Editorial

Llevar adelante la obra revolucionaria 

21 de febrero del 2008

 

Hacía tiempo que Fidel venía explicando en sus reflexiones que su actual estado de salud le impedía desempeñar normalmente sus funciones como Jefe de Estado y de Gobierno e insinuaba que era previsible que debido a esta condición él no aceptaría la jefatura del Estado al reunirse la nueva Asamblea Nacional.  Eso precisamente lo hizo saber al país y al mundo en la mañana del 18 de febrero pasado.

Desde que sobrevivió a su gravedad durante el verano de 2006, de manera sistemática, juiciosa y decorosa Fidel, Raúl y los demás altos dirigentes revolucionarios han venido preparando al pueblo cubano, como él mismo explica en el mensaje del 18 de febrero, “para mi ausencia, sicológica y políticamente [ésta] era mi primera obligación después de tantos años de lucha”.

La inmensa mayoría del pueblo cubano, amante y defensor intransigente de su proceso revolucionario, así lo había venido entendiendo. El que no lo crea o lo dude que constate en esta Isla el aplomo con que el pueblo revolucionario ha entendido y aceptado la decisión de su Comandante en Jefe. Aplomo que deviene de la seguridad en sí mismo, de que puede continuar llevando adelante su obra revolucionaria, que tanto sacrificio ha costado y que con inteligencia, dedicación y el aprendizaje de medio siglo de enseñanzas continuará profundizando.

No nos cabe la menor duda que la suerte que siempre ha acompañado a Fidel le ha concedido burlar la muerte una vez más, permitiéndole, en esta ocasión, uno de los logros más extraordinarios de su obra revolucionaria, que ha sido garantizar el traspaso del poder a una nueva dirección revolucionaria. Culmina de esa manera, este maestro ejemplar, un aspecto capital de su obra como máximo dirigente de la Revolución. En la antigüedad hechos de esa grandiosidad les eran reservados a los dioses. 

 En este país algo esencial se ha hecho evidente durante el año y medio transcurrido desde julio de 2006, y es que al haber confrontado el pueblo cubano la posibilidad real e inminente de la muerte de Fidel, aquél tomó conciencia que su revolución --en toda su complejidad— era su responsabilidad y que a él correspondía protegerla, desarrollarla y garantizarla, profundizándola exigiendo más de todos.

Sobre este aspecto Fidel aconseja en su mensaje: “Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales de la sociedad cubana (…) requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.”

La revolución de los cubanos, madura y vigorosa, entra en un nuevo tiempo. Tiempo que es más deliberativo, más participativo, en la que cada revolucionario asumirá más su responsabilidad individual en ese magno proceso colectivo. Y es así no porque Fidel se retira de la jefatura del Estado sino precisamente porque hacia ese nuevo tiempo han estado preparando a los cubanos por cincuenta años, o más aún, las enseñanzas de ese genial maestro.

Los crueles enemigos de este noble pueblo no entienden lo que aquí ocurre.  Su naturaleza se lo impide. Vaticinan para los cubanos las hecatombes que siempre han augurado y que nunca se han cumplido, ni se cumplirán. Mientras ellos, la fauna más despreciable del planeta, causan calamidades en muchas tierras que han sido y son víctimas de sus atropellos e, inclusive, en contra de su propio pueblo. Tan desalmados son que todavía se atreven en proclamarse en el ejemplo a seguir…

El camino siempre será difícil y requerirá del esfuerzo de todos, escribe Fidel en su mensaje.  De todos, inclusive de él, que no se retira, que seguirá cumpliendo sus deberes de revolucionario sin par esta vez como él ha escogido, como un soldado de las ideas; soldado que siempre ha sido. //