La Habana: ciudad monumental

Balance de su desarrollo arquitectónico urbanístico en la República (1902-1959)


Francisco D. Morillas Valdés y Diamela María Morillas Naún

 

 

Introducción

 

La Ciudad de La Habana, por sus características, es la expresión monumental de un museo viviente. En ella se observan construcciones que reflejan los más variados estilos, convivencia en la que se desborda la dicha armónica de nuestra arquitectura, senderos íntimos por los que transitó nuestro Patrimonio Arquitectónico, ejemplos vivos que se observan en edificaciones que recogen los más delicados trazos del neoclasicismo, el art nouveau, el art deco, el eclecticismo, hasta las enmarcadas dentro del movimiento moderno, expresión de la cubanía y de la conformación étnica de nuestra identidad, expresada en la arquitectura.  Con un objetivo nació esta eclosión arquitectónica: era la entrada de Cuba a la modernidad, fundamentada en el más absoluto rechazo a todo lo español, como símbolo de atraso y subdesarrollo, por lo que todo este esfuerzo que se vio reflejado en la arquitectura tenía como fin específico la norteamericanización absoluta de la Isla mediante el control de los diferentes planos de la vida económica, política y social del país.

 

Esta valoración de la arquitectura de la ciudad, tiene como antecedente los 379 años de existencia del régimen colonial en la Isla de Cuba, el cual creó una serie de planes, códigos urbanos y ordenanzas de construcción que guiaron el desarrollo arquitectónico y urbano en la ciudad de La Habana.

 

El control urbano ejercido por los gobernadores se reportaba directamente a la corona española[1]. A pesar de su poder, tanto militar como civil, no fue hasta el 6 de mayo de 1901 que se comenzó el desarrollo de la ciudad, muy a pesar del fraude y el robo de los distintos gobiernos que en su afán de asimilación norteamericana y enriquecimiento empobrecieron a la población y con ella al país.

 

Expresión de estos primeros años nos deja en un vivo retrato el celebre escritor cubano Alejo Carpentier: “De ciudad apacible, un tanto española, indolentemente recostada a la orilla del mar azul como la de todas las leyendas,  se ha trocado en un periodo bastante corto en ciudad avanzada, sorprendente activa, con un incipiente carácter cosmopolita...”

 

 

El desarrollo arquitectónico urbanístico en la República

 

Nuestra valoración tiene como punto de partida la construcción del primer tramo del malecón habanero, esta obra por los ingenieros Mr. Mead y su ayudante Mr. Whitney bajo el Gobierno interventor norteamericano del General Wood, y comprendía desde el Castillo de la Punta hasta los baños de los Campos Eliseos. El 20 de mayo de 1902, al cesar la Intervención, se había llegado hasta la esquina de la calle Crespo, o sea, se habían construido unos 500 metros.

 

Los cimientos del muro presentaron muchas dificultades en el primer tramo por lo irregular de los arrecifes y en ellos se utilizó hormigón 3:3:6 y en el muro 1:21/2:5. El proyecto norteamericano contemplaba arbolado y grandes candelabros sobre el muro, los que se eliminaron al llegar la temporada invernal y arribar el primer "norte".

 

La construcción del Malecón se continuó por los distintos gobiernos y en 1909 llegó hasta la calle Belascoaín, donde se construyó el bar Vista Alegre, que ocupaba la cuña comprendida en esa calle, entre San Lázaro y el Malecón.

 

Durante el gobierno de Tomás Estrada Palma (1902-1906) se continuaron las obras del Malecón hasta el Parque Maceo. El centro de gravedad de la ciudad se había trasladado a extramuros, al Paseo del Prado... una gran plaza lineal. A lo largo de dicho eje y sus áreas colindantes comenzaron a ubicarse las principales residencias y edificios de la burguesía cubana.

 

El desarrollo arquitectónico-urbanístico continuó en la ciudad. En 1907 se construye el primero de una serie de centros regionales españoles, el palacio de la Asociación de Dependientes del Comercio, diseño de Arturo Amigó y, en el mismo año, el edificio del Banco Nacional de Cuba, de José Toraya. En 1908 se construyen el Hotel Sevilla y el Hotel Plaza, de José Mata.

