Vuelta a nacer cubana

 

Maura Barrios

 

 

 

Mi abuela Pepilla inspiraba orgullo.  Aunque ser cubana tenía desventajas, especialmente en la Florida de los años cincuentas.  Imagínense, aquella era una época de grandes ansiedades y al estilo cubano: la generación que nació justo después de terminar la II Guerra Mundial, la Guerra Fría, Ricky y Lucy, Elvis y Marilyn Monroe; y también, el 26 de Julio, rockyrrol, ¡fidelista!, ¡batistiano!, ¡socialista!, ¡anarquista!, ¡comunista!....  Mamá nos contaba en voz muy bajita sobre el Holocausto, la Bomba Atómica y las ejecuciones de los Rosenberg.  Abuela le hablaba a Fidel a través del radio mientras que yo me escondía debajo de mi pupitre en la escuela para así poder sobrevivir un ataque nuclear.  El film “El Monstruo Rojo” me daba pesadillas: imágenes de rusos y cubanos escondidos detrás de los árboles del parque de mi barrio.  En fin, que aprendimos a una muy temprana edad, a vivir entre situaciones muy polarizadas.

 

Durante ese tiempo en el que transcurrió nuestra infancia aprendimos, frente al pequeño televisor en blanco y negro, a cómo ser americanos.  Aquellas imágenes que por el televisor veíamos nada tenían que ver con nuestra familia.  Nada, ni como nos relacionábamos, ni como hablábamos, ni con nuestro pelo, nuestras caderas, ni nuestros labios. 

 

Nuestros abuelos tabaqueros vivían en la casa de al lado siempre recordándonos: ¡nosotros somos cubanos! ¡Somos la vanguardia de José Martí!, en contradicción permanente con America..

 

La mayoría de mis amigos, reprimidos por la política y el racismo, dejaron de ser cubanos.  En los sesentas, los movimientos populares a favor de los derechos civiles, la liberación de la mujer, las Panteras Negras y la Raza Unida me permitió sentirme orgullosa, o al menos, curiosa, sobre Cuba revolucionaria (siempre y cuando fuera sin mucho alboroto y nunca estando en la Florida).

 

Confundida y perdida en America estudié Historia para saber cuál era mi identidad. Hice mi especialidad académica los estudios sobre Cuba para así llegar a conocer a mis mayores.  Y así aprendí que se habían venido a exilar a la Florida para escaparse de la maldad de los generales españoles, sus campos de concentración, y para poder ganar un sueldo que les permitiera vivir, confeccionando puros habanos.  Cruzando el Estrecho, llegaron con sus hijos en bote a Cayo Hueso; fueron los primeros balseros. Iban y venían de aquí al barrio de Cayo Hueso en La Habana y de regreso a Cayo Hueso y a Tampa. 

 

Aquellos cubanos sobrevivieron guerras catastróficas, el hambre, el colonialismo y el racismo, resistiendo: trabajando duro, mudándose regularmente debido a la falta de trabajo, siendo tolerantes y flexibles, practicando el internacionalismo, el activismo político y el sindicalismo.  Aquellos cubanos, los Pinos Nuevos, inspiraron a Martí decir: “con todos y por el bien de todos”, dejando saber que la nueva Cuba se constituiría por todas las razas, y especialmente por los pobres, no importando su raza, ni su origen nacional.

 

Después que el Maine y Teddy Roosevelt se apoderaron de Cuba, los tabaqueros en Tampa intentaron mantener vivos los sueños de Martí, al menos en un pequeño rincón de la América Latina.  Se organizaron y así fundaron el primer sindicato, “La Resistencia”, organizaron también sociedades de ayuda mutua, centro culturales, escuelas como la Escuela Céspedes, hospitales y clínicas, antes que nadie aquí siquiera soñara con el Seguro Social.

 

Hicieron valer sus derechos en tierra extraña donde no existían derechos.  La Resistencia se enfrentó a los Vigilantes (especie de Voluntarios gringos), deportaciones, linchamientos, leyes anti inmigrantes, las cacerías en contra de “los Rojos”, el racismo, la discriminación y la violencia en una fuerte guerra de clases entre anglos y latinos. En aquel entonces los anglos peyorativamente llamaban a todos los latinos “Cuban Niggers”, niches cubanos. 

 

Después los hijos de aquellos tabaqueros lucharon en las guerras norteamericanas, en sus ejércitos, en sus armadas y en sus guardacostas para así poder convertirse en americanos.  Sumando una nueva capa a su identidad multinacional: permanentemente cubanos y también muy americanos, como también, a veces, español o italiano…

 

Lo tampeño trasciende fronteras, líos y problemas familiares, creencias religiosas, los idiomas y las ideologías políticas; lo tampeño es una cultura dinámica y democrática.  Los viejos mantienen esta tradición y comparten en los muchos cafés discutiendo sobre política: ¡ese Bush es un fascista!, enfatizaba el asturiano justo antes de que comenzara la guerra contra Irak.

 

Viajé a Cuba para poder compartir con mis mayores, caminar el barrio habanero de Cayo Hueso, visitar tabaquerías y visitar Pinar del Río.  Recorrí las viejas rutas de los viajes de mis abuelos para así recuperar los recuerdos del verde cubano de mi abuelo Manuel.  El espíritu callejero de mi abuela Pepilla me llevó a través de peligrosas calles habaneras: “los cubanos no te roban la cartera, te roban el corazón, ¡cuida’o Maura!”.

 

Conversé con mis primas. Nos conocimos ya de mayores.  El café y el ron nos mantuvo despiertas compartiendo cuentos entrañables.  Ahora me protegen las deidades afrocubanas, Yemayá, Changó o Ochún –en realidad no se cuál o cuáles de ellas- que viven en los jarrones de la casa de mi prima Marta en La Habana. Al regresar tuve un profundo choque cultural.  En aquel viaje volví a nacer: volví a nacer cubana.

 

 

Traducción de Alfredo López