El bohío: vivienda esclava en las plantaciones cubanas del siglo XIX

 

 

Lisette Roura Álvarez

 

 

 

 

En el año 1999 comienzan las excavaciones arqueológicas en el cafetal Santa Ana de Viajacas o El Padre, como también se le conoce, en el municipio habanero de Madruga. Esta plantación tenía una particularidad: poseía un poblado de esclavos amurallado. Desde entonces, la imagen del cafetal o ingenio con el típico barracón que habíamos tenido siempre se desvanecía y comenzamos a cuestionar algunos puntos sobre la vivienda esclava que hasta ese momento se consideraban esclarecidos: ¿Cuántas plantaciones poseían bohíos y cuántas habían implantado el barracón como medida de seguridad contra las fugas y los alzamientos? ¿Fueron éstas las causas del surgimiento de los grandes barracones en el siglo XIX? ¿Fueron los barracones los que predominaron en las plantaciones esclavistas o fueron los bohíos?

 

El despegue de las plantaciones se produce a finales del siglo XVIII como consecuencia de la gran acumulación de capitales autóctonos en la Isla, la ruina de Saint Domingue como gran centro productor de azúcar, la demanda de este producto y del café por parte del mercado capitalista mundial y las posibilidades de concentración de fuerza de trabajo.  Estas industrias tenían como objetivo primordial la venta de sus mercancías en el mercado internacional y funcionaron, principalmente, con mano de obra esclava hasta 1886.

 

Honorato Bernard de Chateausalins, profesor de la Universidad de La Habana y miembro eminente de la Sociedad Económica Amigos del País, publica en 1831 su Vademécun de los Hacendados Cubanos, donde recomienda que las viviendas de los esclavos “se fabriquen en forma de barracón con una sola puerta, cuidando el administrador o mayoral de recoger la llave por las noches…"[1] Por lo tanto, fue el primero que registró documentalmente el término barracón para designar estas construcciones. Sin embargo, a pesar de la definición de Chateausalins, también se le llamó barracón al conjunto de chozas o bohíos destinados a los esclavos, por lo que podemos encontrarnos ante la descripción de un cafetal o ingenio donde se mencione dicho término y en realidad los negros podían estar agrupados en poblados de pequeñas casas. Tal es el caso de las descripciones pertenecientes al ingenio trinitario Buena Vista, donde se mencionan existían una “casa de mampostería y tejas, vivienda del mayoral, otra casa y barracón con 32 habitaciones”;[2] refiriéndose en este caso al lugar donde estuvo enclavado el poblado de los esclavos, el cual contaba con 32 casas. Según Juan Pérez de La Riva, “la palabra bohío se usó con gran ambigüedad (…) y tan pronto designaba la choza del esclavo como su departamento dentro del barracón”.[3]

 

Desde el punto de vista histórico-arqueológico se han podido definir dos tipos de barracones en las plantaciones cubanas: Barracón de Patio y Barracón de Nave, ambos ampliamente descritos en la bibliografía especializada.

 

La segunda modalidad de vivienda esclava a la que nos referiremos son los bohíos. Constituye el tipo de habitación rural cubana más tradicional y primario, heredado de nuestros aborígenes. Fue la vivienda más elemental utilizada por el esclavo africano en Cuba, que era muy diferente al construido por el indio. Si bien en el del aborigen vivía toda la familia, en éste podía residir desde un solo individuo hasta un conglomerado que partía de la pareja como célula familiar. Posteriormente, los emigrantes, fundamentalmente los canarios, adoptaron este tipo de construcción —con algunas modificaciones— para asentarse en los campos cubanos como sitieros; de ahí que el bohío cubano es todo un compendio transcultural aborigen-afro-hispánico.[4]

 

Con el paso del tiempo, los materiales utilizados en su construcción se fueron diversificando, aunque lo usual era erigirlos de yagua o tabla y guano. Sin embargo, en el siglo XIX también se consideraban bohíos (o ranchos) las pequeñas casas de campo edificadas de embarrado o mampostería, techadas con tejamaní o tejas. Estos coincidieron cronológicamente dentro y fuera de las plantaciones cubanas.

 

Ahora bien, existe una tercera categoría de vivienda esclava que hasta el presente sólo hemos encontrado en una plantación y nos resulta muy interesante: los pueblos amurallados de esclavos. Esta es una modalidad curiosísima, pues, a nuestro juicio, fue una combinación entre el barracón de patio y los caseríos. A ella nos referiremos posteriormente.

 

 

Zonas de gran desarrollo plantacionista

 

Sin duda alguna, existieron en Cuba regiones que por las condiciones de sus suelos, la cercanía con los puertos —que permitían que la exportación de las mercancías no constituyera una traba para la venta de las mismas—, y la disponibilidad de terrenos suficientes para los sembrados, se desarrollaron más que en otras las plantaciones de café y de azúcar. Según datos históricos que nos remontan al año 1846, la zona occidental de la Isla era la de mayor auge en ambos reglones. Hacia el oriente de la Sierra del Rosario, ubicada en la actual provincia de Pinar del Río, se asentaron en los inicios del siglo XIX numerosos caficultores de origen francés y criollos adinerados, quienes convirtieron estas lomas en una de las zonas más florecientes de Cuba. Esta área cafetalera se desarrolló hasta mediados de dicho siglo, en la que se erigieron cerca de cien plantaciones.

 

Ahora bien, en las jurisdicciones habaneras fue donde se comenzó a desarrollar con gran ímpetu la plantación esclavista azucarera a partir de los años 1788-1792. Ya en 1762 existían un centenar de ingenios en los caminos que se alejaban de la ciudad, y paulatinamente se fueron expandiendo hacia las zonas donde las tierras no habían sido cultivadas. En 1804, La Habana contaba ya con 237 ingenios y hacia 1817 su número se elevó considerablemente; solamente en los territorios correspondientes a Bejucal, Santiago de las Vegas, Guanabacoa, Jaruco y Güines existían 312 de ellos.[5] Estos ingenios, en su mayoría, no poseían más de 80 esclavos y elaboraban de 500 a 1 500 cajas de azúcar.[6] También se desarrolló en el territorio habanero un fuerte movimiento cafetalero; recordemos que hacia las áreas occidentales se asentaron gran cantidad de colonos procedentes de Saint Domingue y otras zonas. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, se registran en el término municipal de San José de las Lajas un total de 26 ingenios, pero también 24 cafetales, plantaciones que coexistieron y se desarrollaron al unísono.[7]

 

Mientras se mantuvieron altos los precios del café, muchas plantaciones continuaron produciendo y la región habanera no fue la excepción. Entre la jurisdicción de Guanajay, Güira de Melena, San Marcos, Artemisa, Alquízar, Ceiba de Agua y San Antonio de los Baños, se ubicaba el famoso “Jardín de Cuba”, llamado así por la belleza de sus haciendas cafetaleras. Charles Augustus Murray, viajero norteamericano que visitó Cuba en la década de 1830, relata que los cafetales de esta región, como lo fueron La Tentativa, La Esperanza, La Simpatía, La Rotunda, La Matilde, La Serafina y La Catalina, eran como jardines-haciendas.