 

José Miguel Gómez (1909-1913) canjeó los terrenos del Arsenal por la antigua Estación de Villanueva, y nos dejó la magnífica obra de la Estación Terminal de Trenes (1912), del arquitecto Kenneth Murchison. Comenzó las obras del Aula Magna de la Universidad de La Habana, en la loma de Aróstegui, como parte de la acrópolis cultural de la ciudad que comenzaba a definirse, y empezó las obras del Instituto de La Habana, que no se terminaron hasta 1924. Creó el barrio obrero de Pogolotti. Se construyó el edificio de la Lonja del Comercio (1909), por Tomás Mur y José Mata, en la Plaza de San Francisco.

 

Mario García Menocal (1913-1921) fue uno de los presidentes más activos. Disfrutó del período llamado de Las vacas gordas o Danza de los millones —entre 1919 y 1920— para luego enfrentarse a la crisis económica a fines del 20 con la caída del precio del azúcar. Llilian Llanes cita que “...en 1919, se construían en la capital un promedio de diez obras por día”. En esta extraordinaria producción predominó la iniciativa privada que Menocal supo incentivar. Continuó la prolongación del Malecón, llevándolo hasta la esquina con la calle G de El Vedado (1916-1919), lugar que luego se conoció como El Recodo. Erigió en el recorrido los monumentos al General Antonio Maceo (1918), y al hundimiento del Maine (1918); instaló las farolas del Parque Central (1918) y las del Parque de Albear (1918).

 

El Vicepresidente de la Repúblca Enrique José Varona actuó brillantemente activando y desarrollando lo cultural y lo educativo en la población nativa, la cual estaba sujeta a enormes presiones psicológicas por una inmigración masiva incesante.

 

En 1899 la población de la Isla era de 1 572 797 habitantes y en 1919 —en sólo 20 años— había aumentado un 84%, llegando a 2 889 004. Un aumento del 4.2% anual7. “Entre 1902 y 1908 entraron en el país 208 000 inmigrantes. En el período comprendido entre 1902 y 1934 lo hicieron 1 300 000, de los cuales el 75% era español”8. La población en la ciudad de La Habana creció de 250 000 habitantes en 1900, a 600 000 en 1924. 

 

En cuanto al aspecto físico de la ciudad uno de sus logros fue darle continuidad al sentido de monumentalidad en la escala urbana, que comenzó en tiempos de la colonia: 1. con la presencia de los altos muros de los castillos coloniales, desde 1580, y los de la muralla de la ciudad antigua, de 1680 a 1863; 2. se continúa al crearse el Paseo de Isabel la Católica, en 1774; 3. se renueva con el proyecto de la Urbanización Las Murallas, en 1866[2].

 

Frente al Castillo de la Punta, en la esquina del Malecón y el Paseo del Prado, se construyó también por los norteamericanos una glorieta para la Banda Municipal —que amenizaba con música las retretas—, la que en 1926 tuvo que demolerse por obstaculizar el tránsito al continuarse el Malecón hacia el puerto. Decía Bay Sevilla que esa glorieta tuvo importancia desde el punto de vista constructivo, debido a que fue la primera obra realizada de hormigón armado (con cabillas) en nuestro país. En esa esquina se construyó, a principios de siglo, un hotel exclusivo llamado Miramar, donde por primera vez los camareros vistieron de smoking, chaleco con abotonadura dorada y sin bigotes. Fue proyectado por el arquitecto "Pepe" Toraya, y según el arquitecto e historiador Luis Bay Sevilla, estuvo de moda en los primeros quince años de la República.

 

También en ese tramo se hicieron algunas construcciones importantes, como el Unión Club y el Club de Automovilistas. En 1916 se llevó hasta el torreón de San Lázaro, para lo que se tuvo que rellenar la caleta del mismo nombre que tenía 93 metros de ancho en su boca y 5.5 metros de profundidad que había permitido en otra época el desembarco de piratas. Al azotar a La Habana un ciclón, en septiembre del año 1919, el mar levantó ese tramo y arrojó enormes trozos hormigón tierra adentro a bastante distancia, que ocasionaron daños e inundaciones nunca vistas ni recordadas por lo que la población y no pocos ingenieros achacaran los destrozos a la construcción del Malecón.

