La unidad nacional. Un punto de vista

Darío L. Machado Rodríguez

 

La unidad de una nación es un estado de existencia que puede tener diversas calidades, y de hecho en una sociedad como la cubana cuyos objetivos de transformación revolucionaria han requerido y requieren tanto de la energía concertada del pueblo para la obra común, como de su defensa, la unidad deviene tan elemental como la existencia misma del proceso revolucionario. La unidad revolucionaria (su preservación y fortalecimiento) se convierte así en una condición necesaria para cumplir los objetivos revolucionarios y en objetivo revolucionario ella misma, lo que requiere comprenderla en su natural complejidad y trabajar consciente e inteligentemente en su forja.

La unidad nacional es también un valor ideológico y político, un elemento fundamental de la cultura política del ciudadano cubano, ya que el hecho mismo de la dignificación de la actividad política, de la capacidad y posibilidad de ejercerla en función de la igualdad y la justicia social, esto es, en beneficio de las grandes mayorías, está indisolublemente vinculado al sostenimiento de esa unidad.

Unidad, unidos, unión, son palabras que simbolizan una voluntad política, los lemas y consignas que evocan la unidad simbolizan esa voluntad; sin embargo, la unidad es también una construcción, un proceso, y como todo fenómeno social es dialéctico, vale decir cambiante, en desarrollo, dependiente de una multiplicidad de factores condicionantes internos y externos, construcción en la que la ideología revolucionaria juega un papel fundamental.

Al analizar la unidad, al igual que al analizar la ideología, conviene verla como fenómeno social, como concepto y como término. Unidad, derivada de uno, es calidad de uno, algo que expresa una integración tal que no admite división sin fraccionamiento. Unidad evoca compactación, acercamiento, fusión, acción común, etc., si uno la imagina algo idéntico a sí mismo, compacto. Así, por ejemplo, un símbolo de la unidad del pueblo cubano puede ser la expresión plástica de una persona en tamaño monumental, portando los símbolos nacionales, el escudo, la bandera.

El análisis de la complejidad de la unidad a la que nos referimos arriba podría comenzar ya mismo por el debate acerca de qué persona debería simbolizar la nación. Muchas veces la república, por ejemplo, se simboliza con la mujer blanca con el gorro frigio, la bandera…, es la madre patria. Patria es sustantivo del género femenino, madre es matriz, generatriz, en fin existen obvias razones para la adopción del símbolo de la mujer. Pero no deja de ser también una convención, algo aceptado; podría ser también un hombre joven negro, o un niño mulato, o una persona madura. Todos son componentes en pie de igualdad de la nación, con derecho a que sus rasgos sean los representados.[1]

Es así, como en ese uno imaginario con todas las posibilidades infinitas de la imaginación, ya chocamos con la inevitable realidad de lo diverso.

Cuando hablamos de unidad en términos sociales estamos igualmente obligados a definir de qué unidad hablamos: si de unidad política, unidad ideológica, unidad económica, o de unidad en todos los aspectos antes mencionados, unidad para determinados fines o para todos los fines, unidad de una parte de la población, de la mayoría de la población o de toda la población, etc.

Cualquiera podría decir que estas preguntas son innecesarias y responder de plano que se sabe que es la unidad del pueblo. Correcto, pero si aceptamos reducir el concepto de unidad a una formulación general, estaríamos renunciando a comprenderla como proceso complejo, estaríamos capacitados solamente para decir eso: “unidad del pueblo”, pero no sabríamos realmente cuáles son los resortes esenciales que nos permitirán desarrollarla, construirla, fortalecerla y estaríamos anulando el papel de la ideología revolucionaria o simplemente reduciéndolo a un consignismo vacío y formal.

Corresponde entonces definir de qué unidad estamos hablando. Esta definición es en sí misma un asunto complejo y no se puede hacer sino reduciendo, haciendo abstracción de numerosos aspectos y reteniendo lo que consideramos fundamental. Por ello propongo convenir[2] que cuando hablamos de unidad del pueblo cubano estamos hablando de la unidad de sus grandes mayorías en los procesos económico, político, jurídico, ideológico, medioambiental, cultural, para todos los fines fundamentales de la sociedad cubana y en una perspectiva presente y futura de largo aliento. Alrededor de esta definición podría concretarse la recogida de información viva como parte del estudio de la cultura política.

