San Isidro de los Destiladeros

Patrón de asentamiento, planta y tipologías arquitectónicas

 

 

Teresa Angelbello

 

 

Introducción

Agua, tierra y cercanía a puertos de embarque fueron elementos naturales básicos a la hora de “fundar ingenio”. Ellos jugaron un papel protagónico en el proceso de ocupación del territorio durante la colonización cañera; en las características que asumió la agricultura de plantación y en el modelo de asentamiento de las fincas azucareras en Trinidad, al sur y centro de la Isla de Cuba.

La existencia de un notable sistema hidrológico —compuesto por casi un centenar de arroyos y cañadas vertebrado en torno a tres arterias fluviales principales: Javira-Caballero, San Juan–Táyaba y Agabama-Manatí— que baja desde las montañas del Guamuhaya baña, literalmente, todo el espacio intramontano existente entre las alturas del Guamuhaya y la serranía de Aracas. Mientras, el río Higuanojo riega el extremo oriental y sur del Valle con su sistema de afluentes y cañadas y la porción sur-occidental de la sabana costera, la más pobremente irrigada, es apenas abastecida por una red de pequeños arroyos y cañadas intermitentes, auxiliada por la existencia de aguas subterráneas.

Conforma ese espacio territorial reconocido como “Valle de los Ingenios”, un relieve suavemente ondulado en el conjunto interior de los valles, mientras que el de la sabana costera presenta un escasísimo, apenas ningún, accidente orográfico. Hasta el presente han sido localizados en él 73 sitios arqueológicos industrial-azucareros con diferentes grados de integridad.

La tierra, factor clave en todo proceso de colonización agraria, entendida como tipos de suelos y su aptitud o no para el cultivo de la caña de azúcar, fue uno de los factores determinantes en el destino azucarero de la antigua jurisdicción trinitaria. Aunque predominaron los suelos pardos con carbonatos en llanuras denudativo-erosivas sobre margas, conglomerados y areniscas, a las cuales corresponden los primeros ingenios que se fomentaron en el Valle, las tierras aluviales del Agabama y sus afluentes sirvieron de asiento a algunos de los más productivos ingenios; la llanura cársico-denudativa sobre calizas y suelos pardos con carbonatos y ferralíticos rojos lixiviados de la sabana costera, acogieron las haciendas del último período. Pocas fincas, las más tardías, se asentaron en llanuras acumulativo-denudativas con suelos ferralíticos cuarcíticos sobre depósitos arenosos resistentes.

Tres fueron los puertos utilizados para el embarque de los productos del ingenio en la región; el de la Boca del Guaurabo, el de Casilda y el del Masío: El río Guaurabo, resultado del encuentro del Táyaba con el Caballero, navegable desde las cercanías de la Trinidad hasta su puerto de la Boca, pese a ser un “muy harto mal puerto” al decir de fray Bartolomé de las Casas, fue el único habilitado oficialmente para el comercio desde los primeros tiempos de fundación hasta que lo fuera el de Casilda, ya finalizando el siglo XVIII. Este, con mejores condiciones en cuanto a abrigo de las embarcaciones pero carente de agua potable y de trabajoso acceso por mar y tierra, con apenas cuatro brazas, innumerables bancos de arena y necesitado de un práctico, resultaba además muy difícil salir de él con las brisas. Le separa de Trinidad la distancia de una legua (6,97 km) en línea recta.

Será la Bahía del Masío la que tendrá el puerto mejor considerado de los tres, porque se puede entrar o salir de él con los vientos generales, es más fácil de tomar que el de Casilda sin necesidad de práctico —aunque no aceptaba buques con calada superior a 16 pies[1]. Muy cercano al Masío desemboca el Agabama-Manatí, lo que añadido a las cualidades antes dichas convirtieron a su puerto en el de mayor trasiego con los productos de los ingenios, pues en el embarcadero del río Agabama, situado al centro del Valle, se cargaban los guayros[2] para trasladar todo tipo de mercancías hasta los almacenes del puerto de Casilda, con vistas al destino final en otras latitudes.

