ANTÓN ARRUFAT

 Preocupaciones compartidas

 El viernes 5 de enero, y en un horario casi estelar, en el programa
 Impronta
 del canal Cubavisión, dedicado, como indica su título, a aquellos
 creadores
 que han dejado una "impronta" en la cultura nacional, tanto en las artes
 como en la ciencia y el deporte, se presentó uno dedicado a la exaltación
 mediática de Luis Pavón Tamayo. Fotos con altos dirigentes del país,
 portadas de sus escasos libros, paneo sobre una multitud ostentosa de
 medallas, y una entrevista acerca de su presente, de la labor que
 realiza
 en la actualidad. Con voz casi inaudible y manos vacilantes, el
 televidente
 creyó oír que "asesoraba" no supo bien qué institución o qué editorial.

 Terminada la emisión de este programa, la inmensa ciudad de sus víctimas,
 cientos de ellas felizmente todavía vivientes, comenzaron a llamarse por
 teléfono horrorizadas de que la actual Televisión Cubana, más de treinta
 años después de aquellos oprobiosos acontecimientos, dirigidos por el hoy
 inmaculado Luis Pavón Tamayo, dedicara parte de su precioso tiempo y
 espacio
 a uno de los personajes más execrables, incluidos los tiempos coloniales
 y
 neocoloniales, de la historia de la cultura cubana.

 Allí estaba, sin duda, quien durante cinco largos y estériles años,
 presidió
 la institución rectora de nuestra cultura, desde su alta torre del
 palacio
 del Segundo Cabo, frente a la Plaza de Armas. Allí estaba hablando como
 si
 nada hubiera ocurrido, lavado por arte del ocultamiento, de toda
 responsabilidad con su conducta de aquellos años. Ni el texto
 encomiástico
 que un locutor leía, en el que las víctimas televidentes se enteraron por
 primera vez de su importancia como poeta, ni las incoherencias musitadas
 del entrevistado realizaron alguna referencia, ni por un segundo, al
 pasado
 ominoso de quien presidió durante esos cinco años el Consejo Nacional de
 Cultura.

 Es decir que todos habían tomado el agua del Leteo, que da el olvido, y
 que
 esperaban que las víctimas, por el contrario, recordaran a su verdugo.
 Alli
 estaba, vestido de blanco, el gran parametrador de importantes artistas,
 ahora si de verdad, el que los persiguió y expulsó de sus trabajos, el
 que
 los llevó ante los tribunales laborales, los despojó de sus salarios y de
 sus puestos, quien los condenó al ostracismo y al vilipendio social,
 quien
 pobló sus sueños con las más atroces pesadillas, el que anuló la danza
 nacional, mutiló funciones del guiñol, quien llevó al exilio a artistas
 dispuestos a trabajar en su país y dentro de su cultura, quien persiguió
 a
 pintores y escultores despojándolos de sus cátedras y de la posibilidad
 de
 exponer sus obras, el gran censor de músicos y trovadores, allí estaba
 quien
 enseñó a los artistas cubanos un ejercicio apenas practicado en nuestra
 historia, el de la autocensura, inventor y propiciador de la mediocridad
que
 llenó todo su período con obras que hoy felizmente a nadie le interesa
 recordar, sabiduría crítica que los dirigentes de la televisión y sus
 responsables ideológicos no han sabido imitar.

 Allí estaba alguien que, con una vocecita en apariencia inofensiva, creó
 e
 inculcó en el trabajo cultural, como observa con justicia Desiderio
 Navarro:
 "estilos y mecanismos de dirección que ha costado décadas erradicar".

 Estos hechos históricos, escamoteados por decisión de alguien, sin
 embargo
 debieron ser conocidos por los televidentes -- las víctimas los conocen
 en
 carne propia--, principalmente las nuevas generaciones que carecen de
 información sobre tal período. Así la impronta de Luis Pavón Tamayo en la
 cultura nacional podría ser juzgada con justicia por todos.

 Por supuesto no es el único cadáver insepulto que la Televisión Cubana
 trata
 de poner en circulación, sin que se sepa hasta hoy con justeza el porqué.
 Hace poco las víctimas de Jorge Serguera, antiguo Presidente del ICRT, lo
 vieron gesticular entre las velas de una especie de capilla ardiente, sin
 que se le moviera un músculo de la cara, sobre sus años de dirigente
 persecutor. Este tampoco pidió excusas, y muy por el contrario exclamó
 envanecido que no se "arrepentía de nada". Sus víctimas, en otro sentido,
 tampoco tienen nada de que arrepentirse. No obstante estos dos insepultos
 no
 son los únicos. Hace unos meses en un programa del Canal 2, Diálogo
 abierto,
 por igual en horas de alta audiencia, fue entrevistado uno de los
 ranchadores de la administración de Pavón, Armando Quesada, a quien
 encargó
 que se ocupara con esmero de "limpiar" el movimiento teatral cubano. Así
 lo
 hizo, claro, por el tiempo en que su mayoral estuvo en el poder.

 La única "medalla" que se le puede acreditar a Luis Pavón Tamayo no
 figura
 en la vanidosa colección que las cámaras, desplazadas hasta su propia
 casa,
 con luminotécnicos y maquillistas acompañantes, tomaron inclinadas sobre
 una
 mesa dispuesta como para una puesta teatral. Esta "medalla" es la que se
 ganó en justa lid cuando el Tribunal Supremo fallara en su contra por
 "abuso
 de poder" y por medidas "inconstitucionales" contra los trabajadores de
 la
 cultura. Es su mayor mérito, y el más original: es casi el único
 dirigente
 de la Revolución que lo ha obtenido. Ahí están las Gacetas Oficiales con
 los
 diversos fallos, varios en total, que provocaron, en gran medida, su
 destitución.

 Quizá para un filósofo determinista, Pavón no es responsable absoluto de
 sus
 acciones al frente del Consejo. Es en cierta y oscura medida una víctima
 posterior del pavonato, que él mismo instrumentó. En tal observación se
 encuentra una parte de verdad. Como en la teología católica las estrellas
 inclinan pero no fuerzan el albedrío, en las modernas doctrinas sociales
 las
 circunstancias, el complicado tejido de la sociedad de una época,
 inclinan
 también, como nuevas estrellas terrenales, pero no fuerzan el albedrío.
 De
 acuerdo con la libertad humana, aún en las condiciones más férreas, puede
 el
 hombre negarse, discutir, proponer soluciones diversas, influir, o al
 menos
 no excederse en la violencia. Tal vez el hecho de que Pavón se excediera,
 propicia en sus víctimas explicaciones ya de carácter sicológico. Hay
 deseos, placeres, fobias, envidias que contaminan cualquier decisión en
 apariencia imposible de no cumplir.

 Cuando comenzó la rehabilitación de los artistas y escritores que Luis
 Pavón
 Tamayo intentó aniquilar para siempre, y la política cultural entró en el
 período de las revolucionarias rectificaciones, y las víctimas del
 pavonato
 fueron reconocidas en su valor como creadores, el viejo Ex-presidente se
 acercó a uno de sus amigos para advertirle, con parecidas palabras a
 éstas,
 no te comprometas demasiado con esos que ahora son Premios nacionales,
 pronto a todo esto se le dará marcha atrás. Extraño pensamiento en un
 marxista declarado: concebir el tiempo histórico como un eterno retorno