Identidad masculina: algunas reflexiones sobre el tema

Yulexis Almeida Junco

 

 

Estudiar temáticas relacionadas con los procesos sociales a través de los cuales se construye la identidad de los géneros, constituye un ejercicio de vital importancia y enriquecimiento personal, ya que nos remite insoslayablemente a cuestionarnos ¿Quiénes somos? ¿Cuán diferentes o semejantes somos con respecto a los demás? ¿Por qué somos así y no de otra manera? La respuesta a esta y otras interrogantes nos permite tomar conciencia de cómo nuestras identidades son estructuradas a través de factores culturales que se transforman de una sociedad a otra, de una época a otra, de una cultura a otra, afectando nuestros modos de vida, valores, preferencias, actitudes y formas de relacionarnos.

Los caminos que recorren estos estudios revelan que nuestra identidad y comportamiento no está determinada por el sexo biológico ni obedece a una esencia femenina o masculina. La conformación de lo que debe ser y hacer una mujer o un hombre responde al hecho de vivir desde el nacimiento las experiencias, mitos, ritos y costumbres impuestos a cada uno de los géneros. En el siguiente trabajo, expongo algunas ideas que reflejan los mecanismos de construcción social que se encuentran detrás de una identidad de género binaria y contrapuesta, basada en la diferencia sexual, que no sólo ha limitado, también ha esterilizado muchas de nuestras potencialidades en el camino hacia la satisfacción de las expectativas sociales de lo que debe ser un hombre y una mujer.

 

Identidades de género: constructos sociales

La identidad responde a un proceso de construcción social producto de la interacción del sujeto o grupo de ellos, que toman conciencia de su posición dentro de una estructura social a través de múltiples interacciones, en su medio y con el resto de las personas, lo que le permite identificarse a sí mismo mediante un proceso de diferenciación e igualación con otros y de esta forma llegar a representarse simbólicamente la realidad donde interactúa, la cual se encuentra en constante cambio.

Los rasgos que caracterizan la identidad son igualmente variables y susceptibles de transformación porque se encuentran influenciados por procesos sociales y el contexto en que se desarrolla la vida del individuo. La identidad de los sujetos se conforma a partir de una primera clasificación genérica que contempla hitos primarios de la conformación de los sujetos, los que se relacionan con otros elementos que también configuran la identidad como: la pertenencia real y subjetiva a una clase social, a un país, a un contexto urbano o rural, religión y/o política a la que se adscribe, idioma que practica, edad, tipo de actividad que realiza, grupos sociales donde se inserta por diversos intereses, entre otros.

El concepto de género persigue diferenciar analíticamente lo biológico, genético, de lo social, cultural e histórico. Parte de los primeros como los cimientos a partir de los cuales la sociedad comienza a construir y a organizar: estilos de vida, comportamientos, actitudes, costumbres y actividades sociales que le corresponden a uno u otro individuo en correspondencia con su sexo biológico. De esta forma el género se convierte en una categoría por la cual se explican las formas en que se ordenan las prácticas sociales a través de los múltiples roles que asume un individuo en la vida social y que se materializan en acciones sociales que devienen masculinas o femeninas en correspondencia con un contexto socio histórico cultural determinado.

Por tanto la identidad de género contempla el conjunto de características sociales, corporales y subjetivas que caracterizan a hombres y mujeres de manera real y simbólica de acuerdo a sus experiencias de vida1. Las características que comparten, teóricamente, todas las mujeres y todos los hombres conforman sus identidades como género y están dadas por la posición que han ocupado a través de la historia dentro de una estructura social patriarcal que descansa en un sistema de relaciones sociales en el que las relaciones entre los sexos se estructuran como relaciones de dominación-subordinación.

Esta correlación jerárquica y asimétrica ha ubicado a hombres y mujeres en polos contrapuestos entre sí. Los primeros ocupan una posición privilegiada al detentar el poder mientras las segundas han sido confinadas al polo inferior. Esta división femenina versus masculino ha propiciado el establecimiento de un modelo cerrado, que pauta comportamientos estancos en el desempeño de roles para cada uno de los géneros.

