Discurso pronunciado por el Presidente de la República de Cuba Fidel Castro Ruz, en el acto conmemorativo por el aniversario 30 de la Misión Militar cubana en Angola y el aniversario 49 del desembarco del Granma, Día de las F AR, el 2 de diciembre de 2005.

(Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)

 

Distinguidos invitados;

Combatientes internacionalistas;

Compañeras y compañeros:

Hoy se cumplen 49 años del arribo del yate Granma a las costas de la patria. Es decir, hoy comienza el año 50 de la vida del Ejército Rebelde y las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Como es conocido, tras el desembarco y a pesar de los primeros reveses, la lucha se extendió rápidamente a cada rincón de nuestros campos y ciudades. No hubo un minuto de tregua hasta alcanzar el impresionante triunfo popular del Primero de Enero de 1959, en lucha a muerte contra los opresores que torturaron y asesinaron a decenas de miles de cubanos y saquearon hasta las últimas reservas monetarias del país.

Pero la grandiosa victoria estuvo muy lejos de significar el fin de los combates armados.

Pronto la perfidia imperialista, exacerbada por cada medida de beneficio popular o que consolidara la independencia nacional, nos hizo permanecer con mochilas y botas puestas; muchos compatriotas tuvieron que continuar ofrendando la vida en defensa de la Revolución, tanto en Cuba como en otras tierras del mundo cumpliendo sagrados deberes.

Exactamente 19 años después del desembarco del Granma, en noviembre de 1975, un pequeño grupo de cubanos libraba en Angola los primeros combates de una batalla que se prolongaría por muchos años.

La historia del pillaje y del saqueo imperialista y neocolonial de Europa en África, con pleno apoyo de Estados Unidos y la OTAN, así como la heroica solidaridad de Cuba con los pueblos hermanos, no han sido suficientemente conocidas, aunque sólo fuese como merecido estímulo a los cientos de miles de hombres y mujeres que escribieron aquella gloriosa página que para ejemplo de las presentes y futuras generaciones no debieran olvidar jamás.  Ello no niega la necesidad de continuar divulgándola. 

En estos días también se ha abordado el tema con frecuencia por la televisión y el resto de la prensa, y en los actos de homenaje a los combatientes internacionalistas efectuados en todas las provincias del país.

Por tanto, en aras del tiempo en momentos de arduo trabajo revolucionario, me limitaré a reflexionar brevemente sobre algunos momentos esenciales de aquella gloriosa página de nuestra historia revolucionaria.

Ya en 1961, cuando el pueblo de Argelia libraba una asombrosa lucha por su independencia, un barco cubano llevó armas a los heroicos patriotas argelinos y a su regreso traía un centenar de niños huérfanos y heridos de guerra.  Dos años más tarde, cuando Argelia alcanzó la independencia, esta se vio amenazada por una agresión exterior que despojaba al desangrado país de importantes recursos naturales. Por primera vez tropas cubanas cruzaron el océano y, sin pedirle permiso a nadie, acudieron al llamado del pueblo hermano. 

También por aquellos días, cuando el imperialismo arrebató al país la mitad de sus médicos dejándonos sólo 3.000, varias decenas de médicos cubanos fueron enviados a Argelia para ayudar a su pueblo.

Se iniciaba de ese modo, hace 44 años, lo que hoy constituye la más extraordinaria colaboración médica a los pueblos del Tercer Mundo que ha conocido la humanidad. 

En ese contexto comenzó, a partir del año 1965, nuestra colaboración con la lucha independentista en Angola y Guinea Bissau, que consistió esencialmente en la preparación de cuadros, envío de instructores y ayuda material.

Tras lo que se llamó la Revolución de los Claveles en Portugal, debilitado ya por la ruina económica y el desgaste de la guerra, se inició la desintegración del imperio colonial de ese país.

