El papel de la CIA en el asesinato del Che

 

Froilán González y Adys Cupull

 

 

El 8 de octubre de 1967



Sobre los hechos de este día, Inti Peredo escribió: “La madrugada del 8 de octubre fue fría. Los que teníamos chamarra nos la colocamos. Nuestra marcha era lenta porque el Chino (Juan Pablo Chang-Navarro Lievano) caminaba muy mal de noche y porque la enfermedad del Moro (Octavio de la Concepción de la Pedraja) se acentuaba. A las 2 de la mañana paramos a descansar y reanudamos nuestra caminata a las 4...”


Cuando los guerrilleros se detuvieron para tomar agua de un arroyito los localizó Pedro Peña, uno de los espías del ejército, que disfrazado de campesino recorría la zona. Peña se ocultó para observar el lugar exacto, se dirigió hacia La Higuera y dió la información, que fue comunicada inmediatamente por radio a los jefes militares acantonados en los alrededores de la zona, dos compañías rangers con 145 hombres cada una y un escuadrón con 37, formados y adiestrados por asesores norteamericanos. Existían, además, otras compañías y todas se movilizaron hacia el Yuro.


A las cinco y media de la madrugada, los guerrilleros alcanzaron un punto donde se unían dos quebradas. Inti Peredo narró: “La mañana se descargó con el sol hermoso que nos permitió observar cuidadosamente el terreno. Buscábamos una cresta para dirigirnos luego al río San Lorenzo. Las medidas de seguridad se extremaron, especialmente porque la garganta y los cerros eran semipelados, con arbustos muy bajos, lo que hacía casi imposible ocultarse.”


De acuerdo con los relatos de Inti y de los sobrevivientes de la guerrilla, se ha podido constatar que el Che, con el seudónimo de -Ramón, decidió enviar exploradores, los que comprobaron que los soldados estaban cerrando el paso. El Che ordenó retirarse para otra quebrada, pero esta terminaba en unos farallones y prácticamente no tenía salida. Ante tal circunstancia, Inti Peredo, en su libro Mi campaña junto al Che, analizó la situación de la siguiente forma: “¿Qué perspectiva nos quedaba?


“No podíamos volver atrás, el camino que habíamos hecho, muy descubierto, nos convertía en presas fáciles de los soldados. Tampoco podíamos avanzar, porque eso significaba caminar derecho a las posiciones de los soldados. Che tomó la única resolución que cabía en ese momento. Dio orden de ocultarse en un pequeño cañón lateral y organizó la toma de posiciones. Eran aproximadamente las 8 y 30 de la mañana. Los 17 hombres estábamos sentados al centro y en ambos lados del cañón esperando.”


“Che hizo un análisis rápido, si los soldados nos atacaban entre las diez de la mañana y la una de la tarde estábamos en profunda desventaja y nuestras posibilidades eran mínimas, puesto que era muy difícil resistir un tiempo prolongado. Si nos atacaban entre la una y las tres de la tarde, teníamos más posibilidades de neutralizarlos. Si el combate se producía de las tres de la tarde hacia adelante las mayores posibilidades eran nuestras, puesto que la noche caería pronto y la noche es la compañera aliada del guerrillero.”


Se encontraban en la quebrada del Yuro, de unos 1 500 metros de largo, por unos 60 de ancho, y de 2 metros a 3 en la zona por donde corre el arroyo.


Aproximadamente a las 13 y 30 comenzó el combate, pero la firme resistencia de los guerrilleros detuvo el avance del ejército. Las posibilidades de salida durante el día estaban cerradas, porque las laderas eran abruptas y terminaban en zonas sin vegetación, desde donde fácilmente los soldados podían hacer blanco.


El entonces capitán Gary Prado, se movió hacia la zona de operaciones y comunicó a Vallegrande que estaba combatiendo y necesitaba el envío urgente de helicópteros, aviones y refuerzos militares. Le mandaron aviones de combate AT‑6, cargados con bombas de napalm, pero no pudieron operar por la proximidad entre los soldados y los guerrilleros.


Después de dos horas de combate de fuego intenso, el Che decidió dividir la tropa en dos grupos, de manera que unos, los enfermos, pudiesen avanzar, mientras él se quedaba al frente de los que podían combatir para detener el avance del ejército.


