2012: ¿El regreso de Ronald Reagan?

Eliades Acosta Matos

 

Un coro de voces entusiastas se ha elevado al cielo saludando la renuncia de Karl Rove como asesor principal del presidente Bush. Los inveterados optimistas de todo el mundo, siempre despistados, han creído ver en esta partida la confirmación del desplome de una era oscura, y el fin de una administración desastrosa que ha hecho todo lo posible para que la Humanidad viva en un clima de creciente inseguridad y desasosiego. Lamentablemente se equivocan, tanto como se equivocaron en el 2000 y el 2004 al vaticinar las derrotas electorales de los republicanos.

Rove, o mejor dicho, lo que Rove representa, no se marcha definitivamente del escenario político, apenas ejecuta un estudiado repliegue táctico, tomándose un respiro en medio del desgaste de la guerra de Irak y las malas noticias económicas que estremecen la vida del norteamericano común. Rove y el clan neoconservador abandonan a tiempo una nave en llamas que ningún milagro podría salvar, preservando los restos de su maltrecho capital político para cuando lleguen tiempos mejores. Con astucia fingen una retirada y se desentienden del desastre que legan a los demócratas, eventuales triunfadores en las elecciones del 2008, como quien entrega cortésmente a su rival las llaves de una casa minada. Dejan, como herencia, un país sin rumbo, entrampado en una guerra que no puede darse el lujo de ganar ni de perder, sin fondos para mantener adecuadamente la infraestructura vial ni reparar los diques de New Orleáns. Sólo por su deuda comercial con China y Japón, por ejemplo, se han tenido que suprimir en los Estados Unidos 3 millones de puestos de trabajo. Es frecuente por estos días que en el país más rico de la Tierra, se cierren por insolvencia numerosos servicios escolares y bibliotecarios.

Rove, como todo neoconservador que se respete, es un consumado actor, un hábil fullero experto en jugadas de engaño. Ahora aparenta marcharse, hace mohines, se muestra como una plañidera que se sacrifica por el bien de su señor y su partido, finge una retirada por la puerta delantera de la Casa Blanca, agita su pañuelo en señal de despedida… y reingresa al edificio del poder por la puerta trasera. Al marcharse El Arquitecto, como gusta llamarlo George W. Bush, no ha desmontado la infraestructura encargada por los que concibieron el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano como estrategia imperial de reconquista mundial, de implantación definitiva del modelo neoliberal, para lo cual se necesitaba una justificación honorable, los sucesos del 11 de septiembre del 2001, y luego, una guerra para aplastar todas las formas conocidas de resistencia local y global. En este plan, las campañas de Afganistán e Irak apenas figuraban como el inicio de una lucha infinita por el dominio, no sólo de los países y las regiones, sino también de las mentes, las culturas y los sueños de la Humanidad.

Karl Rove y los neoconservadores no se retiran convencidos de haberse equivocados, mucho menos por estar arrepentidos ni escarmentados. El repliegue que protagonizan apunta hacia el 2012, año electoral, precisamente el momento en que las aguas serán propicias para que tiburones de su talla puedan nadar a sus anchas. Rove ama las lides electorales, las conspiraciones palaciegas, las intrigas putschistas, como ha demostrado escamoteando los resultados de dos elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Rove finge irse en el 2007 para que los neoconservadores regresen en el 2012.

Cuando lo que está en juego es el dominio del mundo y el triunfo de un sistema como el capitalista, que se imagina eterno e inmutable, lo cierto es que cuatro o cinco años fuera del poder no es un sacrificio demasiado grande. Los estrategas neoconservadores son ferozmente pragmáticos y calculan cualquier jugada bajo el prisma de la relación costo-beneficio. Y si esta actitud cínica no fuese lo suficientemente inquietante, y no arrojase sombras preocupantes hacia el futuro, debemos analizar las ideas y los precedentes históricos que ya se están usando para justificar la Larga Marcha hacia el 2012 que comienzan a protagonizar los remanentes de las otrora orgullosas legiones neoconservadoras.