Guinea Bissau logró la independencia en septiembre de 1974;  allí alrededor de sesenta internacionalistas cubanos, entre ellos una decena de médicos, habían permanecido junto a las guerrillas diez años, desde 1964.  Mozambique, tras dura lucha de su pueblo bajo la dirección del FRELIMO y su líder, el inolvidable hermano y compañero Samora Machel, alcanzó su definitiva independencia a mediados de 1975, y en julio de ese mismo año, Cabo Verde y Sao Tomé lograron igualmente ese objetivo

En el caso de Angola, la más extensa y rica de las colonias portuguesas, la situación sería sumamente distinta. El gobierno de Estados Unidos puso en acción un plan encubierto para aplastar los legítimos intereses del pueblo angolano e implantar un gobierno títere. Punto clave fue su alianza con Sudáfrica para compartir la instrucción y el equipamiento de las organizaciones creadas por el colonialismo portugués, para frustrar la independencia de Angola y convertirla prácticamente en un condominio del corrupto Mobutu y el fascismo sudafricano, cuyas tropas no vaciló en usar para invadir a Angola.

Dictadores, terroristas, ladrones y racistas confesos se incluían constantemente, sin el menor recato, en las filas del llamado “mundo libre”, y pocos años más tarde el presidente norteamericano Ronald Reagan los bautizó, con particular derroche de cinismo, como “combatientes de la libertad”.

A mediados de octubre de 1975, mientras el ejército de Zaire y fuerzas mercenarias reforzadas con armamento pesado y asesores militares sudafricanos se aprestaban a lanzar nuevos ataques en el norte de Angola, y estaban ya en las proximidades de Luanda, por el sur amenazaba el peligro mayor. Columnas blindadas sudafricanas habían penetrado por el sur del país y avanzaban rápidamente en la profundidad del territorio, con el objetivo de ocupar Luanda con las fuerzas unidas de los racistas sudafricanos y las tropas mercenarias de Mobutu antes de la proclamación de la independencia el 11 de noviembre.

En ese momento sólo había en Angola 480 instructores militares, llegados al país semanas antes en respuesta a la solicitud que nos hiciera el Presidente del MPLA Agostinho Neto, insigne y prestigioso líder que organizó y dirigió la lucha de su pueblo durante muchos años y contaba con el apoyo de todos los pueblos africanos y el reconocimiento del mundo. Sencillamente nos pidió cooperación para entrenar los batallones que integrarían el ejército del nuevo Estado independiente.  Los instructores sólo poseían armamento ligero.

Un pequeño grupo de ellos, en los primeros días de noviembre, junto a sus bisoños alumnos del Centro de Instrucción Revolucionaria de Benguela, enfrentó valientemente al ejército racista.  En el sorpresivo ataque y  desigual combate de los sudafricanos contra decenas de jóvenes angolanos que murieron, ocho instructores cubanos perdieron la vida y 7 resultaron heridos.

Los sudafricanos perdieron seis carros blindados y otros medios.  Nunca revelaron la cifra de las cuantiosas bajas sufridas por sus soldados.

Por primera vez, en ese apartado punto de la geografía africana, la sangre de cubanos y angolanos se unió para abonar la libertad de aquella sufrida tierra.

Fue en ese momento cuando Cuba, en coordinación con el presidente Neto, decidió el envío de tropas especiales del Ministerio del Interior y unidades regulares de las FAR en completa disposición combativa, trasladas por aire y mar para enfrentar la agresión del apartheid.

Sin vacilar aceptamos el reto. Nuestros instructores no serían abandonados a su suerte, ni tampoco los abnegados combatientes angolanos, y mucho menos la independencia de su patria, tras más de 20 años de heroica lucha.  A diez mil kilómetros de distancia, tropas cubanas herederas del glorioso Ejército Rebelde entraban en combate con los ejércitos de Sudáfrica, la mayor y más rica potencia en ese continente, y contra Zaire, el más rico y bien armado títere de Europa y Estados Unidos. 

Se iniciaba lo que dio en llamarse Operación Carlota, nombre en clave de la más justa, prolongada, masiva y exitosa campaña militar internacionalista de nuestro país.