 

Una vez consolidado el desarrollo plantacionista en La Habana, éste se extiende hacia el este, abarcando el norte y centro de la actual provincia de Matanzas, sobre todo en los territorios de Cárdenas y Colón. Aunque se desarrolló ampliamente la producción de azúcar en este pedazo de tierra occidental, los cafetales nunca jugaron un papel secundario y en regiones como Bemba (Jovellanos), Cimarrones, La Guanábana, Limonar e incluso Cárdenas, había un mayor número de cafetales en comparación con los ingenios,[8] existiendo una fuerte presencia francesa; por ejemplo, en 1827 sumaban 203 las plantaciones caficultoras, todas ellas fomentadas en la primera mitad del siglo XIX.[9] Entre ellas se destacaban el cafetal Moscú, cuya dotación se sublevó en los acontecimientos de “La Escalera”, y La Industria.

 

Desde bien temprano en el siglo XIX, la industria azucarera irrumpe en áreas matanceras, creciendo y convirtiéndose en la región donde florecieron grandes colosos cañeros. Hacia 1827, el partido de Matanzas produce ya el 25 % del azúcar cubano y en 1859, junto a Colón y Cárdenas, hacían el 55,5 %.[10] Y es que este último territorio poseía en 1852, por sí solo, 221 ingenios y en él se encontraban los más importantes del país por sus adelantos, extensión, mejoras y rendimientos.[11] En la década de 1858-1868, la expansión matancera había llegado a su fin como consecuencia del mismo agotamiento térreo que se había experimentado hacia el oeste, sobre todo en el partido de Colón, que en 1857 llegó a ser la principal región azucarera de Cuba.[12]

 

Como un fenómeno independiente del auge habanero-matancero, surge la industria azucarera en Trinidad, importantísima zona productora en relación con la disponibilidad de sus tierras. Los sembradíos bordearon las montañas y se desplazaron por los valles, precisamente allí se construyeron dos de los gigantes cubanos: Guáimaro y Güinía de Soto. El desarrollo trinitario en el renglón azucarero alcanzó su cenit hacia 1840, cuando los 43 ingenios que producían en ese año, sobrepasaban las 8 000 t. Sin embargo, no se puede obviar el renglón cafetalero, pues aunque no fue una industria que floreció tanto como el azúcar en esta región, los documentos han dejado constancia de la existencia de 35 cafetales en el año 1817.[13]

 

Lo mismo no sucede en la actual región de Villa Clara, pues en dicho año se reportan 78 haciendas cafetaleras que convivían con 14 escasos ingenios.[14] Así pues, estas tierras, al igual que las de Cienfuegos, aún se mantenían en excelentes condiciones para el desarrollo azucarero, que vendría a sustituir el practicado en las desgastadas tierras habaneras, matanceras y trinitarias, como producto del uso intensivo de las mismas. Sin embargo, más que la antigua Villa Clara, fue Sagua La Grande, villa fundada en 1817, donde invade el azúcar junto a Cienfuegos, ciudad fundada dos años más tarde. Las magníficas tierras agrícolas y los bosques existentes hicieron que a partir de 1827, los sacarócratas habaneros y trinitarios de apellidos tan ilustres como O´Farrill e Iznaga, pusieran sus ojos y fortunas en estas zonas.[15] Hasta la década de 1860 las haciendas ubicadas en estas áreas se encuentran produciendo al máximo, aunque nunca llegan al status alcanzado por las industrias azucareras ya mencionadas, en las cuales se elaboró el 90 % de la producción azucarera cubana del siglo XIX.

 

Durante la primera mitad de dicho siglo, los ingenios continuaron su expansión a través de todo el territorio nacional, desarrollándose medianamente esta industria en los territorios orientales. El puerto santiaguero siempre constituyó uno de los principales exportadores de la isla, más aún después de ser favorecido comercialmente a finales del siglo XVIII. Desde fechas bien tempranas, aparecieron hacia el sur siembras cañeras que aprovecharon los valles intramontanos, así como hacia la zona de El Caney. Ya en 1759 sumaban 38 los ingenios en la jurisdicción santiaguera, pero el ritmo de crecimiento se volvió muy lento en comparación con lo que sucedía hacia occidente. En 1859, el porcentaje de la producción con relación al país era menos de

1 %.[16]

 

Lo mismo sucedió en los territorios de la actual provincia de Guantánamo, donde el fértil valle del Guaso y las montañas se desarrollan económicamente a mediados del siglo XVIII como un apéndice de la región santiaguera. En 1777 solamente existían tres trapiches que molían con dotaciones que no llegaban a veinte esclavos, no siendo hasta 1817, que se funda el primer ingenio. La mayor cantidad de plantaciones se concentraron en el partido de Santa Catalina, donde se ubicaban, hacia 1841, las únicas siete industrias azucareras existentes.[17]

 

En 1860, cuando la mayoría de los grandes productores azucareros cubanos se encontraban en descenso, los ingenios santiagueros llegaron a la cifra de 89 y continuaban creciendo, mientras que los guantanameros sumaban 25, la mayoría de los cuales ya se habían mecanizado.[18] Esta evolución tardía trae como consecuencia que el oriente cubano constituyera la fuente azucarera que suple, en gran medida, la decadencia de las producciones de azúcar registradas hacia el occidente y centro de la isla.

 

Como un fenómeno paralelo a la vida azucarera, se desarrolló fuertemente la producción cafetalera. Este auge lo trae consigo, fundamentalmente, la inmigración desde el sur de caficultores que emigraron luego de los sucesos acaecidos en Saint Domingue. En 1841 existían 604 haciendas en la región del cinturón cafetalero de Santiago de Cuba, siendo éstos los que más se mantuvieron produciendo, hasta que la Guerra de los Diez años asestó un duro golpe a los hacendados establecidos en la cuenca del Cauto; siendo las plantaciones de más de 100 esclavos, como La Gran Sofía, las que más resistieron la crisis del segundo tercio del siglo XIX.[19]  No cabe duda de que las cuatro grandes zonas donde se concentraron las mayores plantaciones esclavistas, se ubicaron en las cercanías de las también cuatro grandes ciudades portuarias cubanas, privilegiadas y favorecidas por el “Reglamento para el Libre Comercio de España a Indias” de 1778 y la “Trata Libre” en 1789: La Habana, Matanzas, Trinidad y Santiago de Cuba.[20]

  

 

 ¿Bohío o Barracón?