El paleoconservador Patrick Buchanan, uno de los más enconados críticos desde la derecha que tienen los neoconservadores, acaba de publicar un interesante artículo titulado “El fracaso del Arquitecto”. En su opinión, Rove se caracteriza por ser “un táctico brillante y un estratega miope”. Contrariamente a los que alaban su carrera política, Buchanan le niega el haber construido una “nueva mayoría republicana”, en momentos en que ambas cámaras han terminado en poder de los Demócratas. Los extravíos de esta menguante administración de doctrinarios, según su denuncia, parten de haber equivocado la forma en que se debía haber acometido la tarea de dar cuerpo al “conservatismo compasivo”, piedra sillar del proyecto Bush, el cual ha terminado siendo una mezcla incoherente de Gran Sociedad Liberal y Gran Gobierno Conservador. La conversión al neoconservatismo del Presidente, tras el trauma del 11 de septiembre, siempre según Buchanan, fue el equivalente a abrazar una ideología neowilsoniana, casi una religión laica, caracterizada por un puñado de dogmas, a saber, la creencia ciega en que los Estados Unidos son una nación providencial, cuya misión en la Tierra consiste en liberar a la Humanidad y democratizar el planeta; que nos encontramos inmersos en una guerra decisiva entre el Bien y el Mal, y que nuestra victoria depende del uso intensivo de la fuerza militar. “Buscando construir una nueva mayoría republicana-concluye- Bush y Rove acabaron negando el modelo de Reagan y Nixon. Para las bases del partido fue ir demasiado lejos el haber abrazado el intervencionismo de Wilson, la teoría del libre mercado global de Franklin Delano Roosevelt, la idea de abrir las fronteras a la inmigración, de Lyndon Baynes Jonson, y las prioridades presupuestarias del proyecto de la Gran Sociedad… El Partido Republicano necesita de nuevos arquitectos: la firma de Bush & Rove no cumplió con la tarea encomendada.”

Pero, para ser justos, no se puede calificar el desempeño de los neoconservadores partiendo sólo de los resultados de una administración que, lejos de lo que afirma Buchanan, llegó al poder convencida de que tenía por delante la tarea de cumplir los preceptos ya delineados en el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, dado a conocer cuatro años antes de que el primer avión se estrellase contra una de las Torres Gemelas de New York. El Proyecto delineaba un conjunto de medidas extremas, tras los ocho años en el poder de Clinton y los demócratas, para rescatar lo que aún quedase de la herencia política de la era Reagan.

Bajo el mandato de Ronald Reagan, con notable éxito para el imperio, fueron puestas en vigor políticas de emergencia ante la crisis de la economía doméstica, y el ascenso de lo que se reputó como creciente amenaza militar soviética y de la subversión en el Tercer Mundo. Detrás de este tinglado patriotero armado para garantizar las ganancias del complejo militar-industrial, y muy por encima de la capacidad intelectual del Presidente, desarrollaron su labor un puñado de brillantes intelectuales, algunos desertores del liberalismo, que fundamentaron la plataforma de ideas necesaria para acometer esta contraofensiva reaccionaria. Jeane Kirpatrick, Irving Kristol y Daniel Patrick Moynihan, por citar sólo tres, debutaron como neoconservadores en estas batallas, y permanecieron junto a Reagan hasta el final. No es lo que ha ocurrido bajo el reinado de Bush Jr: no sólo han fallado las políticas, sino también las ideas y los ideólogos. Eso explicaría, en parte, la salida del escenario político de Washington, de personajes como Francis Fukuyama, en el 2006, y Rove, en el 2007.

En efecto, las ideas neoconservadoras han sufrido un durísimo desgaste ante la resistencia de una realidad mundial más que tozuda, empeñada en negarles viabilidad y sentido, lo que se expresa en el ascenso de la izquierda en América Latina, el regreso a la palestra del socialismo y los crecientes problemas de ingobernabilidad en Irak y Afganistán, que han empantanado a la ofensiva imperial, sin lograr rebasar en todo este tiempo sus posiciones iniciales. En este contexto, con plena conciencia de la debacle que les espera puntualmente en el 2008, los neoconservadores han tocado a una prudente retirada, y como suele ocurrir en semejantes coyunturas, para intentar levantar la moral a sus huestes en fuga, agitan el estandarte milagroso de las glorias pasadas, del que se dice que, en coyuntura semejantes, ya garantizó la victoria. No es casual, por supuesto, que el trapo que agitan con frenesí lleve impreso el rostro de aquel actor californiano de filmes de cowboys Clase B, llamado Ronald Reagan.