Este modelo también ha condicionado la división artificial de la sociedad en dos grandes esferas de acción: el mundo público y el mundo privado. El primero se ha identificado como lugar de trabajo que genera ingresos, poder, donde se produce y transcurre la historia, la figura protagonista es el hombre, por ende es un entorno masculino. El segundo se asocia como lugar para lo doméstico, el trabajo no remunerado ni reconocido como tal, el espacio para las relaciones familiares, los afectos, todo lo que tiene que ver con la reproducción humana, con la mujer como figura central  por tanto es un contexto femenino. Cada uno tiene su propia dinámica interna y en no pocos casos se perciben como ámbitos contrapuestos.

La conformación de la identidad genérica obedece más a un proceso de diferenciación por oposición entre ambos modelos afectados por el contexto socio-histórico, cultural y económico de las sociedades de origen. Según diversos autores 2 la identidad masculina se construye fundamentalmente a través de un proceso de diferenciación de lo que significa ser mujer más que por un proceso de identificación de cualidades compartidas con otros hombres. Esto es un proceso que tiene lugar durante todo el ciclo vital de las personas, con la intención de reducir al máximo las diferencias entre los propios hombres homogenizándolos en un modelo preescrito a priori y acrecentando la distancia con sus congéneres femeninas.  Por ende no responde a determinaciones biológicas, innatas e inmutables como la ideología patriarcal pretende afirmar. La identidad no puede construirse de cero, parte de la conciencia de sí que tenga un individuo o colectivo, es el resultado de un proceso evolutivo en el que se interiorizan las expectativas y normas sociales.

La construcción del universo simbólico femenino y masculino está permeada de representaciones, imágenes sociales, estereotipos que constituyen reflexiones irreflexivas sin un basamento científico, contentivas de un conjunto de características que se imponen por igual a una generalidad de individuos, de acuerdo a su pertenencia a una clase, raza, sexo, etcétera. Estos se convierten en patrones de conducta que guían y orientan el ejercicio de cada una de las actividades sociales desarrolladas por las personas, aprendidas a través del proceso de socialización. Todos estos procesos van incorporándose a las configuraciones de las y los sujetos, influyendo de forma decisiva en la conformación de las identidades desde una perspectiva de género.

La socialización es la forma en que los sujetos sexuados se apropian de asignaciones sociales que le son trasmitidas a través de los medios de comunicación; instituciones sociales como la familia, la escuela, grupos de iguales, la comunidad, entre otros canales por medio de los cuales se materializa el proceso de construcción social de la realidad. De esta forma se intenta aglutinar a los hombres dentro de una norma “masculina” que los define como racionales, fuertes, amantes activos, agresivos, características opuestas a las mujeres, consideradas sensibles, dóciles, emotivas, pasivas, débiles, todo lo que se acerque al ideal femenino constituye una desviación de la norma y por consiguiente una desvalorización o pérdida de hombría.

En las sociedades patriarcales (en la que se incluye la nuestra) el paradigma válido es el hombre, blanco, heterosexual y solvente económicamente, como es evidente no todos los hombres cumplen con esta normativa.  No podemos hablar de una masculinidad monolítica y homogénea, ya que esta adopta matices y particularidades derivadas de factores que interactúan con la variable género como son el país, la raza, la etnicidad, la preferencia sexual, entre otros, que se manifiestan de forma singular marcando una gran diversidad. Por tanto para ser coherentes con la realidad debemos referirnos mejor a una pluralidad en las formas de expresar y vivir la experiencia de ser hombre. La heterogeneidad que encierra la construcción social de lo masculino revela que existen muchas masculinidades 3 estructuradas de forma jerárquica entorno al paradigma hegemónico del hombre, blanco, heterosexual y solvente.

