Yucatán en La Habana: migraciones, encuentros y desarraigos

 

Karen Mahé Lugo Romera y Sonia Menéndez Castro
 

 

 

 

 Este estudio comprende los antecedentes históricos que tratan sobre la presencia del componente mesoamericano en la Isla, a raíz de las diversas oleadas migratorias que se sucedieron entre los siglos XVI y primeras décadas del XX y nos acerca al modo de vida desarrollado por un grupo de descendientes de mayas yucatecos, desde su asentamiento en las postrimerías del siglo XIX hasta la actualidad. Para ello nos apoyamos en aspectos que recogen su interacción con el medio natural y la sociedad, condicionando el comportamiento de la comunidad y la preservación de sus valores identitarios.

 

 


Introducción

Reconocer la pluralidad étnica que dio origen -y constituyó- a la actual nación cubana no es una dificultad, aún para la menos perspicaz de las miradas. Basta observar: mosaico abigarrado, policromías y multitud de formas, ajiaco delicioso, mestizaje insular,….

Tras el temprano exterminio, prácticamente total, de la población aborigen de la isla, serían las migraciones externas las que en principio estructuraron nuestra composición étnica, devenida más tarde en lo que resultaría la cubanidad. Proceso en constante fusión y transformación, esta diversidad poblacional provocó la articulación intercultural que fue determinando los rasgos identitarios del etnos - nación cubano.

Pese a la hegemonía cultural[1] impuesta durante el período colonial[2] por los grupos de poder dominantes, todos los componentes étnicos tuvieron —en mayor o menor medida— un papel significativo dentro de toda esta conjunción poblacional. Así se verá como no obstante a ser cuantitativamente predominantes las etnicidades hispánicas, africanas y chinas, también participaron del intenso proceso de composición demográfica y mestizaje cultural componentes de origen americano y de otras regiones de Europa y Asia.

 

Dentro de estas migraciones numéricamente inferiores a las tres presencias que más representadas estuvieron, se incluyen las oleadas que de manera sostenida —entre los siglos XVI y XIX— arribaron a la isla procedentes del actual territorio mexicano. Este proceso inmigratorio de indios mayas tendría en sus inicios un carácter esencialmente forzado, ilegal; aunque también se produjeron otros arribos de condición voluntaria, sobre todo durante todo el siglo XIX. 

 

 

Una historia obligada

Un constante migrar entre la isla de Cuba y la península de Yucatán, ha provocado que la cercanía de ambas cobre una dimensión mucho más que geográfica. En busca de la impronta que por más de cuatro siglos dejara esta historia de encuentros y abandonos, lazos y desarraigos, intentamos remontar, en dos orillas, el estrecho de mar que dos tierras separa.

Aunque más de un apasionado sitúa este momento tiempo atrás, se tiene por certeza que iniciado el siglo XVI tuvieron principios las sucesivas oleadas de pobladores de la península que a Cuba arribaron, generándose en tanto, todo tipo de intercambio imaginado.

 

Una vez más fue la necesidad de fuerza laboral, básicamente, el factor que, desde los inicios, propició las migraciones y, con ellas, las más variadas expresiones culturales, enraizadas en antiquísimas tradiciones mayas, comenzaron a insertarse en nuestra historia; algunas para siempre; otras se han diluido y acaso hoy sobreviven tan solo en la memoria.

 

La fundación antes de 1564 del barrio de Campeche, ubicado hacia la periferia de lo que aún fuera villa de San Cristóbal de La Habana, supuso el agrupamiento y orden de aquellos pobladores que habitaron el sitio, introducidos en la isla como resultado de un inhumano tráfico, practicado al amparo de los gobiernos coloniales. Serían identificados como indios de Campeche atendiendo al puerto de su embarque y el topónimo quedaría nombrando la barriada.

 

No obstante los marcos que este asentamiento comprendía, va a producirse un sostenido fenómeno de convivencia cultural entre los habitantes de origen maya allí establecidos y el resto de la población avecindada en La Habana. Es así que esta haría continuas peticiones de solares en el barrio de Campeche, concedidos por el Cabildo; y que los primeros, por su parte, fuesen incorporados como mano de obra en diversas actividades económicas bajo determinadas condiciones de esclavitud no del todo esclarecidas por la historiografía. Al resultado de esta confluencia hace mención la fuente que, referida al 1557, narra “que por la calles de la Habana había muchos negros y otras personas vendiendo, entre otras cosas, tortillas de maíz…”[3]De igual manera, significativa importancia adquieren estas relaciones entre pobladores pertenecientes a distintos grupos sociales, manifestados en el mestizaje, consecuencia de matrimonios mixtos efectuados durante el período colonial.