Hablamos entonces de unidad del pueblo cubano, en la que se articulan los ciudadanos cubanos, el pueblo cubano entre sí, teniendo como escenario principal el medio natural que nos proporciona el hábitat nacional, es un  proceso que tiene lugar fundamentalmente en el espacio nacional que abarca el territorio del país, sus aguas territoriales y su cielo. Esa unidad del universo cubano es un proceso histórico, espacial-temporal y al ser unidad del universo cubano, estamos frente a lo que es simultáneamente uno y diverso. Unidad, entonces, es unidad de lo diverso, unidad en la diversidad.

La unidad también es convivencia. No puede concebirse la unidad nacional, la unidad del universo cubano si no hay un equilibrio determinado, una armonía en la convivencia y eso implica la aceptación no solo de leyes sino también de normas, el reconocimiento de objetivos consensuados, tiene que existir un diálogo social fluido de los individuos entre sí, entre las estructuras complejas del todo social y entre los primeros y las segundas.

La unidad es una necesidad social, las personas diversas se asocian a partir de sus antecedentes sociohistóricos, de sus puntos de partida objetivos, de un modo cuasi natural, con la finalidad de articular acciones comunes para lograr objetivos comunes, en primer lugar producir y reproducir la vida social en los términos de la cultura adquirida y en desarrollo.

Se nace en una determinada calidad de unidad del pueblo en el que se vive, con una cultura, lengua, hábitos, tradiciones, la formación se produce en esas condiciones precedentes de las que derivan la consecuencia, la articulación de las actividades, la identificación mutua, los valores históricos, éticos, junto con los intereses comunes, son pilares fundamentales de esa unidad.

La unidad como necesidad parte también de su función multiplicadora de las energías de quienes la integran, lo que constituye también una práctica, una experiencia; es un proceso espontáneo en un sentido, pero también es organizado, consciente, y más organizado y consciente, cuanto más se conoce y reconoce su complejidad.

La unidad nacional es un proceso que tiene lugar en un conglomerado humano culturalmente identificado, cohesionándolo alrededor de objetivos comunes que son elaborados en un complejo proceso interactivo de participación, de distribución de bienes, de satisfacción de necesidades e intereses legítimos.

 

Identidad nacional

Identidad nacional y unidad nacional son realidades y procesos inseparables, interdependientes, pero no son fenómenos sociales equivalentes. La identidad nacional es una realidad, cuyo proceso de surgimiento y desarrollo, consolidación y transformación tiene un alto grado de espontaneidad, aunque desde la voluntad humana se cultiva y reproduce, y por tanto, se fortalece y desarrolla conscientemente.

La identidad nacional es parte de la realidad objetiva en la que nacen individuos que forman su personalidad en el medio social y natural en el que se desarrollan. En su formación personal influyen la familia, el barrio, la comunidad, la escuela, el grupo de amigos, la lengua materna y el lenguaje gestual, las lecturas, la música y otras expresiones del arte, los símbolos, los hábitos, las tradiciones, las costumbres, las creencias, la naturaleza circundante, los olores, el hábitat en el que se desenvuelve, la actividad deportiva, las formas de recreación, las normas morales, en fin, un conjunto de contenidos y modos de ser que configuran lo que podríamos definir como “lo cubano”.

La identidad nacional es condición fundamental de la unidad nacional, pero la unidad nacional tiene contenidos ideológicos, políticamente estructurados.

Al fortalecerse la identidad nacional mediante la acción consciente para cultivarla y desarrollarla, esa condición fundamental tributa a la unidad nacional, pero la unidad nacional es un concepto de naturaleza ideopolítica, mientras que la identidad nacional es un fenómeno de naturaleza cultural en sentido más amplio.

La actividad ideológica consciente desde la voluntad socialista de la nación cubana promueve la unidad nacional y, al hacerlo, reproduce la identidad nacional de las más diversas maneras y con ello la fomenta, pero lo hace en torno esencialmente a la práctica, los ideales, los objetivos y los valores del socialismo en nuestro país. La unidad nacional contiene los valores de la identidad nacional y esta última refleja la primera, la expresa.