El imperio no pudo alcanzar sus propósitos de desmembrar Angola y escamotear su independencia.  Lo impidió la heroica y larga lucha de los pueblos de Angola y de Cuba.

Hoy sabemos mucho más que entonces cómo pensaban y actuaban las autoridades de Washington, por los documentos oficiales desclasificados en los últimos años.

En ningún momento el Presidente de Estados Unidos ni su poderoso secretario de Estado, Henry Kissinger, ni los servicios de inteligencia de ese país, imaginaron siquiera como una posibilidad la participación de Cuba. Nunca un país del Tercer Mundo había actuado en apoyo de otro pueblo en un conflicto militar más allá de su vecindad geográfica.

A finales de noviembre la agresión enemiga había sido detenida en el norte y en el sur.  Unidades completas de tanques, abundante artillería terrestre y antiaérea, unidades de infantería blindada hasta nivel de brigada, transportadas por buques de nuestra Marina Mercante, se acumulaban rápidamente en Angola, donde 36.000 soldados cubanos iniciaron una fulminante ofensiva. Atacando por el sur al enemigo principal, hicieron retroceder al ejército racista sudafricano más de 1.000 kilómetros hasta su punto de partida, la frontera de Angola y Namibia, enclave colonial de los racistas. El 27 de marzo el último soldado de Sudáfrica abandonó el territorio angolano. En la dirección norte, en pocas semanas las tropas regulares de Mobutu y los mercenarios fueron lanzados al otro lado de la frontera con Zaire.

A decir verdad, Cuba era partidaria de exigir a Sudáfrica un precio fuerte por su aventura:  la aplicación de la Resolución #435 de las Naciones Unidas y la independencia de Namibia.

El gobierno soviético, por su parte, nos presionaba fuertemente solicitando nuestra rápida retirada, preocupado por las posibles reacciones yankis.

Tras serias objeciones por nuestra parte, no nos quedó otra alternativa que aceptar, aunque sólo en parte, la demanda soviética.  Ellos, aunque no fueron consultados sobre la decisión cubana de enviar tropas a la República Popular de Angola, habían decidido posteriormente suministrar armamento para la creación del ejército angolano y habían respondido positivamente a determinadas solicitudes nuestras de recursos a lo largo de la guerra.  No habría perspectiva posible para Angola sin el apoyo político y logístico de la URSS después del triunfo.

Ante la delicada situación creada en abril de 1976, el compañero Raúl, Ministro de las Fuerzas Armadas, viajó a Angola para analizar con el presidente Neto la necesidad inevitable de proceder a la retirada gradual y progresiva de las tropas cubanas que sumaban 36.000 efectivos, en un lapso de tres años, tiempo que ambas partes, Cuba y Angola, considerábamos suficiente para formar un fuerte ejército angolano.

Mientras tanto, mantendríamos fuertes unidades de combate en las alturas de la meseta central, a 250 kilómetros aproximadamente de la frontera con Namibia.

Neto comprendió nuestros argumentos y accedió noblemente al programa de retirada de las fuerzas cubanas.

Menos de un año después, cuando en marzo de 1977 pude por fin visitar Angola y felicitar personalmente por la victoria a los combatientes angolanos y cubanos,  ya habían regresado a Cuba unos 12.000 internacionalistas, es decir, la tercera parte de nuestras fuerzas. El plan de retirada se cumplía hasta ese instante según lo previsto. Pero Estados Unidos y Sudáfrica no estaban satisfechos y, confabulados los gobiernos de Pretoria y Washington, solapado este último entonces, devino pública la conjura en los años 80 con el “Compromiso Constructivo” y el “Linkage” de Reagan.  El empecinamiento de ambas potencias, así como sus dolorosas y dramáticas consecuencias, hicieron necesario  nuestro apoyo directo al pueblo de Angola durante más de 15 años, a pesar de lo acordado en el primer cronograma de retirada.

Muy pocos creyeron que resistiríamos firmemente las embestidas de Estados Unidos y Sudáfrica a lo largo de tantos años.

