instructor y como Luquiens deseaba que yo conociera todo el proceso de la enseñanza desde los cursos elementales hasta los de posgrado, primero enseñé cursos de idioma y luego pasé a los de literatura. A los pocos años, quizá demasiado pronto, al fallecer Luquiens tuve que ocuparme del programa de cursos que él había desarrollado.

Y con los años, ¿cuáles fueron sus iniciativas curriculares?

El Profesor Luquiens ofrecía dos cursos en Yale College: Español 43 (el que yo seguí sobre la novela hispanoamericana) y Español 53 en el que se estudiaba y analizaba a otros escritores que no entraban en el curso anterior (Sarmiento, Rodó, Darío y otros). Fui sustituyendo gradualmente a los menos importantes con autores de los siglos coloniales (Sor Juana, Ercilla) y también con otros de mayor actualidad (de José Martí a Nicolás Guillén). Tal vez deba mencionar que un joven tejano llamado Robert F. Thompson quedó tan impresionado por la lectura de “Sensemayá” y otros poemas de Guillén que durante el verano se fue a Cuba a saber más sobre los aportes de los cubanos de ascendencia africana y es hoy eminente profesor en Yale y reconocido universalmente por su labor en los estudios sobre las artes africanas. He tenido la satisfacción de que otros alumnos hayan seguido mis pasos y hoy son destacadas figuras en los estudios latinoamericanos.

En los cursos de posgrado las innovaciones fueron mayores. Comencé a ofrecer cursos sobre el teatro de Hispanoamérica que iban desde las actividades dramáticas prehispánicas hasta los más destacados dramaturgos contemporáneos. También, yéndome hacia el pasado, establecí cursos sobre los cronistas de Indias y sus aportes a la literatura de su tiempo.

Además, en esa época en que todavía no había un bibliotecario profesional que se encargara de la colección hispanoamericana de Yale, actué como Curador ad honorem. En ese cargo, que desempeñé desde 1942 hasta 1962, tuve la oportunidad de enriquecerla con unos treinta mil libros.

¿Y durante esa etapa de sus indagaciones sobre los cronistas de Indias empezó a dedicarse a los estudios lingüísticos y a la antropología antillana?

En realidad mis indagaciones sobre los cronistas constituyen una larga etapa y una constante labor en mi vida académica. No sabría decirte cuándo empecé. Pienso que tal vez sería que leyendo a Colón descubrí que su Diario no era un mero cuaderno de bitácora sino que podía leerse como una novela de viajes y aventuras a la manera de los modelos medievales llamados peregrinatio vitae. Y muchos de los episodios que refiere Colón se insertan en los borrosos límites entre lo real y lo imaginario. Él es quien nos habla de hombres que tienen un ojo en la frente, otros que son los imaginarios súbditos del Gran Can, y sitúa en los indefinidos confines del Mar Caribe a fabulosos imperios orientales. Una mañana ve en la neblinosa superficie de las aguas a sirenas que amamantaban a sus hijuelos y luego se lamenta que el mal estado de sus naves durante el tornaviaje no le hubiera permitido acercarse a la isla del Amazonas para llevar a sus majestades media docena de aquellas aguerridas matronas. Descubrí también que muchos de los cronistas insertaban en sus obras verdaderos cuentos. Y entre ellos se encuentran Las Casas, Oviedo, Acosta, Murúa, el Inca Garcilaso y otros cuyas narraciones he comentado en mi libro Imaginación del Nuevo Mundo.

¿Y cuándo empezó a ocuparse del estudio de los indígenas antillanos?

Mi interés por el tema de los indígenas antillanos empezó mucho más temprano. Tendría yo unos nueve o diez años cuando me regalaron una hachita de piedra muy pulida. Alguien comentó que se trataba de una “piedra de rayo”, y que esta poseía cualidades mágicas, pero pronto me aclararon que era un hacha petaloide que probablemente se le había extraviado a un niño taíno de más o menos mi edad. Desde entonces he guardado la hachita y he tenido deseos de saber más del niño que la usaba. ¿Cómo era, qué hacía, qué pensaba, cómo hablaba? La ocasión para hallar respuesta a esas preguntas me llegó muchos años después, cuando comencé las investigaciones para preparar la edición de un manuscrito inédito de principios del siglo XVI. Por fortuna era una copia de la también extraviada Historia de la invención de las Indias, de Hernán Pérez de Oliva, uno de los más ilustres humanistas del Renacimiento español. En el curso de esas investigaciones hallé las primeras noticias de la Relación sobre las antigüedades de los indios escrita en la Isla Española por fray Ramón Pané y entregada a Colón hacia 1498. La busqué y rebusqué y al fin di, no con ella, sino con una traducción al italiano del perdido manuscrito original. No podía encontrarse más cerca. Estaba precisamente en la Biblioteca Beinecke de Libros Raros de Yale, como parte de un capítulo en la Historia de Fernando Colón. No pude imaginar entonces la importancia del hallazgo ni la complejidad de los problemas que presentaba.