La unidad nacional defiende y reproduce los valores de la identidad nacional dotándola de un sentido específico, que se genera por el cordón umbilical histórico que une la opción social socialista con la unidad nacional, a esta con nuestra independencia, que es condición sine qua non de la preservación y desarrollo de la identidad nacional. Por esa razón es posible afirmar que el proceso revolucionario cubano ha impreso un sello humanista a nuestra identidad nacional, sin embargo, puede ocurrir que la identidad nacional tenga un alto grado de asimilación, presencia y reconocimiento entre personas y grupos que no comparten objetivos comunes y se distancian políticamente en muy diversos grados, desde la diferenciación, pasando por la desconexión hasta la oposición, con diferentes efectos sobre la unidad nacional. También puede existir una plena identidad de intereses y objetivos, pero no compartirse los mismos modos de realizarlos.

 

Otros puntos de vista

Los planos en los que la unidad nacional se expresa son tan numerosos como las disímiles formas de organizar la vida en sociedad, pero pueden distinguirse ámbitos fundamentales en los que la actividad social juega un importante papel en lo tocante al fortalecimiento, desarrollo y preservación de la unidad nacional. Estos son: la familia, el barrio, la comunidad, el colectivo laboral, los institutos ideológicos: todo el sistema educacional, los medios de comunicación social, las organizaciones políticas, igualmente las organizaciones de masa, las organizaciones profesionales, y diferentes asociaciones con intereses específicos.

La unidad nacional, componente fundamental de la cultura política, puede verse como resultado o como proceso. En tanto resultado, es un valor social con multiplicidad de significados y modos de expresión; como proceso es un fenómeno cambiante signado por la articulación de individuos, grupos, clases sociales con intereses comunes y diversos, convicciones, actitudes, experiencias, prácticas, valores, que cristalizan en institutos jurídicos, éticos, políticos, etc. y reconocen y aceptan en diferentes grados las formas vigentes de canalización de estos intereses y objetivos generales a través de las autoridades que reproducen normativas legitimadas por el consenso y que se relegitiman periódicamente de diversas maneras.

La unidad nacional puede debilitarse o fortalecerse en su conjunto o respecto de alguna o algunas de sus múltiples formas de existencia. Al ser la unidad nacional un fenómeno esencialmente político, el papel de los institutos políticos e ideológicos, de la política y de la ideología es esencial.

La unidad nacional es un proceso dinámico de integración que tiene lugar en el espacio nacional, en cuyo devenir surgen las estructuras, articulaciones y formas de su sustentación, se generan los valores que la confirman y fortalecen, los argumentos para oponerse a quienes la debilitan, consciente o inconscientemente, surgen las autoridades reconocidas que inspiran la orientación de ese proceso de cohesión. Los apoyos fundamentales del proceso de la unidad nacional cubana son hoy: la ideología revolucionaria socialista, la cultura política de la nación, el Estado socialista, y demás   institutos políticos, ideológicos y sociales, en particular el partido, y los símbolos.

La existencia de una nación como realidad dinámica se expresa en la identidad cultural, en la simbología nacional, en la ideología, en los valores compartidos, en las diferentes formas de la actividad humana. La estabilidad en la vida de una nación y su unidad pueden verse desafiadas por fenómenos desestabilizadores de naturaleza interna o externa, de carácter económico, político, militar o de otra naturaleza.

Desde el punto de vista interno del proceso de unidad nacional, el reconocimiento del conflicto (tanto el conflicto de intereses como el de puntos de vista) es la premisa para su superación. La fortaleza de la unidad está en la capacidad de construir sistemáticamente el consenso, lo cual exige reconocer y asimilar positivamente la diferencia y el conflicto. La asunción del conflicto como acontecimiento natural, consustancial a la diversidad e imperfección humanas, permite desarrollar una práctica eficiente de su identificación, abordaje y superación asimilándose para la memoria social una experiencia de valor educativo y práctico - transformador.