En esa década creció la lucha de los pueblos de Namibia, Zimbabwe y Sudáfrica contra el coloniaje y el apartheid. Angola se convirtió en sólido baluarte de esos pueblos, a los que Cuba brindó también todo su apoyo.  El gobierno de Pretoria actuó siempre con alevosía.

Kassinga, Boma, Novo Katengue y Sumbe, son escenarios de los crímenes del apartheid contra los pueblos de Namibia, Zimbabwe, África del Sur y Angola, y a la vez ejemplos patentes de nuestra solidaridad combativa frente al enemigo común.

El ataque a la ciudad de Sumbe es particularmente elocuente acerca de sus criminales intenciones. Allí no había tropas cubanas ni angolanas, solo médicos, profesores, constructores y otros colaboradores civiles que el enemigo pretendía secuestrar, pero estos hombres y mujeres resistieron con sus fusiles milicianos junto a sus hermanos angolanos, hasta que la llegada de refuerzos puso en fuga a los agresores. Siete cubanos cayeron en el desigual enfrentamiento.

Es solo un ejemplo, de los muchos que podrían mencionarse, del sacrificio y valor de nuestros internacionalistas, militares y civiles, prestos a entregar su sangre y su sudor cada vez que fue necesario, junto a los hermanos angolanos, namibios, zimbabwenses, sudafricanos; en fin, de todo el continente, ya que podría añadirse argelinos, congoleses, guineanos, caboverdianos y etíopes.

Fue una extraordinaria hazaña de nuestro pueblo, muy especialmente de la juventud, de las decenas de miles de combatientes del Servicio Militar Activo y de la Reserva, que voluntariamente cumplieron el deber internacionalista junto a los oficiales y demás miembros permanentes de las FAR.

Suman millones los hombres y mujeres que aseguraron desde Cuba el éxito de cada misión, suplieron con más horas de trabajo al que marchaba y se esforzaron para que nada faltara a la familia del combatiente o colaborador civil.

Merecen especial reconocimiento los familiares de nuestros internacionalistas. Con singular estoicismo soportaron la ausencia, infundieron ánimo en cada carta y evitaron mencionar dificultades y preocupaciones.

Ejemplo cimero son las madres, hijos, hermanos y cónyuges de nuestros hermanos caídos. Sin excepción han estado a la altura del sacrificio supremo del ser querido. Supieron transformar su profundo dolor, ese que estremeció cada rincón de Cuba durante la Operación Tributo, en más amor a la patria, en mayor fidelidad y respeto a la causa por la que conscientemente entregó la vida la persona amada.

Un pueblo capaz de esta proeza, ¡qué no haría si llegara el momento de defender su propia tierra!

No narraré hoy ―no es el momento adecuado― las diferencias de concepciones de estrategia y táctica entre cubanos y soviéticos.

Nosotros formamos a decenas de miles de soldados angolanos y asesoramos en la instrucción y los combates a las tropas de ese país.  Los soviéticos asesoraban a la alta dirección militar y suministraban generosamente a las Fuerzas Armadas angolanas las armas necesarias.  Acciones originadas en el asesoramiento superior nos ocasionaron no pocos dolores de cabeza.  No obstante, siempre prevaleció entre militares cubanos y soviéticos un gran respeto y profundos sentimientos de solidaridad y comprensión.

Como es conocido, a finales de 1987 se produjo la última gran invasión sudafricana a suelo angolano, en circunstancias que ponían en peligro la propia estabilidad de esa nación. 

Por la fecha mencionada Sudáfrica y Estados Unidos lanzaron el último y más amenazador golpe contra una fuerte agrupación de tropas angolanas que avanzaba por terrenos arenosos en dirección a Jamba, en el límite suroriental de la frontera de Angola, donde se suponía radicaba el puesto de mando de Savimbi, ofensivas a las que siempre nos habíamos opuesto si no se prohibía a Sudáfrica intervenir a última hora con su aviación, su poderosa artillería y sus fuerzas blindadas.