Entre los hombres también median relaciones de poder y tanto los que se encuentran en la periferia del arquetipo masculino como los que logran cumplir con sus expectativas, son víctimas de la cultura patriarcal. Los primeros porque tienen que enfrentar continuamente la censura de la sociedad que los desvaloriza y los segundos porque les imponen camisas de fuerza, moldes rígidos de los cuales no pueden salirse.4

Ser hombre constituye una condición importante en la sociedad pero a la vez supone privilegios que se sustentan en altos costos personales y sociales que crean no pocos malestares, ansiedades e incertidumbres. Los individuos socializados bajo las definiciones dominantes tienen que incorporar características de ese ideal y reprimir los rasgos que se desvían de este modelo porque tiende a lo femenino como expresa José Ángel Lozoya: “Los privilegios cuestan caros y en el campo de los sentimientos, todo lo que ganamos en poder lo pagamos en represión emocional”.5

De tal suerte la capacidad para expresar emociones en los hombres es limitada, ha sido reprimida, se les enseña que los hombres no lloran, de modo que si a alguno se le escapa alguna lagrimilla es frecuente verlo disculparse por haberse mostrado descontrolado, algo que no les es permitido, ya que están entrenados para el dominio propio, hasta en situaciones peligrosas, se les ha vetado la posibilidad de mostrar miedo, deben sentir y demostrar valor siempre. Las muestras de cariño, ternura y amor entre sus compañeros varones, las expresan a través de la rudeza: apretones de mano, palmadas en la espalda, abrazos distanciados. El compañerismo masculino está mediado por normas estrictas, basadas en tendencias homofóbicas, por lo que la intimidad entre los hombres suele tener más reglas que entre las mujeres (las cuales no escapan a la homofobia).

Son socializados en la competencia y el aislamiento, como dice el dicho: “el hombre es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla” frases como estas reflejan la lógica masculina de tragarse sus problemas, dudas y ansiedades, los hombres en todo momento deben mostrar su racionalidad al saber que hacer ante determinadas situaciones, de esta forma son menos vulnerables y responden socialmente a una integridad de género esperada.

Su función social como proveedor es central para el reforzamiento de su masculinidad, se espera de ellos que sean una especie de superhombres u hombres araña, capaces de brindar seguridad, cuidado y protección. La mayoría de las parejas siempre quieren que su primer descendiente sea varón, entre otras razones, para que defienda a la futura hermana y en el mañana a su mamá. Las mujeres por lo general prefieren a aquellos hombres que pueden aportarle, no solo desde el punto de vista intelectual, también en el plano de la sexualidad en cuanto a todo lo que puedan enseñarle (respondiendo a la dualidad hombre activo/mujer pasiva, aunque en la actualidad esta dicotomía no es tan nítida) y por supuesto económicamente. Esta última es una de las exigencias más agobiantes para los hombres, es uno de los indicadores más importantes para alcanzar el éxito en casi todas las esferas de la vida.6

Las concepciones sobre la masculinidad dominante distorsionan la percepción de los hombres sobre sí mismos, al presentarse estas características como propias de su naturaleza. Se iguala hombre biológico-hombre masculino, estableciéndose una relación directamente proporcional, se es mucho más hombre mientras más características del ideal masculino hegemónico incorporen a su identidad de género, con lo que se disminuye forzosamente su yo interno, al reprimir una amplia gama de necesidades, sentimientos y formas de expresión humanas.

Esto trae como consecuencia la imposibilidad de conocer y conocerse a sí mismos de otras maneras, a través de sus emociones, experiencias corporales, que les permitan conciliar de una forma menos traumática sus malestares e incertidumbres con su construcción genérica, de forma que puedan acortar la distancia entre lo que humanamente quieren ser y lo que son en realidad. En el campo del conocimiento nos perdemos conocer íntimamente dimensiones importantes de la vida de los hombres que se relacionan con su construcción como sujetos genéricos, al quedar excluidos por involucrar saberes que socialmente son objeto de represión y desvalorización y por tanto permanecen fuera del conocimiento “objetivo” en relación a los hombres.

