De lo que pasa en mi escalera

 Aramís Castañeda Pérez de Alejo

 

 

La peluca cubre parte de la cara. Los lentes oscuros casi la otra mitad. De lo que se desprende, tras el balbuceo ronco con el que trata de explicarse, debe andar por los diecinueve y haber nacido en un pueblo de un lugar que, sospecho Villa Clara, pero que, ella, insiste “Las Villas”, más a tono, parece, con la particular geografía que diseña la ciudad a la que acaba de llegar y de la que, ya, aprende. El muchacho a su izquierda, el de la cadena, se dice proxeneta. El otro, conocer al dedillo puesto que tuvo un amigo que dice frecuentar a un tipo que un día... y, con esto, le basta. Son los invitados de lujo. Los protagonistas en la telenovela de hoy que, aunque no se ha dicho oficialmente, llevará como título “Mi juventud perdida: el único futuro” Por el pequeño set, la conductora, que no ha dejado de taconear y mostrarse impaciente, apunta con el dedo hacia ti, se inclina hacia delante, te mira fijo, advierte que, aún cuando se vaya a comerciales, por nada de este mundo, has de moverte o cambiar de sintonía en aras de que te enteres, seas testigos, asistas cuerdo a “la realidad que se vive en la Cuba de estos días y que, esta noche, te vamos a develar en voces de sus propios protagonistas”. La cámara se aleja. La música sube. Esta vez le ha tocado a la prostitución como única vía de supervivencia para las nuevas generaciones; más tarde a cómo subsiste un religioso “bajo el régimen de Castro”; a la misma hora, en otro canal, los enredos legales entre la hija, “rebelde”, del gobernante y la molesta tía que le monta el juicio.                                                                                                                                               

 

La ciudad es la de siempre, con sus palmitas, ese color tan suyo, el sol radiante, así como para todas las mañanas de esta vida, que, sólo mancha, el aguacero, ajeno de pronósticos, que nada puede predecir; y el cielo, y el mar cada tres pasos, que la acondiciona o te aturde Es como todas, en la que existe, tras la fachada, una historia; una historia que, únicamente a ella, pertenece; de pioneros, y aparecidos, de gente distante -llámense Flagler o Fisher- que traspasó el pantano, alguna vez, para imaginar el futuro que casi casi es exacto a como se deseó. La historia que la distingue, que la reconoce, que le permite ser lo que es y no otra cosa. Y tiene su arquitectura la ciudad, como todas; en algunos sitios orgánica, rica, interesante, singular. Y otro lenguaje, y más comidas y cierta magia y actitudes en el comportamiento que hablan de su esencia mayoritariamente cosmopolita. Nadie se atrevería a decir que no; tampoco a confundirla. Es, está. Característica, particular, identitaria. Con su huella dactilar y su ADN a pesar de los membretes y las mil caretas que, a cada momento, alguien le endilga.

 

Muchas, muchas son las armas con las que cuenta este pedacito de tierra. Tantas como para no parecer tan aburrida cual esa Ottawa o el Estocolmo que rara vez te encuentras entre las noticias de la jornada. Hay demasiado de que ufanarse, bastante en lo personal que ofrecer, un íntimo destino, a despecho de lo solariego, que la convierte en un espacio, indiscutiblemente, peculiar. Porque tiene, el pedacito de tierra, la suerte de un sino, de un sino matizado, sobre todo, de un componente sociopolítico que la colocan en ventaja frente al yo tengo y tú no de la competencia mediática. Entonces, la cuota original de sensacionalismo, el morbo en propiedad de entero sello local. En ocasiones un niño, en otras, un viejo; entre aquel y este alguna elección presidencial y, a diario, el “sufrir” de la isla -comidilla que tanto material aporta. La de siempre, la de palmitas, la de ese color tan suyo, ha descubierto la gallina de los huevos de oro del entretenimiento- ¡y eso que llora!- manteniéndote en vilo, sacando por debajo de la manga la carta de lo insospechable, develando secretos, dando lugar, a todo aquel que quiera, a que aporte su ración de sorpresa para disparar el raiting, sacar, de paso, la tajada correspondiente y sostener la expectativa de unos pobres infelices que hacen el juego sin darse cuenta de cómo llegaron hasta allí.