Además de los puertos, la costa caribeña de Trinidad tiene numerosas ensenadas y fondeaderos como Las Brujas, Gamborro, Caballones y Jobabo utilizados como embarcaderos por varios ingenios.[3]

Con el enorme crecimiento azucarero ocurrido a raíz del alza de los precios en el mercado internacional, relacionado con la ruina de Haití, la ocupación del territorio por la caña de azúcar, cultivada al oeste de la ciudad de Trinidad y con un mercado foráneo ya en los mediados del siglo XVII, se expandiría por el nornordeste, hacia el territorio central del Valle y a lo largo de las tierras aluviales del Agabama en dirección sur y norte en los finales del XVIII, para intensificarse en los primeros años del siglo XIX hasta dejar ocupadas las mejores tierras durante las décadas del 30 y 40 de esa centuria.

Para entonces, la mayor parte de las haciendas azucareras fundadas durante la centuria precedente ya habían comenzado a remodelar sus instalaciones fabriles y de vivienda, mientras que unas pocas iban siendo “demolidas”

Al ritmo de las innovaciones tecnológicas, el mejoramiento de las condiciones de vida y el gusto de sus propietarios (no exento de matizaciones e influencias que mucho tuvieron que ver con las etnias o nacionalidades propias o de sus ancestros —españoles de distintas regiones, alemanes, ingleses, franceses—, e incluso de norteamericanos del sur de la Unión, con los cuales mantenían relaciones comerciales y compartían intereses comunes), los mayores ingenios de la zona adquirirían los rasgos arquitectónicos que aún los definen, además quedaba fijado un cierto modo de "asentamiento" y distribución de la planta del batey. Los fundados tardíamente, asumirían esos patrones.

Rasgos tipológicos, en correspondencia con los de las etapas de producción manufacturera y semimecanizada del azúcar en la región, que son reconocibles en la variedad de estructuras edilicias —o sus restos— dispersos a lo largo del Valle en sitios arqueológicos, como parte de pequeños poblados rurales, en lugares habitados o, simplemente, abandonados e inaccesibles. Afortunadamente unos pocos ingenios, que por razones económicas —u otras que aún desconocemos— no realizaron o no llegaron a completar las modificaciones y/o suplantaciones al ritmo de las innovaciones tecnológicas de su tiempo, conservaron las tipologías precedentes —específicamente nos referimos a la casa de vivienda— que nos permiten observar las transformaciones y constatar materialmente el proceso de evolución ocurrido en la vivienda principal, concebida y ejecutada siempre, dentro de los modelos tradicionales y los rasgos predominantes contemporáneamente en la arquitectura urbana de Trinidad. 

 

Patrón de asentamiento y planta de la hacienda

Ciertamente, el ingenio —como conjunto arquitectónico— jugó un papel entre las construcciones de la etapa colonial cubana que no ha sido suficientemente estudiado.

Los restos constructivos de las diversas instalaciones del ingenio —las fabriles propiamente dichas, las de servicios, las habitacionales, etcétera— dispersos a lo largo y ancho de un territorio que abarca 398.8 km 2 ofrecen una visión muy pálida y fragmentada de lo que fue la plantación como conjunto edificado. Insertada en un paisaje rural antropizado con grandes extensiones de cañaverales bien delineados, salpicado por "montecillos de frutales" y áreas de "cultivos menores" en cada una de las fincas, con relativamente moderadas extensiones de 'pasto' y, las cada vez más exiguas, zonas de 'monte y reserva'.

Justo Germán Cantero, rico hacendado trinitario, describía así al Ingenio Manaca:

 “(...) presenta el aspecto de un lindo pueblecillo (...). Se halla situado casi en el centro del hermosísimo valle de Trinidad, en el punto en que el río de Ay descendiendo de las montañas vecinas le riega y fertiliza, distando como dos leguas de la ciudad que le da nombre al valle (...). Los terrenos del ingenio Manaca son reputados por los inteligentes como de los mejores de todo el valle. La mayor parte son bermejos y en algunos obtiene la caña una increíble altura. Puede decirse que la superficie es llana: sin embargo, nótanse en ella algunas desigualdades atravesadas por varios arroyos. El "batey" tiene una ligera subida por todos lados y la casa de vivienda domina a las demás construcciones. (...) Sus fábricas han sido construidas con el mayor orden y simetría. Las 'casas de pailas' y 'de ingenio' son espaciosas y la de 'purga' contiene trece mil 'furos' y magníficos tanques. Muchas de las maderas admirables que sirvieron para la edificación de las fábricas fueron cortadas en los terrenos del mismo ingenio (...)” [4]

 

Dichos por un contemporáneo, hay una serie de elementos que no fueron en modo alguno privativos del Ingenio Manacas de Iznaga al cual se refiere.