El Che, herido en una pierna, continuó combatiendo hasta que fue inutilizada su carabina y agotadas las balas de su pistola. Los combatientes Antonio, ( Orlando Pantoja Tamayo) Arturo (René Martínez Tamayo) y Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca) se encontraron entre dos fuegos y emprendieron una concentrada resistencia, que les ocasionó varias bajas a los soldados, hasta que una potente granada hizo blanco sobre ellos.


Los soldados que estaban en el punto por donde escalaron el Che y el boliviano Willy Cuba explicaron que el Che tenía la carabina M‑1 dañada, inmovilizada por un impacto que recibió en la recámara, su pistola no tenía cargador y únicamente portaba una daga.


El suboficial Bernardino Huanca, se acercó al Che y le asestó un culatazo en el pecho; luego le apuntó de manera amenazante para dispararle. Willy (Simeón Cuba) se interpuso y le gritó con voz autoritaria: “¡Carajo este es el Comandante Guevara y lo van a respetar!”

 
Huanca se comunicó con Gary Prado, que le ordenó el traslado de los dos guerrilleros hasta un árbol a unos 200 metros de distancia, donde él se encontraba y se puso en contacto por radio con el puesto del ejército en Vallegrande, para notificar acerca del combate de la Quebrada del Yuro y la caída del Che. La información fue retrasmitida a las 15:30 horas.


La copia textual es la siguiente:


“Horas: 14: 50
“hoy a 7km. N.O. de Higueras en junta Quebradas Jagüey ‑Racetillo a Hs. 12:00 libróse acción, hay 3 guerrilleros muertos y 2 heridos graves. Información confirmada por tropas asegura caída de Ramón. Nosotros aún no confirmamos. Nosotros 2 muertos y 4 heridos.”


“Horas: 15:30
“Prado desde Higueras 'Caída de Ramón confirmada espero órdenes qué debe hacerse. Esta herido'.”
A las 17:00 horas envían un mensaje a La Paz, que textualmente dice: “Confirmada caída Ramón no sabemos estado hasta 10 minutos más”.


Los soldados sacaron los cadáveres de Antonio y Arturo, también a Pacho gravemente herido. El Che se conmovió cuando los vio y pidió que le permitieran prestarle ayuda médica, pero no lo admitieron.


A las 17:30 el ejército decidió retirarse del área de operaciones y regresar hacia el poblado. En la dificultosa marcha, el Che iba vigilado por varios soldados, detrás Willy Cuba ‑ambos con las manos amarradas‑, luego Pacho en grave estado, ayudado por algunos soldados y, finalmente, los muertos.


Continuaron la marcha y antes de llegar al caserío se encontraron con Miguel Ayoroa, comandante del batallón Ranger y con Andrés Sélich, comandante del regimiento de ingenieros de Vallegrande, quien había llegado en helicóptero. Los acompañaban Aníbal Quiroga, corregidor de La Higuera y algunos campesinos con mulas para cargar a los muertos. Andrés Sélich profirió insultos y amenazas contra el Che; dos soldados le quitaron los relojes y otras pertenencias.


El corregidor contó: “El Che salió por la huerta de Florencio Aguilar, venía caminando, primero venia él y detrás Willy y más atrás las mulas con otro guerrillero herido. Después otros guerrilleros muertos. Yo vi al Che, era un hombre grande, con una mirada que penetraba, y su estatura física que infundía respeto.”


A las 19:30, cuando la caravana concluyó la marcha hasta el caserío, ya era totalmente de noche. En la oscuridad, las tenues luces de las rústicas lámparas de queroseno o algunas velas alumbraban las humildes chozas. Los pobladores silenciosos, temerosos, observaban desde sus casas con extrema curiosidad; otros, como sombras, se acercaban lentamente para ver a los guerrilleros.


Los militares llevaron al Che hasta la miserable escuelita de La Higuera, de adobe, pajas y piso de tierra, con dos aulas, separadas por un tabique de madera. En una de ellas, dejaron al Che, más los cadáveres de Arturo y Antonio tirados en el suelo. En la otra, a Willy junto a Pacho muy grave.


Después que los militares dejaron a los guerrilleros en la escuelita, se dirigieron a la casa del corregidor para comer. Más tarde pasaron a la casa del telegrafista Humberto Hidalgo y se dispusieron a efectuar un inventario de todas las pertenencias de los combatientes.