 

En 1921 se hizo el muro desde el Torreón hasta la Calle 23. Sin embargo, por la polémica desatada sobre el tramo frente a la Caleta, este no se reconstruyó hasta el año 1923.

 

Desde 1914 se habían realizado estudios para prolongar el Malecón hasta la desembocadura del Río Almendares, pero el tramo desde la Calle 23 al pasar frente al promontorio de la batería de Santa Clara (Hotel Nacional) hasta la Calle O requería separar el muro unos 30 metros del litoral y rellenar una gran área de 104,500 m2 con vista a construir el monumento al Maine. Este tramo, con el relleno, el parque y el monumento lo construyó el gobierno de Alfredo Zayas en 1923.

 

La lista de obras realizadas para alcanzar este logro es considerable, incluye hospitales, escuelas, parques, monumentos, etc.9  Veamos: el Hospital Calixto García —37 edificios— (1914-1917), y el Hospital Freyre de Andrade (1920); en la Universidad de La Habana: el Laboratorio de Física (1914-1915), el Laboratorio de Química (1914-1916), el Edificio de Administración (1916-1917), y la Escuela de Antropología y Biología (1920-1921); el Palacio Presidencial, diseño de Rodolfo Maruri y el belga Paul Belau (1918), fue terminado por Tiffany de New York (1920); los parques de: Juan Bruno Zayas, Trillo, Aranguren, y el de la Iglesia del Cerro; y en El Vedado, los parques de: Medina, Menocal, y Quesada (1916-1917).

 

Continuó la prolongación del Malecón, llevándolo hasta la esquina con la Calle G de El Vedado (1916-1919), lugar que luego se conoció como El Recodo. Se erigió en el recorrido los monumentos al General Antonio Maceo (1918), y al hundimiento del Maine (1918); se instaló las farolas del Parque Central (1918) y las del Parque de Albear (1918).

 

Los estudios para construir el Malecón desde el castillo de la Punta y el Hotel Miramar hacia el sur, hasta la Pila de Neptuno, que se encontraba frente a la Capitanía del Puerto, datan de 1921. Esta avenida se uniría con el tramo del Malecón ya construido dándole un fácil acceso al puerto desde El Vedado. El proyecto comprendía ganarle 111 mil m2 al mar, de los cuales gran parte se destinaron a parques y soluciones viales. Las obras del muro, sin el relleno, las ganó en subasta la firma de contratistas Arellano y Mendoza a un costo de 2 millones 101 mil pesos y se calcula que el relleno costó otro millón de pesos adicionales.

 

Para realizar la obra se colocaron a lo largo de la línea donde se construiría el muro dos hileras de tablestacas de hormigón armado, también se hincaron pilotes en profusión cada 2.50 metros. Sobre las tablestacas y los pilotes, se corrieron arquitrabes de hormigón armado. El muro se realizó sobre la base de unos grandes bloques huecos de hormigón armado, prefabricados en una planta que hicieron al efecto los contratistas en la Ensenada de Guanabacoa.

 

Estos bloques, aunque de dimensiones variables, como promedio tenían 5 x 4 metros de área y 2 metros de altura y descansaban sobre un fondo preparado con una base de hormigón de 1:11/2:3 y después se rellenaban con hormigón 1:3:21/2, dejando fuera cabillas que se empataban con todo el muro fundido a lo largo de la línea los bloques.

 

En este tramo se gastaron 17 mil toneladas de cemento Portland, 22 mil m3 de arena, 45 mil m3 de piedra picada, 35 mil m3 de rajón, 4 mil 200 toneladas de barras de acero, 295 toneladas de vigas de acero y un millón de pies de madera.

 

La obra se comenzó en marzo de 1926 y se terminó en 1929. La prolongación del Malecón hacia el oeste, sería obra del gobierno del General Machado y su inquieto ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, quien en 1930 lo adelantó hasta la Calle G, y no fue hasta alrededor del año 1955 en que Fulgencio Batista lo continuó hasta la Calle Paseo, donde se interpuso el Palacio de los Deportes, que estaba situado donde hoy está la fuente de la Juventud frente al Hotel Habana Riviera.