 

Los hemos observado en cada una de las antiguas haciendas azucareras del valle trinitario. Unos, que consideramos como propios del “Patrón de asentamiento”, y otros, característicos de los modelos arquitectónicos. Todos, amalgamados en la sencilla descripción del hacendado.

 

Dos elementos más jugaron un papel definitorio: La orientación y disposición de los edificios según el recorrido del sol y los vientos predominantes; el reflejo en la tipología arquitectónica del status social. Ambos jugaron un papel definitorio en la organización espacial del “hermoso pueblecillo” que —tan limpio y orgánico, hasta idílico— presentara Eduardo Laplante en las litografías realizadas de las vistas de sus ingenios a petición de Cantero.

En un asentamiento azucarero, todas las construcciones se levantaban en torno a un espacio libre, a modo de plaza: "el batey", donde las construcciones quedaban distribuidas en orden a sus funciones productivas y a las necesarias relaciones entre las instalaciones fabriles y las tierras de cultivo y/o de reserva del ingenio, así como a las de carácter social. Conjunto que forma la "Planta de la hacienda azucarera".[5] En ella podemos constatar, como resultado de la elección de elementos medioambientales y físico-geográficos en combinación con las construcciones y la antropización del lugar elegido para vivir y trabajar, tendencias y regularidades que nos permiten afirmar la existencia de un “Patrón o modelo de asentamiento” en el Valle de los Ingenios, conformado durante los años de esplendor económico y fijado en lo alcanzado en la década de 1840.

Si bien el sitio elegido para fundar ingenio respondía a un “esquema tecnológico” [6] inicialmente sencillo en el caso de una manufactura para necesidades domésticas, no comerciales, la complejidad en aumento de los procesos tecnológicos surgidos con y para el ingenio semimecanizado y el mecanizado, no significó, sin embargo el desechar los modelos precedentes en cuanto a Patrón de asentamiento.

El modelo de asentamiento válido para el 'trapiche de fuerza motriz animal' y fornalla española, fue adoptado en el ingenio semimecanizado, de máquina de vapor y trenes jamaiquinos, cuyos modelos de asentamiento y arquitectónicos tipificaron las fincas azucareras del Valle de los Ingenios. Patrón de asentamiento que pervivió en el mecanizado, cuando fue introducida la tecnología de punta en dos de los ingenios del Valle en 1843, en los momentos en que ya se agudizaba la problemática que desembocaría en la crisis económica y social en la región.

La nueva tecnología, caracterizada por el sistema al vacío y las centrífugas, asumiría el patrón de asentamiento precedente sin afectar en lo esencial la planta de la hacienda, aunque sí parcialmente la tipología edilicia, desechando por obsoletas la casa del trapiche, la del bagazo y la de purgas y adecuando una vez más la casa de ingenio o de calderas (ya había recibido una adecuación en materiales y espacios al adoptar el tren jamaiquino y la máquina de vapor).

Resulta interesante la permanencia del modelo o patrón de asentamiento, así como de la pervivencia de los modos y modelos de construir anclados en la tradición constructiva.

Lo primero se explica por la sabia elección de las características físico-geográficas del lugar elegido a la hora de fundar el ingenio, tanto a nivel de región como de hacienda. Es que la elección de sitio para fundar ingenio respondía necesariamente a una cuestión de índole práctica, de seguridad para la vida y la hacienda; denota el conocimiento de una serie de factores que, conjugados, se repitieron una y otra vez a lo largo del tiempo y en los distintos sectores del hoy reconocido Valle de los Ingenios.

Lo segundo, porque los materiales requeridos para las soluciones formales y estructurales de las técnicas tradicionales de construcción estaban “a la mano”; tierra, cal, arena, piedras y madera de calidad. Pero también la funcionalidad de los espacios y las estructuras heredadas continuaban siendo válidas, amén de responder a las condiciones de nuestro clima, y resultar factibles de ornato sin necesidad de modificar las estructuras; la elección de los motivos decorativos ejecutados sobre muros, cubiertas y elementos de carpintería en general, otorgaban la necesaria cualidad de lo bello sin estridencias ni grandes costos adicionales.