 

Como es lógico que sucediera, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, en los que se fomentan no pocas plantaciones esclavistas en Cuba, los hacendados le daban relativa importancia a la disposición de las viviendas de los esclavos, las que en muchos casos se colocaban ad libitum en los llamados bateyes. A menudo, las áreas dentro de éstos eran compartidas con los monteros u otros trabajadores de la hacienda, pero en otros se delimitaba un trozo de terreno donde se erguían únicamente los escasos ranchos destinados a los negros, como sucedió en el ingenio “Nuestra Señora del Rosario y la Limpia y Pura Concepción”, plantación más conocida como la de las tierras del Río Piedras. Esta industria guanabacoense floreció en la década del ´50 del siglo XVII y contaba con una reducidísima dotación de 20 esclavos, los que debían obtener la mayor parte de su comida en las siembras aledañas a sus viviendas.[21]

 

La tipología de vivienda adoptada fue el bohío de tabla y guano y, en casos minoritarios, de embarrado y tejas. El piso solía ser de tierra apisonada y en él se clavaban postes de madera redondeados, cuya función era soportar los entarimados que servían de camas. Los bastidores probablemente estuvieron amarrados con bejuco colorado, tejidos luego con bejucos de tortuga o tiras de majagua.[22] Frecuentemente, estas pequeñas aglomeraciones de reducidos inmuebles dieron lugar, en el siglo XVIII, a caseríos que trascendieron su condición para convertirse en poblados que han llegado hasta nuestros días, como por ejemplo Ranchuelo y Corralillo.[23] Al igual que en los dos citados ingenios, todo parece indicar que los esclavos que habitaban y trabajaban en estas haciendas no eran muchos, pues ambas industrias andaban todavía en pañales en comparación con el desarrollo que llegan a alcanzar en la primera mitad del siglo XIX.

 

El café se fomenta con buenos resultados con posterioridad a 1750, en cafetales que carecían de una alta producción, pues aún el mercado internacional no respaldaba con altos precios tan preciado grano. Por lo tanto, es de suponer que la cantidad de esclavos que vivían en estas plantaciones era también muy reducida. Ya en los últimos años del siglo XVIII comienza para el café un período de auge económico, y a partir de entonces empieza a rivalizar con el azúcar. Como consecuencia, la cantidad de esclavos que comienzan a convivir en estas haciendas aumenta considerablemente, como por ejemplo, la dotación del ingenio Río Blanco, el que poseía 99 bohíos para albergar a una negrada compuesta por 242 esclavos[24]. Este fue fomentado en 1759 por los jesuitas radicados en La Habana, los que también eran propietarios del ingenio Poveda —32 bohíos para 68 esclavos.[25]

 

Uno de los factores que frenaba la expansión de esta industria era la limitación de la fuerza de trabajo disponible, situación que se resolvió con la Real Cédula del 6 de febrero de 1789, y la puesta en vigor de la autorización para la introducción libre de esclavos en Cuba y otras colonias.[26] Por otro lado, la baja de los precios del azúcar en el mercado era tan significativa, que hacia 1683 ésta había hecho desaparecer la tercera parte de los ingenios cubanos, y los que se mantenían produciendo no alcanzaban la rentabilidad.[27] Otro de los factores que influyeron grandemente en la expansión azucarera fue la inclusión del vapor en los ingenios, posibilitando así un mayor rendimiento de las zafras y el aumento de las ganancias de los hacendados. Esto trajo como consecuencia que se necesitaran, aún más, brazos fuertes y ágiles que garantizaran la caña que se requería para el consumo de las maquinarias del ingenio, y a partir de entonces las dotaciones se hicieron mucho más numerosas.

 

Por lo tanto, los finales de dicho siglo marcan el término de una etapa y el comienzo de otra para el azúcar y el café. Ya en 1821 habían 155 000 esclavos en 750 ingenios; 54 000 en 900 cafetales; 36 000 en fincas ganaderas, tabacaleras y otros cultivos, y 20 000 en ocupaciones domésticas.[28] En 1827 los ingenios sumaban un millar, existían 2 067 cafetales, 76 algodonales, 60 cacaotales, 3 090 potreros, 5 534 vegas de tabaco y 13 947 sitios de labor y estancias; los que albergaban a 286 942 esclavos.[29]

 

Las condiciones de vivienda esclava hasta el año 1800 se mantuvieron inalterables, tornándose bastante complejas durante todo el siglo XIX, pues los hacendados adoptaban en sus plantaciones el modo de vida para sus esclavos de acuerdo con tres factores fundamentales: las condiciones del terreno donde se situaba la hacienda, la situación económica en que se encontraban y la situación social con respecto a la actitud de los esclavos imperante en el país.

 

Hacia 1804, era de 198 000 el número de esclavos censados en la isla, como consecuencia de la gran demanda de fuerza de trabajo en las plantaciones; y hacia 1843, ascendían ya a 589 333.[30] ¿Pero influyó definitivamente la cantidad de esclavos presentes en las dotaciones como para transformar el modo de vida de éstos? Hemos constatado que plantaciones con reducido número de esclavos poseían barracones de naves en los que eran encerrados, e ingenios y cafetales en los que sucedía todo lo contrario y éstos habitaban en aglomeraciones de bohíos y casuchas ubicadas en zonas cercanas a las áreas industriales de los complejos.

 

Generalmente, los bohíos dejan de situarse ad libitum para acomodarse en lugares previamente escogidos y muchos de los ingenios modernizaron sus accesorias y adoptaron el barracón de patio como método organizativo eficaz y como medida de control para la dotación, aunque en este punto surge una nueva interrogante: ¿Predominaron estos en las plantaciones cubanas?

La mayoría de las haciendas ubicadas en la Sierra del Rosario tenían organizadas las habitaciones de los esclavos a partir de bohíos construidos de madera o embarrado, y en muy pocos casos en barracones de mampostería naviculares. Si bien es cierto que los cafetales acostumbraban a poseer dotaciones compuestas por números menores de esclavos que los necesarios en la industria azucarera, estos cafetales, que producían en el orden de los miles de arrobas, poseían dotaciones que excedían el centenar de esclavos en múltiples casos.

 

Hasta el momento, en unas 70 plantaciones localizadas, se ha detectado solamente un barracón de mampostería, ubicado en la hacienda Buena Vista. Esta llegó a tener una fuerza de trabajo de 130 esclavos y la nave estaba dividida en 11 habitaciones; sin embargo, allí también se utilizó el bohío, coincidiendo cronológicamente con el barracón. La diferencia de quiénes vivían en unos y en otros estaba dada por su status civil dentro del cafetal: los recién llegados, los solteros y los más “belicosos” solían ser ubicados en los barracones, mientras que los que habían creado familia lo hacían en los bohíos.[31]

 

Por su parte, la presencia esclava en el territorio holguinero asciende a partir de los primeros años del siglo XIX, alcanzando su clímax hacia 1866, fecha en que se reporta el número mayor de ingenios y trapiches en el llamado eje azucarero Uñas-Gibara-Fray Benito. Las plantaciones que producían en dicha fecha, situadas dentro de este “eje”, eran donde se ubicaba el 73,14% de todos los esclavos del área agrícola de la jurisdicción. Estos ingenios y trapiches llegaron a sumar 72 en ese mismo año, sin embargo, no sucedió lo mismo con la producción cafetalera de la zona, donde se reportan —como máximo— 11 haciendas hacia 1827.