 

En los siglos sucesivos continuarían el arribo de habitantes de la península al país, modificándose, en alguna medida, la condición de estas migraciones. Desde “1635 comenzaron a venir los presidiarios de México, los guachinangos, que tan importante papel representarían hasta el siglo XVIII”[4] en las obras de fortificación. Sin embargo, y en contraposición al carácter forzoso del ejemplo anterior, en las investigaciones relacionadas con los matrimonios entre yucatecos y cubanos efectuados de 1674 a 1724 que el Dr. Enrique Sosa iniciara en los archivos parroquiales de la iglesia del Espíritu Santo, emplazada en el barrio de Campeche, veremos la presencia de un nuevo tipo de inmigrante, que se va a distinguir de otros arribos por el carácter voluntario de su desplazamiento.

 

Coincidiendo con el período en que la economía cubana alcanzara sus más altas tasas de rendimiento azucarero, el siglo XIX, los movimientos migratorios provenientes de Yucatán cobrarían nuevo incremento. Tres momentos históricos así lo definieron. Durante la década del 20 buscaron refugio en Cuba numerosos yucatecos, vinculados algunos al régimen colonialista español, tras el conflicto armado que la guerra por la independencia de México generara.

 

Luego del estallido de la Guerra de las Castas, iniciada en 1847 por campesinos mayas que, como resultado del establecimiento de la economía de plantación “fueron despojados de sus tierras, de su tiempo y de su forma de vida…”[5]; huyeron temerosas hacia La Habana gran número de familias yucatecas frente a las cuales iba Miguel Barbáchano, gobernador de Yucatán[6].

Durante la rebelión, extendida hasta 1861, quedó legalizado el tráfico de indios mayas que, como “fórmula humanitaria”, sustituyó la matanza de aquellos por su venta a hacendados azucareros cubanos y otros propietarios.

 

Empleados por estos bajo solapadas formas de semiesclavitud, supuestamente contratados por el tiempo que cubriría los gastos de su transporte, tras el cual quedarían libres, formaron parte de las dotaciones en algunos ingenios, revelando ciertas cifras la introducción de indios yucatecos como mano de obra: 700 vendidos “legalmente” y un estimado de 2000, atribuidos a ventas clandestinas[7].

 

Pero hacia 1856 parecía haberse frustrado la experiencia. En este año un viajero norteamericano, a su paso por la isla, comenta el modo en que se había visto reducida la población yucateca, víctima de constantes brotes coléricos[8]; pudiendo ser esta la razón por la que el censo realizado en Cuba durante 1860, según Jacobo de la Pezuela, reportara la exigua cifra de 786 habitantes de origen yucateco en el país.

 

No cesó, sin embargo, el arribo de estos y contrasta con el número anterior (lo cual hace dudar de su fiabilidad) la cantidad de 1046 naturales de la península reportados un año después en la isla, como apunta Novelo en su artículo. Daba fin en esta fecha, 1861, el conflicto de castas y quedaba decretada por Benito Juárez la prohibición del tráfico de indígenas.

 

Se iniciaba entonces el tercero de los movimientos migratorios ocurridos durante el siglo XIX, que se extendería por las últimas cuatro décadas. Finalizada la insurrección, cientos de indígenas se trasladan a Cuba para trabajar, fundamentalmente, como jornaleros en las plantaciones azucareras así como en otras actividades agro-económicas. Un elemento significativo reside en el hecho de que la inserción de estos al país se produce, justamente, mientras Yucatán era considerada uno de los principales productores de fibra dura, elaboradas a partir del cultivo del henequén. Para el sostenimiento de esta industria fue preciso importar fuerza laboral foránea, en este caso proveniente de China, desembarcando “en Progreso con destino a las haciendas henequeneras que requerían sus servicios previamente acordado con el contratista...”[9]

 

De evidente naturaleza forzada en sus inicios, las migraciones arribadas a Cuba procedentes de México, se mantuvieron de manera constante entre los siglos XVI y finales del XIX. Por esta razón hemos querido hacer una síntesis —basada en la información disponible y sin el ánimo de realizar periodizaciones absolutas— para ilustrar este fenómeno a partir de lo que hemos dado en llamar variantes migratorias:

 

1550 – 1700

-Tráfico de indios.