Ahora la importancia de Pané nos parece obvia y su obra ha pasado de ser un oscuro documento a un libro esencial traducido a varios idiomas. La complejidad de sus problemas ha hecho correr mucha tinta. Parece que la piedrecita de rayo ha efectuado cierta magia poderosa.

Mucha de esa tinta salió primero de mi tintero en un contexto que mantenía a Pané olvidado. Hay los que pasan sobre perlas y piensan que son pedruscos. Las revelaciones de Pané me llevaron a escribir un segundo libro: Mitología y artes prehispánicas de las Antillas. En él me propuse añadir otros esclarecimientos a los informes de Pané y a la vez cotejarlos con artefactos indígenas que corroboran su fidelidad. A ese efecto visité museos y colecciones particulares en las Antillas, Europa y los EE.UU. Hallé numerosas piezas que expresaban el claro concepto que tenían de sus dioses. Escogiendo las mejores he reunido una convincente colección de especímenes que destacan la importancia de sus logros artísticos, algo que faltaba en el estudio de las artes prehispánicas de América. También acudí al examen lingüístico de los términos indígenas que registró Pané. Esa tarea me llevó largo tiempo. Se trataba de descodificar el sentido de términos de un idioma obliterado hacia siglos, idioma del cual no habían quedado vocabularios ni gramáticas, como es el caso en las principales lenguas indígenas del Continente. Tuve que armarme de gran paciencia y explorar en las crónicas todo rastro que condujera a precisar las verdaderas grafías de los términos. Luego, hallando que el idioma de los taínos se relacionaba con otros, todavía hablados, de la extensa familia de lenguas arahuacas, pude al fin desglosar los términos que me interesaban. Esto fue, como si dijéramos, extraer las perlas de sus cerradas conchas.

En el curso de estas indagaciones acumulé informes que me permitieron esclarecer términos, muchos de ellos atribuidos a otras lenguas, que son clave para explorar a fondo cuestiones relacionadas con nuestra cultura: el nombre indígena de nuestras islas y su etimología, y conceptos básicos de nuestra historia cultural (conuco, cimarrón, criollo). Esas investigaciones las he reunido en el libro Estudios de lexicología antillana del cual acaba de publicarse en Puerto Rico una segunda edición actualizada y aumentada.

Duke University Press acaba de publicar una traducción al inglés de su versión al español de la traducción al italiano de la Relación de Pané que Fernando Colón incluyó en su biografía de su padre. Es decir, que se vio obligado a traducir del italiano para llevarnos a la cultura taína. ¿Es fiel al mundo taíno esa última versión al inglés de Duke?

Enrique, no quisiera pasar en esta entrevista de lo informativo a lo pedante, pero para responder a tu pregunta, temo que daré algunos pasos en esa dirección. Empecemos por recordar que Pané, conviviendo con los indígenas y falto de recursos, tuvo que traducir en el acto y apuntar como pudo lo que sus informantes le decían en su lengua. Esos papeles los entregó a Colón. Colón los dejó a su hijo Fernando y este los incluyó en la historia de su padre. El libro de Fernando, terminado antes de 1539, no pudo publicarse en España por razones políticas, y fue llevado a Venecia donde se tradujo y publicó en 1571. Esa traducción, hecha en circunstancias nada propicias ―el traductor murió en la cárcel antes de poder revisarla– está plagada de erratas, frases incompletas, violentas italianizaciones de términos indígenas y otras inexactitudes que hacen de esa traducción un texto problemático. De esa versión parten todas las reimpresiones y traducciones posteriores. Mi tarea era la de esclarecer y retraducir a un español moderno y fácilmente legible lo que nos quedaba. En el prólogo y las notas presenté las pruebas documentales que aporto para fijar las grafías, completar el texto y traducirlo debidamente.