Una vez más se repitió la conocida historia.  El enemigo, sumamente envalentonado, avanzaba después en profundidad hacia Cuito Cuanavale, antigua base aérea de la OTAN, y se preparaba para asestar un golpe mortal contra Angola.

Desesperadas llamadas de apoyo a la Agrupación de Tropas Cubanas se producían, por parte del gobierno angolano, ante el desastre creado, sin duda el mayor de todos en una operación militar en la que, como otras veces, no teníamos responsabilidad alguna. 

En un esfuerzo titánico, pese al serio peligro de agresión militar que también se cernía sobre nosotros, la alta dirección política y militar de Cuba decidió reunir a las fuerzas necesarias para asestar un golpe definitivo a las fuerzas sudafricanas.  Nuestra patria repitió de nuevo la proeza de 1975.  Un río de unidades y medios de combate cruzó rápidamente el Atlántico y desembarcó en la costa sur de Angola para atacar por el suroeste en dirección a Namibia mientras, 800 kilómetros hacia el este, unidades selectas avanzaron hacia Cuito Cuanavale y allí, en unión de las fuerzas angolanas que se replegaban, prepararon una trampa mortal a las poderosas fuerzas sudafricanas que avanzaban hacia aquella gran base aérea.

Esta vez se habían reunido 55 000 soldados cubanos en Angola.

De este modo, mientras en Cuito Cuanavale las tropas sudafricanas eran desangradas, por el suroeste 40.000 soldados cubanos y 30.000 angolanos, apoyados aproximadamente por 600 tanques, cientos de piezas de artillería, 1.000 armas antiaéreas, y las audaces unidades de MIG-23 que se apoderaron del dominio aéreo, avanzaban hacia la frontera de Namibia, dispuestas a barrer literalmente a las fuerzas sudafricanas que se acuartelaban en aquella dirección principal. 

Son muchas las cosas que podrían decirse de todos los combates e incidencias de aquella lucha.

Aquí están presentes el compañero Polo Cintras Frías, jefe audaz del frente sur de Angola en aquel momento, y numerosos compañeros que participaron en aquellos gloriosos e inolvidables días.

Las contundentes victorias en Cuito Cuanavale, y sobre todo el avance fulminante de la potente agrupación de tropas cubanas en el suroeste de Angola, pusieron punto final a la agresión militar extranjera.

El enemigo tuvo que tragarse su habitual prepotencia y sentarse a la mesa de conversaciones.  Las negociaciones culminaron con los Acuerdos de Paz para el Suroeste de África, firmados por Sudáfrica, Angola y Cuba en la sede de la ONU en diciembre de 1988.

Se les llamó cuatripartitas, porque en ellas participábamos de un lado de la mesa angolanos y cubanos y del opuesto los sudafricanos. Estados Unidos ocupaba el tercer lado de la mesa ya que fungía como mediador. En realidad, Estados Unidos era juez y parte, era un aliado del régimen del apartheid, le correspondía sentarse junto a los sudafricanos.

El jefe de los negociadores norteamericanos, subsecretario de Estado Chester Crocker, durante años se opuso a que Cuba participara. Ante la gravedad de la situación militar para los agresores sudafricanos, no le quedó más remedio que aceptar nuestra presencia. En un libro de su autoría sobre el tema fue realista cuando, refiriéndose a la entrada en la sala de reunión de los representantes de Cuba, escribió: “la negociación estaba a punto de cambiar para siempre.”

El personero de la administración Reagan sabía bien que con Cuba en la mesa de negociaciones no prosperarían la burda maniobra, el chantaje, la intimidación ni la mentira.

Esta vez no sucedió lo que en París en 1898, cuando norteamericanos y españoles negociaron la paz sin que estuviera presente la representación de Cuba, el Ejército Libertador y el gobierno de Cuba en armas.

Esta vez estarían presentes las FAR y la representación legítima del Gobierno Revolucionario de Cuba, junto al gobierno de Angola.