Ambos, indicativos de ser el ingenio azucarero un sistema articulado de funciones, formas y técnicas constructivas, con una determinada distribución espacial en respuesta a las necesidades del ciclo productor agroazucarero y capaz de sufrir modificaciones para adecuarse a dicho ciclo. Su razón de ser, por cierto. 


San Isidro de los Destiladeros

Ubicado a solo un kilómetro y medio de la carretera de Trinidad a Sancti Spiritus que sustituye con asfalto el antiguo trazado del Camino Real entre estas dos ciudades, y apenas a 11 kilómetros de distancia de la ciudad cabecera del territorio, permaneció, sin embargo, aislado y olvidado. Hecho incomprensible para nosotros.

          Si todavía podemos encontrar tramos del antiguo camino empedrado que iba desde el entonces Camino Real hasta el ingenio, ¿Por qué cuándo en 1826 llegan a Trinidad de Cuba Ramón Arozarena y Pedro Bauduy, los comisionados de la expedición organizada a Jamaica por la Junta de Gobierno del Real Consulado, para  “(...) el examen de los reverberos en que se fabrica el azúcar (...) llevando entre otras recomendaciones, (...) examinar con juicio y pericia (...) los trenes que más convienen a nuestros usos y calidad de azúcar (...) si los que por una misma boca de fuego calientan pailas y tachos, o los que por separado hacen ambas operaciones, (...)"[7], no visitaron el recién remodelado San Isidro que lindaba con las tierras del Buenavista?

 tierras         

 
 Ellos encontraron, no sin sorpresa, que en la casa de calderas de el ingenio Jesús Nazareno (Buenavista) de don Pedro Malibrán, estimado el más grande de la Isla después del de José Borrell, “(...) había dos reverberos de cinco piezas cada uno, y para cada reverbero, dos pailas parcadas puestas en un fuego separado (...).” [8] ,[9] También el pequeño San Isidro tenía ese tipo de tren, conocido como tren jamaiquino.

 

Casi medio siglo después, Álvaro Reynoso, durante sus “Viajes por diversos ingenios, cafetales y otras fincas de la isla de Cuba. (1863 – 1864)”, visita durante su estancia en Trinidad “(...) la loma del Pan Redondo, situada en el ingenio San Isidro, del Sr. Dr. Nicanor Cantero, y desde allí (pudo) gozar de nuevos puntos de vista del valle”.[10] No hace otra alusión a las características del ingenio.
 

Ya en el siglo XX, no pasó a propiedad del flamante Central Trinidad, fundado por E. F. Atkins en 1893 durante el período de centralización azucarera, ni tampoco cayó entre los ingenios demolidos que la voracidad de la “Trinidad Sugar Company “tomó para sí durante su rápida ocupación de las mejores tierras del Valle. [11]
 

San Isidro de los Destiladeros era ciertamente un ingenio reducido, en comparación con los colosos del momento en la región: Su extensión superficial era tan sólo de 27 caballerías de tierra, de las cuales 13 estaban dedicadas al cultivo de la caña y el resto era el área que ocupaba el batey y dos potreros; uno, para el engorde y la cría del ganado – imprescindible fuerza motriz para la molienda de la caña y el acarreo de los productos de la finca, el otro, “(...) la mayor parte en labranza para el sostenimiento del (...) Ingenio (...)”.[12],[13]

No faltaban en él ninguno de los adelantos de su tiempo; tenía dos trenes jamaiquinos, instalada su máquina de vapor para la molienda, una casa de purga de considerables dimensiones, tierras aptas para la caña, el agua necesaria para los cultivos y el proceso fabril, incluso contaba con una represa, manantiales minero-medicinales donde daba baños curativos a los miembros de su dotación, aljibe y pozo artesano. Destilería, almacenes, habitaciones de mampostería para los esclavos y enfermería, cementerio, torre campanario y por supuesto una hermosa casa de vivienda que incluía espacios de relativa independencia para los asuntos administrativos del ingenio, con jardín al frente. Únicamente le quedaba algo lejos el embarcadero; a una distancia de 8 millas (unos 13 km) en el Camino Real.

Lo cierto es que por fortuna para nosotros, el San Isidro quedó aislado estando tan cerca. Permaneció habitado cuando otros muchos asentamientos fueron del todo abandonados o pasaron a ser el embrión de poblados rurales ya desde el pasado siglo, lo cual trajo consigo mutilaciones y pérdidas irreversibles que impiden un estudio arqueológico con la integridad necesaria.