Entonces para llegar a la versión al inglés hay que atravesar toda una cadena de traducciones que se prestan a incertidumbres. Hemos de aceptar que en las mejores traducciones, buscando las palabras más exactas para otro mundo lingüístico, haya aciertos y también inevitables interferencias inherentes a la convivencia de diferentes códigos lingüísticos.

De acuerdo. Teniendo en cuenta los peligros en esa cadena de traducciones, la versión al inglés, revisada por mí, cumple como fiel traducción basada en las mejores evidencias que he podido encontrar. Esos son algunos de los problemas que he tenido que enfrentar en mi vida de estudioso al situarme un poco fuera del tema para conocerlo a fondo.

En todos esos terrenos y en toda esa historia, habrá conocido a otros académicos y maestros que han tenido impacto en su obra.

Uno no nace sabiéndolo todo y uno nace con el destino de las circunstancias en que ha vivido, por su familia, con el deseo de encontrar ejemplos a seguir. Algunos de los ejemplos que he seguido fueron hallados en libros de personas que murieron hace siglos. Entre estos pudiera mencionar a Pané, Montesinos, Las Casas, Pérez de Oliva, Bolívar, Martí y tantos otros que defienden la dignidad del hombre, no solo la del hombre blanco, sino la de todos los hombres sea cual sea el color de su piel.

El deseo de estudiar ese hombre universal y sus complicaciones políticas, por Fernando Ortiz, o el anhelo de justicia, fue lo que lo llevó a la antropología.

Yo tenía la proclividad en mis lecturas a acercarme a la antropología como un estudio más universal que las historias locales. Pero también vino a agudizar esa postura, con motivo de una visita que don Fernando Ortiz hizo a un amigo suyo que acababa de ser nombrado profesor de antropología en Yale. Ese profesor, Bronislaw Malinowski, leyó en el periódico de la Universidad que existía un cubano que hacía estas y otras cosas, Con admiración, con respeto y con cariño, me llamó a mi despachito de novato y me dijo, “cubanito,” en perfecto español, “quiero que vengas esta noche a cenar conmigo y con otro cubano a quien tú debes conocer, que se llama Fernando Ortiz. Te espero en mi despacho a las seis”.

¿Ya se había leído a Fernando Ortiz?

Tenía algunas ideas de Fernando Ortiz. En mis estudios generales especialmente, estaba de moda lo afrocubano. Yo sabía quién era don Fernando. ¿Quién no sabía quién era don Fernando? Al llegar a la oficina, Malinowski dijo, “Fernando, este es el cubanito de quien te hablé.” Me acerqué con todo respeto a don Fernando y don Fernando me echó el brazo y me dijo, “Compatriota”, y me ganó para siempre.

Luego bajamos a cenar en Timothy Dwight College. Era una mesita cuadrada. Don Fernando allí, y Malinowski aquí, frente a frente, y yo a un lado oyendo a aquellas dos lumbreras conversar sobre temas que nunca había imaginado. Aquella noche se discutió y se le dio nombre a lo que por ahí se llama todavía aculturación. Don Fernando declaró que no era solo aculturación sino que era un camino de dos vías. Las palabras exactas fueron, “es un toma y daca”. Se trataba de la transculturación. Las dos partes dan de sí, influyen en el otro y llegan a tener una visión más respetuosa de ambos. Aquella revelación para mí fue una epifanía. Desde aquel instante aprendí a ver a Cuba desde un punto de vista más amplio, y más hondo, y también a toda Hispanoamérica. De ahí realmente partió mi interés en cuestiones que parecen extraliterarias, pero que no lo son porque la literatura se escribe desde dentro de la cultura, no como reflejo al lado del camino. Entonces en todos los trabajos que hago, por muy literarios que sean, se hallan caminos hacia la historia cultural de América. Esa fue la revelación de aquella noche. Luego estudié más a fondo a Ortiz y también a Malinowski y con los años descubrí que de todas las teorías para interpretar los mitos el más cercano a mi punto de vista es Malinowski. Además, escribía con un estilo claro, preciso y profundo. Así que también Malinowski ha sido un maestro mío.