La misión internacionalista estaba cabalmente cumplida. Nuestros combatientes iniciaron el regreso a la patria con la frente en alto, trayendo consigo únicamente la amistad del pueblo angolano, las armas con que combatieron con modestia y valor a miles de kilómetros de su patria, la satisfacción del deber cumplido y los restos gloriosos de nuestros hermanos caídos.

Su aporte resultó decisivo para consolidar la independencia de Angola y alcanzar la de Namibia. Fue además una contribución significativa a la liberación de Zimbabwe y la desaparición del odioso régimen del apartheid en Sudáfrica.

Pocas veces en la historia, una guerra, la acción humana más terrible, desgarradora y difícil, ha estado acompañada de tal grado de humanismo y modestia por parte de los vencedores, pese a la falta casi absoluta de esos valores en las filas de los finalmente derrotados. La solidez de principios y la pureza de los propósitos explican la transparencia más absoluta en cada acción realizada por nuestros combatientes internacionalistas.

Sin dudas, en ello resultó decisiva la tradición sembrada por nuestros mambises en las gestas independentistas, fortalecida por rebeldes y luchadores clandestinos durante la Guerra de Liberación Nacional, y continuada por milicianos, miembros de las FAR y el Ministerio del Interior frente a los enemigos externos e internos después del triunfo revolucionario.

Aquella extraordinaria epopeya nunca ha sido narrada cabalmente.  Al cumplirse el 30 Aniversario, el imperialismo yanki realiza un extraordinario esfuerzo para que el nombre de Cuba no aparezca siquiera en los eventos conmemorativos.  Para colmo, pretende reescribir la historia:  Cuba al parecer nunca tuvo absolutamente nada que ver con la independencia de Angola, la independencia de Namibia y la derrota de las hasta entonces invencibles fuerzas del ejército del apartheid;  Cuba ni siquiera existe, todo fue obra de la casualidad y la imaginación de los pueblos.  El gobierno de Estados Unidos no tiene nada que ver en absoluto con los cientos de miles de angolanos asesinados, miles de aldeas arrasadas, millones de minas sembradas en suelo angolano, donde constantemente cobran todavía muchas vidas de niños, mujeres y civiles de ese país.

Esto constituye un insulto a los pueblos de Angola, Namibia y Sudáfrica, que tanto lucharon, y una grosera injusticia contra Cuba, el único país no africano que combatió y derramó su sangre por África y contra el oprobioso régimen del apartheid.

Hoy el imperialismo yanki extrae de Angola miles de millones de dólares, despilfarra sus recursos naturales y agota sus reservas petroleras no renovables. Cuba cumplió con lo que dijera el insigne líder anticolonialismo Amílcar Cabral: “Los combatientes cubanos están dispuestos a sacrificar sus vidas por la liberación de nuestros países, y a cambio de esa ayuda a nuestra libertad y al progreso de nuestra población lo único que se llevarán de nosotros son los combatientes que cayeron luchando por la libertad.”

Las ridículas pretensiones yankis de ignorar el honroso papel de Cuba indignan a los pueblos africanos.  Ello se debe, en parte, a que nunca se escribió la historia de todo lo ocurrido. 

Prestigiosos investigadores se esmeran en buscar información.  Cuba, por su parte, que nunca ha querido escribir y se resiste a hablar de lo que hizo con tanto desinterés y espíritu solidario, está dispuesta a prestar su modesta cooperación, abriendo progresivamente sus archivos y documentos a escritores serios y prestigiosos que deseen narrar la verdadera e irrebatible historia de aquellos acontecimientos (Aplausos).

La hazaña de Angola y la lucha por la independencia de Namibia y contra el apartheid fascista fortaleció mucho a nuestro pueblo.  Los incontables actos de heroísmo, abnegación y humanismo protagonizados por más de 300.000 combatientes internacionalistas, y cerca de 50.000 colaboradores civiles cubanos que de forma absolutamente voluntaria cumplieron misión en Angola, son un tesoro de extraordinario valor.

