No censados pero sí cremados

Reynaldo González

 

No hace mucho tuve noticia de una exposición que sorprendió incluso a especialistas sobre el holocausto judío. Ocurrió en el National Holocaust Museum (Museo Nacional del Holocausto) en Washington. Fue una reseña visual y documentada de la persecución y exterminio de los homosexuales durante la experiencia nazi. Y no sólo contra ellos, sino contra otras minorías consideradas indignas de compartir el destino de la gran nación alemana, según la versión del régimen de Adolfo Hitler. Las fotografías, historias y el arte del periodo demuestran que acabar con los gays resultó prioritario para los nazis, aunque un Ernst Röhm, jefe de las tropas de asalto y ayudante de Hitler en la toma del poder, nunca ocultara su verdadera orientación sexual. Pero lo asesinaron en 1934. La fecha marcó el inicio de la arremetida antigay. El amor entre personas de un mismo sexo fue equiparado a la traición. Exhibiciones futuras se centrarán en el tratamiento que los nazis dieron a las personas con incapacidades físicas y mentales, a los testigos de Jehová, a los gitanos, polacos y prisioneros de guerra soviéticos. Más de dos millones de personas visitan cada año el museo, ubicado en 100 Raoul Wallenberg Place, al sureste de Washington.

La persecución nazi se ensañó en más de un millón de hombres que, según la comprensión estatal, estaban afectados por una degeneración que amenazaba la masculinidad. Tras las redadas, los gays eran enviados a campos de concentración oficialmente llamados “Centros de Palabra”. Acusados de parasitismo social y de enemigos del Estado, aproximadamente la mitad de ellos pagó su diferenciación en los hornos crematorios. Los distinguían con un triángulo rosa. Los otros conocieron la prisión o los hospitales psiquiátricos. Cientos fueron castrados por orden judicial, o bajo coacción. La documentación, escamoteada incluso para los miembros del alto mando militar nazi, sufrió mermas considerables, salvo la mostrada en Washington. Por lo poco encontrado se precisa que alrededor de 15,000 fueron recluidos en campos de concentración, donde muchos murieron de hambre, enfermedades, agotamiento, palizas y asesinatos. Eran conocidos como los “175tos”, con referencia al Artículo 175 del código criminal alemán, condenatorio de la “indecencia antinatural” entre hombres. Se trataba de una ley promulgada en 1871, pero ampliada por los nazis para incluir “simple apariencia” y “simples caricias”, el deseo tanto como las prácticas elevadas a razones para perseguir y detener a esos culpables.

Cuando la guerra terminó muy pocos sobrevivientes se atrevieron a contar sus experiencias. Durante décadas, tras la victoria de los Aliados, seguían sujetos al mismo estatuto criminal utilizado por el régimen hitleriano para perseguirlos. El Artículo 175 fue suprimido en 1994. La declaración de “no culpables” equivalía a un perdón de sabor agrio, parecido a la conmiseración –que avalaba a quienes la otorgaban, no a quienes la recibían–, sin que alcanzara a resarcirles del destrozo de sus vidas. Todo eso era sabido, pero silenciado. El amplio historial del Holocausto apenas nombra a esas víctimas de la bestialidad nazi, dejados como “muertos sin dolientes”, cuanto los zahiere con una estulticia empecinada, quien sabe si por pudor –a fin de cuentas debilitan el mito de la sacralizada hombría– o por sentimientos contradictorios, generadores de  un racismo-otro: los prejuicios de la intolerancia sexual.

El libro de Heinz Heder retrata la vida en los campos de concentración como un infierno donde la tragedia resultaba cotidiana. La reubicación trasladaba al cerco los esquemas de la vida exterior. Allí la homosexualidad no desaparecía, sino que refinaba su embozo, acogida a una doble moral peor que la de afuera. Si un prisionero alemán era atractivo y se mostraba dispuesto a colaborar, pasaba a ser protegido de un capo de barracones, obtenía prebendas y mejor status. El envilecimiento tapó la boca de sobrevivientes que después de la guerra arrastraron la mordaza impuesta por la vergüenza y la conciencia culpable. El resto fue una existencia miserable, constantemente en peligro, donde cada movimiento era una lucha por la subsistencia y una pérdida de la autoestima, con el agravante de que, una vez terminada la pesadilla nazi, a los homosexuales que la padecieron no se les liberó de su castigo psicológico, tan cruel como el físico. Es lo que mostró la exposición del National Holocaust Museum y permitió razonar el libro de Heder, obstáculos para un olvido quizás involuntario, siempre imperdonable.