 

Es la maroma que se le hace imposible a New York, o a Los Angeles. Aquí no sólo se hablará de fuegos interminables ni de nietos que asesinan a sus abuelos. Tampoco de vírgenes milagreras que insinúan su presencia desde la tapa del pan ni de la recién nacida a la que llaman “sirena” por la cierta malformación que le retuerce los pies. Orgulloso, con ese sol radiante, el más notable de los asentamientos humanos que tenemos al sur de la Florida blasona la gallardía de poseer, poco más que cada tres segundos, un bombazo para dejarte, literalmente, con la boca abierta. Y es amplio el menú, criollo, sabrosísimo, con un cliente ansioso del que se conoce, a la perfección, todo. Puede ser la del taconeo; más, también, el hombre del saco, el de los espejuelos, el que apoya, su codo, como no, sobre la mesita alta, casualmente a mano, para desplegar su zorreo mientras, a tres metros de si mismo, observa lo interesante que resulta esparciendo, en el mantel, la tal exclusiva que nos preparó. Puede  ser él, o puede ser otro. Y llevar, el programa, el sugestivo título de “La hora de la verdad”o “A mano limpia” o, hasta, el jamás escuchado de “¿Qué opina usted?”. Que la forma, algunas veces, no importa; que lo verdaderamente interesante, en estos mismos momentos, es esa llamada, desde La Habana, la que puede ser interrumpida de un minuto a otro y, a través de la cual, el disidente en turno, el que está de moda, te atropella a denuncias creyendo en el amor que, por sus semejantes, tiene y en la tremenda responsabilidad que, encima de sus espaldas, han depositado. De cualquier manera con la carga de suspenso, y de intriga, y de lágrimas que, a cada show, que se precie de serlo, ha de redondear. Tengo, tengo, tengo, y si no me lo invento que, en la puerta, hay un ex-asesor para asuntos económicos relacionados con, loco por confesarte qué marcas de vino y qué tipo de jamón, llegan, por expreso encargo, desde Italia, para saciar los apetitos, “nunca bien colmados”, del Consejo Cubano de Estado. Que, detrás, en la fila, algún experto, guardando turno, se referirá a “ la ingeniería de nuevo tipo” que crean los que, desesperados, se tiran al agua, en cualquier cosa, desde la otra orilla. Y clama porque el famoso Buick se  rescate y forme parte de un museo. Para verlo, observarlo, recordar, mostrar glorioso, decir “he aquí la historia que nos ha tocado” en el macabro espectáculo sadomasoquista que, en todo caso, siempre relega, en la memoria, a los que iban encima de él. Los restos del naufragio. Otra joya del Nilo. Y se hablará del escritor “censurado”, y lograrás imágenes, “por primera vez” de esa película que el Gobierno “prohíbe”, y habrá un especial, cerca de la medianoche, en el noticiero que “te informa antes que los demás”, de las condiciones infrahumanas en que una pobre familia, no en Haití, tampoco en Guatemala, mucho menos en los suburbios que rodean a Sao Paulo, debe convivir en espera de que algo mejor suceda. Redoblar de tambores, el quítame-estas-pajas de la emulación, con cualquier apellido menos amistosa, que, unos y otros, entablan por conseguir “el palo” que deje en el camino al contrincante más cercano.

 