 

Gerardo Machado y Morales (1925-1929) (1929-1933) hizo una de las más importantes contribuciones al embellecimiento y planificación de La Habana. Su obra física queda para siempre inscrita en la historia como un logro positivo, al igual que en el aspecto ético-político queda inscrito negativamente en la historia como un dictador más del zoológico caribeño y latinoamericano. Este trabajo no penetra, por razones de espacio, el segundo aspecto de la paradoja que Machado fue.

 

Durante los primeros cinco años de gobierno —un siglo después que el gobernador Tacón y su Intendente, el Conde de Villanueva, hicieran la obra de reforma urbana que cambió la faz de La Habana— Machado y su Ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, lograron de nuevo llevar a cabo una reforma urbana que elevó la ciudad a niveles de calidad insospechados.

 

En el año 1929, los arquitectos Govantes y Cabarrocas realizaron un proyecto para la construcción de un barrio obrero llamado Lutgardita, localizado en un área industrial en Rancho Boyeros al sur de La Habana. Contaba con 100 unidades de vivienda y se proveían todas las facilidades complementarias como: kindergarten, colegio, hospital, teatro, etc. Era el primero de este tipo que se creaba en Latinoamérica. Otra obra de gran importancia para el desarrollo y modernización del país fue la Carretera Central.

 

El 10 de julio de 1925 Carlos Miguel de Céspedes dictó la nueva Ley de Obras Públicas que puso en camino un plan que tenía como objetivos básicos: 1. crear un Plan Maestro de Desarrollo para La Habana; 2. continuar con el desarrollo del Malecón; 3. construir el Capitolio Nacional; 4. crear un Centro Cívico que sería su gran foco urbano; 5. Darle continuidad a la presencia de la escala monumental, basada en la cual la ciudad había sido desarrollada tradicionalmente y trabajar en su embellecimiento; 6. incentivar la empresa privada para elevar su producción al más alto nivel posible, tanto en cantidad como en calidad.

 

Entre muchas obras importantes que aportó la empresa privada descuellan: el edificio de la Compañía Cubana de Electricidad (1927), de Morales y Compañía; el Centro Asturiano (1927), de Manuel del Busto; el Hotel Presidente (1927), de Eduardo Tella; el edificio de la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de La Habana (1927), el Habana Biltmore Yacht and Country Club (1927), y el Auditorio de Pro-Arte Musical (1928), las tres de Moenck y Quintana; el edificio Bacardí (1930), de Esteban Rodríguez Castells; el Hotel Nacional (1930), de MacKim, Mead & White; y el edificio López Serrano (1932), de Mira y Rosich.

 

El “Proyecto del Plano Regulador de La Habana y sus Alrededores”, como se le llamó, fue realizado entre 1925 y 1926. Forestier hizo revisiones al proyecto en sus viajes de 1928 y 1930. En líneas generales el proyecto estimaba una población de 700 000 habitantes y abarcaba desde la macro-escala de la ciudad y sus alrededores hasta la micro-escala del diseño del piso de la Plaza de la Catedral, inspirado en el diseño realizado por Miguel Ángel para el piso de la Plaza del Capitolio en Roma.

 

El foco central del proyecto era la Plaza de la República, coincidiendo aproximadamente en su ubicación con los criterios de Montoulieu y Martínez Inclán... en la Loma de los Catalanes. De ese centro urbano irradiaban una serie de avenidas: hacia el castillo de Atarés; hacia el río Almendares, terminando en el Bosque de La Habana; hacia El Vedado; hacia lo que sería la Plaza de la Fraternidad; otras avenidas existentes serían ensanchadas. Conectando entre sí estas avenidas radiales Forestier trazó tres vías

Otros elementos del proyecto eran: 1. convertir el Castillo del Príncipe en un museo en medio de un parque, con una gran escalinata de acceso cuyo eje se centraba con la Avenida Carlos III; 2. una escalinata similar fue planeada, siguiendo la idea original de Emilio Heredia (1916), para darle un acceso monumental a la acrópolis cultural que iba a ser la Universidad de La Habana; 3. la Avenida del Puerto; 4. la Avenida de las Misiones; 5. modificar el Paseo del Prado, elevándolo, arbolándolo y diseñando todo su mobiliario urbano —aquí tuvieron mucho que ver los diseños de Raúl Otero, quien dijo fueron realizados en “... estilo Mambí”, los cuales cambiaron radicalmente el proyecto original de Forestier, realizado en estilo art deco; 6. la Plaza de la Fraternidad; 7. el Parque Central; 8. varios proyectos de embellecimiento de parques lineales, como son la Calle G y la calle Paseo, de El Vedado; 9. facilidades especiales, como un embarcadero frente a la Plaza de Armas; 10. las plazas de los monumentos al General Antonio Maceo y al Maine; 11. el ensanche de la calle Teniente Rey, desde el Capitolio hasta la bahía.