- Mano de obra forzada.

1700 - 1800

- Tráfico de indios.

- Mano de obra forzada.

- Migraciones voluntarias.

1800 - 1900

- Tráfico de indios.

- Mano de obra forzada.

- Mano de obra voluntaria contratada.

-Refugiados de procedencia burguesa.

 

Con estas variantes pretendemos resumir las vías que hicieron posible esta permanencia en la isla, y en el esquema se aprecia como, sin perderse unas, se implementaron otras formas migratorias.

 

Como resultado de este movimiento migratorio, se va a generar un intercambio comercial que hundirá sus raíces en los asentamientos y las relaciones ínter sociales, que estos van a propiciar. Un indicador de ello se pone de manifiesto en el trueque artefactual que, de manera continua, hubo de producirse desde el siglo XVI hasta el XX entre Yucatán y La Habana. De este dan fe los protocolos notariales correspondientes al siglo XVI donde queda constancia de relaciones de mercancías y transacciones comerciales entre vecinos de ambas regiones. Otro ejemplo es referido a la toma de La Habana por los ingleses en 1762, donde buena parte del botín que estos cargaron incluían artículos del continente como palo de Campeche, palo de tinte y cochinilla[10].

Todavía a inicios del siglo XX “existían grandes tiendas de víveres, como la instalada en la Casa de Armona en Lamparilla número 42, en la que se podían adquirir para deleite de la mesa todo género de especies y campechanerías”[11].

 

No solo la documentación escrita da cuenta de esto, el hallazgo de evidencias arqueológicas en la ciudad, apuntan a una fuerte presencia procedente de México durante el período colonial. En excavaciones realizadas en el centro histórico de La Habana Vieja han sido exhumadas vasijas de cerámica clasificadas por la literatura como una tipología de tradición prehispánica que, a pesar de sufrir transformaciones de índole decorativa, recuerda a un “modo de hacer” característico de producciones facturadas en México en períodos precolombinos y durante la temprana etapa de contacto hispano-mesoamericano.

 

Aunque especialistas yucatecos no atribuyen el origen de aquella a la cultura maya y señalan que su similitud es mayor con las producciones del norte y centro de México, creen posible que estos ceramios, a modo de intercambio, se hayan desplazado hacia el sudeste del país y arribaran a La Habana con las oleadas migratorias provenientes de Yucatán.

 

Asimismo, el hallazgo de restos de metates en diferentes contextos nos indica el uso extendido que este tuvo en la ciudad, como un componente del ajuar doméstico. A ello hace referencia el arqueólogo Leandro Romero, cuando señala que a Cuba llegaron “importados de México, o construidos en el país a usanza mexicana, acaso por los muchos indios yucatecos, campechanos, zacatecas o guachinangos que en oleadas sucesivas han sido traídos…”[12].

 

Según el censo que realizara en 1899 el gobierno interventor norteamericano, 1108 mexicanos residían en el país, 846 de ellos en La Habana. Para entonces, en el Llano García —accidente geográfico ubicado en la cima de la Sierra del Grillo, en la localidad de Madruga— una comunidad se asentaba. Probablemente desplazados desde otros puntos del occidente cubano, debieron agruparse en este sitio a fin de distanciarse de los efectos que provocó la cruenta reconcentración de la población rural decretada en 1896 por el Capitán General Valeriano Weyler, a la sazón de las luchas independentistas. Tal vez no portaban con ello más equipaje que sus propios recuerdos y el hecho de permanecer unidos revelaría el intento (¿o el instinto?) por conservar los rasgos de una identidad secular como expresión de evidente proceso de resistencia cultural.