Sin embargo a pesar del papel homogenizador que tiene la ideología patriarcal y los mecanismos con que cuenta para perpetuarse, no todos los hombres se identifican con los atributos “propiamente masculinos”. Es frecuente que encuentren nuevas formas de vida que no se corresponden con las expectativas de su género y que se entremezclan con rasgos femeninos o nuevos elementos, para los cuales debido a nuestra concepción binaria de interpretar la realidad social, no contamos con referentes conceptuales que nos permitan aprehenderlos. Marcela Lagarde7 describe este fenómeno como un desfase entre el deber ser y la existencia, la norma y la vida realmente vivida que genera procesos complejos, dolorosos y conflictivos.

Las concepciones sociales de lo que debe ser un hombre o una mujer construidos sobre la base de un esquema binario que concibe y explica la realidad a partir de dos polos opuestos se encuentra cada vez más lejana de la realidad y no sirve para comprender cabalmente las relaciones entre las personas en cuanto a seres sexuados, en las diferentes etapas y momentos históricos, ya que es un fenómeno social complejo que va más allá de ser hembra o varón. Es la manera en que el individuo se relaciona consigo mismo y con los demás a partir de su corporalidad y sus sentimientos.

 

¿Crisis en la conformación de la  identidad de los géneros?

En la actualidad las fronteras tradicionales entre los géneros se están transformando, se transita hacia una flexibilización paulatina que da cuenta de la existencia de distintas identidades de género. Diferentes autores identifican este fenómeno como un período de transición, de crisis en el que se rompen los moldes establecidos que guían y orientan la construcción de la identidad de género. Al respecto María del Carmen García Aguilar8 considera la crisis de identidad una consecuencia de una sociedad fragmentada caracterizada por múltiples migraciones que ha desbordado las fronteras, generando culturas híbridas marcadas por una distribución desigual de las riquezas con la consecuente extensión de la pobreza, reparto inequitativo de oportunidades y un acceso social y sexualmente diferenciado a los resultados del progreso. Estos problemas generan crisis sociales que afectan también la conformación de los géneros ya que entran en crisis los sistemas de valores que norman la vida social, se encuentran en una etapa de transición en la que entran en tensión los viejos valores y los nuevos valores que surgen.   

Estos cambios y desajustes, según la autora tienen como consecuencia dos puntos de vista opuestos: uno negativo identificado como la falta de guías conductuales que pueden desestabilizar la formación de los niños y las niñas, ya que no están definidas claramente las identidades. Este cuestionamiento acerca de cómo educar a niños y niñas en un mundo donde se trastoca el orden en cuanto a los atributos y roles que le corresponden a cada uno de los géneros, surge de la dificultad para aceptar las diferencias entre los seres humanos sin establecer un criterio de superioridad.

Esto es una característica humana heredada del sistema patriarcal imperante en nuestra sociedad, que establece una dicotomía basada en términos contrapuestos entre sí, en los que unos representan lo positivo y los otros lo negativo. Se definen círculos cerrados de asociaciones de todo lo que significa positivo por un lado y todo lo que significa negativo por otro, generando una escisión que atraviesa todos los ámbitos de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. Por tanto toleramos poco la ambigüedad, no comprendemos la equidad, todo lo queremos clasificar dentro de un orden jerárquico en el que la diferencia se traduce en desigualdad.

Carmen Aguilar asume este proceso como positivo en tanto permite reconstruir nuestras identidades como seres humanos más allá de nuestras diferencias sexuales sin importar cómo seamos o actuemos, lo importante es cómo nos relacionamos. Coyuntura que sienta las bases para que homosexuales y lesbianas reclamen sus válidos derechos, desmitificando la homosexualidad como un comportamiento anti-natural.

Marcela Lagarde9 relacionado con lo anterior señala que es un error pensar que el intercambio de funciones, actividades y trabajos específicos entre los géneros propicia que los sujetos abandonen su género y se conviertan en lo opuesto. Los cambios pueden ir en muchas direcciones y derivar en condiciones inimaginadas o desaparición de las existentes.