 

El otro gran proyecto fue el Capitolio Nacional. El proceso que se siguió hasta su inauguración comienza en 1917, durante el gobierno de Menocal, cuando se inicia el proyecto por Félix Cabarrocas, el cual concibió la escalera y el pórtico monumentales terminando en lo alto con una cúpula. El trabajo fue paralizado en 1921, debido a la crisis económica. Continúa el proyecto la firma de Govantes y Cabarrocas, en 1925, acentuando la importancia de la escalera y adosándole a los pórticos laterales grandes pilastras; la cúpula se hace más clásica. En el mismo año 1925 Raúl Otero y los franceses Heitzler y Leveau (que vinieron con Forestier a La Habana) hacen cambios, tales como acentuar aún más el eje vertical escalera-pórtico-cúpula y darle más transparencia a los cuerpos laterales. .En 1927 Bens Arrarte realiza otros cambios, que hacen el edificio más clásico y grandioso, y le inserta algunos elementos de estilo art deco. El Capitolio fue terminado en el año 1929 a un costo superior a los $17 000 000.

 

El Presidente Ramón Grau San Martín (1944-1948) realizó durante su mandato varios trabajos de modernización de la ciudad: parques, colegios, hospitales y viviendas de interés social. Nombró Ministro de Obras Públicas a José San Martín (a quien se le conocía como “Pepe Plazoleta”, por su dedicación a construir obsesivamente ese tipo de rotondas viales); su Director General de Arquitectura fue Luis Dauval Guerra. Ambos desarrollaron, con un grupo de profesionales cubanos, una serie de Planes Directores para La Habana, Pinar del Río, Matanzas, Cienfuegos, y Santiago de Cuba. Este nuevo Plan de La Habana dejó de lado y engavetó, por razones políticas nada profesionales, el Plan de Forestier... mientras carecía de la creatividad del mismo.

 

En 1944 se desarrolló el Barrio Residencial Obrero de Luyanó, localizado en el Reparto Aranguren, al sur de la Bahía de La Habana. En su creación trabajaron Pedro Martínez Inclán, Mario Romañach y Antonio Quintana, quienes le imprimieron al proyecto una imagen de modernidad. Contaba con 1 500 casas, 8 complejos de apartamentos en edificios de 4 pisos y, además, todos los servicios complementarios de la vivienda, como son: mercado, colegios, campos deportivos, parques, etc. Se construyó el edificio Radiocentro-CMQ (1947) de Junco, Gastón y Domínguez, dando comienzo al desarrollo de La Rampa concebida para ser con el tiempo el Paseo del Prado de la modernidad.  

 

Desde el año 1950 se hablaba de prolongar el Malecón hasta en nivel de la Calle 12 de El Vedado para, a través de un gigantesco puente colgante, enlazar con la Avenida Primera del Reparto Miramar, hasta cerca de donde posteriormente se construyó el Hotel Rosita de Hornedo.

 

En la década de los 50, Cuba disfruta de una bonanza económica que ayudó a una producción masiva de obras del Estado que crearon la infraestructura física sobre la cual la empresa privada, ya de sólida madurez, produjo un desarrollo sin paralelo en la ciudad. Algunas de esas obras fueron: 1. terminar de construir el Malecón hasta el río Almendares (1952-1958); 2. crear la Ciudad Deportiva (1957); 3. la construcción de los túneles bajo el río Almendares (1953) y (1958); 4. La construcción del túnel bajo el canal de entrada a la bahía (1958). Estos trabajos fueron realizados por la Société des Grands Travaux de Marseille.