 

Otros contactos se produjeron durante la etapa colonial entre Cuba y Yucatán, como aquellos de índole militar y de intercambio comercial vinculados, respectivamente, con la soldadesca peninsular, que integraran la guarnición de La Habana —los galeotes—; o los negocios que asociaran a vecinos de ambos territorios. Estas breves referencias históricas apuntan, sin embargo, a destacar aquellas migraciones que, por su implicación económica, nos permitieron llegar de forma gradual al desplazamiento tras el cual se produce el asentamiento en la Sierra del Grillo. 

 

 

Ecos del llano: vigencia y transformaciones

El asentamiento en la cima del Grillo, conocido como Llano García, en área de difícil acceso, sin duda alguna garantizó la preservación de una comunidad de origen foráneo que aprendió a subsistir en un ecosistema que le resultaba familiar.

El Llano García devino, de este modo, en refugio seguro, cumpliendo la doble función de frontera geográfica y social. Su difícil acceso y rocosas laderas no tentó al latifundista de finales del siglo XIX, en cambio por falta de opciones, fue escenario del desarrollo socio-económico de una etnia que resistió culturalmente el impacto social sufrido, preservando su identidad, a partir del aislamiento y la práctica endogámica. En investigación sociológica realizada por los años 90[13], se menciona una serie de rasgos que caracterizaba a esta comunidad, celosa de su costumbres y poco sociable. A la luz de este reciente pesquisaje, aquella realidad contrasta notablemente con nuestro encuentro, sin embargo una cualidad prevalece: el autorreconocimiento como yucatecos, y su igual denominación por parte de los vecinos de pueblos aledaños.

 

De la otrora comunidad de descendientes de maya-yucatecos asentada en esta región habanera sobreviven aún grupos aislados, establecidos en diferentes pueblos dispersos en un área limítrofe entre La Habana y Matanzas. Particularmente, en la Sierra del Grillo hoy sólo encontramos una familia, en una zona conocida actualmente como Garcerán, por la Empresa Genética que allí se edificara. Este grupo familiar está dividido a su vez en dos núcleos, y sostenido por sólidos lazos de parentesco que conceden una importancia jerarquizada tanto a la figura materna y paterna, como a la ancianidad.

 

De modo particular estábamos motivados en el diálogo con los individuos más ancianos de la comunidad, ejes de cada uno de los núcleos familiares a los que hiciéramos referencia, cuyos ascendientes, según nos narraron, llegaron de México, huyendo de la esclavitud.

 

La vivencia migratoria de los primeros habitantes asentados en la sierra del Grillo significó la imposibilidad de transportar consigo suficientes artículos. Las circunstancias que condujeron a ese desplazamiento y la condición social a la que pertenecían lo impidieron; como alternativa quedaba la reproducción de sus tradiciones en el nuevo emplazamiento y la asimilación de otras variantes.

 

Con el resto de la familia, también sostuvimos enriquecedores intercambios que si bien no esclarecieron muchos aspectos acerca del pasado, indicaban claramente el modo en el que, con el paso de las generaciones, se fueron modificando unas costumbres y asimilando otras. Protagonistas del cambio cultural que en la comunidad aconteciera fueron los jóvenes, relatores clave de este incipiente pesquisaje etnográfico. Los elementos desde cuya óptica se evidencian con mayor fuerza los efectos de procesos transculturales, son aquellos que responden al comportamiento manifestado a través del legado material, las relaciones agrícolas-domésticas y la interacción socio-cultural.

 

En estos momentos cinco casas se ubican hacia la falda de la ladera norte de la sierra, a donde se desplazaran los pobladores de la comunidad provenientes de su anterior emplazamiento en el Llano García, luego de que en 1959, el gobierno revolucionario le otorgara parcelas de tierras en esta zona.

 

Estas familias a pesar de poseer viviendas de mampostería en áreas urbanizadas, permanecen al pie de la loma del Grillo por encontrarse en ella su principal fuente de sustento: la tierra. Las casas que allí se encuentran están hechas de modo rústico con paredes de madera, techos de guano y de zinc y piso de tierra o cemento. En dos de ellas pudimos observar una sola habitación, donde discurrían todas las actividades hogareñas y su interior en nada se asemeja a la planta del típico bohío cubano, tabicado una y otra vez a fin de delimitar los espacios. Esta distribución espacial guarda más relación con la tradicional planta doméstica que aún podemos apreciar en las zonas rurales de la península de Yucatán.