Y pasó gran parte de su vida entregado al estudio de la contribución taína, de sus mitos, de su producción cultural, y sobre todo, de los misterios de su lengua y de su tierra. ¿Cuántos años le dedicó a la investigación de la etimología de la palabra Cuba?

Fue un proceso de muchos años, no sabría decirte cuántos. Toda mi obra me lleva por el mismo camino. Lo que sucede es que a medida que voy por ese camino, de vez en cuando aparece un tema que es necesario investigar y resolver antes de continuar. Por otra parte, el encuentro con Pané fue la clave para penetrar, aunque muy lentamente, en lo que el taíno quería decir con aquellas palabras. En cuanto a la etimología del topónimo Cuba, pude comprobar que el taíno llamaba a nuestra isla Cuba que quiere decir “tierra o territorio”, una de las islas que componen su patria que era todo el archipiélago antillano. A ese archipiélago lo llamaban Bohío. Hoy se piensa que bohío es solo el nombre de la rústica casa de un campesino. No del todo. Bohío, según Pané, quiere decir hogar, casa, residencia o morada, y ellos se referían a todo el archipiélago como la morada ancestral de todo el pueblo taíno. Ahora, ¿cómo comprobar que esa investigación científica es correcta? Las Casas, experto en esto, ha dicho, y él tenía muy buenos consejeros porque él sabía taíno, que el territorio central de Cuba se llama Cuba Anacan, porque cuba quiere decir territorio y anacan quiere decir “en el centro”. Cuba anacan, territorio central”.

Pues es una palabra bien corta pero con mucha resonancia histórica.

Desde luego, Enrique.

Dígame algo de otra palabra muy significativa: criollo.

Hasta hace algunas décadas muchos solían pensar que los criollos eran solamente los nacidos en América de padres españoles. Esta idea era incompleta, inexacta y hasta tenía un tono ligeramente peyorativo al no incluir a otros nacidos en América que no eran hijos de españoles. Busqué el origen de la palabra, seguí su trayectoria y escribí un artículo que ha sido muy citado. Criollo quiere decir lo nacido en la tierra para separarlo de lo que viene de afuera. Lo auténtico de uno. Nacido en el traspatio de mi casa es lo que quiere decir criollo. Porque los portugueses le llamaban criadouro al pollo que nacía en la casa y no a la gallina que traían de otra parte. Nacido y criado aquí en el patio de mi casa. Entonces había criollos negros, criollos blancos, criollos mestizos. Los americanos somos los criollos. Yo encontré esto en un cuento, que es uno de los primeros cuentos en que un personaje negro es el protagonista. De mil quinientos y pico, desconocido hasta que publiqué un estudio sobre ese trabajo en el que le llamaban al protagonista “negro criollo de España”. ¿Contradicción? No. Negro, criollo, nacido en España, probablemente en Sevilla, donde había una numerosa población de negros, muchos de ellos ya libertos que trabajaban en los mataderos de Sevilla, y de ahí viene, por ejemplo, lo de negra mondonguera. Eso no apareció en América. Eso apareció en Sevilla porque las negras iban a los mataderos y lavaban los mondongos, palabra africana, es decir, las entrañas, el estómago, y lo vendían. Bueno, de todas maneras, en las últimas ediciones del Diccionario de la Real Academia han quitado la definición de antes y han asumido exactamente todo lo que yo propuse.

Nuestro entusiasmo al hablar de sus aportes lingüísticos y consideraciones arqueológicas nos ha hecho olvidar otra vertiente de su obra: sus esfuerzos por ordenar la historia literaria utilizando el método generacional.

Precisamente en dos trabajos míos, uno sobre el teatro cubano y otro sobre el teatro colonial, quedé insatisfecho con la periodización que utilicé. Deseoso de hallar una periodización que rindiera mejores resultados, revisé las que en Hispanoamérica se habían ensayado. Al principio se solía dividir el proceso en tres grandes etapas: la conquista, la colonia y la independencia, espacios demasiado amplios e inadecuados para perfilar los cambios en estilos, ideologías y otros elementos formativos de incuestionable importancia. Otros propusieron divisiones en fragmentos menos abarcadores pero resultaron igualmente arbitrarios. Llevé mis búsquedas por otros rumbos y hallé que los historiadores de la literatura en Europa solían establecer períodos limitados por siglos, por reinados o por extraordinarios sucesos políticos. A su vez, numerosos teóricos europeos propusieron una periodización generacional. Estos teóricos realizaron brillantes exposiciones de ese método pero no llegaron a comprobarlo ofreciendo la necesaria serie de fechas que sirvieran de hitos aplicables no sólo a las letras, sino a las corrientes culturales y sociopolíticas que conformaban el proceso. En Hispanoamérica, Pedro Henríquez Ureña, siempre genial, presentó una serie de fechas concebida de acuerdo al método generacional. Para ello definió sus períodos en unidades de 30 años a partir de 1492, y quienes le siguieron hicieron lo mismo. Resultó que para reflejar con la mayor exactitud el cambiante fluir del proceso se vieron obligados a alargar o a recortar los espacios.