Desde marzo del presenta año, cuando todavía un soberbio Karl Rove se resistía a abandonar su puesto, podía leerse en el editorial de un nebuloso Proyecto “Fronteras de Libertad”, algo así como el remake decadente y caricaturesco del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, la siguiente afirmación, nada casual:

“En el 2012 Estados Unidos necesita de otro Presidente Reagan”

Si dejamos a un lado que el autor del editorial, un crepuscular Lee Ellis, es un periodista que trabajó para Reagan, y que afirma en el texto que el sucesor carismático de este último es nada más y nada menos que Tony Snow, quien fuera Secretario de Prensa de Bush Jr, lo interesante radica en que se comienza a trabajar para el 2012 bajo la premisa de que hay que salvar los restos de la herencia maltrecha de aquella administración, muy mermada tras los embates del Bushismo. A diferencia de lo que se afirmaba tras los años de Clinton, poco importa que sean hoy republicanos los dilapidadores del capital político nacional. Los neoconservadores son, sin dudas, un clan extremadamente pragmático y sin escrúpulos, cuando de retener o recobrar el poder, y las ganancias, se trata.

Es interesante citar, a manera de curiosidad, los rasgos que, en opinión de Ellis hacen de Snow un Reagan en ciernes:

“Tiene la misma habilidad (que Reagan) para mirar a la cámara y hablarle a la gente… Es también un gran comunicador, con buena voz… Puede hacer un discurso sin necesidad de un guión, mientras mira a los ojos del auditorio… Es bien parecido y atractivo… Puede vencer a cualquiera en un debate televisivo… Y lo más importante (y esto se dice como noticia sensacional): tiene cerebro.”

Es posible que Ellis no sea tomado en serio con semejantes argumentos, a la hora de vender la candidatura de Snow en el 2012, como si fuese un clon de un Ronald Reagan redentor, Mesías de la derecha norteamericana, cuyo advenimiento periódico coincide con las épocas de marea baja para el establishment. Pero estoy seguro de que Karl Rove si lo sería, aún cuando apelase a las mismas mantras pedestres. Y es que nada mejor que la aurora mágica conque siempre se ha envuelto El Arquitecto para levantar el valor de las acciones en los negocios electorales de esta nueva Corte de los Milagros.

¿Alguien duda que pronto veremos a Rove, a Fukuyama, a Libby, a Rumsfeld, a González y a los demás defenestrado del Bushismo, a esos mismos fundadores de la mafia neoconservadora momentáneamente alejados del poder, anunciando el Proyecto salvador de turno, agitando amenazas tremebundas ante los Estados Unidos, prometiendo retornar la nación a la senda de gloria desandada por Reagan, tocando a rebato las campanas de la Patria?

Los neoconservadores han llegado para quedarse, al menos eso creen. Bajo semejante premisa actúan y actuarán en la política norteamericana. Seguidores fanáticos de un maquiavélico filósofo sionista como lo fue Leo Strauss, no tendrán remilgos ni escrúpulos en apelar a cualquier justificación, triquiñuela, delito o crimen con tal de perpetuarse en el poder y consumar su destino como alimentadores del complejo militar industrial y las grandes transnacionales que los procrearon y amamantaron en sus inicios, como a su tropa particular de choque. Avispados como son, ya trabajan para el 2012.

Imagino a un aplicado Karl Rove, ahora con tiempo de sobra, repasando las fotos de los posibles candidatos, y poniendo a un lado las de aquellos que puedan acreditar ser poseedores de un cerebro y que, además, televisen bien. Lo demás no importa, ¿o es que acaso quien resulte elegido cree que realmente gobernará?

 

Eliades Acosta es el Jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del Partido.  Durante diez años fue director de la Biblioteca Nacional José Martí y es Vicepresidente Primero de la Unión de Historiadores de Cuba. Es autor, entre otros libros, de "Los hermanos Santiagueros de Martí"(1995), "El árbol de la discordia"(1997), "El siboney de los cubanos"(1997) y "El 98: Cien respuestas para un siglo de dudas"(1998).