Aproximadamente a las 9 de la noche, Andrés Sélich y Gary Prado regresaron a la escuela con el propósito de interrogar al Che, luego se les incorporó Miguel Ayoroa. Como respuesta solo encontraron el silencio.


Sélich lo insultó; le haló con ira la barba, con tal fuerza que le arrancó parte de esta. El Che tenía las manos atadas pero reaccionó indignado. Las alzó con fuerza para que cayeran en el rostro de Sélich, quien se abalanzó sobre él con la intención de golpearlo. El Che reaccionó de la única forma que podía responderle: escupiéndole el rostro. Sélich se abalanzó otra vez. Entonces las manos del Che fueron amarradas por detrás de la espalda.


Volvieron a la casa del telegrafista y Sélich se apoderó de las pertenencias de los guerrilleros. Las más valiosas desde el punto de vista material se distribuyeron entre los oficiales de acuerdo con la jerarquía. Sélich se quedó además con el morral del Che, varios rollos fotográficos, y una libreta de color verde, en la cual el Che escribió con su letra varios poemas:”Canto General” de Pablo Neruda.; “Aconcagua” y Piedra de Hornos” de Nicolás Guillén. Posteriormente, la libreta se la entregaron al mayor Jaime Niño de Guzmán. Los oficiales procedieron a efectuar el inventario que entregarían al mando militar.


Pasadas las 10 de la noche de ese día 8 de octubre, en La Higuera se recibió un mensaje desde Vallegrande que ordenaba que debían mantener vivo al Che. El mensaje es como sigue:


“Mantengan vivo a Fernando hasta mi llegada mañana a primera hora en helicóptero. Coronel Zenteno Anaya.”
Nuevamente Gary Prado visitó al Che, ocasión en que le dijo que dos soldados le quitaron su reloj y el de Tuma. Según testimonio del propio Prado, él buscó a los dos militares e hizo que le devolvieran los relojes, afirmando que el Che se los entregó para que los guardara, porque seguramente se lo quitarían otra vez. De esta manera, Prado se quedó con ellos. Luego conservó el del Che para sí y le entregó el de Tuma a Miguel Ayoroa.


En la ciudad de La Paz, aproximadamente a las 18 horas, se efectuó una reunión entre René Barrientos, Alfredo Ovando y Juan José Torres, con el propósito de analizar los mensajes recibidos desde La Higuera y Vallegrande.


Un testimoniante, con acceso a lo tratado en esa reunión, dijo: “Ellos no sabían qué hacer y no se tomó ninguna decisión. Solo se evaluaron los acontecimientos y las informaciones obtenidas hasta ese momento y solicitaron que las mismas se ampliaran, así como conocer nuevos detalles de lo que estaba pasando. Después Barrientos se dirigió a la residencia del embajador norteamericano y desde allí se comunicaron con Washington.


“A las 9 de la noche el Presidente fue interrumpido para entregarle un mensaje desde Vallegrande, donde le solicitaron instrucciones de cómo proceder con los prisioneros.


“Él no tenía aún decidido qué hacer y la respuesta fue que debían mantenerlos vivos hasta esperar nuevas instrucciones.


“El comando superior trasmitió a Vallegrande las instrucciones y desde allí a La Higuera.”


La decisión de asesinar al Che estaba tomada en Washington desde 1960. Después del fracaso de la invasión mercenaria por Playa Girón, asumió la jefatura de la CIA Richard Helms, quien continuó el Proyecto Cuba, que contemplaba el asesinato de Fidel, Raúl y el Che, y la imposición, mediante la fuerza militar, de un gobierno en La Habana afín a los intereses de Estados Unidos. Ellos aseguraban, sistemáticamente, que la Revolución Cubana sería derrotada en cuestión de meses. Dentro de sus planes se propusieron eliminar a sus principales líderes.


En 1962 se creó en Washington un grupo especial ampliado, integrado por George Mc Bundy, asesor presidencial sobre Seguridad Nacional; Alexis Johnson, por el Departamento de Estado; Roswell Gilpatrick, por el Pentágono; John Mc Cone, por la CIA, y Lyman Lemnitzer, por el Estado Mayor Conjunto, todos tenían la misión de dar cumplimiento al Proyecto Cuba.