Fue precisamente al reexaminar los sucesos del Descubrimiento cuando comprendí que Colón pudo realizar su gran viaje años antes o años después y que su arribo a Guanahaní fue un evento casual e inesperado. Por otra parte me percaté de que el reinado de Isabel había durado 30 años y que las dos figuras protagónicas del período habían nacido durante los treinta años anteriores, en fechas muy aproximadas y habían cumplido su gestión generacional también dentro del mismo espacio temporal. Pensé que el reinado de Isabel marcaba los hitos fundamentales para definir la serie en períodos precisos de 30 años. Usé esas fechas en las conferencias que dicté en el Instituto Caro y Cuervo sobre el teatro hispanoamericano. José Manuel Rivas Sacconi, director del Instituto, sin decírmelo le pidió a una secretaria que transcribiera las conferencias. Al despedirnos me dijo: “Estas son tus palabras. Revísalas y mándamelas enseguida para publicarlas en el Boletín del Instituto”. Al revisarlas opté por aplicarlas no solo al teatro sino a toda la literatura hispanoamericana. El “enseguida” duró más de dos años y el libro por fin apareció con el título Esquema generacional de las letras hispanoamericanas. Ensayo de un método.

Sabiendo que ha seguido trabajando como de costumbre después de su jubilación, me imagino que tendrá algunos proyectos entre manos.

Repasando contigo mis publicaciones, se me ocurre que pudiera preparar una tercera edición del Esquema generacional. Como acabas de recordarme, hay muchos lectores que quisieran tener un ejemplar. Y luego, si me quedara tiempo me gustaría reunir las aclaraciones que a lo largo de más de tres décadas he publicado sobre el Diario de Colón. Pienso que pudieran aprovecharse para una edición crítica parecida a la que hice de la Relación de Pané. Temo que el tiempo no me alcance. Lo más probable es que esos proyectos quedarán inconclusos. Pero quien no se aventura no cruza la mar.

Recuerdo que en sus clases solía contarnos anécdotas, casi siempre risueñas, para subrayar algún aspecto sustancial de la obra o el tema que comentábamos. ¿Tiene alguna anécdota predilecta sobre su carrera?

Las anécdotas son parte muy principal de la tradición intelectual hispanoamericana. En cierto modo, eso es lo que han hecho los cronistas de Indias: intercalar para potenciar el sentido de su discurso. En esta ocasión sí recuerdo una anécdota. Al terminar una conferencia que dicté en Williams College, un joven alumno, tal vez estudiante de primer curso, con toda ingenuidad preguntó: “Profesor, ¿por qué estudia tanto?”. “Pues porque me divierte”, le contesté. A esa respuesta siguió un espeso silencio. Sin inmutarme continué: “Sí, señores. La erudición no tiene que ser un martirio. Bien llevada puede proporcionarnos momentos placenteros y aun de júbilo, como cuando se descubre algún aspecto olvidado o desconocido durante las investigaciones que uno está realizando”. Lo cual no es nada nuevo. Un antiguo poeta inglés lo expresó admirablemente: “Gladly learn and gladly teach”.2 En la brevedad de esas pocas palabras Chaucer define la función fundamental de nuestra profesión.



Tomado de La Gaceta de Cuba, número 4, julio-agosto 2004.

Notas:
1 Esta conversación tuvo lugar en marzo de 2001. Esta selección fue revisada por José Arrom en marzo de 2006. Actualmente José Arrom y su esposa Silvia viven con su hija en Acton, Massachussets.
2 “Aprenda con buen humor y con buen humor enseñe”.