Estas plantaciones —tanto las azucareras como las cafetaleras— no parecen haber conocido el barracón, sino el conjunto de chozas o bohíos. Dentro de este ámbito, Gibara constituyó un área donde se fundaron varios ingenios, y a su paso por uno de ellos en 1840 un viajero nos dejó su descripción: “A la derecha se encontraban los conucos de los negros o tierras de autoconsumo cuyo producto es de su propiedad (…). Los bohíos están todos sobre la misma colina y forman una pequeña villa…”[32]

 

La zona santiaguera se caracterizó por una fuerte presencia industrial cafetalera, siendo las regiones de El Cobre y La Gran Piedra las que más se desarrollaron en este renglón. La Isabelica, cafetal ubicado en esta última zona, fue investigada arqueológicamente en la década de 1960 por Fernando Boytel Bambú, quien afirmó: “La Isabelica parece no haber tenido barracón de esclavos construido de mampostería…

 

Se encuentran las bases y pisos de una serie de construcciones correspondientes sin duda a pequeñas viviendas en la cima misma de la montaña y a unos 40 metros de la casa directamente sobre la tahona o moulin y a un costado de la caballeriza.

Allí hay huellas de unas seis de estas construcciones que debieron haber sido de madera u cuje embarrado acorde con la influencia andaluza”.[33]

 

La casi nula presencia de barracones en estos cafetales indica el predominio de los bohíos como vivienda esclava en esta región. La Gran Sofía constituye uno de los ejemplos de plantación más significativo en la zona, en el que todavía se pueden observar las ruinas del barracón de nave y de la mayoría de sus fábricas.[34]

 

Otros datos nos llegan de la mano de viajeros que visitaron la zona oriental a mediados del siglo XIX. Hippolyte Piron nos narra, a partir de su estancia en el cafetal San Pablo, propiedad de don José Ramírez, ubicado en el partido de El Cobre -cuartón Brazo del Cauto, según la división político-administrativa vigente desde 1861 hasta 1878-, que “…en la pendiente de la colina se escalonaban las chozas donde vivían los negros, miserables cabañas construidas con un encañado recubierto de arcilla y techadas con hoja de palma”.[35]

 

Además, visitó el cafetal Santa Ana Margarita, en Juraguá, donde también nos cuenta cómo “Las chozas de los esclavos estaban, como en otras partes, construidas con trenzados recubiertos de arcilla y techados con hojas de palma". Igualmente, Walter Goodman, quien vista Cuba desde 1864 hasta 1869, recorre Santiago de Cuba y uno de los ingenios allí localizado[36] y cita que su dueño “destinaba casitas de guano, limpias y bien construidas, colocadas en hilera, a los esclavos que tienen familia”.[37]

En la región guantanamera se desarrolló tardíamente la industria azucarera en comparación con el nivel alcanzado en la región occidental y central del país, contando en 1862 con solamente 25 ingenios, los que en su mayoría utilizaban el buey como fuerza motriz. Estos hacendados eran también, en su mayoría, de origen francés, pero el dueño del ingenio San Idelfonso, el primero que empezó a producir en esta zona entre 1815 y 1816, fue Andrés Yaromir Hadfeg, natural de Viena, capital del imperio de Austria. En 1818, esta plantación contaba con: “una casa de vivienda, caballeriza, vivienda del mayoral, casa hospital, cárcel, estanque para miel, casa alambique, almacén, herrería, casa de pailas, horno de cal, casa de purga, 31 caballerías montuosas, una dotación de 164 esclavos, 30 bohíos y 0.15 cavas de conucos para los negros”.[38] Como puede constatarse, a través de la documentación histórica nos han llegado múltiples crónicas sobre la utilización del bohío en la zona oriental de Cuba, lo que nos hace pensar que éstos tuvieron una presencia mayoritaria en las plantaciones de estos territorios.

 

Ahora bien, en las regiones habaneras, matanceras, villaclareñas y cienfuegueras la “historia” fue diferente. Todo parece indicar que hasta finales de la década de 1820, los barracones que se construyeron en esta zona fueron del tipo brasileño, o sea, de nave; mientras que se mantuvieron los bohíos en la mayoría de las haciendas, a pesar del aumento en la intensidad de las rebeliones. Hemos podido recoger datos que confirman lo anterior; por ejemplo, el cafetal La Plasencia (a) La Cuca, ubicado en Artemisa, poseía en la segunda década del siglo XIX una dotación cercana a los 100 esclavos, los que poseían bohíos de madera y guano, alrededor de un pequeño batey dentro del espacio doméstico.[39] 

 

Cirilo Villaverde, en su Excursión a Vueltabajo nos deja constancia de su visita a Guanajay, donde se encontraba el San Francisco, ingenio propiedad de los señores Condes de Herrera. Según el autor, “…al fondo [de la casa de vivienda] estaban la casa de molienda y de caldera, todo en una pieza, y detrás, a la derecha, los bohíos o moradas de los esclavos, todos de paja, a la izquierda, la casa de bagazo, el tejar y las caballerizas”.[40]

 

Mientras tanto, florecía cada vez más el ingenio Alejandría. Fundado en 1797 en la villa de San Julián de Güines, logró convertirse en el centro de producción azucarera más importante de la región habanera. En 1839 producía ya 1000 cajas de azúcar y contaba con una dotación de 102 esclavos, llegando a tener 166 en el año 1863.[41]  A pesar de considerarse un gran productor y de tener una amplia dotación, este ingenio tampoco poseía barracón, sino bohíos de yaguas y guano con sus respectivos conucos.[42]

 

Anselmo Suárez y Romero, quien publicó un artículo en 1859 dedicado exclusivamente a los ingenios y también visita esta región, nos describe uno de ellos, del cual no aparece referencia alguna. Solamente nos cuenta que “Los bohíos se hallan a corta distancia detrás de las fábricas, y pueden por su miseria y desnudez considerarse como los suburbios o arrabales del pequeño pueblo a que un ingenio se parece”.[43] Este era condueño del Surinam, ingenio al cual se refiere pormenorizadamente en una descripción publicada en 1850. Esta fábrica poseía bohíos como vivienda esclava y “en vez de hacerlos en calles, formando un cuadrado u otra cualquiera figura simétrica, dejan a los negros levantarlos en el lugar que a cada cual se les antoja.[44]

 