San Isidro se ha convertido en el sitio ideal para el estudio de los modelos de asentamiento y las tipologías edilicias del ingenio semimecanizado de los años de 1820 a 1840 —protagonistas del período de esplendor económico de Trinidad—, porque conserva los restos constructivos de todas las instalaciones propias de una hacienda azucarera correspondiente a la etapa de producción manufacturera en esta región. Ha servido para la probatura de nuestra hipótesis acerca de los modelos de asentamiento y constructivos en el Valle de los Ingenios y la hipótesis, a su vez, ha orientado el trabajo arqueológico y proporcionado elementos para la interpretación de los restos constructivos excavados.

Bien organizada la planta de esta finca azucarera, que lo era todo ingenio, con sólidas edificaciones trazadas en función de las necesidades del ciclo agrícola - productor, el sitio elegido para asentamiento, sin embargo, podía presentar dificultades durante la temporada de lluvias torrenciales. La suave topografía no garantizaba permanecer a salvo en caso de inundaciones provocadas por el arroyo y el sistema de aguadas intermitentes. Inconveniente sabiamente resuelto con el sistema de represa y conducción de sus aguas hacia las tierras de cultivo, bordeando la zona de la casa del ingenio y calderas.

Pero para mejor explicarnos el ordenamiento espacial de la finca azucarera en su conjunto y las soluciones arquitectónicas, la más adecuada es la casa de la hacienda, casa de vivienda, del hacendado, o simplemente la vivienda, por ser la construcción mejor conservada hasta nuestros días entre las instalaciones de los antiguos ingenios, y por supuesto de San Isidro.

En la planta de la hacienda, la vivienda ocupa un sitio destacado, a modo de hito, reconocible por: su ubicación topográfica dominante y central respecto a las demás instalaciones fundamentales del proceso fabril y de la actividad que se desarrollaba en él; su orientación cardinal; la jerarquización conferida por las soluciones formales y tecnoconstructivas que le distinguen sobre el resto del conjunto edificado, tanto en las expresiones propias del siglo XVIII como en las de la primera mitad del XIX.

Su ubicación espacial con respecto a las restantes casas de las fábricas del ingenio, la convierten en eje de la vida y del ciclo productor. Modelo y localización que proclamaban el rango social del hacendado a la vez que favorecían el ejercicio de su señorío.

La casa de la hacienda en lugar elevado debió ser, sin dudas, tan importante y necesaria como para que en los pocos casos en que la topografía no tuviese al menos alguna pequeña altura, fuera artificialmente creada con obras de albañilería a modo de basamento o ampliada hacia el fondo, levantando un muro sobre el vacío aprovechando algún desnivel del terreno. Sin embargo, en ocasiones excepcionales tal solución no está justificada, por estar edificada sobre una elevación de poca altura, como en el caso del “Buenavista” que constituye, entre los llegados a nuestro tiempo en el Valle, el mejor ejemplo de hegemonía y jerarquización.

En frecuentes ocasiones la vivienda puede ser amenazada por inundaciones provocadas por las fuertes lluvias características de nuestro clima, como sucede en el caso de San Isidro, donde es suave la pendiente y no se ha realzado la vivienda. Peligro en este caso, aminorado por la represa del arroyo. No obstante, hay otros dos sitios donde no existen ni elevación ostensible ni basamento artificial, ni represa. Son lugares donde nunca llega el agua, debido a la ubicación del batey en la margen elevada del río cercano.

El resto de las instalaciones están ubicadas con relación a la casa de vivienda de tal modo que desde ella se dominen visualmente las instalaciones fabriles, siempre cuidando que el viento del Este, predominante en la zona, no le arroje el humo y los olores desagradables producidos por la elaboración del azúcar. (Requisito que se cumple sin excepción en todos los asentamientos azucareros estudiados en la región) .

Para el proceso de producción manufacturera que consistía fundamentalmente en moler, cocer y purgar, existía una instalación o edificio independiente para cada uno de los pasos; las Casas de Trapiche, de Calderas o de Pailas y la de Purgas. Las dos primeras suelen estar juntas, una a continuación de la otra, siguiéndoles la de Purgas, que puede estar en ocasiones haciendo ángulo de 90 grados respecto a la segunda.

