El perro callejero: dueño de la calle habanera

 

Doctor Walfrido López

 

 

Nació debajo de la escalera de un edificio o  en un local abandonado o donde nadie sabe ni como, ni cuando, al fin y al cabo es lo que dan en llamar en algunos países animal carente de un dueño responsable y lo que se reconoce en La Habana como perro callejero.

 

  Su madre también  fue callejera o una de esas falderas bien cuidadas que pierden la orientación para  regresar a casa y quedan como La Anduriña, a las buenas de Dios.

 

 Su paternidad puede ser atribuida a uno u otro semental de la barriada, pero nadie sería capaz de apostar por cual, pues todos la cubrieron.

 

. Sus hermanos de camada fueron ,quizás, 6 o 7 cachorros que poco a poco murieron hasta quedar él solo con vida. Una prueba fehaciente que la Ley del Mas Fuerte es valedera  en la existencia de estos perros resistentes a las parasitosis, los virus de la gastroenteritis y respiratorios y cuanta enfermedad ataca a los canidos.

 

  Los propietarios de perros de razas puras sienten envidia porque sus cuidados ladradores enferman fácil, mientras que el callejero tiene lo que llaman una salud de hierro.

 

 Injusto juicio si ya sabemos  que cada callejero vivo representa 5 o más cachorros muertos tempranamente.

 

  Vive en las calles secundarias de cualquier barriada habanera  y rara vez anda por las arterias principales. Su mundo de acción es pequeño; se limita a unas cuantas manzanas que ha de compartir con otros canes como él, dispuestos todos a enfrentar la vida a dentellada pura si fuera preciso.

 

  En la medida que crecía entendió ciertas reglas de supervivencia: respetar a los perros poderosos y el orden social establecido entre la jauría de la barriada a la hora de hurgar en los depósitos de basura o tomar un hueso lanzado al aire; aprendió a  ganar amigos y compartir con ellos por igual los escuálidos alimentos y el enfrentamiento a todo perro intruso que penetre en ese pequeño reino donde habitan, no me atrevo a decir en completa paz, pero  al menos, en una convivencia soportable.

 

 Sabe de la existencia de los humanos y desde pequeño aprendió a distinguir entre amigos y enemigos, los hombre y mujeres que le ayudan con comidas y cuidados y los que lo maltratan. Ante los primeros, baja la cabeza, mueve la cola y hasta permite lo acaricien, pero ante los que lo lastiman verbal o físicamente, lanza un gruñido de advertencia, una dentellada al aire o se aleja rápido.

 

 Y se rasca, frota, restriega contra las paredes a consecuencia de las picadas de garrapatas y pulgas que habitan sobre su cuerpo. Así ha sido desde que nació; así será hasta el mismo día de su muerte, salvo que alguna mano piadosa le bañe con alguna de esas lociones maravillosas adquiridas en una clínica veterinaria o en una tienda de divisas.

 

Al principio corría detrás de ciclistas y autos; ahora, a  veces se le nota  una cojera mal disimulada que  recuerda el atropello por un auto algún tiempo atrás. Desde ese entonces aprendió a huir de los vehículos automotores, coches y bici taxis.

 

 Si es hembra su cortejo estará integrado por todos los machos de la barriada que reñirán por ser el primero en cubrirla. Se fajarán por su sexo, pero la sangre nunca llegará al río; al fin y al cabo no son humanos civilizados capaces de matar o morir por amor. Nada más lejos. Lo que sucederá todos los saben: primero los más fuertes y poderosos, seguidos por los jóvenes y, al final, los viejos y débiles. Todos  tendrán la oportunidad de descargar su desenfrenado instinto animal.

 

Su  plataforma de vida es elemental, pero nada carente de inteligencia. Cada día luchará por instalarse en un hogar, bajo el cuidado de una familia que asegure techo, cariño y de ser posible, los alimentos, aunque esto último ya sabe hacerlo desde siempre.

 

 Visitará una vivienda donde viven seres bondadosos e intentará por todos los medios ser integrado a la familia. Dormirá en el portal o frente a la puerta tantas noches como sea necesario hasta la decisión final: me dejan entrar o me echan a patadas.

 

 Víctima de una enfermedad o accidente, algún día morirá, ignorado por todos. Poco probable sea enterrado en el hoyo de un solar yermo. Quizás sea arrojado a un colector de desperdicios público. Tal vez se  convierta en uno de esos bultos orgánicos que se descomponen rápido, exhalando olores repugnantes  por el que protestan  los vecinos y exigen a la zoonosis municipal o el camión de la basura su rápida recogida.

 

  Sin penas ni glorias ha sido su paso por la vida y si alguien le evoca , es uno de esos escritores un poco sentimental, un poco tonto, que nadie se explica como le dan cabida en un periódico de gran tirada diaria.

 

 

 

Walfrido López es Doctor en Medicina Veterinaria.  Ejerce su profesión como Especialista desde hace 20 años en la Clínica de Animales Afectivos de La Habana. Escribe desde hace muchos años en la revista Bohemia una columna sobre mascotas. Es autor del libro Con mi veterinario.  Es un honor y un placer publicar su primera contribución a nuestra revista.