Pero, ¿qué había pasado en las plantaciones para que los hacendados se decidieran a construir barracones? El 15 de junio de 1825 ocurrió en Guamacaro —cerca del actual poblado de Coliseo— uno de los levantamientos de esclavos más sangrientos que recuerda la historia cubana. Iniciado en el cafetal de Fouquier, la revuelta abarcó 18 o 20 plantaciones de café, alzándose más de cuatrocientos esclavos, pues el grupo crecía a medida que los rebeldes recorrían las fincas cercanas en una zona tan densamente poblada. Un total de 16 hombres, mujeres y niños blancos fueron ejecutados, y otros cuatro o cinco resultaron heridos; muchas instalaciones, viviendas y parte de las cosechas fueron también destruidas. Finalmente, la revuelta fue sofocada y los rebeldes apresados, la mayoría de los cuales fueron víctimas del pelotón de fusilamiento y de los múltiples azotes, a los que tampoco muchos sobrevivieron.[45]

 

Como consecuencia, el Gobernador de Matanzas, Cecilio Ayllón, pone en vigor el “Reglamento de Policía Rural de la Jurisdicción de Matanzas” ese mismo año, y en el artículo 14 del mismo establecía que: “De esta fecha a tres años se habrá construido en toda finca, cuya dotación exceda de treinta negros edificio a propósito para que se recojan estos y reúnan bajo llave, teniendo este los convenientes alojamientos á fin de que estén divididos los estados y los sexos. En las fincas de menor dotación podrán reconcentrarse lo más posible los bojíos, poniéndose bajo una estacada espesa de cuatro á cinco varas de alto con su puerta y llave segura”[46].

 

Por lo tanto, muchos de los hacendados matanceros decidieron adoptar este reglamento. Es harto conocido que la primera descripción de un barracón de patio la realizó Abiel Abbot, en carta fechada el 19 de febrero de 1828 desde el ingenio La Carolina, propiedad de W. Taylor. En 1831, El Vademécum…, escrito por H. B. de Chateausalins entusiasmará, al parecer, a los plantacionistas cubanos, pues dicho libro se reedita, al menos, tres veces más.

 

Sin embargo, no a todos entusiasmó la idea del barracón. En contestación de don Jacinto González Larrinaga con respecto al Expediente instruido por orden superior para reformar el sistema moral, higiénico y alimentario de los siervos que se emplean en la agricultura, de 1842, afirma que “Es conveniente y puesto en razón que vivan los negros con sus familias en sus bohíos, mejor que en barracones cerrados…”.[47] Por su parte, don Rafael O’Farrill afirma que “Los esclavos casados deben vivir en bohíos”,[48] y don Sebastián de Lasa prefería “continuar con los bohíos en lugar de los barracones cerrados…”.[49]

 

En 1843, el Capitán General, don Gerónimo Valdés, pone en práctica el “Bando de Gobernación y Policía de la Isla de Cuba” —había sido redactado un año antes—, con dos documentos anexos, uno de los cuales constituía un Reglamento de Esclavos. Muchos de los preceptos contenidos en el mismo con frecuencia no se cumplían, como por ejemplo:

 

-          artículo 6: Los amos darán precisamente á sus esclavos de campo, dos o tres comidas al día…

-          artículo 25: Los amos cuidarán con el mayor esmero de construir para los esclavos solteros habitaciones espaciosas en punto seco y ventilado con separación para los dos sexos…[50]

 

Pero, en este último artículo, también se señalaba que los esclavos debían concentrarse en un inmueble, de manera que pudiesen “…quedar todos en la noche bajo llave”.[51] Como consecuencia de ello, las reacciones de los esclavos y de algunos plantócratas no se hicieron esperar; ya en la década de 1830 no habían sido pocos los motines causados por la implantación de los barracones. Por su parte, José Montalvo y Castillo, dueño de varios ingenios en el occidente del país, consideraba excesivo que un hombre forzado al trabajo diurno debiera ser encerrado en la noche, comunicándoselo de esta manera al Capitán General en carta fechada el 15 de agosto de 1843;[52] en la cual, además, solicita el consentimiento de éste para mantener el sistema de bohíos empleado hasta el momento por él. El Marqués de Campo Florido, dueño también de varias fincas, coincidía con Montalvo, y apuntaba que no por tener bohíos en sus fincas deja de ejercer una estricta vigilancia en ellas, en las cuales los esclavos vivían en familias y amaban como una propiedad inviolable.[53] Por su parte, el Capitán General, preocupado por esta situación, consulta lo estipulado en el reglamento con don Domingo Aldama, y este, entre otras muchas cuestiones, le refiere que está convencido “de que ningún perjuicio reporta el dueño con hacerlos vivir por familias, en bohíos o piezas separadas”, señalándole que él así lo hace e hizo siempre.[54]

 

La construcción de las nuevas “cárceles”, sin dudas aminoró las rebeliones y las fugas, pero en modo alguno las eliminó. Qué mejor ejemplo que los alzamientos que se sucedieron a lo largo de 1843 en los ingenios Alcancía, La Luisa, La Trinidad, Las Nieves, La Aurora, Triunvirato y Ácana; plantaciones que se caracterizaban por sus vastos barracones de patio y que formaron parte de la llamada Conspiración de La Escalera. Además, los esclavos continuaron fugándose en la noche y escapándose hacia las tabernas cercanas, donde bebían aguardiente o vendían productos propios o robados.[55]

 

Con posterioridad a estos violentos años, no dudamos que muchos hacendados hayan optado por garantizar su seguridad, construyendo grandes estructuras carcelarias; pero hasta qué punto pudo haber ocurrido esto. Por solamente citar un ejemplo, la gran zona azucarera occidental de Cárdenas poseía 221 ingenios en 1852, pero únicamente en 98 de ellos los esclavos vivían en barracones y de estos, solamente 73 estaban construidos de mampostería;[56] por lo tanto, el 60 % de los negros continuaron habitando en bohíos. Si bien, este sistema carcelario se implanta, fundamentalmente, en las grandes industrias de la llanura Habana-Matanzas, no en todas ellas se llevó a cabo su aplicación.

 

En 1857, ve la luz un libro de vital importancia para el conocimiento de nuestras industrias azucareras del siglo XIX. Esta edición de lujo de Los Ingenios: Colección de vistas de los principales ingenios de azúcar de la Isla de Cuba, redactado por Justo Germán Cantero —Gentil Hombre de Cámara de Su Majestad y Alférez Real de Trinidad— e ilustrado por el dibujante y litógrafo Eduardo Laplante, nos muestra en excelentes imágenes una crónica fehaciente de estos grandes colosos. Se puede corroborar que en algunos de estos gigantes como San José (a) La Angosta, Intrépido, La Amistad, Manaca Iznaga, Buena Vista y Güinía de Soto, se podían observar poblados de bohíos que albergaban numerosas dotaciones de esclavos, los necesarios para alcanzar las producciones de dichas plantaciones. Por lo tanto, no todos los grandes colosos modernizaron las viviendas de sus negros a la par de las maquinarias.