El 19 de enero de 1962 se reunieron en las oficinas del Secretario de Justicia norteamericano, donde se les informó que el asunto de Cuba tenía la primera prioridad para el gobierno de Estados Unidos y debía resolverse sin economizar tiempo, dinero, esfuerzo, ni recursos humanos. En ella también se aprobaron varias acciones encaminadas a destruir la Revolución Cubana y, en especial, la eliminación física de Fidel, Raúl y el Che.


Por ello, cuando se recibió en la capital norteamericana la información de que el Guerrillero Heroico se encontraba herido en la escuelita de La Higuera, no fue necesario discutirlo. La CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono y el Presidente norteamericano tenían tomada la decisión desde mucho antes.


Aproximadamente a las 11 de la noche del 8 de octubre, el presidente boliviano, a través de Douglas Henderson, Embajador norteamericano en Bolivia, recibió un mensaje desde Washington, donde plantearon que el Che debía ser eliminado.


Entre los argumentos que el Embajador expuso al Presidente estaban que en la lucha común contra el comunismo y la subversión internacional, era más importante mostrar al Che totalmente derrotado y muerto en combate; puesto que no era recomendable tener vivo a un prisionero tan peligroso; permitir esto significaba mantenerlo en prisión, con riesgos constantes de que grupos de “fanáticos o extremistas” trataran de liberarlo; luego vendría el juicio correspondiente, la opinión pública internacional se movería y el gobierno de Bolivia no podría hacer frente por la situación convulsa del país. Manifestó que dejarlo con vida era ofrecerle, gratuitamente, una tribuna que iría contra los intereses de Bolivia y de Estados Unidos y que la muerte del Che significaba un duro golpe a la Revolución Cubana y, especialmente, a Fidel Castro.


Barrientos, Henderson y sus más cercanos colaboradores compartieron estos puntos de vista. La reunión terminó pasado unos minutos de la medianoche.


Mientras en el caserío de La Higuera, alrededor de las 12 de la noche, varios soldados rangers, borrachos y enardecidos, se disponían a asesinar al Guerrillero Heroico.


Los oficiales tenía que hacer cumplir la orden de mantener al Che con vida. Según algunos vecinos de La Higuera, en ese período de tiempo, murió el guerrillero herido, Alberto Fernández Montes de Oca, Pacho, sin que en ningún momento recibiera atención médica.


Ante el intento de asesinato, Miguel Ayoroa y Gary Prado decidieron responsabilizar con la custodia y seguridad del Che a los oficiales Tomás, Toty, Aguilera, Carlos Pérez Panoso, Eduardo Huerta Lorenzetti y Raúl Espinosa. Cada uno de ellos debía permanecer por turno a su lado. Los oficiales iniciaron la custodia del Che; cuando le correspondió a Eduardo Huerta, un joven de 22 años de edad y miembro de una familia honorable de la ciudad de Sucre, el Guerrillero Heroico conversó largo rato con él. Huerta contó a personas amigas que la figura y mirada del Che le habían impresionado mucho; hasta llegar en ocasiones de sentirse como hipnotizado, que le habló de la miseria en que vivía el pueblo boliviano; sobre el trato respetuoso que los guerrilleros les dieron a los oficiales y soldados hechos prisioneros y le hizo notar la diferencia del que recibían los prisioneros del ejército.


Refirió Huerta que le pareció que era como un hermano mayor por la forma en que hablaba. Que como sentía frío, le buscó una manta y lo “arropó”; le encendió un cigarro que se lo puso en la boca, ya que tenía las manos atadas a la espalda. El Che le dio las gracias; le explicó cuáles eran los propósitos de su lucha y la importancia de la revolución contra la explotación que el imperialismo norteamericano sometía a nuestros pueblos.


El Che le pidió que le desamarrara las manos y recabó su ayuda para evadirse de allí. Narró Huerta que sintió deseos de ponerlo en libertad; salió a observar cómo estaba la situación fuera de la escuela; habló con un amigo de apellido Aranibar, apodado El Oso, y le pidió ayuda, pero este le dijo que resultaba muy peligroso, pues podía costarle la vida. Entonces vaciló, temió y no actuó. Confesó que el Che lo miró fijamente y no dijo nada, pero que él no podía sostenerle la mirada