Esa hermosa tradición es hoy dignamente continuada por decenas de miles de médicos y demás profesionales y trabajadores de la salud, maestros, entrenadores deportivos y especialistas de las más diversas ramas, que cumplen con el deber solidario muchas veces en condiciones tan difíciles como las del combate, como es el caso del ya glorioso Contingente «Henry Reeve».

El nombre de aquella operación es a la vez símbolo y homenaje a los miles de esclavos que perecieron en combate o fueron ejecutados durante las primeras insurrecciones.

En ellas se forjaron mujeres de la talla de Carlota, una negra lucumí de la dotación del ingenio matancero Triunvirato, que en 1843 encabezó uno de los muchos alzamientos contra el terrible estigma de la esclavitud y ofrendó la vida en el empeño.

Mambises, rebeldes, luchadores clandestinos, combatientes de Girón, la Crisis de Octubre y la lucha contra bandidos, internacionalistas, milicianos, integrantes de las FAR y el Ministerio del Interior, en fin, el pueblo combatiente, son fruto del vigoroso tronco que creció en esta tierra con raíces africanas y españolas.

A España marcharon cientos de cubanos cuando en los años treinta la República fue atacada por el fascismo y la reacción, y allí no pocos ofrendaron la vida.

A África llegaron los combatientes cubanos cuatro décadas después, con la fuerza multiplicada de la Revolución, a defender a un pueblo agredido por los mismos enemigos. Allí cayeron 2.077 compatriotas.

Sin sacudirse el polvo del camino ―como hizo Martí ante la estatua de Bolívar―, los integrantes del último contingente internacionalista que regresó a la patria, junto a los principales dirigentes de la Revolución, fuimos a rendir homenaje, ante la tumba del Titán, a los caídos en todas las contiendas libradas por nuestro pueblo.

Una vez más, ratificamos el eterno compromiso con nuestros muertos gloriosos de llevar adelante la Revolución y ser siempre dignos de su ejemplo; con los cubanos que ayer y hoy han sabido combatir y morir con dignidad en defensa de la justicia;  con los hombres y mujeres que como Máximo Gómez, Henry Reeve y el Che, tanto han contribuido a demostrarnos, aquí en nuestra patria y a lo largo de la historia, el inmenso valor de la solidaridad.

Las actuales y futuras generaciones de cubanos seguiremos adelante por grandes que puedan ser las dificultades, luchando sin tregua para que la Revolución sea siempre tan invulnerable en el terreno político como ya lo es en el terreno militar y lo será pronto en el económico.

Enfrentaremos cada vez con mayor energía nuestras propias deficiencias y errores.  Seguiremos luchando  Continuaremos resistiendo.

Seguiremos derrotando cada agresión imperialista, las mentiras de su propaganda y sus arteras maniobras políticas y diplomáticas.

Continuaremos resistiendo las consecuencias del bloqueo, que algún día será derrotado por la dignidad de los cubanos, la solidaridad de los pueblos y la casi absoluta oposición de los gobiernos del mundo ―como lo demostró una vez más la votación en la ONU―, y también por el creciente rechazo del pueblo norteamericano a esa absurda política que viola flagrantemente sus derechos constitucionales.

Al igual que los imperialistas y sus peones sufrieron en Angola las consecuencias de un Girón multiplicado muchas veces, quien llegue a esta tierra en son de guerra enfrentará miles de Quifangondo, Cabinda, Ebo, Morros de Medunda, Cangamba, Ruacaná, Tchipa, Calueque y Cuito Cuanavale (Aplausos).

Nuestros internacionalistas, como el resto de los combatientes cubanos, que es igual a decir todo el pueblo, están conscientes de que en caso de una agresión militar propinaremos al invasor la derrota. ¡Y ustedes, veteranos de la historia patria, serán sin duda protagonistas decisivos de la victoria!

¡Viva el internacionalismo!  (Exclamaciones de:  “¡Viva!”)

¡Viva la Revolución!  (Exclamaciones de:  “¡Viva!”)

¡Viva el socialismo!  (Exclamaciones de:  “¡Viva!”)

¡Hasta la victoria siempre!

(Ovación).