 

Por los años 90 se señala que los descendientes de mayas-yucateco de la comunidad confeccionaban diferentes artesanías con bejucos del monte que formaban parte de su ajuar doméstico, entre ellos menciona: canastas para almacenar las cosechas, cestas para la ropa, forros que protegían los recipientes de barro, jabuquitos para los huevos, jabucos que se amarraban al techo y en los que dormían los niños de día y hamacas usadas por los hombres para el descanso vespertino. Durante nuestra estancia en el sitio no observamos ninguno de estos objetos, excepto dos hamacas una hecha con sacos de nylon y la otra con sacos de yute.

 

A pesar del desarrollo alcanzado en las producciones cerámicas prehispánicas, no apreciamos en la comunidad una continuidad alfarera tradicional, utilizando únicamente tinajas de barro común y otros artículos de cerámica elaborados industrialmente.

De manera general, la totalidad de los productos que se procuran estos descendientes de yucatecos se corresponden, dentro de sus modestas condiciones de vida, con dos formas fundamentales de abastecimiento: los materiales que el medio les ofrece y el acceso a los productos que los mercados tradicionales ofertan al resto de la población.

 

Sus actividades agrícolas se mantuvieron de modo similar a las desarrolladas en la península, algunos de los implementos usados en las labores de siembra son el machete y la vara o coa, esta última confeccionada en la actualidad a partir de la reutilización del extremo puntiagudo del pico, enmangado para facilitar su agarre.

 

De igual manera se menciona que a finales de la década de 1990 se apreciaba el consumo de sus tradicionales comidas. El cultivo del maíz ocupaba un importante escaño en su alimentación y se podía elaborar de diferentes maneras: atole, gofio de maíz, guiso, joroche, maíz asado y tortilla. También cosechaban frijol, diferentes tipos de viandas y chaya, un arbusto que probablemente fue introducido por sus ascendientes, cuyas hojas se preparaban y consumían como ensalada.

 

Además de cultivar en las zonas llanas, valiéndose de animales de tiro para arar la tierra, también sembraban en las laderas y para esto se servían de la coa, por ser este terreno muy pedregoso. La preparación de los suelos se llevaba a cabo a través de la roza y la quema, su agricultura se destinaba fundamentalmente al autoconsumo. La domesticación de animales venía a complementar el sistema de subsistencia: criaban pollos, guanajos, carneros y cerdos. Refiriéndose a este último se menciona que solían preparar la carne de puerco tal y como la elaboraban sus antepasados, cocido bajo tierra. La explotación forestal destinada a la producción de carbón fue un renglón del cual se valieron para el intercambio comercial, efectuado fundamentalmente en el poblado de Madruga y que aún mantienen vigente.

 

Para el año 1959, el proceso social que significó el triunfo de la Revolución Cubana conllevó al desplazamiento de sus miembros a las zonas bajas de la loma del Grillo. Abandonado el Llano García como centro comunitario, pasó a ser un sitio alternativo para mantener algunos cultivos como maíz, yuca, malanga y arroz.

 

La estrecha relación de esta comunidad con la tierra fue y sigue siendo un rasgo que la caracteriza. En las primeras décadas del siglo XX, a juzgar por lo que nos cuenta Julio, en el Llano García se sembraba maíz, malanga, tomate, melón, frijoles, ají picante, ají jabanero y chaya; productos que también cosechaban, junto a la piña y el arroz, en el poblado de Pedro Betancourt, región donde nació y vivió los primeros años de vida, antes de mudarse para el Llano. Recuerda que su madre preparaba las hojas de chaya como ensalada y la consumían con el arroz amarillo u otros platos. Elaboraba además la tortilla o pan de maíz, sobre una piedra, a nuestro juicio en sustitución del metate, denominación que desconocían. Sobre una laja maceraba el grano, auxiliándose de otra piedra y luego lo cocía sobre una plancha de metal.

 

Trasladados una vez al pie de la sierra, su producción agrícola no parece haber sufrido notables transformaciones con el decursar del tiempo. Sensible a cambios, sin embargo ha estado la manera de elaborar los alimentos, así como su consumo. A la luz de nuestro reciente encuentro, es apreciable como la diversidad en los platos elaborados a base de maíz ha ido declinando. El modo de consumir la chaya, al parecer, se mantiene en menor grado, ya que al solicitar que nos mostraran sembrados de este arbusto, nos comentaron que se encontraban dispersos en la maleza. Otro tanto sucede con la forma de cocer el puerco bajo tierra y por extensión otros alimentos, práctica que reconocen pero no resulta ya un hábito en su cocina. Todo parece indicar que la preparación de platos tradicionales ha quedado reservada para celebraciones y días festivos en general, perdiendo de este modo su carácter cotidiano.

