Mi querida Bella García-Marruz, esposa de Eliseo Diego y hermana de Fina y Cintio Vitier, recientemente falleció en La Habana.  Con Bella, Eliseo, Fefé, Rapi, Lichi, Roxana, María del Carmen, Ismael y María José quise y compartí íntimamente por largos y queridos años.  Bella era la Madre, el Ancla, de esa excepcional familia.  Hace años que la extrañamos.  Siempre me dio cariño y alegría.  La quise de igual manera.

 

En esta ocasión la recordamos con estos poemas de amor que Eliseo le escribiera y dedicara.

 

Andrés Gómez

 

 

 

 

 

Nostalgia de por la tarde

 

                                                                                  A Bella

 

 

El que tenía costumbre de poner las manos

sobre la mesa blanca junto al pan y al agua,

traje rugoso de fervor y alpaca,

y aquella su esperanza filial en los domingos,

 

ya no conmueve nunca el suave pensamiento de la fronda

con el doblado consejo de su paso.

Y el taciturno banco entre los álamos dormido

y aquel campito hirsuto a quien las lluvias respetaban      .

 

Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos

que no los cruza nunca la bendición de unas palomas,

que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio

como quien sueña un grave color que nunca viera,

como quien sueña un sueño y eso es todo.

 

Porque quién vió jamás

Pasar el viejecillo

de cándido sombrero bajo el puente

ni al orador sagrado en la colina.

 

Yo vi al lagarto de liviana sombra

distraerse de pronto entre su sangre,

quedar inmóvil, sí, tumbado,

pesando e incapaz de confundirse ya nunca con la tierra.

 

(El que tenía costumbre de cruzar las manos

sobre la mesa blanca para mejor mirarnos,

su mueca de morir cuándo la he visto,

su mueca parda.)

 

He visto al pez de indestructible púrpura,

en la montaña arde como criatura perpetua de la llama,

olvida los trabajos mugrientos de su sangre,

yace perfecto y la madera sagrada lo levanta.

 

Pero quién vió jamás

el  ruedo misterioso de tu falda

mientras cortas las rosas en la tarde

ni el roce y la tristeza de la lluvia

como un lejano llanto por mi cara.

 

Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.

 

 

 

 

 

 

 

Poemas de amor que componen el Cuardernillo de Bella Sola     (1990)

 

 

 

1.

 

Cómo llevar a las palabras

 

la sensación, el roce de tu mano

 

por vez primera entre la mía.

 

Su forma frágil, delicada,

 

su ser, su estar en mí, su suave entrega.

 

“Esta es la mano, en fin, de tu muchacha”,

 

me dices no sé cómo, mientras siento

 

“esta es la mano de la niña mía”.

 

Mayor delicia habrá,

 

si tiempo y suerte quieren.

 

Ninguna habrá tan absoluta y pura.

 

 

 

2.

 

Reverente imagino tus muñecas

 

en tus brazos menudos acunadas.

 

Cómo se llaman digo.  Y me respondes

 

en una voz que la distancia vela

 

desde el hondo del patio.  Deja.  Mira,

 

tú estás feliz, eres feliz, qué importa.

 

Tú estás hecha de infancias, niña mía.

 

Tú eres toda de niños.  Vida sólo.

 

 

 

3.

 

Ya te miro venir, ligera y leve,

 

volando las escalas del teatro,

 

la boina al sesgo de tu pelo lacio,

 

radiante y feliz, hecha de aromas.

 

Das a mi amigo un libro, me sonríes,

 

después te vuelves y tu esbelta espalda

 

escaleras abajo es una música

 

y es una puertecilla hacia la dicha.

 

 

 

4.

 

Quién sabe cómo fue ni cuándo y dónde

 

me dijiste que sí, que me entregabas

 

el huerto de ti misma, paraíso

 

de magias y delicias y qué glorias.

 

Y yo ciego de mí te acepto a ciegas

 

del esplendor terrible de tu llama

 

tan frágil y menuda entre mis brazos.

 

Pues tú eras tú y eras la vida y todo

 

cuanto va desde el júbilo a lo trágico,

 

desde el alba a las fiestas de la tarde.

 

 

 

5.

 

Y tus muñecas fueron al fin hijos,

 

oh música del mundo, oh maravilla,

 

mi cajita de asombros, mi señora!

 

Y el dueño de tu huerto florecido,

 

el taciturno, te volvió la espalda,

 

te dejó a solas con tus juegos mágicos,

 

los únicos que importan, y lloraste.

 

¿Cómo pude yo hacer que sollozaras?

 

¡La boina al sesgo del cabello pulcro,

 

tú, la del rostro terso, radiante,

 

quién pudo imaginarte entonces lágrimas!

 

Y sin embargo fuimos los dos uno,

 

no se puede ser más, y tú has llorado.

 

 

 

6.

 

Todo es al fin no más un cuento mágico.

 

Quién sabe cómo, todo cuento acaba.

 

Yo di su vida a los muñecos tuyos

 

como un brujo hechizado.  Me embrujaste

 

con sólo ser tan niña a vida pura.

 

Como a través de un vidrio estoy mirándote.

 

Turbio vidrio mi asombro de saberte

 

tal cual eres, mi niña desdichada.

 

Me hechizaste, y en cambio te hice daño.

 

Mas yo solo te amé porque tú eras.