 

La mayoría de los autores consideran que la fórmula era muy sencilla: grandes y modernas máquinas = grandes y modernos barracones; sin embargo, ya hemos visto que algunos de los grandes y modernos colosos azucareros de mediados del XIX no poseían barracones, sino casuchas para los esclavos. Anselmo Suárez y Romero, en su Colección de Artículos publicada en 1859, brevemente nos acerca a esta temática: “En algunas fincas los hay [los bohíos] de mampostería y tejas, mas ahí no ha dominado seguramente otro móvil que el lujo o el tener más sujetos a los esclavos, porque en general, si los hacendados hacen tan grandes y costosas las demás fábricas, no sucede lo mismo con los bohíos (…); y menos buscan albañiles y carpinteros que los fabriquen,…”.[57] Y es que hay que tener muy en cuenta también, que no todos los hacendados poseían capital destinado al “bienestar” de su dotación, o no prestaban la debida importancia a las viviendas de la misma; un barracón de nave podía llegar a costar 10 000 pesos y uno de patio 25 000. Por lo tanto, en muchos casos, la fórmula nunca funcionó.

 

En 1861, Álvaro Reynoso aconseja sabiamente a los hacendados cubanos a que volvieran al sistema de bohíos pero, propone además,  “cercar todo el pueblo (…) con una gran muralla”, aunque personalmente estimaba que esta precaución no era necesaria.[58] Juan Pérez de La Riva afirma que “en el barrio negro, los bohíos no estuvieron nunca cerrados, porque no había posibilidad técnica de cerrarlos, tendrían que ser demasiado grandes las cercas”;[59] sin embargo, al menos, una plantación funcionó con este sistema: el cafetal Santa Ana de Biajacas. Esta hacienda se encontraba ya bien establecida en 1822, con una dotación de 102 esclavos,[60] siendo propiedad del presbítero don Ignacio O´Farrill; por lo que también se le conoce con el nombre de El Padre. Se encuentra alejado 11 Kms. del pueblo de Madruga y se ubica sobre una de las elevaciones del sistema montañoso Bejucal-Madruga-Coliseo.

 

En las campañas arqueológicas efectuadas hasta el momento se han podido rescatar más de 11 000 artefactos dentro del área del barracón, y 93 huellas de postes, siendo estas, según su diámetro, forma y profundidad, utilizadas para diferentes funciones. Las mayores fueron, seguramente, utilizadas para colocar los postes esquineros que se necesitaban en la construcción de los bohíos. Según la información documental hallada, existían un total de 45 de éstos,  “de embarrado y guano dentro de un cercado de mampostería”, para una dotación de 77 esclavos (1839).[61] Este cercado posee 3.35 m de altura y actualmente puede apreciarse el buen estado de conservación en que se ha mantenido desde su construcción. La descripción citada corresponde con una tasación perteneciente a la testamentaría del propietario, escrita 22 años antes de que Reynoso lanzara su propuesta, aunque estamos completamente seguros que este cercado existía desde mucho antes. Es posible que futuras exploraciones y excavaciones arqueológicas nos develen una muestra más amplia de este tipo de construcciones, pues hasta el momento este es el único caso conocido en Cuba.

 

Reynoso nos cuenta también, con el objeto de apoyar su propuesta, que en los bohíos viven los esclavos con gran comodidad y holgura, rodeados de todos los objetos necesarios para su existencia, y que “en todas las fincas del señor O´Farrill se ha mantenido este orden y no por eso se ejerce una policía menos severa”.[62] Este dato es muy interesante pues, ¿a cuál de los O´Farrill pudo haberse estado refiriendo en 1861? Sin duda, no a Ignacio O´Farrill, ya que este muere en 1842 y el cafetal rápidamente deja de funcionar; por lo que tenemos otra evidencia de la existencia de bohíos en plantaciones que se encontraban produciendo en una fecha tan tardía.

 

Se puede observar también como algunas plantaciones, además de las existentes en la Sierra del Rosario, combinaron barracones y bohíos, como en el caso del cafetal Santa Brígida, ubicado dentro de la zona madrugueña.  En una tasación correspondiente a 1860, se describe “un barracón de mampostería y tejas de veinte y cinco varas de frente y cinco de fondo”.[63] Por lo que se puede observar aún hoy, esta estructura poseía un tabique divisorio en el centro, quizás con el objetivo de fraccionar la dotación —que por entonces era de 22 negros—, separando las mujeres y los hombres en las horas de descanso. Sin embargo, solamente los solteros habitaban en este recinto, pues los casados vivían en bohíos.[64]

 

En las áreas villaclareñas predominó la utilización de barracones, sobre todo en las zonas de Sagua La Grande y Remedios. Hacia 1846 se encontraban moliendo 71 ingenios en Cienfuegos, los que se nuclearon alrededor de las tierras que irrigaban los ríos Damují, Salado, Arimao y Caonao.[65] Estudios aislados sobre las ruinas que pertenecieron a algunas de estas plantaciones y que aún sobreviven nos referencian la presencia de barracones de patio y nave en las llamadas Carolina, Dos Hermanos, Manuelita y Caridad[66]; sin embargo, parece no haber sucedido igual en los ingenios Soledad, Hormiguero, Portugalete, Caracas y San Agustín, pues éstos nunca tuvieron barracones.[67]

 

Coincidentemente, Samuel Hazard nos ha dejado una excelente descripción de una hacienda llamada Carolina —la que no necesariamente tiene que ser la ya mencionada—, situada cerca de la ciudad, la que tenía fama de ser una de las mejores administrada de Cuba. Pertenecía a H. Stewart, natural de Filadelfia y era muy notable por las viviendas que se construyeron para la dotación de 500 esclavos. Estos vivían en una especie de poblado modelo, con casitas de piedra, “todas dispuestas en orden limpio y atractivo”.[68]

 

En el año 1800, los ingenios trinitarios, ubicados en el llamado Valle de los Ingenios, contaban ya con 12 000 brazos,[69] cifra que se refleja en las producciones alcanzadas en la primera mitad del siglo XIX. En 1803, varias de estas industrias poseían dotaciones que sobrepasaban los 100 negros,[70] y durante las cinco décadas venideras la cantidad de trabajadores en el territorio se mantiene por encima de los 10 000, solamente superada —en la región central— hacia 1861, por los 19 150 siervos que laboraban en la jurisdicción de Sagua La Grande,[71] fecha en que la producción trinitaria había descendido considerablemente.

En opinión de Juan Pérez de La Riva, “En 1855, (…), los principales ingenios de la región Habana-Matanzas, de Trinidad, Remedios y Sagua tienen barracones de patio recién construidos o en vías de construcción”;[72] sin embargo, curiosamente en la zona azucarera de Trinidad no se han hallado vestigios de este tipo de estructura, y algunos de los dueños de los grandes colosos que allí molieron mantuvieron la costumbre de permitir a sus esclavos vivir en pequeñas casas de embarrado y tejas.