Es decir, su orden sigue el del ciclo productor. Requisito que también se observa en San Isidro, con la peculiaridad, ya mencionada de estar la casa de Purga enfrentada con la fachada principal de la vivienda, cerrando el ciclo de fabricación del azúcar que comienza por el lado suroeste del batey con las casas de Ingenio y la de calderas, que como unidades constructivas yuxtapuestas, alojan el área de molienda y la de cocción.

En San Isidro de los Destiladeros, es denominada en un inventario y tasación como “Casa de Ingenio y Calderas”. Tiene la de Purga por su lado Este, mientras que la Destilería está hacia el norte-noreste, resultando una ubicación axial con respecto a las dos instalaciones cuyas funciones son continuación del proceso de obtención y cochura de los jugos o guarapo. En este ingenio, el ángulo de 90 grados lo forma la Destilería con respecto a la Casa de Ingenios y Calderas.

De modo que también se cumple la norma general respecto a la relación Destilería - Casa de Calderas: La fabricación alternativa o complementaria del aguardiente de caña se realizaba en una instalación también independiente; la Casa del Alambique o la Destilería, situada cerca de la Casa de Calderas, en sentido opuesto a la de Purgas.

La Casa de Bagazo, por su parte, es una instalación que no siempre estuvo presente, condicionada su existencia por el tipo de fuego o tren (jamaiquino o a la española) que se utilizara para la cocción de las mieles, y de la cual no tenemos restos arqueológicos identificados, aunque sí gráficos, documentales y cartográficos que nos permiten acercarnos a sus características tipológicas e identificar el lugar que ocupaba espacialmente con respecto a las demás casas de la industria propiamente dicha. En San Isidro, no han sido localizados aún evidencias de esta instalación, auque se han detectado algunos restos constructivos en calas realizadas en un área factible para su ubicación.

En cuanto al almacén, cocina y herrería, pueden o no, coexistir bajo un mismo techo. Tenemos ingenios con cocina documentada en la nave que albergaba también la herrería y el almacén. En tales casos coincide el ser ingenios con numerosa dotación.

Pero generalmente la cocina es una dependencia destinada al servicio de los amos y empleados de cierta categoría o responsabilidad, constructivamente independiente, pero cercana a la casa de vivienda, como sucede en San Isidro que está al fondo, y no para el servicio de la dotación que podía preparar sus propios alimentos.

En este batey aún no hemos identificado con toda certeza los restos constructivos pertenecientes al almacén, ni tampoco detectado la herrería.

Del tejar, la panadería, y el horno para la producción de cal sólo tenemos referencias por documentos locales y la bibliografía de época. No hemos localizado restos materiales que nos permitan la identificación de esas instalaciones para poder precisar su ubicación en el conjunto. Por demás, es preciso tener en cuenta que exceptuando los hornos, pueden haber estado construidas con materiales perecederos. Todo nos permite suponer, sin embargo, que estaban situadas fuera de la zona fabril y habitacional que constituía el batey propiamente dicho, quedando relativamente retiradas hacia la periferia, obviamente por su carácter complementario respecto a la producción de azúcar, mieles y aguardiente.

El tejar y horno para la cal cumplían funciones complementarias pero indispensables porque elaboraban materias primas para el proceso de fabricación manufacturada del azúcar, a más de realizar los envases para el purgado de las mieles y algún otro tipo de producción alternativa para el uso de la propia dotación y los escasos empleados. Con toda certeza, ladrillo y tejas para las reparaciones de las instalaciones del propio ingenio.

Algunos ingenios contaron con "represas, estanques y pequeños puentes" de mampostería. Todos, sin excepción, tuvieron aljibes de gran capacidad para almacenar el agua pluvial con destino al servicio y consumo domésticos, y pozos artesanos vinculados a la casa y/o la zona fabril.

Un verdadero conjunto de obras de albañilería y un bien articulado sistema de recolección, conducción y abasto de agua para el alimento, la higienización y ejecución del proceso de fabricación azucarera y otros como la elaboración de hormas para el azúcar, ladrillos, tejas y pan; para el regadío de los cañaverales, los conucos e incluso, de los jardines del Ingenio.

En San Isidro existían, además estanques o albercas que recogían el agua de manantiales mineromedicinales para tratamientos curativos, utilizados por los esclavos.

El "pozo artesano" puede estar ubicado o no cerca de la casa de vivienda, con independencia de que esta tenga aljibe para la recolecta y abasto del agua pluvial, pero siempre sí aparece muy relacionado con la Casa de Calderas, como sucede en este ingenio de Pedro Matamoros.