Para el cuento del business, para sostener sus porcentajes, existen determinadas normas. Por lo general, si bien se asegura lo contrario, no se habla de ti ni de mí; sino de lo, un poquitico, más raro, inusual, menos frecuente. Aquello que, bajo la égida de la aparatosidad y la grandilocuencia, dispare tus sentidos y, goloso -sin pensarlo, porque, ahí, es donde está el truco- te veas en la necesidad de exigir un listón, a mayor altura, para la próxima. Hay un condicionante monetario, no humano y, a partir de ahí, la representación de una realidad donde, como en la poesía, sus leyes son sustituidas por el símbolo o lo figurativo- con la diferencia de que no se va, tras de  ello, en la búsqueda de sublimidad alguna o superación de tipo estética; de cualquier modo el tema sería cubrir no edificar. Solo, aislado, perdido tu referente, nada más queda, entonces, crearte un universo que no exija de ti otra función que no sea la de la pasividad y lo contemplativo. Sentado en la luneta, a oscuras, cuando ya no tienes vecinos, el seguidor  obliga- es el momento- tu mirada hacia el único punto donde la luz estalla, donde está el escenario. Y comienza la función. Revienta la opereta. Y brillos y oropel y ritmo trepidante y tú en la carne viva, con la piel, y el aliento y esa cabeza por la que no pasa lo de  “¿pero en qué he influido yo? ¿qué cosa en el mundo es mejor gracias a mí?” porque todo te lo han dado masticadito y el nuevo caramelo es un hecho para que el lindo animalejo dé los cuatro saltos, mueva la colita, esté presto y dispuesto con la trompa a levante en espera de la señal que le oriente.

 

A los efectos del efecto el circo recoge cuanta malformación aparezca para garantizar su aplauso. Lo un poquitico menos usual, eso no tan frecuente, aquello un tanto raro. Moliéndote a golpes para que, por algún hueco, salgan disparados tus instintos, los más bajos, y, muy dentro, te retuerzas sin la menor conciencia de, cuán de macabro, es tu placer; encima, con la sensación de que accedes a algo a lo que no todos, como quisieran, pueden. A los efectos del efecto una retórica que no hace, tampoco, muy diferente, para la “tierrita de fuego”, el espectáculo. Sobre la misma estructura se calza el montaje, y, los actores, igual conservan ese tono convencional y serio para que serio simule el discurso que, en la cartelera falaz, desgranan. Igual el increscendo, y la fanfarria, y el escándalo, y la suave curva que prepara el camino en esta fábula de misterio y horror. Más, como se dijo, con el añadido extra de la circunstancia, el privilegio de su fatalidad. La variante tropical del negocio que enriquece al bufo de nuevos condimentos y, al solar, con otras siluetas. Como esas plazas, en las que tan bien se digiere, salpicando la pantalla de tostones balseros o el balserito relleno de camarones donde un plátano es el bote, dos papitas fritas los remos y los enchilados, que descabezas sin contemplación, los mismos que defiendes y te hacen sufrir inconmensurablemente. A Miami se llega, se comenta, se hace su propia versión del cuento y nadie averigua. Todo es creíble, el más pinto confiable, cualquiera calificado para echar más leña al fuego de la carnaza siempre que cumpla con los requisitos requeridos. Y la escena clasificaría dentro de lo mejor del postmodernismo actual sino careciera del humor que hace falta para, en primer lugar, reírse de uno mismo y, después, incluirse en la farsa con la total desfachatez que la inteligencia y el desprejuicio permiten. Pero es otro el asunto, distinto el propósito y la muchacha, la de  peluca, la de gafas oscuras, la que se requetepinta los labios de rojo, no encuentra respuestas, ahora, para explicar su elección y, la conductora, la de tacones, tampoco la gracia del momento. No mucho más aporta el proxeneta, lo mismo el que nada hace aquí sin embargo asegura  conocer al dedillo puesto que tuvo un amigo que dice frecuentar a un tipo  que un día... y con eso basta.  Frente al televisor tú grabas el suceso. Olvidas el “accidente” que te proporcionó los siempre bien recibidos dólares del que pidió tu ayuda, esta mañana, y piensas en la alegría de tu querida esposa. Ella, que maldice a su jefe, que ganas de retorcerle el cuello no le faltan, que, como la muchacha, no se explica, junto al queso y las tostadas disfrutará dichosa, luego, de este nuevo capítulo. Indignada, tal vez llorosa, retorciéndose sin la menor conciencia de cuan macabro es su placer. Moviendo la colita y con la trompa a levante; desde ya esperando a que esté, el listón, a mayor altura para la próxima. Y la cámara se aleja. Y la música sube. Y cae el telón.