DESIDERIO NAVARRO


De repente, al cabo de más de treinta años de su destitución, reaparece
 en la esfera pública Luis Pavón, ex-Presidente del Consejo Nacional de
 Cultura
 durante el eufemísticamente llamado "quinquenio gris", ni más ni menos
 que
 en todo un programa de la Televisión Nacional dedicado a "su impronta en
 la
 cultura cubana".

 Ahora bien, ¿es lo que ayer vimos y oímos la impronta de Luis Pavón en la
 cultura cubana?

 ¿O es otra que dañó irreversiblemente las vidas de grandes y menos
 grandes
 creadores de la cultura cubana, "parametrados" de uno u otro modo? ¿Qué
 impidió la creación de muchos espectáculos artísticos y la divulgación de
 muchas obras literarias y plásticas en Cuba y en el extranjero? ¿Qué nos
 privó para siempre de innumerables obras a causa de la casi inevitable
 autocensura forzada que siguió a los ubérrimos 60? ¿Qué llenó todo un
 período con una pésima producción literaria y artística nacional hoy
 justamente olvidada hasta por sus propios ensalzadores y premiadores de
 antaño? ¿Qué nos inundó con lo peor de las culturas contemporáneas de los
 países de la Europa del Este, privándonos del conocimiento de lo más
 creativo y profundo de éstas? ¿Qué a la corta o a la larga condicionó el
 resentimiento y hasta la emigración de muchos de aquellos creadores no
 revolucionarios, pero no contrarrevolucionarios, cuya alarma había
 tratado
 de disipar Fidel en Palabras a los intelectuales? ¿Qué creó e inculcó
 estilos y mecanismos de dirección y trabajo cultural neozhdanovianos que
 ha
 costado décadas erradicar, de tan "normales" que llegaron a hacerse?
 ¿Acaso
 somos realmente un país de tan poca memoria que no recordamos ya la
 penosa
 situación a la que fueron reducidas nuestras instituciones culturales por
 obra del Consejo Nacional de Cultura, situación que el humor cubano captó
 por entonces en aquel trío de refranes parodiados: "El que no oye al
 Consejo, no llega a viejo", "En la Unión no está la fuerza" y "En Casa de
 las Américas, cuchillo de palo"?

 Cierto es que Pavón no fue en todo momento el primer motor, pero tampoco
 fue
 un mero ejecutor por obediencia debida. Porque hasta el día de hoy ha
 quedado sin plantear y despejar una importante incógnita: ¿cuántas
 decisiones erróneas fueron tomadas "más arriba" sobre la base de las
 informaciones, interpretaciones y valoraciones de obras, creadores y
 sucesos
 suministradas por Pavón y sus allegados de la época, sobre la base de sus
 diagnósticos y pronósticos de supuestas graves amenazas y peligros
 provenientes del medio cultural?

 Si de improntas culturales valiosas en el periodismo cubano se trata,
 habría que mostrar aquellas como las de ese hombre de letras que fue
 Agustín
 Pí, quien, en ese mismo período, desde su modesto puesto en el periódico
 Granma, ayudó a cuantos "mal vistos" de valía pudo y logró que las
 páginas
 culturales de Granma fueran lo menos cerradas posibles en cada momento y
 no
 se convirtieran del todo, como tantas otras publicaciones cubanas de la
 época, en un erial de mediocridad y oportunismo.

 En mi artículo "In medias res publicas" he hablado de la responsabilidad
 de
 los políticos en las limitaciones del papel crítico del
 intelectual --sobre
 todo en los años en que la cultura fue conducida por Luis Pavón--, pero
 ésa
 es sólo la mitad del problema. La otra mitad -merecedora de un simétrico
 artículo- es la responsabilidad de los intelectuales: sin el silencio y
 la
 pasividad de la casi totalidad de ellos (por no mencionar la complicidad
 y
 el oportunismo de no pocos) el "quinquenio gris" o el "pavonato", como ya
 entonces lo llamaron muchos, no hubiera sido posible, o, en todo caso, no
 hubiera sido posible con toda la destructividad que tuvo. Con contadas
 excepciones, entre los intelectuales, los heterosexuales (incluidos los
 no-homófobos) se desentendieron del destino de los gays; los blancos
 (incluidos los no-racistas), de la suerte de los negros reivindicadores;
 los
 tradicionalistas, del destino de los vanguardistas; los ateos (incluidos
 los
 tolerantes), de las vicisitudes de los católicos y demás creyentes; los
 prosoviéticos, de la suerte de los antirrealistasocialistas y de los
 marxistas ajenos a la filosofía de Moscú, y así sucesivamente. Cabe
 preguntarse si esa falta de responsabilidad moral individual podría
 repetirse hoy entre la intelectualidad cubana.

 Se impone, pues, preguntarse responsablemente sin dilación: ¿por qué
 justamente en este singular momento de la historia de nuestro país en que
 todo nuestro pueblo está pendiente de la convalecencia del Comandante en
 Jefe se produce esa repentina gloriosa resurrección mediática de Luis
 Pavón
 con un generoso despliegue iconográfico de selectas viejas escenas con
 los
 más altos dirigentes políticos, y ello tan sólo días después de la no
 menos
 repentina reaparición televisiva de Jorge Serguera, quien desde la
 presidencia del ICRT hizo un perfecto tándem político-cultural con el CNC
 durante el "quinquenio gris"?

 "Feliz el hombre aquel que llega a conocer las causas de las cosas."