En el Valle de los Ingenios las viviendas para la dotación son, por lo general, pequeños "bohíos o ranchos, dispuestos en calles con trazado ortogonal, ubicados hacia las áreas perimetrales del batey, más allá de la zona fabril, formando una zona llamada “la ranchería”, siendo realmente un pequeño poblado para los esclavos. Habitualmente muy cerca del mismo estaba el área de siembra para sus conucos.

La "enfermería", cercana al poblado, situada ya frente, ya a continuación del mismo, pero siempre en sentido opuesto al espacio que ocupa la casa del hacendado.

En San Isidro se cumplen estas condiciones, con la peculiaridad de no estar los ranchos aislados, sino en naves con un techo común, aunque las unidades de habitación, separadas por paredes de mampostería, resultan independientes. Igual solución tiene la enfermería.  Ambos tipos están fuera de la visual desde la casa principal, ocultadas por el emplazamiento de la Casa de Purga, que está enfrentada a la vivienda por su lado mayor, jardín y batey de por medio.

Entre las construcciones destinadas al hábitat de una finca azucarera, se encuentra también la casa de la talanquera o del guardián, situada en la(s) puerta(s) de entrada a la hacienda, junto al Camino Real. No hemos localizado aún la de San Isidro.

En algunos casos hubo ingenios con "casa-fuertes" para alojamiento de pequeños destacamentos armados y defensa de la finca, algunas con arpilleras, en ocasiones, se construyeron garitas o pequeños cuerpos de guardia, de mampostería y cubierta cupuladas. Tal no fue el caso en éste, considerado de menor importancia por parte de los bandos beligerantes. No obstante, consta por documentos —y la arqueología lo va comprobando —que fue incendiado por los insurrectos durante la Guerra de los Diez Años por la liberación de Cuba del dominio español.

"El cementerio" de los esclavos, estuvo generalmente ubicado a una distancia relativamente cercana al batey, oscilando entre 500 m y unos 2 km hacia el rumbo del poblado de esclavos y la enfermería generalmente, pero muy cercano a las márgenes del arroyo del ingenio (una vez más, la excepción de la regla se da en Jesús Nazareno de Buenavista) y en sentido opuesto a los vientos predominantes con relación a la casa de vivienda.

En San Isidro el cementerio cumple con la norma; está localizado cruzando el arroyo, frente al área del poblado de esclavos. Las piedras que delimitaban el camposanto permanecen desparramadas por el potrero.

Para los servicios religiosos, la tradición católica contaba con oratorios instalados en la propia casa de la hacienda, y en ocasiones con ermitas o capillas para la participación en las celebraciones religiosas de los numerosos esclavos que trabajaban en los ingenios de la región, como lo fue el caso de la de Caracusey.

Pedro Matamoros tenía en proyecto la construcción de un oratorio para el cual ya había establecido un censo vitalicio a favor del presbítero José María Gutiérrez como su capellán.[14] ¿Formaría la torre campanario de San Isidro parte de ese proyecto? ¿Llegó a ejecutarse o no? La arqueología nos ayudará con la respuesta.

Las "torres", con función primaria de campanarios, fueron verdaderos atalayas para la custodia de las haciendas. Ocupaban un lugar céntrico en la distribución de la planta del ingenio, entre las casas de hacienda y la de la industria. Viejos esclavos de confianza permanecían en las torres ejerciendo la vigilancia sobre sus hermanos, avisando con toques especiales en los casos de fugas, de los incendios frecuentes en los cañaverales y de cualquier otra incidencia o novedad que pudiesen avizorar. Tocaban las campanas a duelo o a rebato según demandara la ocasión, pero sobre todo marcaban cada día, machaconamente, las horas de trabajo y de sueño para los habitantes del ingenio.

La torre del ingenio “Manaca - Iznaga” fue la más alta y bella de su tiempo pero la de San Isidro de los Destiladores, escondida en un pequeño valle intramontano de la serranía de Aracas, aún sorprende con su magia. Es significativo que a pesar de las abundantes fuentes documentales existentes sobre estos dos ingenios, no aparezca mencionado su constructor, ni siquiera podemos decir con exactitud la fecha en que fueron construidas.