Eso significa, que potenciar la educación y el papel de la ideología revolucionaria socialista con sus salidas múltiples hacia la explicación de la historia, hacia la actitud cotidiana, la orientación ante la vida, la regulación de la política, hacia la comunicación, el entendimiento, y tantos otros ámbitos de la vida, no puede perseguir la supresión “por decreto” de los conflictos sino la preparación para su asimilación práctica, positiva, en dirección de los intereses comunes, en función de la estabilidad, la jerarquización y ritmos de las soluciones sobre la base del consenso y la adquisición de experiencias que tributen al desarrollo de los propios valores ideológicos y políticos.

Por esa razón es profundamente erróneo el enfoque que ve al ideal socialista como la tendencia a lo homogéneo y perfecto, fuera de lo cual los fenómenos, hechos o puntos de vista que no entren dentro de la homogeneidad y perfección idealizadas constituyen “anomalías” que deben ser suprimidas o ignoradas. Tal práctica fue uno de los factores que condujo al estancamiento y deterioro de los valores socialistas en Europa del Este y la antigua URSS. El fortalecimiento y desarrollo de la unidad nacional sobre bases socialistas, requiere no solo de fundamentos económicos, políticos, jurídicos y éticos de naturaleza socialista, sino de una práctica ideológica y política que transparente, asimile y supere el conflicto desde una actitud revolucionaria dirigida a reproducir culturalmente socialismo.

La unidad nacional cubana se fomenta hoy alrededor de principios socialistas que excluyen todo tipo de nacionalismo absurdo o de chovinismo, por lo que incluye un elevado espíritu humanista, de colaboración con otros pueblos y naciones, particularmente las de nuestro entorno sociocultural latinoamericano y caribeño, de ejercicio de la solidaridad desinteresada, de integración cultural, económica e incluso política, sobre principios justos, de mutua reciprocidad y encaminada a proteger la sociodiversidad y el enriquecimiento de nuestras identidades culturales.

La unidad nacional es un importantísimo valor ideológico y político, componente fundamental de la cultura política de la sociedad cubana, cuya importancia se ve incrementada hoy por el desafío que presenta la abusiva intromisión de las grandes transnacionales y de los poderes nortecéntricos imperialistas con los que mutuamente se protegen, en los intereses genuinos de los pueblos, con la finalidad de incrementar la expoliación de los recursos naturales y humanos que son la base de sustentación de nuestras vidas. Esa amenaza es general, implica no solo los recursos naturales, sino nuestras propias identidades nacionales y hasta la existencia física misma de los seres humanos que las conforman.

El proceso de desarrollo y fortalecimiento de la unidad nacional cubana, entendida como unidad en la diversidad, pasa por la articulación eficiente de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política, lo que implica no solo el continuo perfeccionamiento estructural y funcional de la sociedad en esas actividades fundamentales teniendo en cuenta la compleja sociodiversidad de la población, sino también la formación, la educación, el desarrollo de la ciudadanía en el ejercicio de la cultura participativa alrededor particularmente de la constante elaboración del consenso en lo tocante a esas actividades, el desarrollo cívico de las personas, de la conciencia ciudadana acerca del valor y significado de la unidad nacional para el futuro del país. Al fortalecimiento y desarrollo de la unidad nacional pueden contribuir todos los cubanos, incluso los que no viven en el territorio nacional, pero la reconocen en su necesidad histórica, en su importancia para la identidad cultural de la nación cubana y para el futuro de los cubanos.

 


[1] Por ejemplo, si se tratase de un niño simbolizaría lo que nace, la pureza, el futuro. Todavía en el caso de la edad podríamos calcular el promedio de edad de la nación, que por cierto naturalmente es cambiante, en el caso cubano hay una tendencia al envejecimiento de la población, en una sociedad en la que haya más hombres que mujeres, podría reconocerse que el símbolo debería ser un hombre, pero si al final resulta que el símbolo es un hombre mulato achinado de alrededor de 35 años, quedarían excluidas importantes partes sustantivas de esa nación en la expresión simbólica, los otros tendrían que reconocer tales cualidades como más relevantes para aceptar el símbolo, tendrían que hacer dejación de su derecho a estar representados en ese uno imaginario.

[2] Sin ánimo, por supuesto, de una definición acabada.