 

En 1854, el ingenio Manaca-Iznaga llega a poseer 424 esclavos, los que habitaban en 51 ranchos.[73] Justo Germán Cantero lo consideraba como uno de los grandes productores de azúcar de Cuba, dejándonos la siguiente descripción de los ranchos donde vivían los trabajadores: “Las habitaciones de los negros son de mampostería y teja, formando cuatro calles, y se componen de sala, comedor, aposento, recámara y un portal al frente de sus respectivas calles”.[74]

 

Por su parte, el ingenio Guáimaro fue una plantación fomentada en la década de 1780, logrando en 1827 la mayor zafra del mundo: 943 toneladas de azúcar mascabado y purgado,[75] Esta plantación llega a tener en 1830 una dotación de 300 esclavos hombres.[76] En un plano realizado en el año 1857, aparece representado este ingenio con un poblado de esclavos, que al igual que en Manaca-Iznaga, fue levantado de embarrado y guano, pero situado en la ladera de la loma que servía de base a la gran casa de vivienda. Tanto el agrimensor Francisco Lavallee (183?), como Francisco Laplante (1857), reflejaron en su obra al ingenio Guáimaro. En ambas representaciones se pueden observar perfectamente los bohíos de los esclavos, ubicados ordenadamente al pie de la loma, “situados en terreno alto y seco, aseados y cómodos”; fueron levantados 32 de ellos y, al igual que los de Manaca-Iznaga, fueron construidos de mampostería y tejas.[77] 

 

En el Güinía de Soto vivían también los esclavos, que por entonces llegaban a 400,  en “ranchos sólidos, de mampostería y teja,…”[78]; así como en el Magua, el cual en 1798 poseía ya 102 esclavos en la dotación[79], llegando a poseer 320 en el año 1830.[80] San Pablo de Las Lajas fue otro de los ingenios donde se implantó el rancho para los esclavos. En 1843 se estaba reedificando el poblado “de mampostería y teja en el mismo orden en que ha sido planteado”[81]. En este ingenio no solo vivían los negros en ranchos hasta la mitad del siglo XIX, sino que se reconstruyeron para mejorar sus condiciones de vivienda.

 

Se han podido encontrar numerosos de estos poblados en planos realizados durante el siglo XIX en la región trinitaria, pero sin duda alguna, el mapa más significativo y el que más información de esta índole nos ha aportado, fue el realizado por Julio Sagebien y Delgado en 1855, el cual representa aquellas plantaciones que se ubicaban en áreas cercanas al lugar donde se construiría la vía férrea que atravesaría todo el valle. Este “Plano y perfil del Ferro-Carril proyectado entre Trinidad y S. Espíritu” nos muestra un potrero y 22 haciendas azucareras, en 20 de las cuales son representados los poblados de bohíos destinados a los negros esclavos. 

 

 

Reflexiones finales

 

El establecimiento de la vivienda esclava en nuestro país fue mucho más complejo de lo que hoy imaginamos, y debemos tener presente que cada plantación constituía un complejo autónomo, con sus propias costumbres, reglas y disposiciones, independientemente de los reglamentos establecidos por el gobierno colonial. En los primeros doscientos años de desarrollo industrial, en los cuales se fomentaron no pocas plantaciones esclavistas en Cuba, la ubicación de los poblados fue muy sencilla, pues los ranchos eran colocados, si bien en zonas predeterminadas por los dueños, donde el esclavo estimara mejor dentro de ellas. Al parecer, estas construcciones se levantaban sin organización alguna, quizá por su reducido número, pues las dotaciones eran considerablemente pequeñas en comparación con las que se aprecian a partir del último cuarto del siglo XVIII.

 

A partir de entonces, los poblados necesitarían organizarse, pues la mayoría de los complejos, sobre todo los azucareros, se amplían y modifican con la finalidad de aumentar sus producciones. El entorno jugó un papel fundamental en la ubicación de los bohíos, sobre todo en los cafetales, muchas veces situados en zonas montañosas y accidentadas, haciendo que el diseño de la plantación tuviera que adaptarse a la topografía del terreno. En la mayoría de los casos, los esclavos llevaban siempre la peor parte, y sus viviendas eran situadas, hayan sido bohíos o barracones, en las áreas de peores condiciones. Es probable que el factor topográfico contribuyera, de manera considerable, a la implantación de bohíos y no de barracones.

 

Casi siempre, las habitaciones de los esclavos se levantaban muy cercanas a las zonas fabriles, de esta manera se trasladaban a éstas mucho más rápido y, por supuesto, no necesitaban desfilar por los alrededores de la casa de vivienda. Mucho influyó también el status económico de los hacendados y el interés que estos mostraban por las condiciones en que vivían sus trabajadores, pues cuando no se tenía el suficiente dinero era imposible remodelar construcción alguna; pero a menudo se mejoraban los inmuebles pertenecientes a la plantación, exceptuando las habitaciones de los esclavos.

 

No son pocos los plantócratas de las regiones occidental y central que optaron por el barracón como medida preventiva contra fugas y alzamientos, pero muchos permitieron que sus esclavos vivieran en pequeñas casas junto a sus familias. Todo parece indicar que el elevado número de esclavos presentes en las dotaciones no constituyó un factor decisivo en la construcción de naves o barracones de patio, como no lo fueron tampoco las disposiciones del gobierno colonial en la década del ´40 del siglo XIX. Los esclavos continuaron habitando en casuchas, bohíos o ranchos —estas construcciones se pueden encontrar en la bibliografía bajo estas tres denominaciones—, con el paso de los años, el barracón dejó de tener sentido hasta convertirse en algo obsoleto.

 

Por lo tanto, es muy probable que los bohíos, como vivienda esclava, hayan predominado a lo largo de todo el territorio nacional; fueron las construcciones que menos resistieron el intemperismo, y por consiguiente, el paso del tiempo. No obstante, falta mucho camino por andar y solamente futuras exploraciones e investigaciones arqueológicas a lo largo de la isla dirán la última palabra sobre este tema. 

 

Tomado de La Jiribilla

 

Bibliografía

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-     Escribanía de Barreto.              - Escribanía de Galletti.

-     Escribanía de Nuño.                 -  Escribanía de Varios.

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Fondos del Archivo Histórico de Trinidad

-     Antigua Anotaduría de Hipoteca.             - Escribanía de Orizondo, Joaquín.