Este es uno de los elementos fundamentales que sustentan ese miedo al cambio, además de que erosiona el poder sobre el cual se ha sustentado la centralidad del hombre en la sociedad, como expresara C. Amorós al definir el patriarcado como: “una estructuración jerárquica de la sociedad en lo que concierne a las relaciones entre los sexos, en la que el varón tiene el papel hegemónico en la familia y es el sujeto titular del contrato social”.10 La fobia también obedece al “riesgo” que representa en cuanto a la preferencia sexual. En la actualidad se habla que las sociedades contemporáneas producto del dinamismo que las caracteriza, la mezcla de identidades genéricas avanzan hacia un predominio de la bisexualidad. Vivimos en una sociedad fuertemente marcada por el sexismo pero también por la homofobia.

La orientación sexual es una de las variables que conforman la identidad de género. La creencia en que cambiar es convertirse en el otro es generalizada, por lo que el ser y el actuar de hombres y mujeres es medida cada vez más por estereotipos que califican y tratan como “desviados” a aquellas y aquellos que no cumplen con lo que debe ser un hombre y una mujer. Si a esto le añadimos la certeza de una orientación sexual que no se corresponde con las asignaciones sociales de su género, el individuo se enfrenta a una doble discriminación.

Aunque en nuestras sociedades el panorama sexual se está transformando y las actitudes hacia los homosexuales se han vuelto más tolerantes, esta flexibilidad se debate entre tendencias subversivas y conservadoras al mismo tiempo. Y es que por mucho tiempo la masculinidad ha sido sinónimo de poder sexual. La definición de hombre “normal” incluye a aquel que tiene una orientación sexual exclusivamente heterogénea, amante activo que penetra, domina, por tanto se masculiniza, se hace fuerte, duro, mientras que el varón que es penetrado pierde masculinidad ya que es pasivo, dominado y por ende afeminado y débil. De esta bipolaridad no escapan ni siquiera las relaciones entre las propias parejas homosexuales y aun en las relaciones heterosexuales existen muchas zonas erógenas que no se exploran por tabúes relacionados con la penetración y la pérdida de hombría.

La imposición de un modelo genérico hegemónico ha tenido costos para ambos sexos. Entre los malestares más frecuentes se encuentra la incapacidad para resolver las tensiones que genera la escisión entre lo que somos y lo que realmente queremos ser. El feminismo y los estudios sobre masculinidades tienen ante sí el reto de contribuir a la transformación de las identidades de género tradicionales, con el fin de reconstruir una identidad de género auténtica que recorra caminos propios, que nos permitan avanzar hacia formas más libertarias de ser hombres y mujeres.

 

Yulexis Almeida Junco es una especialista  cubana sobre identidades de géneros.

 

 

Notas:

1-   Tomado de Marcela Lagarde en su artículo: Identidad Femenina.1990.

2-   Sobre esto reflexiona José Ángel Lozoya Gómez en su intervención en la Mesa Redonda: Cómo se construye la identidad masculina. En las Jornadas de Mujer y Salud; Jerez. Febrero 1999.

3-   En la Desconstrucción de la masculinidad. Tod Sloan y Rubén Reyes argumentan que no existe una única estructura de la masculinidad sino muchas masculinidades y ponen como ejemplo: los eunucos, los heterosexuales, los fascistas, los trasvestis, los físico-culturistas.

4-   José Ángel Lozoya en su intervención en las Jornadas de Mujer y Salud antes mencionada, en este sentido compara a los hombres con caballeros dentro de una armadura oxidada y con Pinocho un muñeco de madera luchando por humanizarse.

5-   Ibídem.

6-   Este es uno de los aspectos señalados por el profesor de la Universidad de la Habana: Julio César Pagés en su artículo Feminismo y masculinidad ¿mujeres contra Hombres? Publicado en la revista Temas, número37-38, abril-septiembre, 2004. p7.

7-   Véase Marcela Lagarde. Identidad Femenina. 1990.

8-   Véase María del Carmen García Aguilar. La crisis de identidad de los géneros.

9-    Véase Marcela Lagarde. Identidad femenina.  1990.