La Declaración de My-ham-i

 

Salvador Capote

 

 

     Las organizaciones extremistas locales anuncian, a tome-nota y en caliente, lo que equivale a decir a bombo roto y platillo abollado, la publicación de un documento, el próximo 2 de octubre, tan importante, que seguramente será objeto de la mayor atención si no de la prensa internacional ni de las organizaciones de Naciones Unidas, al menos sí, seguramente, de la Federación Mundial de Gerontología.

 

     En buena práctica de periodismo sería necesario esperar, antes de aventurar cualquier comentario al respecto, la publicación de tan eximia obra del pensamiento humano, colosal esfuerzo de cavilosos intelectuales que han agotado su mente en el empeño y, en particular, de los llamados cubanólogos, quienes tienen la ventaja de carecer, por no haber estado nunca en la Isla o por el largo tiempo transcurrido desde que la abandonaron, de los prejuicios que se derivarían del contacto directo con la realidad cubana.

 

     Pero no es necesario esperar, puedo afirmarlo categóricamente. La Declaración de Miami –llamada así por sus autores- no será otra cosa que más de lo mismo aunque con tonos más altos de histeria y el ridículo más exacerbado. ¿Quiere usted apostar? ¿Sí? Pues bien, yo apuesto a que el cacareado documento no contendrá absolutamente nada nuevo: jeremiadas; descripción de cuadros imaginarios de hambre y destrucción en Cuba en contraste con paraísos del ayer extraídos del pensamiento onírico del corifeo mayor y de sus íntimos; patéticas y serviles loas al presidente Bush por su reforzamiento del bloqueo y otras proezas ….. monumento monstruoso a la intolerancia en forma de declaración de principios. No faltará algún párrafo dedicado a la patriotización forzosa, es decir, a imponer a la mayoría un “patriotismo” a la trágala exigiendo la prohibición total de los viajes y envíos de dinero; ni algún otro con las consabidas ofensas a la dirigencia revolucionaria y, en particular, al presidente Fidel Castro (con tanta mayor rabia cuanto mayor ha sido el disgusto por su última aparición pública). Tampoco faltará un ejercicio clásico de pataleo político porque el cónclave de capitanes-araña hará seguramente un llamado a la subversión en Cuba. No creo, o más bien no quiero creer, que el plattismo llegue a tanto que determine la inclusión en el manifiesto de una solicitud de injerencia militar extranjera, aunque en Miami todo es posible. Por último, al igual que las sectas milenarias que proclaman cada año el apocalipsis, los autores del mamotreto afirmarán, equivocándose por cuadragésimo octava ocasión, que la catástrofe en Cuba está a punto de ocurrir y que “ya estamos llegando” cuando, en realidad, a donde estamos llegando, tanto ellos como yo, es al cementerio de la Calle 8.

 

          Si me preguntasen por qué estoy tan seguro de que el documento no será otra cosa que más de lo igualito, respondería que ello se debe a tres razones principales: primera, porque estos señores han dicho exactamente lo mismo durante casi medio siglo; segunda, porque es la posición que conviene a sus intereses, de los cuales han vivido –y muy bien- desde hace igual número de años, y tercera, porque su mediocridad individual y colectiva –ya proverbial- les impide asimilar nuevas ideas y redactar un documento original. La Declaración de Miami será –no espere otra cosa- antología de bodrios, parto de los montes, palos de ciegos, flaicito al pitcher.

 

     Por otra parte, el error primario del documento es el de ubicar su procedencia en la ciudad de Miami -pudieron haber escogido Tampa o Cayo Hueso, entre otras-  porque cada ciudad tiene su propia limitación o atractivo para diversos congresos y manifestaciones y el nombre de esta ciudad no conviene a una declaración política porque evoca de inmediato la historia mafiosa de la ciudad, el tráfico de drogas y el lavado de dinero de los años setentas y ochentas que crearon las fortunas de algunos de sus ilustres ciudadanos; su condición de santuario del terrorismo con decenas de terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles paseando libremente por sus calles; el reparto de contratas y puestos públicos para el robo impune y a saco abierto del erario público; los siete famosos millones de dólares que desaparecieron el año pasado y que todavía no han aparecido ni aparecerán; y, sobre todo, evoca los centenares de millones de dólares, incluídos los 47 aprobados para este año, provenientes de la USAID y otras organizaciones gubernamentales, que a través de decenas de años han alimentado la intransigencia de los ultras.

 

     Por éso, en este pandemónium, donde lo que importa es el cash y escalar posiciones para disfrutar mejor del jamón –símbolo de las aspiraciones del manengue- les sugiero cambiar el título “Declaración de Miami” por el mucho más adecuado “Declaración de My-ham-i”.