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Notas

[1] Honorato B. de Chateusalins: El vademécum de los hacendados cubanos, p. 32.
[2] A.H.T.: Escribanía Cipriano Villafuerte, Protocolización de Operaciones Testamentarias (ingenio Buena Vista), 19 de marzo de 1908.
[3] Juan Pérez de la Riva (1975): El barracón y otros ensayos, p. 22
[4]
Jesús Guanche: Procesos etnoculturales de Cuba, pp. 226-227.
[5] Modesto González: Último escalón alcanzado por la plantación comercial azucarera esclavista (1827-1886), p. 5.
[6] Arturo Echezarreta: Monografía histórica-geográfica de San José de las Lajas, s/p.
[7] Ibídem.
[8] Manuel Barcia Paz, com. per. 2004.
[9] Rolando Álvarez: Huellas francesas en el occidente de Cuba (siglos XVI-XIX), p. 61.
[10] Modesto González: Ob. cit., p. 5. 
[11] Alejandro de Humboldt: Ensayo Político sobre la Isla de Cuba, p. 170.
[12] Manuel Moreno Fraginals: El ingenio, complejo económico social cubano del azúcar, t. I, p. 114.
[13] Alejandro de Humboldt: Ob. cit, p. 170.
[14] Ibídem.
[15] Manuel Moreno: Ob. cit., p. 144.
[16] Ibídem, p. 148.
[17] José Sánchez: El azúcar en el valle de los ingenios guantanameros, pp. 12-26.
[18]
Roland T. Ely: Cuando reinaba Su Majestad El Azúcar, p. 577.
[19] Juan Pérez de La Riva: Ob. cit., pp. 380-386.
[20] Carlos Venegas: Cuba y sus pueblos, censos y mapas de los siglos XVIII y XIX, pp. 88-89.
[21] A.G.I.: Escribanía de Cámara, pieza 2da, fol. 852 v., 25 de noviembre de 1655, referenciado por Francisco Castillo Meléndez: “Un año de vida de un ingenio cubano (1655-1656)”, Anuario de Estudios Americanos, pp. 452-453.
[22] Juan Pérez de La Riva: Ob. cit., p. 24.
[23] Francisco Pérez de La Riva: “La habitación rural en Cuba”, en Revista de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, p. 300.
[24] Mercedes García: Misticismo y capitales. Los jesuitas en la economía de Cuba (1720-1767), pp. 43-51.[25] Ibídem.
[26] Hortensia Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, t. I, p. 158.
[27] Levi Marrero: “Economía y Sociedad”, en Francisco Castillo Meléndez: Ob. cit., p. 460.
[28] Fernando Charadán López: La industria azucarera en Cuba, p. 17.
[29] Ramiro Guerra: Azúcar y población en Las Antillas, p. 61.
[30] Francisco Pérez de La Riva: Ob. cit., p. 301.
[31] Jorge Freddy Ramírez, Com. per., 2004.
[32] José Novoa Betancourt: Los esclavos en Holguín (1720-1867). Estudio Sociodemográfico, p. 43.
[33] Fernando Boytel Jambú: “Restauración de un cafetal de los colonos franceses en la Sierra Maestra”, en Revista de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología (separata), s/p.
[34] En una reciente visita a algunas haciendas cafetaleras de la Gran Piedra, se pudo comprobar el “buen” estado de conservación que presentan las estructuras murarias del cafetal La Gran Sofía.
[35] Hippolyte Pirón: La Isla de Cuba, p. 116. Su viaje lo realiza entre los años 1859-1873.
[36] El texto no especifica el nombre del ingenio ni el de su propietario, solamente se refiere a éste como don Benigno.
[37] Walter Goodman: Un artista en Cuba, p. 192.
[38] Ileana Donatién: “El ingenio San Idelfonso cuenta su historia”, en El azúcar en el Valle de los Ingenios guantanameros (1532-1899), p. 54.
[39] A.N.C.: Escribanía de Varios, leg. 236, No 3561.
[40] Cirilo Villaverde: Excursión a Vueltabajo, p. 67.
[41]
A.N.C.: Escribanía de Nuño, t. III, fol. 1085-1085.
[42] Richard Madden: The island of Cuba: its resources, progress and prospect, considered in relation especially to the influence of it prosperity on the interest of the British West India, p. 177.
[43] Anselmo Suárez y Romero: “Ingenios”, en Artículos de costumbres cubanas del siglo XIX, p. 192.
[44] Manuel Moreno Fraginals: Ob. cit., p. 66.
[45]
Gloria García: Conspiraciones y revueltas. La actividad política de los negros en Cuba (1790-1845), pp. 83-85.
[46] A.N.C.: Gobierno Superior Civil, 1469/57999.
[47] Ibídem, 14 de abril de 1842.
[48] Ibídem, 26 de febrero de 1842.
[49] Ibídem, 5 de marzo de 1842.
[50] Hortensia Pichardo: Ob. cit., pp. 318-326.
[51] Ibídem.
[52] Gloria García: La esclavitud desde la esclavitud, pp. 19-20.
[53] Ibídem. p. 37.
[54] María del Carmen Barcia: La otra familia. Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba, p. 216.
[55] Ibídem., p. 36.
[56] Ibídem.
[57] En Fernando Ortiz: Los negros esclavos, p. 200.
[58] Álvaro Reynoso: “Estudios progresivos”, en El barracón y otros ensayos, pp. 43-44.
[59] Juan Pérez de La Riva: La conquista del espacio cubano, p. 163.

[60] A.N.C.: Gobierno Superior Civil, leg. 871, exp. 29460, año 1822.
[61]  A.N.C.: Escribanía de Galletti, leg. 245, No. 1, 1838-1839, s/p.
[62] Álvaro Reynoso: Ob. cit., p. 61.
[63] A.N.C.: Escribanía de Barreto, leg. 107, No. 9.
[64] Gabino de la Rosa Corzo; Com. per., 2004.
[65] Lilia Marín Brito: “Los barracones de los esclavos en la antigua región de Cienfuegos” en Islas, pp. 77.[66] Ibídem.
[67] Historia Provincial de Cienfuegos (período colonial), anexos 13 y 14.
[68] S. Hazard: “Haciendas e ingenios de la Isla de Cuba” en Cuando Reinaba Su Majestad el Azúcar, p. 479.[69] Carmen Alfonso Hernández: Trinidad. Historia, leyendas y algo más, p. 45.
[70] Manuel Moreno: Ob. cit., p. 142.
[71] Los Censos de población y vivienda, CEE, tomo I, vol. 2, en Último escalón alcanzado por la plantación comercial azucarera esclavista (1827-1886), p. 57.
[72] Ob. Cit., p. 26.
[73] A.H.T.: Familia Iznaga, intestado de Alejo Iznaga, Tasación de 1854.
[74] Justo G. Cantero: Los ingenios. Colección de vistas de los principales ingenios de azúcar de la Isla de Cuba, s/p.
[75] Manuel Moreno: Ob. cit., p. 142.
[76] A.H.T.: Escribanías, testamento de J. M. Borrell, 10 de enero de 1830.
[77] Justo Germán Cantero: Ob. cit., s/p.
[78] Ibídem.
[79] Sin referencia de archivo, en Historia de Trinidad, p. 76.
[80] A.H.T.: Escribanía Joaquín Orizondo, esc. del 24 de marzo de 1830.
[81] A.H.T.: Notaría Manuel Néstor Aparicio, T. II, fol. 733-741v, 18 de noviembre de 1843.