Aprovechando el acceso creado hacia el este de la ciudad por el túnel de la bahía, esta nueva zona de la ciudad se conectó con la Vía Blanca, una vía de acceso rápido a las áreas de futuro crecimiento de la ciudad y a las playas del este, cuyo alcance llegaba hasta la ciudad de Matanzas.

 

Otra obra de gran importancia, que siguió los lineamientos previos de Montoulieu, Martínez Inclán y Forestier, fue la Plaza Cívica de la República, realizada entre 1952 y 1958, cuyo diseño se centraba en el Monumento a José Martí (1958) de Enrique Luis Varela y el escultor Juan José Sicre. Sus edificios principales son: la Terminal de Ómnibus de La Habana (1951) de Moenck y Quintana; el Tribunal de Cuentas (1953) de Aquiles Capablanca; el Ministerio de Comunicaciones (1954) de Ernesto Gómez Sampera y Martín Domínguez; el Palacio de Justicia (1957) de José Pérez Benitoa; la Biblioteca Nacional (1957) de Govantes y Cabarrocas; el Teatro Nacional (1958) de Arroyo y Menéndez; la Renta de la Lotería (1958) de Lorenzo Gómez Fantoli; el Palacio Municipal (1958) de Govantes y Cabarrocas.

 

Algunos de los proyectos más importantes que realizó la empresa privada fueron: Hotel Habana Hilton (1957), de Welton Becket, Arroyo y Menéndez; Hotel Habana Riviera (1958) de Igor Polevitsky y Manuel Carrerá; el edificio Partagás (1954) de Max y Enrique Borges Recio; el Cabaret Tropicana (1951-1956) de Max Borges Recio; el Retiro Odontológico (1953) y el Retiro Médico (1958) de Antonio Quintana; el edificio FOCSA (1956) de Ernesto Gómez Sampera y Martín Domínguez; el Palacio de los Deportes (1957) de Arroyo y Menéndez; la Tienda Flogar (1956) de Silverio Bosch y Mario Romañach; el edificio de Evangelina Aristigueta de Vidaña (1956) de Mario Romañach.

 

 

Conclusiones

 

En Cuba las primeras décadas del siglo XX convirtieron a La Habana en una ciudad más activa y cosmopolita; fueron el período propicio para desarrollar un espíritu de renovación arquitectónica y urbana que participó del ambiente general de la nación, con el inicio de un nuevo siglo que traería su propia modernidad, la instauración de la República en 1902 y el anhelo de los cubanos de evidenciar los cambios. La Habana fue entonces objeto de la mayor fiebre constructiva de su historia, situación afín con un desarrollo poblacional impresionante; la urbanización del entonces municipio capitalino se compactó, su población en la década del 20 duplicó la de finales del XIX, y la triplicó en los años 40.

 

El territorio urbanizado hoy en Ciudad de la Habana es prácticamente el alcanzado en los años cuarenta. El ritmo de urbanización y la diversidad de lo fabricado en los primeros años de la República, debe mucho a una nueva forma de construir que se impuso con el siglo, hecho constructivo que debe ser analizado desde su importancia patrimonial.

 

La Habana, y con ella, sus calles y edificios son, quizás como ninguna otra ciudad de América, capaz de mostrarnos en la lectura de su urbanismo cada una de las etapas por la que transitó su historia y su arquitectura. Si hoy comprendemos el valor de la ciudad colonial y la conservamos, es urgente actuar en la ciudad que la sucedió, que atesora los más valiosos exponentes de una arquitectura nacional.

 

 

Francisco Morillas es Maestrante de Antropología Socio-Cultural de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Es museólogo e historiador.

 

Diamela María Morillas Maún, es Licenciada en Sociología de la Universidad de La Habana. Es especialista en Cooperación Internacional del Grupo de Desarrollo Local de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

 

Tomado de La Jiribilla

 

 

 

[1] “Arquitectura y Urbanismo en la República de Cuba (1902-1958). Antecedentes, Evolución y Estructuras de Apoyo”. Arquitecto Nicolás Quintana.  Profesor Escuela de Arquitectura Universidad Internacional de la Florida

[2] Llilian Llanes, “1898-1921. La Transformación de La Habana a través de la arquitectura”, Editorial Letras Cubanas, 1993, pág.102. También citada por el arquitecto Nicolás Quintana.