 

“Las últimas migraciones yucatecas que ingresaron a Cuba, durante la segunda mitad del siglo XIX, lo hicieron bajo condiciones no muy diferentes de las que, hasta la fecha, ostentaron los esclavos africanos, por lo que las expectativas socioeconómicas que les deparó el panorama insular, distaban mucho de ser aceptables. Desde mucho antes, incluso siglos, en la isla se tenía conocimiento de semejante “mano de obra”, por lo que los precedentes ayudaron a crear una imagen bien discriminatoria de estos vecinos continentales. Todavía en el argot popular del primer cuarto del siglo XX, “Zacatecas”, era aquel individuo cuya ocupación fue la de sepulturero, como manifiesta extensión de las ocupaciones que cubrían los inmigrantes de procedencia mexicana (mayoritariamente yucatecos). “Guachinango”, palabra de presunto origen ibérico para designar a los antiguos pobladores de las Islas Canarias (guachenango, guancho), en México significaba un pez; pero en Venezuela y Cuba, caracterizaba despectivamente al bracero mexicano. Curiosamente, esta terminología dejó una significativa impronta en muchos topónimos de pequeñas y dispersas localidades de toda la isla, fundamentalmente en el occidente y centro, que, junto a las de “Campeche” y “Campechuela”, nos recuerdan que ese humilde pueblo del poniente, un día formó parte activa de nuestra historia. Por su parte, “Yucateco”, percibido con penoso “orgullo” por los portadores de esta ascendencia, y con indulgencia por sus conciudadanos de otras procedencias, tuvo un uso más restringido a las fronteras entre La Habana y Matanzas, y cuya permanencia en la voz popular está determinada por la abundante concentración de estos en la región.

 

Para un grupo étnico con semejantes precedentes históricos es muy evidente que el aislamiento, la automarginación, y la delimitación de fronteras, persigan como único propósito, bajo rigurosas presiones socio-económicas, el de defender la sistemática reconstrucción de su identidad cultural y la perpetuación de sus caracteres idiosincráticos.

 

La confrontación de su actual estado, entre los más viejos, todavía genera comparaciones retrospectivas sobre su status social, a pesar de lo cual, por la misma razón que se sumían en el ostracismo, y por particularidades psicofisiológicas propias de la tercera edad, prefieren el modo ancestral de vida.

 

Los más jóvenes, en cambio, se pronuncian por la modernización de sus hábitos. Imposibilitados de hacerlo en el lugar, algunos han emigrado a núcleos urbanos de la cercanía. Los que permanecen en el seno de la familia, participan en actividades sociales de diversa índole, organizadas por instancias sociales fuera de la comunidad. Tradicionalmente, es frecuente que los hombres beban, generando algunos desajustes internos en la familia y potenciando una imagen pública desfavorable; pero ello ha formado parte de un mecanismo cultural intrínseco tolerado por sus miembros, pues la bebida ayuda a consolidar los lazos sociales entre sí”[14]

 

 

Conclusiones 

 

En un período de tiempo relativamente corto, el vínculo familia-tierra-comunidad ha sufrido irreversibles cambios que atentan contra la preservación de valores identitarios. Es presumible que las relaciones doméstico-agrícolas, con profundas raíces en la familia, como elemento cohesivo y trasmisor de tradiciones y costumbres, hayan perdido vigencia por diversas razones que se expresan en una notable disminución de elementos que indicaban vínculos culturales entre esta descendencia y los primeros pobladores yucatecos asentados en la sierra. Diversas causas han respondido a la pérdida de estos rasgos identitarios, dentro de las que pudiéramos mencionar las siguientes:

 

1- Utilizando lenguas nativas sólo entre los primeros yucatecos, el uso del español se extendió en la comunidad impidiendo que sucesivas generaciones conocieran determinados valores autóctonos de sus antepasados.