Es indudable que un relativo aislamiento protegió a San Isidro de los Destiladeros durante un centenar de años, dando lugar a un sitio idílico, con encanto para todo el que tras un árido y abrupto camino que atraviesa hacia el sur una pequeña elevación de la Serranía de Aracas, se encuentra sorpresivamente con una bien proporcionada torre de poca altura, erguida junto a románticas ruinas en medio de un oasis formado por árboles maderables y frutales donde señorean el pájaro carpintero y otras aves cantoras, marcando el arriero el ritmo del tiempo, mientras la lechuza atiende sus polluelos en la cúpula del viejo campanario, ahora sin reloj mecánico ni campanas que indiquen las obligadas horas de descanso y trabajo.

 

Tomado de La Jiribilla


[1] Derroteros de las Antillas (...). 183?, pp. 491 – 496.

[2] Antonio Pichs León, maestro mayor de carpintería de ribera, describía así un guayro: “Carmen (...)de 59 y medio pies de eslora, 20 id de manga de construcción, 14 y media de manga de arqueo, 5 y media de puntal, el casco claveteado y forrado en cobre y su arboladura en buen estado, menos los altos de cubierta que están en mal estado (...) “ (Intestado de Alejo Iznaga, 1845, Fol. 61)

Fue el transporte ideal para los productos de los ingenios del Valle hacia el Puerto. Sus condiciones eran en idóneas para la navegación de cabotaje, y había líneas en la costa sur dedicadas al comercio y traslado de todo tipo de mercancías en ellas.

[3] Copia del “Plano Hidrográfico Topográfico de los tres Puertos de Trinidad”, realizada en 1883, basado en el levantamiento realizado por el Capitán de Fragata Juan del Río, rectificado hacia 1836 por Francisco Lavallée y preparado para su publicación en el Atlas Cubano por Rafael Rodríguez en 1842.

[4] Justo Germán Cantero, “Los Ingenios. Colección de vistas de los principales ingenios de azúcar de la Isla de Cuba. ’’ Texto Introductorio Habana: Imp. Litografía de Luis Marquier, (1857)

[5] Asumimos el sentido con que Blanca Guerrero se refiere a “(...) la planta de la hacienda (...) entendida (y usado el término) en la primera mitad del siglo XIX como el asentamiento en su conjunto, es decir, además de la casa principal todas las construcciones de habitación, servicio y producción de la hacienda así como sus terrenos. (“Arquitectura en las haciendas yucatecas, 1800 – 1840”, en: Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán, a. 17, no. 103. s.a.)

[6] - Luis E. Molina, “De Los Trapiches decimonónicos a los centrales protoindustriales. Aproximación histórica a los establecimientos cañeros de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX en Venezuela. Ponencia al II Coloquio Latinoamericano sobre Rescate y Preservación del Patrimonio Industrial”. CENREM. La Habana, Cuba. 8 – 10 septiembre de 1988. s,n,p,

[7].- “Junta de Fomento”, Expdte. N. 3 966, legajo, 94. 8, nov., 1 827. Archivo Nacional de Cuba (ANC).

[8] .- Se refiere al Guáymaro, que justamente en este año, hacía la zafra mayor del mundo: 943 ton. de azúcar mascabado y purgado. (José Ignacio Echegoyen, “Fabricación de azúcar”, Filadelfia, Russell y Martín, 1 837, p. 2).

[9] .- Ramón de Arozarena: “Informe presentado a la Junta de Gobierno (...) sobre el estado de la agricultura y elaboración y beneficio de los frutos coloniales en la de Jamaica”, Habana Imp. El Fraternal, 1 827.

[10] - Francisco Díaz Barreiro, “El cuaderno de viajes de Reynoso·, en: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. A. 71, · época, vol. XXII, en. – ab. De 1980, no. 1. Ciudad de La Habana. Pp 71.

[11] - Archivo personal. Compañía Azucarera Trinidad, S.A. “Plano General de las fincas enclavadas en la zona del Central y sus vías férreas.” Trinidad, agosto de 1 926. Ing. Bastida. Escala 1: 20 000.”

[12] - Carlos Rebello, “Estado relativo a la producción azucarera en la Isla de Cuba”. Habana: 1860, p. 75

[13] - Escritura de Testamento; Pedro Matamoros, 25, junio, 1 845, cláusula 5.

[14] .- Archivo histórico de Trinidad, Anotación de hipoteca, 25, octubre, 1828 y Testamento de Pedro Matamoros, 25, junio, 1 845, cláusula 10 a.