La vida misma

22 de junio de 2007

 

 

 

 

La Habana-  Después de una larga y extraordinaria vida murió en esta capital, Vilma Espín,  distinguidísima patriota cubana de la estirpe de todas las mujeres cubanas luchadoras incansables por la libertad y la justicia plenas que en nuestra historia el arquetipo es la insigne Mariana Grajales.  Vilma es parte de ese ejemplar cuarteto de revolucionarias que lo forman: ella, Celia, Aidé y Melba.  Ahora, sólo Melba vive. En verdad todas viven y vivirán siempre por su obra, entrega y sacrificios en pos del bien común en la memoria colectiva del pueblo cubano revolucionario.

 

Su fallecimiento ocurrió el lunes pasado, 18 de junio. Había estado muy enferma y separada de la vida pública hacía más de dos años. De hecho su muerte parecía inminente en varias ocasiones durante este tiempo, especialmente hace aproximadamente un poco más de un año cuando todas las actividades públicas para rendirle tributo a su vida y ejemplo estuvieron preparadas.

 

El martes pasado en todas las plazas de pueblos y ciudades de la república, de manera especial en Santiago de Cuba, su ciudad natal y escenario de sus bravas luchas en la clandestinidad en contra de la Dictadura, y aquí en La Habana, el pueblo acongojado, agradecido y respetuoso le rindió merecido tributo.

 

El martes pasado presencié una prolongada y permanente fila que se alargaba al pasar el día y que se desplazaba a lo largo de la Plaza de la Revolución capitalina.  La gente llegaba poco a poco para cumplir con el deber debido a la patriota. La fila se hizo para poder pasar a los salones que se encuentran en la base del memorial al Apóstol donde estaba puesto un grande retrato en colores de Vilma rodeado de jarrones llenos de bellas flores y una guardia de honor permanente, cuyos integrantes se turnaron durante el transcurso del día.  No se palpaba en este público el sobrecogimiento que impone una muerte joven, súbita o trágica; se sentía aquello que sentimos cuando se nos muere un ser querido que ha tenido noble y larga vida.

 

En la noche de ese día para recordarla todos juntos – porque fue trasmitida por radio y televisión, en directo, a toda la Isla-- hubo una excepcional velada en su honor en el teatro Karl Marx.  Todo funcionó perfectamente, en todos los detalles. En la audiencia predominaban las mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, quienes con Vilma compartieron tareas especialmente en la Federación de Mujeres Cubanas --organización que tan certeramente ella dirigiera-- y quienes continuarán, especialmente las más jóvenes, en ese esencial trabajo en el futuro. Fue un acto de gran vuelo humano y artístico, impregnado por la sencillez, la intimidad y la elegancia, en el que se palpaba la  tristeza y el agradecimiento.

 

Tuve el honor de conocer a Vilma, en ocasión de una entrevista que me concediera los días 24 y 25 de julio de 1990, para la revista Areíto, y que publicamos en nuestra revista en un número dedicado especialmente a la mujer.  Para mí, personalmente, fue más importante la conversación que transcurrió entre nosotros dos que la propia entrevista, a pesar de que ésta, sin temor a decirlo, es muy buena.                                     

 

Por primera se me reveló a través de su inteligente, culta, natural y honesta conversación el aspecto humano de aquellos que han dirigido el magno proceso libertario del pueblo cubano. Nunca antes había considerado el asunto de esa manera, a pesar de que quizás éste sea el aspecto esencial de esos extraordinarios mujeres y hombres.  Gente que desde muy jóvenes dedicaron su vida al bien de la nación. Y es que ellos, quienes tuvieron la suerte de vivir y dedicarse a esa obra todos estos años, nunca han dejado de ser jóvenes. Y así, con Vilma durante aquella conversación, por vez primera, lo entendí.

 

En esa entrevista Vilma, relató una anécdota que refleja esa frescura de juventud, de ocurrencias, para bregar con arraigadas costumbres machistas que fue quehacer fundamental de ella.  Me contó: “Una vez, hace ya unos años, se montó aquí en La Habana una exposición de comercio exterior, de éstas que ahora hacemos frecuentemente.  Llegué al primer kiosco, que era de mariscos, y me encontré con este anunció que tenían allí que era realmente grotesco. Era la fotografía de una muchacha sujetando una langosta en un sitio poco apropiado de su cuerpo.  Y estallé.  Le dije a los responsables: vamos a ver, si lo que vamos a hacer es vender gentes, entonces, vendemos hombres también; así que pónganme a un hombre en cueros en otro afiche con un cangrejo en el mismo sitio de su cuerpo… Si ustedes en lo que están empeñados es en vender gentes, entonces vamos a vender hombres y mujeres.  Óyeme, se formó un corre-corre enorme.  Mandaron gente, que se me adelantaron, que iban quitando carteles para que yo no los viera.  Pero fue en vano.  Primero porque eran muchos los carteles que tenían que quitar, y segundo porque yo también mandé gente por delante para ver lo que estaba pasando…”//