Políticos: profesión y vocación

 

Frei Betto

 

 


Max Webber, en el texto "La política como profesión/vocación", se refiere a los políticos que convierten el mandato popular en mera profesión -y lucrativa-, como si estuvieran instalados tras bambalinas donde se negocian, además de bienes materiales, privilegios simbólicos (cargos, influencia, facilidades, prestigio, en suma, poder).

Abrazan la política por vocación aquellos que se sienten motivados por ideas y valores, entregados a las aspiraciones de sus electores, comprometidos con proyectos históricos. Aunque algunos de entre ellos de vez en cuando se dejan picar por la mosca azul y sacrifican el idealismo en nombre del pragmatismo.

Los fracasos de la izquierda en el siglo 20 volvieron mezquina su política. Los proyectos de nación se redujeron a proyectos de elección. La izquierda perdió buenas oportunidades de crear un nuevo modelo político. En la Rusia revolucionaria aceptó como herencia la estructura autocrática del régimen zarista. El Partido sucedió a la familia imperial, con la diferencia, meritoria, de erradicar la miseria y cumplir la profecía de Tocqueville, proferida en 1833, de que Rusia, en breve, se repartiría con los Estados Unidos el título de potencia mundial.

En las democracias formales la izquierda ha sido captada por las fuerzas adversarias. El gusto del poder la embriagó. Es difícil preservar uno de sus mayores valores: la ética. Cuando está en la oposición, sus militantes no temen la represión y muchos sufren cárcel, tortura y mutilaciones. Otros padecen el exilio o la muerte. Pero, revestidos del mandato popular, los sobrevivientes raramente consiguen evitar ser tragados por el Leviatán a que se refiere Hobbes.

El vigor revolucionario se enfría ante el imperativo de acuerdos y alianzas, pactos y maquinaciones, como el balsero que en mar abierto se deja llevar por vientos adversos. Al poco tiempo el militante se distancia de su orilla de salida y se aproxima a la opuesta. Él, que tanto soñó con el poder popular, ahora trata de ampliar y fortificar su propio espacio de poder. El pueblo, el pobre, el oprimido le parecen incómodas abstracciones. Incluso siente cierto malestar cuando alguien intenta hacerle reflejar su rostro en el espejo del pasado. Como Fausto, vendió su alma al demonio.

 

Apegado al poder, sus ambiciones personales pasan a tener mayor relevancia que el servicio a quien le confirió el mandato. La vocación se transmuta en profesión. El partido en mera máquina electorera. Se fetichiza la política y se corrompe la subjetividad del político.


Fetichismo deriva de fetiche, ídolo hecho por manos humanas. Es sinónimo de idolatría. En política fetichismo es la absolutización de la voluntad del político. Su deseo tiene más importancia que el del pueblo. Se opera una inversión, como en el "misterio fetichista del capital" (Marx), que oculta y distorsiona lo real, invirtiéndolo.

En política sucede la inversión cuando la voluntad del gobernante y/o de su partido se vuelve paradigma, y no la de los gobernados. El poder fetichista, autorreferente, sólo se afirma si primero se destruye el poder originario y normativo de toda política -el poder de la comunidad, el que "emana del pueblo y será ejercido en su nombre". O sea, debiera ser ejercido...

Pero no todos los revolucionarios e idealistas que prueban la copa del poder se dejan embriagar. Hay quien trata de reinventar la política: Espartaco, Juana de Arco, George Washington, Hidalgo, Bolívar, el Che, Fidel, Allende... En defensa de sus principios e ideales no temieron el peligro de muerte. Nunca hicieron del poder un fin en sí mismo y, mucho menos, un medio para aumentar su patrimonio personal. Todos ellos fueron fieles a la aspiración de quien los apoyaba.

Todos los políticos son funcionarios públicos. Funcionario significa el que ocupa y cumple una función. Es una pieza del engranaje que, en principio, debiera girar a favor del pueblo. Y gobierno viene del verbo griego gobernao, pilotar una nave o barco. Los gobernantes son pilotos elegidos por los pasajeros, y éstos debieran indicarles la ruta y el destino.

El fetichismo del poder alcanza su paroxismo en los imperios. El azteca, el romano, el nazi y el estadounidense adoptaron el águila como símbolo. La más poderosa de las aves, cae como un rayo sobre su víctima y la aprisiona con sus mortíferas garras. En el capitalismo fascista, que sucedió al liberal y al neoliberal, la relación política del Estado con la nación cede su lugar a la relación policial: vigilancia, desconfianza, sospecha, coacción, censura, dominación, sujeción y destrucción. Es lo que sucede ahora en los Estados Unidos.

Todos estos desvíos sólo pueden ser corregidos mediante una profunda reforma política. Pero antes de ella se impone un debate acerca de qué concepción de democracia debe servirle de paradigma. ¿Cómo crear una institucionalidad política capaz de impedir que se haga del mandato una profesión en provecho propio? ¿Cómo inmunizarla contra el fetichismo y la tendencia al fascismo?

El desafío consiste en evitar que el Estado de Derecho coincida con el Estado de la derecha.

Frei Betto es un conocido y notable pensador, teólogo y escritor brasileño.