 

2- El carácter explotado de esta migración hizo posible que, pese al estado de auto aislamiento y marginación social, se produjera un proceso de asimilación de patrones culturales dominantes, inhibiendo los elementos de identificación y diferenciación que los caracterizaran.

 

3- El fallecimiento de los individuos más ancianos de la comunidad, portadores de un arraigado acervo etno-cultural.

 

4- El éxodo de jóvenes hacia otros pueblos en busca de mejores condiciones de vida, particularmente, en los 90, donde se hizo tan marcada la recesión económica del país.

 

5- De igual manera la inserción en la zona de individuos no descendientes de yucatecos fue un factor determinante, así como las uniones matrimoniales con habitantes de pueblos vecinos, influyeron en la aceleración de este fenómeno.

 

Con certeza el único remanente que queda de la comunidad de descendientes maya-yucateco de la Sierra del Grillo, es el núcleo familiar al cual nos aproximamos. El visible apego a la tierra que guardan algunos de sus miembros, así como las relaciones que tienen con las figuras materna y paterna, podrían explicar que hayan prevalecido en ellos aspectos culturales, vulnerables también a sufrir transformaciones a la luz de los factores antes mencionados y expuestos a los altibajos económicos que afectan al país. Sus descendientes más jóvenes han fundado familias en otros pueblos, priorizando otras fuentes económicas para buscarse el sustento, como la caza en el monte de jutías y conejos, y la cría de cerdos para comercializarlos en los mercados agropecuarios de la capital, sin abandonar las actividades agrarias.

 

En este constante retorno a la tierra que los viera nacer y alimentara y en su reconocimiento como yucatecos, aún cuando la mixtura racial y cultural se evidencian en ellos, son perceptibles los lazos que, unidos por una fina trama, constituyen urdimbre de hábitos y tradiciones, heredados de sus antepasados, resistidos a perecer. 

 

 

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[1] Idioma, religión, formas de organización social, costumbres, manifestaciones artísticas, etc. fueron impuestos con el dominio colonial español.
[2] Los inicios de la colonización en Cuba se considera a partir de 1510, cuando comienzan a fundarse las 7 primeras villas durante el bojeo a la isla. Culmina este periodo con el traspaso de Cuba a Estados Unidos, tras la firma de esta nación y España del Tratado de París en 1898.
[3] Novelo, Victoria: Culturas Viajeras. El intercambio cultural entre Yucatán y Cuba: Una Historia no escrita. Revista Del Caribe, # 24 – 94. Pág. 57.
[4] Romero, Leandro: La Habana arqueológica y otros ensayos. Pág.142. Editorial Letras Cubanas. La Habana 1995.
[5] Novelo, Victoria: Ob. cit. Pág.56.
[6] Guerra Vilaboy, Sergio: Cubanos en México y mexicanos en Cuba: vínculos y migraciones entre 1517 y 1959. Pág.25. Revista Chacmool. Cuadernos de trabajo cubano- mexicanos. T. I, 2003.
[7] Novelo, Victoria: Ob. cit. Pág. 56.
[8] Eguren, Gustavo: La fidelísima Habana. Pág.309. Editorial Letras Cubana, La Habana, 1986.
Cervera, José Juan: La herencia cultural de los chinos en Yucatán. Pág. 185. Revista Chacmool. Cuadernos de trabajo cubano- mexicanos. T. I, 2003.
[9] Cervera, José Juan: La herencia cultural de los chinos en Yucatán. Pág. 185. Revista Chacmool. Cuadernos de trabajo cubano- mexicanos. T. I, 2003.
[10] García del Pino, César: Toma de La Habana por los ingleses y sus antecedentes. Pág.135-136.
[11] Leal, Eusebio: Regresar en el tiempo. Pág. 85. La Habana. 1986.
[12] Romero, Leandro. Ob. cit. Pág. 143.
[13] Se refiere a la investigación de Yamila González, Vivir entre dos culturas, publicada en Unicornio. Suplemento cultural del periódico Por Esto!, Mérida.2002
[14] Feria Flores Amilkar, Karen M. Lugo, Sonia Menéndez: Lazos migratorios entre la península de Yucatán y La Habana: supervivencia de una comunidad de descendientes de maya-yucatecos en la Sierra del Grillo. Diario Por Esto!, Mérida, 2004.